• G20: la sombra de Trump sobre la cumbre de Buenos Aires

    Argentina se apresta a ser anfitriona del G20. Trump, que ha confirmado su presencia, ha aguado la fiesta en las dos últimas cumbres en las que estuvo: ¿pasará lo mismo en Buenos Aires?

     

    Por Gabriel Puricelli

    Coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.

     

    Establecido en 2008, cuando el mundo se asomaba al abismo de la crisis desatada con la quiebra del banco Lehman Brothers, el Grupo de los 20 (G20) tendrá su decimotercera cumbre en Buenos Aires, el 30 de noviembre y el 1 de diciembre. Los 20 socios de este grupo, 19 países y la Unión Europea, producen hoy tres cuartas partes del producto interno bruto del mundo. La idea de sentarlos alrededor de una mesa surgió del reconocimiento por parte de Estados Unidos tanto de que se hacía necesario un mecanismo de coordinación macroeconómica ante un momento difícil, como de que en el mundo había una ecuación de poder en la que China y los llamados países emergentes tenían un papel que ya no se podía soslayar.

    Esas dos constataciones fueron suficientes para decidir jerarquizar una instancia que ya había puesto en marcha en 1999 el entonces Ministro de Finanzas de Canadá, Paul Martin, bajo la forma de una reunión periódica de ministros de economía y finanzas y presidentes de bancos centrales, y transformarla en una reunión de jefes de gobierno. Desde el primer encuentro a ese nivel, en 2008 en Washington, sucesivos líderes se han reunido en 12 ocasiones, a ritmo anual desde 2011. En 2009 y 2010, mientras duró la Gran Recesión, estuvieron obligados a reunirse dos veces cada año.

     

    El G20 no existiría si los países de mayor desarrollo relativo, que en 1977 establecieron el Grupo de los 7 en su configuración actual (Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Reino Unido) no hubieran llegado a la conclusión de que era imprescindible el reconocimiento político de los poderes emergentes y la coordinación macroeconómica y financiera con ellos para salir de la espiral descendente que había desatado la quiebra del banco de inversión de Nueva York. La apuesta inicial de sumar a Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, China, Corea del Sur, India, Indonesia, México y Sudáfrica rindió algunos frutos: evitó respuestas proteccionistas que hubieran podido limitar el comercio internacional en un momento en que se necesitaba de su dinamismo para relanzar la actividad económica y estableció acuerdos de regulación financiera (conocidos como Basilea III) que obligaron a los bancos del mundo a aumentar sus reservas de capital para hacerlos menos vulnerables a eventos como la crisis de las hipotecas en Estados Unidos.

    Nacido bajo el signo de esa crisis, cuando la recuperación de la economía global se mostró firme, algo del interés inicial de los países del G7 se debilitó y la ruptura entre Estados Unidos y Europa Occidental, por un lado, y Rusia, por el otro, a raíz de la anexión por parte de esta última de la península de Crimea, en 2014, puso en duda su continuidad. Sin embargo, una circunstancia ayudó a salvarlo: ese año, la organización de la cumbre anual le tocó a Australia, un país que tenía (como varios otros dentro del grupo) un interés muy fuerte en preservarlo. En tanto Australia no forma parte ni del G7, ni es miembro permanente del Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas, el G20 es para ese país la instancia internacional más importante de la que participa. Al país-continente del sur lo sucedió otro en la misma condición: Turquía, en 2015. Se puede decir que los poderes medianos rescataron al G20 de su pérdida de relevancia en un momento clave.

    Para la cumbre de 2016, en China, país que sí está en el Consejo de Seguridad, pero no en el G7, el proceso parecía recuperar una velocidad de crucero: aún sin recuperar la centralidad de sus primeros años, todo apuntaba hacia su consolidación.

    Sin embargo, en enero de 2017 llegó a la Casa Blanca un presidente que vendría a hacer trizas la siempre problemática relación de Estados Unidos con el multilateralismo. Con Donald Trump, la idea de que para el poder casi absoluto de la superpotencia es conveniente buscar algún consenso con las otras naciones en algunos temas de interés común para obtener el asentimiento de éstas a aquel poder fue reemplazada por la noción cruda de que ese poder se va a imponer cuando y como lo considere necesario y que cualquier negociación va a ser de a dos y no en mesas que incluyan actores no indispensables. La cumbre del G20 del año pasado en Hamburgo fue testigo de la puesta en práctica de ese nuevo enfoque, alejado tanto del intervencionismo de alta intensidad de los años de George W. Bush, como del más solapado y prudente de Barack Obama.

     Aislado en su fortaleza, Trump se desentiende de los asuntos del mundo en tanto éstos no afecten de manera directa la vida en su país y rehúsa poner límites a las acciones de su país que puedan ser nocivas para el resto del planeta. Una expresión clara de esa visión fue el retiro de Estados Unidos del Tratado de París sobre cambio climático y del plan de acción apoyado por el resto del G20. La cumbre de Alemania, estaba destinada a ser un momento de discordia: por primera vez en su historia, los líderes emitieron un comunicado en el que convivían dos visiones distintas sobre el asunto crucial del calentamiento global.

    Sin sospechar que esos eran los Estados Unidos que se venían, Argentina se había postulado en la cumbre de Hangzhou para ser sede de la cumbre en 2018. Como anfitriones no sólo de esta reunión de jefes de estado en Buenos Aires, sino de la multitud de reuniones ministeriales y de grupos temáticos que han tenido lugar desde principios de año, nuestro país sabe bien que Estados Unidos tiene hoy tan poca vocación de acordar como la que mostró en Hamburgo. Tiene, además, enfrentamientos bilaterales abiertos y en su fase álgida con otros dos miembros del G20: China y Turquía.

    Con el cambio de gobierno en 2015, Argentina entró en una fase de optimismo internacionalista que la llevó a ofrecerse como anfitriona de varios eventos que representan importantes desafíos logísticos y que ofrecen interesantes oportunidades de visibilidad. Esa apuesta al multilateralismo se ha topado con un entorno internacional cada vez más receloso de la apertura y la colaboración. La reunión ministerial de la Organización Mundial de Comercio llevada a cabo en Buenos Aires en diciembre de 2017 concluyó en un sonoro (y previsible) fracaso, a pesar de haber brillado en términos logísticos. ¿Es ese el destino de la cumbre del G20?

    De los múltiples obstáculos que la cumbre debía atravesar, hay uno que parece haber sido franqueado: Trump ha confirmado su participación. El nubarrón que pendía sobre el evento era la posibilidad de que el presidente estadounidense eligiera seguir radicalizando su actitud: pasó de manifestar un desacuerdo puntual en Hamburgo a, más recientemente, en junio pasado, retirar (con notificación vía Twitter) su firma del comunicado de la cumbre del G7 en Canadá. En Buenos Aires, una cumbre sin la representación del país más importante del grupo hubiera sido un fracaso desde el principio: con su presencia, ¿lo terminará siendo en el final?

    La situación del mundo desde la llegada de Trump no deja de ensombrecerse: que los líderes del mundo lleguen pronto a una Argentina también ensombrecida es una postal elocuente de esta hora.