• ¿Tener un proyecto?

    Tener proyecto tiene buena fama, tanta que es visto como necesidad. Incluso en la vida personal. El tema es cuál proyecto.

  • La construcción de la realidad

     

    Mario Riorda

    Director  de la Maestría en Comunicación Política (Univ. Austral)

    Pte. ALICE (Asociación Latinoamericana de Investigadores en Campañas Electorales) 

     

     

    Entramos en épocas de promesas. Promesas que se realizan por convicciones y promesas como resultados de investigaciones en la opinión pública. Promesas que buscan hacerse realidad.

    La realidad es el resultado de la coordinación humana, es una construcción a través del lenguaje. Los términos por medio de los que conseguimos la comprensión de la realidad son productos de intercambios sociales situados histórica y culturalmente sostiene Kenneth Gergen.

    La realidad, producto de la coordinación humana, es vida con el lenguaje que comparto con mis semejantes y por medio de él. Por lo tanto, la comprensión del lenguaje es esencial para cualquier comprensión de la realidad.

    Hace 4 siglos, John Locke advertía que si no hay acuerdo entre quién habla y quién escucha acerca de la idea significada por la palabra, el argumento no será sobre cosas, sino sobre nombres.

    La función primaria del lenguaje es la construcción de mundos humanos contextualizados. Es el lenguaje el que posibilita la construcción de acciones conjuntas entre quienes comparten contextos específicos, y estas acciones tienen significados para quienes intervienen en ellas y las comprenden. Somos seres en contexto.

    La comunicación política es el espacio en donde se intercambian discursos contradictorios de los tres actores con capacidad de expresión política: los políticos, los periodistas de los medios de comunicación y la opinión pública, el reto de cada actor es definir la interpretación política de la situación. Y cada uno de esos actores intenta incidir en los otros.

    En campaña, los actores de la política prometen un cambio a partir del lenguaje, prometen una nueva realidad para dotar de significados a los eventos políticos. Quien gana las elecciones, cuando está en el gobierno, trata de generar lazos de confianza y una narrativa que haga posible la transmisión de esos sentimientos que construyan esos lazos de confianza.

    Un proceso de construcción de la realidad, en base a lenguajes simbólicos por los cuales la gente adquiera el sentido del mundo político le otorga al gobierno la posibilidad de construir universos simbólicos que lo doten de legitimidad. Pero ni ganar es sencillo ni mucho menos generar un relato legitimado en la sociedad una vez que se ha ganado.

    Esa doble construcción de la realidad -discurso electoral y legitimidad gubernamental- tiene al menos dos condicionantes muy grandes. Por un lado, el clima de opinión -o los climas- y por el otro lo que se llama clima de época.

    A mitad del siglo XVII en Inglaterra, Joseph Glanvill utilizó la expresión “climas de opiniones” por primera vez. Escribió: “Así que ellos [los dogmáticos], que nunca se han asomado más allá de la creencia en la que sus cómodos entendimientos fueron adoctrinados inicialmente, están indudablemente seguros de la verdad, y de la excelencia comparativa de lo que han heredado, mientras que las almas más grandes, que han trabajado los diversos climas de opinión, son más cautas en sus decisiones y más parcas al sentenciar”.

    “Clima de opinión” se refiere a las corrientes de opinión predominantes en una sociedad. Dice Noëlle-Neumann: “… rodea totalmente al individuo desde el exterior. El individuo no puede escapar de él. Pero simultáneamente está dentro de nosotros, ejerciendo la mayor influencia sobre nuestra sensación de bienestar. El término “clima”, además, trae a la mente la imagen del espacio y el tiempo, también incluye el sentido más completo de lo “público”.

    Por el contrario, el concepto de Zeitgeist, expresión del idioma alemán, significa "el espíritu (Geist) del tiempo (Zeit)”. Zeitgeist es la experiencia de un clima cultural dominante que define una era en el mundo. El concepto podría definir el alma o sentido de un periodo particular en la historia, como reflejo de las ideas y creencias del momento. Podría decirse que se refiere a la ética y moral de una era y un lugar, como también al espíritu colectivo de un tiempo y espacio como reflejo de su cultura: “cuando uno de los lados se yergue, se apodera de la muchedumbre y se despliega hasta el punto de los que se oponen a él tienen que retirarse a un rincón y, por el momento al menos, refugiarse en el silencio, a este predominio se le llama el espíritu de los tiempos (Zeitgeist), que, durante un período se sale con la suya” escribe Johann Wolfgang von Goethe.

    Por lo dicho, el clima de opinión parece ser considerado de manera general como un marco un tanto más débil a través del cual los líderes políticos toman sus decisiones. De acuerdo con esta definición, el clima de opinión puede o no influir las actitudes y opiniones o decisiones de un líder político. De hecho, puede haber un clima de opinión con varios ejes importantes en la agenda pública. Y puede ser cambiante y además no compartido por todos. No necesariamente efímero, pero sí cambiante. Los climas de opinión pueden variar en tiempos breves incluso, por la aparición de nuevos elementos, hechos conmocionantes o de alto impacto.

    En cambio, el clima de época condiciona mucho más la toma de decisiones porque define una porción de la historia en la que la sociedad está inmersa. Y si tiene cambios, los tendrá en el largo plazo. Las variaciones de los climas de época son bastante imperceptibles en lo cotidiano y necesitan de décadas para ser comprendidas. 

    Por eso, muchas veces, la realidad posibilita que se asocie, que haya una buena química entre las promesas y los climas de opinión. Aún entre quienes confrontan con esos climas de opinión.

    Sin embargo, las promesas de un cambio de época, de cambio de valores, son sólo buenas intenciones que escapan al cortoplacismo de un gobierno y mucho más de una campaña. Claro está que todos contribuyen -contribuimos- a ser parte de un clima de época y a sus transformaciones a lo largo del tiempo. Pero cuidado con quienes ofrecen un cambio total en el corto plazo. No es que no sea verdad. Es, según indica la historia, un imposible.  Cuando esto no se comprende, la frustración de expectativas está agazapada esperando…

  • La invasión de los spots (un rato de pedagogía electoral)

  • La invasión de los spots (un rato de pedagogía electoral)

  • Las instituciones abren el ecosistema digital, pero siguen teniendo respuestas analógicas

     

     

    Mario Riorda, especialista en comunicación política, dejó algunos conceptos centrales para repensar y organizar la comunicación desde las instituciones.

  • Los discursos de la tolerancia

    Mario Riorda

    Politólogo. Director de la Maestría en Comunicación Política de la Universidad Austral 

     

     

    Definir qué cosa es tolerancia, o lo que se considera como respeto por la tolerancia no es nada sencillo. 

    Inicialmente, es oportuno tomar una reflexión (dada por la negativa, ciertamente), que el jesuita Osvaldo Pol hacía, advirtiendo que la tolerancia puede devenir en tres tipos básicos de desviaciones.

    La tolerancia porque hay desinterés.

    La tolerancia de los que no tienen nada que defender.

    Y una tolerancia escéptica y libertina, que descalifica a los otros desde el prejuicio.

    La que tolera porque en el fondo se desinteresa parece banal pero es la más violenta porque lo que esconde es una negación o subestimación del otro que ni siquiera llega a considerar.

    La tolerancia de los inseguros que no tienen ninguna certeza que defender. Es difícil imaginar personas sin ideas. Es más bien imposible. Pero sí hay personas sin compromiso. Escondidas en su comodidad o en su visión individual. El racionalismo, desde un discurso técnico, describe a esto como maximización de utilidades. Traducido: aunque la maximización es egoísmo, muchos maximizan del modo más egoísta posible. Sin ser parte de causas, defensas, reclamos, posturas públicas donde la idea de bienestar general sea importante.

    Se me ocurren algunas grandes ideas de las que es difícil no posicionarse en torno a ellas como la defensa del Estado de Derecho, el desenmascaramiento de las injusticias, la pobreza y la marginalidad, el análisis crítico de la globalización, el señalamiento de los extravíos recurrentes del compromiso social y la ausencia habitual de ética en el ámbito político, sumado a una defensa irrestricta de los valores democráticos, las libertades personales, morales, religiosas; la visión sobre el ambiente. Son algunos tópicos en la búsqueda de verdades contributivas a un orden social y político más justo. 

    La tolerancia escéptica y libertina parte del prejuicio de que los demás son incapaces y tontos. Esta última se evidencia en conductas condenables públicamente que cada día se tornan más y más visibles. Algunos se animaron a destapar la olla y lo políticamente correcto ya no prima. Probablemente siempre existieron prejuicios, pero costaba exteriorizarlos. Hoy no. Y no sólo no se pagan costos por hacerlos públicos, sino que los radicalismos ganan terrenos, ganan elecciones, ganan espacio.

    Son muchas las circunstancias en las que los rasgos identitarios de personas y grupos se superponen incluso a normas democráticas. La palabra cohesión suena difícil si no se la entiende solamente asociada al tribalismo. Un síntoma dado en la idea de que la lealtad a las pasiones es más fuerte que la lealtad a las normas comunes. Y aparecen quienes creen en la democracia, pero sus intereses se meten en el medio; creen en la idea de una nación, pero sus intereses se meten en el medio. Esto produce algo así como una erosión de las normas del consenso democrático. Justifican la violencia por la defensa de la identidad. Justifican secesiones por identidades, o también por no sentirse identificados frente a lo otro.

    Y encima aparece el miedo. Miedo a los temas clásicos de la agenda pública: al desempleo, a la inseguridad, a la inflación, al pasado, al futuro. El compromiso de clase es puesto en duda, aún en regiones con mayor desarrollo económico y social: dos tercios de los ciudadanos en Estados Unidos y Europa afirman que sus hijos estarán peor de lo que ellos están. Y miedo también a que exista una supremacía de normas morales opuestas al modo de pensar de cada uno. En este contexto, la pretensión de gobiernos que satisfagan a mayorías es bien difícil de concretarse. Timur Kuran afirma que en los ciudadanos es menor el riesgo de pérdida de confianza en el gobierno que el de la pérdida de confianza en el otro. Y el resultado es entonces bastante obvio y palpable: se gestan comunidades intolerantes. Mundos identitarios aislados sin conexión unos con otros salvo para diferenciarse. No se trata de aculturación ni de sincretismo. No es adoctrinamiento. Es la celebración de mi modo de pensar por otro procedimiento.

    Y por si fuera poco, los consumos son un éxtasis de contenidos que afianzan lo que quiero y en lo que creo. La cadena infinita y oculta de algoritmos -sólo por citar un acelerador de esta tendencia- funciona como una labor paciente que ensalza mis ideas y mis prejuicios, pero realizada de modo íntimo: un show sólo para mí y en mis redes. 

    Nada de lo anterior sería posible si no fuera realizado en base a información previa para que cada acto comunicacional desplegado hacia mí dependa de gustos, patrones de consumo, likes, comentarios, sentimientos, conductas, palabras clave. De ahí su eficacia. Incluyendo la eficacia de saber qué cosas odio o rechazo. 

    Por todo ello, y considerando pues las desviaciones de la tolerancia (lo que de por sí podría constituir una “intolerancia”, a secas), es necesario rescatar el valor del activismo social. Es necesario no claudicar en esa tarea. No hace falta negar la pasión porque es una llama de voluntad siempre encendida. Lo que activa la acción. Pero sí hace falta contraponerla o compensarla siempre con la razón. Esa transparencia que nos brindan el discernimiento y las ideas plurales. 

    Por lo que la tolerancia es virtud cuando sólo tolera lo tolerable, es decir que cuando tolera, advierte, corrige, enseña, toma partido; si bien es pacífica, no es zonza; si bien tolera al diferente, busca su zona en común, el punto de enlace y diálogo.

    Giovanni Sartori afirma que el pluralismo presupone una disposición tolerante y, estructuralmente, asociaciones voluntarias "no impuestas", afiliaciones múltiples, y también líneas de división, transversales y entrecruzadas. Agrega que pluralismo es vivir juntos en la diferencia y con las diferencias; pero lo es respetándose. Entrar en una comunidad pluralista es, a la vez, un adquirir y un conceder.

    Parafraseando entonces a André Béjin, ser tolerante puede permitir ser acusado eclecticismo, pero es el modo de ser firmes defensores y garantes, al menos en lo que humildemente se pueda, del valor irrenunciable y magno de la tolerancia.

  • No creo en las ideologías pero que las hay, las hay

    Mario Riorda Politólogo. Director de la Maestría en Comunicación Política de la Univ. Austral  

     

    No poca gente plantea la negación de la existencia de ideología. ¿Puede un discurso político no ser ideológico? La respuesta es contundente: no. La discursividad política es intrínsecamente ideológica. Mayoritariamente ideológica. Sin importar si es buena o mala. 

    Una parte de las tesis dominantes explica que la transformación del discurso político ofrece un abandono de los proyectos ideológicos de carácter radical para dar lugar a proyectos más moderados, centralistas. Se caracterizan por un supuesto mayor pragmatismo, con el fin de ocupar diferentes espacios del poder político. Argentina representa en su oficialismo esta versión que niega lo ideológico. 

    Pero el mundo es muy poco condescendiente con esta tesis. Desde 1950 en adelante, incluyendo el momento en que la política empezó a seguir el estilo que la televisión de entretenimiento le imponía, siempre alguna tesis habló del fin de la ideología. Pero esas tesis fracasaron estrepitosamente. El filósofo húngaro István Mészáros alerta que la propia tesis de la desaparición de las ideologías es un término en sí mismo absolutamente ideológico. 

    El propio Mauricio Macri, como candidato, esbozó aproximaciones de su posicionamiento e ideas políticas: “Nuestra ideología es resolver, hacer, construir cosas concretas alrededor de las ideas del progreso que todos tenemos”. Nótese la idea de pragmatismo de fondo. Y desde ahí aparecieron conceptos acuñados como gobierno posideológico, transideológico o muchos neologismos parecidos que caían en la idea libre de tomar herramientas que antes hubieran sido incompatibles. 

    El filósofo Alejandro Rozitchner, signado como un importante responsable en los discursos del presidente, es contundente en su definición: “Nosotros creemos que izquierda y derecha no son términos relevantes… es mucho más relevante la diferencia entre viejo y nuevo… Mauricio plantea el liderazgo de un Estado menos ideológico y más real, al servicio de la gente”. Nuevamente el pragmatismo. 

    Quizás estas respuestas permitan acumular más apoyos incluyendo antes que excluyendo, una estrategia para sumar en una distancia cada vez más afianzada entre representantes y representados. Por eso plantean una relativa desideologización o despolitización del mensaje. Pero lo cierto es que por más banal que sea su formato de presentación, es difícil concluir que un mensaje político esté despolitizado. Quien se posiciona sobre temas públicos de modo superficial, hablando de lo que todos hablan con posturas “políticamente correctas”, sólo puede hacer más comprensible esa idea. Pero el contenido laxo y abstracto, con el correr del tiempo, suele generar una verdadera frustración de expectativas cuando deviene en políticas públicas concretas. 

    Las ideologías pueden ser vistas como atajos para que el votante obtenga información de modo más simple; otros sostienen que son “sentimientos o imágenes ideológicas” que orientan al elector con alguna racionalidad. La ideología funciona así como “hoja de ruta” para partidos y electores a partir de lemas y valores. Ello ya es un avance para el elector que empieza a razonar orientado en principios fundamentales sin necesitar conocer la totalidad de las posiciones en torno a la agenda. Estudios demuestran que el elector usa criterios ideológicos para distinguir a partidos políticos y que hay coherencia entre autodefinirse ideológicamente y votar a un partido que se autoproclame cercano a la postura personal. Giovanni Sartori sostiene que las ideologías son sistemas de ideas orientadas a la acción, que ofrecen previsiones de futuro y propuestas de solución de problemas para comprender y estructurar la información y poder ofrecer propuestas prácticas vinculadas con la toma de decisiones. 

    Norberto Bobbio, al hablar de ideologías pone el eje en la igualdad. Afirma que una ideología se aproxima a la izquierda si, aún sabiendo que hay personas iguales y desiguales, la toma de decisión se aproxima más a pensar en derechos y deberes que los hagan más iguales que desiguales. ¿Su objetivo? Remover obstáculos que hagan a la desigualdad. Por el contrario, un partido más de derecha confiesa que las igualdades son ineliminables, vale decir, hay diversidad. ¿En qué se sostienen? En la tradición, la herencia y el apego a la historia. 

    Lo cierto es que, salvo extremos, ni la izquierda plantea absurdamente que todos son –o deban ser- iguales en todo, ni tampoco que la derecha propugna por más desigualdad. Esta última suele plantear la compensación como modo de sostener una diferencia dada sin romper un orden establecido. 

     Plantear la desaparición de las ideologías es incongruente. Es una pose en un momento. Hay quienes ocultan su ideología y proponen soluciones únicas amparadas en una ilusión tecnocrática que intenta borrar fronteras ideológicas con respuestas cerradas. Hay una carga ideológica no explicitada pero existente en esta postura. 

    Existen quienes, por desconocimiento o ausencia de usinas de ideas, directamente desconocen las ideologías y las descalifican. El zigzag de sus políticas y decisiones sobrecarga peligrosamente de incoherencia y frustraciones al electorado. 

    Y también quienes creen que nuevos hechos en la agenda no pueden ser etiquetados como de derecha o izquierda. A lo que cabe responder que nada impide que esos hechos no puedan ser tamizados por decisiones que se acerquen o se alejen de la igualdad. 

    ¿Cuál ideología es mejor? Es un juicio de cada persona. La definición ideológica forma parte de verdades trans-científicas. La subjetividad explica, en base a valores, que cada persona se recueste a uno u otro lado. Pero no es un tema desdeñable por el tamaño de sus efectos. Piense en políticas más próximas a la igualdad o más cerca de las diferencias. Dependerá del prisma ideológico con que se mire a cada política para juzgarlas buenas o malas. 

    A las ideologías no hay que pedirles todas las soluciones sino comprenderlas como una orientación de los valores que guiarán las acciones. Una ideología no es Wikipedia, es sólo una brújula necesaria para políticos y ciudadanos desconcertados. 

    El lenguaje ideológico es el cómo, compañero insustituible del pensamiento ideológico. Cuando este no aparece del todo comprensible, hay que hurgar en el set lingüístico, algo así como una mirada del mundo a través de un determinado conjunto de palabras y conceptos que lo diferencian de otras ideologías. Cada partido o liderazgo va armando un constructo lingüístico propio, autónomo, que se diferencia de otros. Macri transitó un sendero discursivo apostando a las expectativas de optimización personal, donde hacía explícita la enumeración de negativos a los que hay que vencer. “Somos distintos”, repetía. Una puesta en escena de la política actuando como prédica evangélica, como nos relata Byung-Chul Han, o bien como lógica de “psicología positiva” con mensajes esperanzadores, motivantes. 

    Son los mismos líderes los que encabezan el uso característico, porque son los mismos hablantes los que acarrean algo irrepetible dado que el estilo son las personas. Habiendo pasado ya tres años de un gobierno, cuando el discurso político pudiera no ser del todo claro para definir la ubicación ideológica, ahí estarán sus políticas (no todas, pero sí la mayoría) y sus efectos en la sociedad, que terminan hablando más de la ubicación ideológica que lo que el liderazgo y sus palabras lo han hecho.