• “La polarización es jugar con fuego y precisa nervios de acero”

    Raúl Baglini, el autor del célebre teorema que se aplica a la política y el poder dentro y fuera de Argentina, dice que la dispersión del peronismo le sirve a Macri para ganar elecciones pero lo complica para gobernar. Analiza las dificultades de Cambiemos en el poder, habla del rol del radicalismo y sostiene que Carrió descubrió, por fin, el sentido de pertenencia.

  • A tecnologías innovadoras, nuevos procesos de pensamiento

    Una articulación posible entre TICs, educación y psicología cognitiva permite comprender las formas de conocer y aprender en un mundo atravesado por las pantallas. Una oportunidad para recuperar el valor de la educación formal como espacio de reflexión y creación.

  • Cómo combatir a los ciberespías

    Las principales amenazas y las medidas de seguridad que hay que tomar.

  • Crímenes de odio, la violencia invisible

    El juicio por el asesinato de la militante trans Diana Sacayán puso en escena las muertes provocadas por desprecio a la identidad de género. Un delito que agrava la pena por homicidio, pero de rara aplicación en las resoluciones judiciales.

     Por Osvaldo Aguirre | Escritor y periodista 

     

    MAPA DEL DELITO | Fue un fallo histórico, pero tuvo poca repercusión en los medios. El 17 de junio el Tribunal Oral en lo Criminal número 4 de la ciudad de Buenos Aires condenó a Gabriel David Marino a la pena de prisión perpetua por el asesinato de la militante trans Diana Sacayán y consideró como agravantes la violencia de género y también el odio a la identidad de género, un delito contemplado en el Código Penal pero que parece inexistente.

    “Se trata del primer asesinato de una persona travesti que es calificado como un crimen por prejuicio o discriminación y con violencia de género, y en el cual por primera vez en nuestro país el sistema de justicia llama por su nombre: travesticidio”, señaló Mariela Labozzetta, titular de la Unidad Fiscal Especializada de Violencia contra las Mujeres (Ufem). “Es decir –agregó en su alegato durante el juicio-, a diferencia de lo que ha venido ocurriendo con los crímenes cometidos contra personas travestis trans -básicamente, impunidad-, en este caso la Justicia respondió en línea de las exigencias internacionales de los organismos de derechos humanos”.

    Gabriel Marino fue una de las dos personas –la investigación continúa para identificar a su cómplice- que asesinó a Sacayán dentro de su departamento ubicado en Avenida Rivadavia 6747, en el barrio de Flores, entre la noche del 10 y la madrugada del 11 de octubre de 2015. Ambos atacaron a la víctima con un cuchillo de cocinero, la golpearon, la ataron de pies y manos, la amordazaron y la apuñalaron para causarle múltiples heridas. “El altísimo grado de violencia guarda relación directa con la identidad de género travesti y su militancia”, sostuvo el fiscal Ariel Yapur, quien invocó precisamente como parte de la acusación el artículo 80, inciso 4, del Código Penal, que castiga con prisión perpetua al que mata a otra persona por odio racial, religioso, de género, a la orientación sexual, identidad de género o su expresión.

     

    Un antecedente paradigmático

    En octubre de 2000, Amnistía Internacional publicó el informe “Crímenes de odio, conspiración de silencio”, que relevaba denuncias de tortura y malos tratos basados en la identidad sexual en diversos países. El documento incluyó el caso de Vanessa Ledesma, una transexual que murió mientras se hallaba bajo custodia en el Precinto 19 –excomisaría 13- de Córdoba.

    Ledesma había sido detenida el 11 de febrero de aquel año durante una pelea en un bar. La policía informó que su muerte, cinco días después, se produjo por paro cardíaco. Pero la autopsia mostró que el cuerpo tenía señales de tortura, incluso hematomas graves.

    “Los transexuales afrontan un grado muy elevado de discriminación y de abusos –destacó Amnistía en el informe-. A menudo se los trata como los máximos «fuera de la ley del género», y se los castiga no sólo por transgredir las barreras que la sociedad ha construido en torno al género, sino, en algunos casos, por cambiar de sexo biológico. Para muchos, la «condena» por esta transgresión es la violencia, incluida la tortura”.

    La muerte de Ledesma resultó paradigmática de la trama que sostiene la impunidad en los crímenes de odio: las amenazas y el hostigamiento de la policía hacia los denunciantes, como le ocurrió a Vanessa Piedrabuena, de la Asociación Travestis Unidas de Córdoba; la administración burocrática de la Justicia, que derivó la causa entre diversos fiscales y jueces sin que ninguno se preocupara por la investigación hasta su cierre por falta de pruebas el 14 de marzo de 2002; la mirada discriminatoria de los medios de comunicación, como la crónica que le dedicó el diario La Voz del Interior.

     

    Ensañamiento y desprecio

    Los crímenes por odio presentan particularidades en su modo de ejecución. El fenómeno del overkilling, la extrema agresividad identificada por especialistas como rasgo también en los femicidios, es característico: en ellos hay “especial ensañamiento en el modo de ejecutar el crimen, utilización de múltiples armas homicidas, desprecio en el descarte del cuerpo y señales de violencia excesiva en la escena del crimen, entre otras cuestiones”, dijo la fiscal Labozzetta durante el juicio por la muerte de Sacayán.

    La especificidad de los asesinatos de travestis “se concentra en estar destinados a la eliminación/erradicación del colectivo travesti trans por razones de discriminación estructural”, señaló Labozzetta. No se trata de una metáfora sino de ideas y propósitos conscientes, como se comprobó en el caso de la banda neonazi Bandera Negra, cuyos integrantes fueron condenados a prisión en mayo pasado en Mar del Plata y que sostenían que las travestis “son aberraciones de la humanidad y no tienen perdón de Dios”.

    En uno de los escasos estudios sobre la cuestión (disponible online) el juez de ejecución penal José Milton Peralta señala que “los homicidios por odio merecen una pena más intensa que los comunes porque suelen presentar una fenomenología aberrante consistente en aumentar deliberada e intensamente el sufrimiento de las víctimas”.

    El asesinato de la joven trans Vanesa Zabala, ocurrido el 29 de marzo de 2013 en la ciudad santafesina de Reconquista, demostró el grado de ferocidad al que alude Peralta. La víctima fue atacada por seis personas –entre ellas dos menores- y murió por traumatismo de cráneo después de ser arrojada contra los hierros de la estructura de unos carteles de publicidad. Tenía múltiples golpes, cortes en la cara –con una tijera- y un desgarro anal por haber sido empalada con el caño recortado de un ventilador.

    La investigación fue impulsada por organismos de derechos humanos y familiares de Vanesa. El 20 de diciembre de 2017 el tribunal de sentencia de la ciudad de Vera condenó a los cuatro acusados a prisión perpetua, pero no incluyó el agravante por odio a la identidad de género.

    Si los jueces no lo consideraron probado, Ana Virginia Abasto, condenada por el asesinato, lo proclamó a los gritos: “Que se mueran todos los putos. ¿Qué me importan las familias ni nada? Que se pudran todos los putos”, vociferó, mientras la sacaban esposada de la sala de audiencias, rumbo a la cárcel donde deberá pasar, como mínimo, los próximos 35 años.

     

    Neonazis en acción

    El Encuentro Nacional de Mujeres que se realizó en Mar del Plata en 2015 terminó de la peor manera. Las cámaras de televisión registraron los incidentes el 11 de octubre de ese año, cuando dos jóvenes corpulentos y de cabezas rapadas agredieron a golpes a un grupo de mujeres que se manifestaban a favor del aborto frente a la Catedral local. Se trataba de Nicolás Caputo y Oleksandr Levchenko, un joven ucraniano que ostentaba un escudo de madera con la cruz esvástica, integrantes del grupo neonazi Bandera Negra.

    La agresión no surgió al azar. Otro integrante de la banda, Gonzalo Paniagua, tenía el programa del Encuentro Nacional de Mujeres, donde había subrayado los talleres de debate sobre anticoncepción y aborto, “lo que permite inferir que el grupo seguía las actividades (realizadas en el Encuentro) para definir sus acciones”, dijeron los jueces del Tribunal Oral Federal en lo Criminal de Mar del Plata, que condenaron a siete miembros del grupo a penas de entre cuatro y nueve años de prisión efectiva.

    Las actividades del grupo, organizado por Alan Olea, Caputo y Paniagua, se formalizaron en enero de 2014, cuando anunciaron la conformación de la rama marplatense del Frente Skinhead Buenos Aires (un video de esa reunión aún se puede ver en YouTube). Hacían el saludo nazi, se identificaban con consignas del nazismo e idolatraban a Marcelo Scalera, una especie de mártir skinhead fallecido en abril de 1996 en una pelea en el Parque Rivadavia, en Buenos Aires.

    Además realizaban “entrenamiento de combate” y fantaseaban con hacer “arrestos civiles”, en los que privarían de la libertad a sus enemigos. “Todos sus delitos son delitos de odio que tienen una alta motivación discriminatoria: atacan porque las víctimas son judíos, homosexuales, del colectivo LGBT, bolivianos «que no merecen tocar dinero argentino», punks, anarquistas”, señalaron los jueces marplatenses.

    Así, apalearon en grupo y causaron lesiones a Tamara Mora Paz, una travesti en situación de calle que sobrevivía mediante la prostitución, “únicamente por el desprecio hacia la condición transgénero de la víctima”; hostigaron con cuchillos y manoplas a tres adolescentes punks y les advirtieron que los matarían “uno por uno”; amenazaron a una joven por manifestarse como feminista y atea; apalearon y provocaron graves lesiones a militantes anarquistas, en un ataque cuidadosamente planificado, entre otros hechos.

     

    La zona de La Perla se transformó en una especie de coto de caza del grupo, que propinaba golpizas y hostigamientos a trabajadoras sexuales por su orientación de género o por su origen racial –una mujer dominicana fue atacada por “tener olor a negra”, dijeron- y a militantes de la comunidad LGBTI, y provocaba daños a locales de instituciones sociales ideológicamente opuestas. Lejos de ocultarse, se jactaban de sus delitos en las redes sociales y difundían discursos donde la xenofobia se combinaba con el delirio: “No a la ocupación boliviana en Salta –dijeron en una especie de comunicado-. No a la indiferencia del gobierno Argentino. Sí a la Patria. Todos por Salta. Evo fuera de Salta o conocerás el verdadero lamento Boliviano. Viva la soberanía Argentina ¡Argentina para los argentinos!”.

    Si bien terminó con una condena judicial, el caso de los neonazis marplatenses mostró que las conductas de odio y discriminación no responden a fenómenos aislados sino que enraízan en cuestiones culturales –como el machismo y el menosprecio de las mujeres- y cuentan con la indiferencia y la tolerancia de funcionarios y sectores de la sociedad: los policías marplatenses  desalentaban a las víctimas para hacer las denuncias; en el juicio oral el fiscal Juan Manuel Pettigiani le restó gravedad a los hechos, negó que hubiera motivos de odio y pidió penas leves y absoluciones; el presunto ideólogo del grupo, Carlos Gustavo Pampillón, conocido por sus declaraciones xenófobas y discriminatorias y procesado por otros daños, recibió el beneficio de una probation.

     

    La palabra justa

    Gabriel Marino la conoció el 9 de septiembre de 2015 en el Cenareso. Ganó su confianza, se convirtió en su pareja y un mes después la asesinó. Diana Sacayán murió víctima de la violencia contra la que luchaba. “Las lesiones fueron de extrema brutalidad, y, por su pluralidad y especificidad, estuvieron dirigidas a marcar el rasgo específico típico del odio”, dijo el juez Adolfo Calvete, presidente del Tribunal que juzgó el hecho.

    En el curso del proceso, parte de la discusión giró en torno al reclamo de los querellantes y la fiscalía para que el caso sea considerado como travesticidio. “Los asesinatos de personas LGBTI no suelen categorizarse como crímenes de odio o crímenes por prejuicio y en consecuencia terminan siendo investigados y juzgados como crímenes particulares. Esto perpetúa su invisiblización y, así, favorece el sostenimiento de su impunidad”, planteó la fiscal Mariela Labozzetta.

    “Este camino tiene una finalidad de sentido, dar cuenta de que estamos frente a un fenómeno –agregó la titular de la Ufem-. Un fenómeno complejo, estructural, sistemático, que afecta a un colectivo amplio de personas y que es específico. Las travestis, como las mujeres, son asesinadas por ser tales, por su identidad de género, por confrontar los estándares de normalidad. Estos crímenes se repiten, se sostienen, se multiplican y hasta ahora no tenían nombre. Son invisibles. Si no tienen nombre, no tienen reconocimiento. Y si no se les reconoce existencia, no tienen amparo y tampoco tienen consecuencias”. A partir del juicio por el crimen de Diana Sacayán, se llaman travesticidios y reciben la pena máxima que contempla el Código Penal.

     

     

  • El arte de elegir para otros

    En Argentina el precio de los libros está fijado por las editoriales para que los comercios pequeños convivan con las grandes cadenas. La especialización temática es clave para sobrevivir en un mercado donde la oferta supera largamente a la demanda.

  • El viejo anhelo de la paz, ¿sólo una quimera?

    Cada 21 de septiembre también es el Día Internacional de la Paz, según lo estableció Naciones Unidas hace 25 años. Mientras tanto, es posible que la humanidad no haya tenido un minuto sin guerras desde hace milenios.


    Por Alejandro Mareco |Periodista

     

    Acaso no hay mayor tesoro para la humanidad desde que habita la Tierra y el tiempo, ni mayor anhelo para los hombres y mujeres que atraviesan la sencillez cotidiana de los días, que vivir en paz. Simplemente eso: poder ejercer la existencia en mínima armonía con los pares (familia, vecinos, pueblos, países) tanto como con la fecundidad proveedora de la naturaleza y el trabajo.

    Por eso es que desearle la paz al prójimo es el saludo esencial de las grandes religiones monoteístas. Pero tal vez ese deseo tan viejo ha sido el más quimérico de alcanzar por una especie que ha llegado muy lejos en el desarrollo de su conocimiento científico y de sus hazañas tecnológicas; capaz de domesticar la materia, la energía y muchas de las fuerzas adversas de su escenario vital, el planeta.

    Es posible que las originales luchas por territorios de caza, por espacios de supervivencia, hayan encendido la chispa de los enfrentamientos desde los primeros momentos. Y que de las disputas individuales se pasaran a las grupales. Y que luego de combatir por necesidad, se haya pasado a hacerlo para mantener privilegios en detrimento de una situación más frágil para otros grupos. O, visto de otro modo, que la decisión de romper ese cerco de privilegios y ventajas haya alimentado las luchas de los postergados.

    En 2012, el hallazgo arqueológico de una treintena de cadáveres con claros rasgos de haber muerto en forma violenta hace unos 10.000 años, cerca del lago Turkana, en Kenia, fue interpretado por algunos científicos como una prueba de la existencia de una manera de guerra entre pueblos cazadores recolectores.

    Incluso, hay quienes sostienen que las guerras han funcionado como un instrumento para el control del número de población posible en relación con los recursos disponibles y el desarrollo alcanzado en algunos momentos. La Guerra de Troya tiene una mirada posible en ese sentido, entre tantas otras.

    Entretanto, en medio de esas contiendas se han enarbolado banderas ideológicas, religiosas, culturales, nacionales.

    Las guerras probablemente no hayan tenido descanso en la historia de la humanidad. Es difícil pensar que en algún momento, al menos en un rincón del planeta, no existieran dos bandos combatiendo a matar o morir.

    El paroxismo llegó en el siglo 20 con las dos gigantes conflagraciones que extendieron el conflicto a una enorme porción del planeta, involucrando a numerosos países, aunque el eje del combate fue la lucha de poder en el viejo centro del mundo que era Europa. Pero además se trataron de momentos de la historia en los que asomaría el protagonismo de Estados Unidos, y luego, lo que sería la otra cara del poder en el globo, la Unión Soviética.

    Las cosas fueron demasiado lejos. El final de la Segunda Guerra Mundial demostraría que el febril desarrollo científico y tecnológico de los instrumentos para matar en el que tanto empeño se había puesto, había dado finalmente con el arma de la autodestrucción de la especie y del planeta.

    Las bombas atómicas que en 1945 cayeron sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, lanzadas desde aviones estadounidenses, congelaron por un instante la sangre de los hombres y mujeres.

    Habíamos dado con la fórmula para arrasarlo todo. “No es nada honroso para el talento humano, en la edad de oro de la ciencia, haber concebido el modo de que un proceso multimilenario tan dispendioso y colosal pueda regresar a la nada de donde vino por el arte simple de oprimir un botón”, diría el escritor colombiano Gabriel García Márquez.

    Pero lejos de retroceder, poco después las potencias le harían firmar al mundo un acuerdo por el que sólo cinco países (Estados Unidos, Inglaterra, Francia, China y la Unión Soviética, lugar asumido luego por Rusia) podían tener armas nucleares; es decir, quedaban en condiciones de amenazar al resto. La vieja metáfora del poder se repetía: lobos al cuidado de las ovejas.

    Más allá de que las experiencias son intransferibles –es decir, no pueden comprenderse de un modo cabal si los sentidos y sentimientos no han estado involucrados–, es probable que lo que sintieron los habitantes de aquellas ciudades japonesas no pudiera ser expresado en palabras, pues los conceptos de cualquier idioma no estaban ni están preparados –acaso no lo estén nunca– para significar algo tan tremendo.

    Los niños, mujeres y hombres de Hiroshima y Nagasaki le vieron los ojos al espectro del fin del mundo. La conciencia humana, nosotros, aún no se atreve a mirar los suyos.

     

     

    De próceres guerreros y paz con los vecinos

    Es posible que casi todos los pueblos del mundo, pueblos que son naciones o sólo alcanzaron la estatura de países (“Somos argentinos porque no pudimos ser americanos; somos un país porque no pudimos ser una nación”,

    decía el  pensador Jorge Abelardo Ramos), seamos hijos de la guerra.

    Ése ha sido el modo de ganarnos nuestro lugar en la historia y, sobre todo, en el presente. Bien lo sabemos desde Estados Unidos hasta la Argentina: dar batalla contra los imperios de hace dos siglos y más fue nuestro modo de amanecer.

    Por eso es que la mayoría de los próceres que nutren nuestro Olimpo patrio son guerreros, héroes del tiempo fundacional que nos puso en la historia.

    Que los tiempos de paz pueden ser nuestros mejores tiempos, lo ha mostrado el grado de convivencia que alcanzamos con los vecinos latinoamericanos, en la conciencia de que la unidad regional nos alcanzará una mejor oportunidad para todos.

    Pero las hipótesis de conflicto durante mucho tiempo carcomieron la relación con los vecinos. Por ejemplo, Brasil.

    Alguna vez, Formosa fue una tierra casi abandonada a su suerte, donde el Estado nacional no invertía en infraestructura, ni atendía a sus pobladores, ni le preocupaba que pudieran portar la condición de argentinos los pueblos originarios que habitaban ese paisaje. Una de las razones principales de ese abandono fue el viejo fantasma de guerra con Brasil.

    Las relaciones entre Argentina y Brasil habían nacido a sablazo puro en nuestros primeros años de existencia. La reunión llegó en la década de 1860 cuando, junto con Uruguay, se formó la Triple Alianza que salió a destruir al Paraguay de Solano López, que de manera independiente había alcanzado un desarrollo admirable (y envidiable) por aquellos tiempos y fue reducido prácticamente a cenizas.

    La victoria no sirvió para sellar una amistad, acaso por lo poco noble que había sido el motivo del acercamiento. Así es que seguimos mirándonos con recelo. Y el mapa de la desconfianza se propagaba: por aquello de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, Chile, con quien estuvimos siempre en tensión por cuestiones limítrofes, se suponía aliado de Brasil.

    El desvelo tuvo una pausa a mitad del siglo 20, cuando el gobierno de Juan Perón planteó el ABC (Argentina, Brasil, Chile) junto con sus colegas de entonces, Getulio Vargas, en Brasil, y Carlos Ibáñez, en Chile. “Lo único que hay que vencer son intereses; pero cuando los intereses de los países entran a actuar, los de los hombres deben ser vencidos por aquellos; esa es nuestra mayor esperanza”, diría en su recordado discurso integrador en la Escuela de Guerra, en noviembre de 1953.

    Finalmente, en marzo de 2004 se creó el Día de la Amistad Argentino-Brasileña. Así lo convinieron los presidentes Néstor Kirchner y Luiz Inácio Lula Da Silva, en conmemoración de la Declaración de Iguazú, que en 1985 firmaron los entonces mandatarios Raúl Alfonsín y José Sarney, puntapié inicial del Mercosur.

    Esa impronta se proyectó al subcontinente fecundando en la creación de la Unión Sudamericana de Naciones. Acaso el espejo fue la unión de los países europeos, que tres décadas después de masacrarse mutuamente entendieron que como bloque regional cuidarían mejor sus intereses.

    La rivalidad con Brasil sobrevive en el folklore del fútbol, en las críticas muchas veces mal intencionadas sobre el saldo de la balanza comercial, entre otras dificultades en el intercambio. Pero las viejas hipótesis de guerra han sido cerradas como se cierran las heridas de los pueblos maduros: la paz es también un buen negocio.

     

     

    Pobreza y justicia 

    La Liga de las Naciones, creada en 1919, al finalizar la primera gran guerra del siglo 20, no pudo detener la segunda, que vendría apenas 20 años después. Luego, al final de la segunda, en octubre de 1945 se crearían las Naciones Unidas, que tampoco podría acallar tantos sangrientos combates esparcidos en el mundo a un costo de millones y millones de vidas desde entonces.

    Pero antes de que se apagara el hasta entonces más violento de los siglos, en 1993, la Asamblea General de las Naciones Unidas creó el Día Internacional de la Paz, dedicado “a conmemorar y fortalecer los ideales de paz en cada nación y cada pueblo entre ellos”. Primero lo ubicó en el almanaque en el segundo martes de septiembre, pero en 2001 estableció una fecha fija: cada 21 de septiembre.

    Más allá de lo que puede parecer sólo una declaración de deseos, el espíritu de la creación del Día Mundial de la Paz, como también se lo conoce, consideró que no es posible alcanzar un mundo pacífico si no se logra el desarrollo social y económico de todas las personas y se garantiza la protección de sus derechos.

    En ese sentido, se han planteado objetivos sostenibles que apuntan a temas que tienen que ver con un mínimo punto de partida de justicia, distribución de recursos económicos y sociales capaces de hacer posible un estado de armonía elemental.

    Pobreza, hambre, salud, educación, cambio climático, igualdad de género, agua, saneamiento, electricidad, medioambiente y justicia social son algunos de esos objetivos, recursos y desafíos sobre los que se debe trabajar para que la paz finalmente tenga una oportunidad, como cantaba John Lennon.

    Incluso existe desde hace algunos años una disciplina del conocimiento llamada irenología (Irene significa paz), o estudios de la paz y los conflictos. Se ocupa del estudio multifactorial de los conflictos internacionales y concibe la paz no sólo como la ausencia de guerra, sino como un concepto positivo que incluye la justicia, el desarrollo económico y social equilibrado y el conocimiento y respeto mutuo entre las naciones.

    Albert Einstein, el científico sobre cuyos descubrimientos se afirmó la tecnología nuclear, decía: “La ciencia es un instrumento poderoso. La forma en que se utiliza, será una bendición o una maldición para la humanidad”. Luego, en 1922, el mismo Einstein escribiría: “El desarrollo de la tecnología ha hecho que las economías del mundo sean interdependientes, por lo que cada guerra tiene efectos mundiales”.

    Sí, cada una de las guerras como a las que asistimos en estos días, nos atañen a todos.

    No hay dudas de que no hay camino de paz posible si siguen causando estragos la ambición, la voracidad y los privilegios a costa del sufrimiento de miles de millones. Es sobre los más débiles sobre los que se descarga el monstruo de la guerra.

     

  • Facebook: tropezón y crisis

    La compañía de Mark Zuckerberg atraviesa un periodo de turbulencias como nunca jamás vivió. Escándalos, falsificaciones y sospechas atentan contra su valoración financiera. Su impacto en el ecosistema digital perdurará aun si la empresa cayera al precipicio.

    Por Martín Becerra | Profesor e Investigador UBA, UNQ y Conicet

     

    La noticia, esperable, no deja de impactar: por primera vez desde su concepción en 2004, Facebook acusó un descenso en el número de usuarios activos en Europa. Si tan sólo se tratara de la moderación de su, hasta ahora, crecimiento vertiginoso representado en 2230 millones de usuarios, el amesetamiento no sería una mala nueva. En sus mercados más rentables y maduros, Estados Unidos y Europa, es lógico que Facebook detenga su crecimiento ya que en la población adulta se acerca a un nivel de saturación estadística (más del 90 por ciento es usuaria de la red). Es una escala envidiable para cualquier otra compañía, sea cual sea su rama de actividad. Lo que para Facebook es estancamiento, para el resto es utopía. 

    Pero el escenario es bastante más complejo y se combina con el escándalo de la venta de datos de millones de personas por parte de la red social, con la manipulación canalizada vía Cambridge Analytica en las elecciones presidenciales de Estados Unidos y del Brexit (entre otras), con el efecto contagio de las fake news, con la falsificación de cuentas para incrementar artificialmente la audiencia de la plataforma, y con la censura privada de cuestiones tan emblemáticas como la foto de la niña del Napalm o la Declaración de la Independencia estadounidense, donde la corporación tiene su casa matriz. Las citaciones recurrentes a Mark Zuckerberg y otros ejecutivos de la empresa por parte de legisladores en los países centrales le agregan pimienta a un combo en el que la palabra “pérdida” (de ingresos, de usuarios, de prestigio) se repite con cada vez mayor frecuencia. Tanto, que la valorización bursátil de Facebook sufre una erosión tan importante como impensada hace un año. 

    El periodista Gerrit De Vynck, de Bloomberg, dijo el jueves 26 de julio pasado, cuando las acciones de Facebook se desplomaron en Wall Street casi un 20 por ciento, que “la pérdida de Facebook es de aproximadamente 2/3 del tamaño de la pérdida de mercado total en el Martes Negro de 1929, incluso ajustada por inflación. Ese fue el peor día del terrible mes que terminó con los pujantes años 20 y marcó el comienzo de la Gran Depresión". El tiempo dirá si las desventuras bursátiles de la compañía se reducen a una ralentización de los beneficios que produjo hasta este año o si el problema, como todo parece indicar, es mayor. 

    La acumulación de tropiezos se traducen en pérdidas, de tenor y naturaleza distintos, y esa senda conduce a la crisis. Puede que no sea crisis terminal, que el tropezón no sea caída definitiva, pero es una situación de descontrol desconocido por uno de los gigantes tecnológicos globales más exitosos y el de mayor calado. Y las respuestas, prometidas por Zuckerberg y sus voceros, no llegan o carecen de eficacia. Sobre llovido, mojado: las nuevas normas europeas de protección de datos personales son más rigurosas con los intermediarios de Internet cuyo negocio se basa, esencialmente, en la gestión y comercialización de esos datos, restringiendo su discrecionalidad y, en consecuencia, afectando su modelo de negocios. Malas noticias no sólo para Facebook, sino también para Google o Amazon. 

    Crisis es el término que usan, con cierto regocijo, los medios tradicionales, que amplifican los traspiés de Facebook y la errática senda que tomó su conducción corporativa. Cada fallido de Zuckerberg en el Congreso de Estados Unidos fue festejado por los editores periodísticos de los principales medios como un guiño a aquel refrán que recomendaba esperar en la puerta de casa que pase el cadáver del enemigo. Aunque los periodistas más lúcidos saben en su fuero íntimo que su casa ya no es lo que era, que Facebook es más bien un “eneamigo” (ya que les aportó tráfico y visitas a sus contenidos) y que no hay nostalgia que pueda reconstruir los medios de su edad dorada. Aún si los tropiezos que por ahora son accidentes de Facebook (no su deceso) se agravaran, el ecosistema digital llegó para quedarse y la aparición de nuevos intermediarios reemplazará, eventualmente, a la compañía fundada por Zuckerberg. 

    La crisis de Facebook puede ser una oportunidad para que los medios tradicionales promuevan la discusión pública sobre el destino de los ingresos que produce la circulación de los contenidos que los tienen a ellos como usinas principales, aunque la intermediación de Facebook o Google haya logrado capturar gran parte de su comercialización. Tal vez el saneamiento de varias de las prácticas más nocivas que protagonizó Facebook en los dos últimos años, hoy en pleno proceso de estallido, pueda ser aprovechado por los medios para revisar uno de los nervios más sensibles y menos transparentes del ecosistema digital. 

     

  • La comunidad organizada desde el cooperativismo

     

     

    Editorial | septiembre 2018

     

    El objetivo amplio como integración de entidades solidarias es el desarrollo local en el que está presente el cooperativismo de servicios públicos y particularmente, el de las comunicaciones. Desde la reciente Fundación COLSECOR nos planteamos construir en esas posiciones territoriales, economía social sostenible. En esa misión va la idea convergente que presenta al cooperativismo como comunidad organizada.

    La experiencia de 23 años con una convivencia consolidada de 220 organizaciones autónomas, nos impulsa con certezas para avanzar en la planificación institucional.

    Sabíamos que el nuevo espacio de trabajo debía despertar expectativas y que una razón fundamental para consagrar la propuesta era poner en valor la conducta convincente de intecooperación que se supo adoptar como sana costumbre.

    La buena ponderación se avala en la trayectoria comprobada por la construcción de consensos. Los logros de soluciones sobre la base de los equilibrios en las diversidades de dimensiones pequeñas, medianas y grandes con preeminencia en la importancia de la identidad colectiva con un horizonte compartido de largo plazo, fueron una realidad verificable.

    Hoy esos frutos nos permiten avanzar en los nuevos desafíos que estamos comenzando a diseñar para el futuro deseable.

    La orientación para recorrer los caminos implicara examinar contextos, conocer las capacidades y armonizar los intereses en el tiempo presente con los cambios situacionales que habitualmente suceden en el país que nos toca habitar. Por cierto, nada fácil.

    No perdemos de vista que una lectura posible para evaluar todo proyecto de empresas es el de la eficiencia. Somos tan exigentes con ese axioma que, en el caso de las cooperativas, esa eficiencia es social porque es medible por los asociados, en forma democrática y con amplitud participativa.

    Por tanto, la síntesis de las iniciativas será tanto con los datos de la dimensión socio-económica, como con los significados de la institucionalidad cultural. Para COLSECOR, la coincidencia de esas dos referencias tienen que ser los aspectos formativos para una verdadera legitimidad que quede clara a todas luces: en los procesos y las conductas como en los fines y los valores que se sedimentan en los hechos.

    De este modo, pretendemos motorizar unidades productivas en los estados municipales con trabajo digno y sustentable que se puedan movilizar con el vigor de escalas integradas a niveles provinciales en todo el país para una mayor inclusión con equidad distributiva que pueda redundar en cambios culturales con solidaridad.

    Para ello es fundamental una dirigencia social emprendedora que pueda activar gestiones que se apoyen sobre el registro de las constantes auditorias comunitarias que se tienen que realizar para la eficacia de los proyectos.

    La Fundación COLSECOR estará atenta con todos sus signos vitales: para observar, escuchar y sentir el contacto con las poblaciones, percibiendo los aromas de épocas y sabiendo de los gustos de una sociedad justa y ética que merece nuestra Argentina para la prosperidad de toda la ciudadanía en los lugares donde vivimos.

  • Mujeres fuera de cuadro

    Barricada en barrio Alberdi | Archivo La Voz

     

    Las 195 páginas del libro de la periodista y fotógrafa Bibiana Fulchieri visibilizan la participación de las mujeres en las luchas sociales y políticas en los años 60 y 70, en Córdoba. La obra desnuda la ideología patriarcal y dominante de una época poniendo luz en los recortes de la historia oficial.

  • Nueva York en tiempos de sexo, drogas y rock and roll

    La década de los ´70 llama a nostalgia. En ocho capítulos esta serie de HBO nos transporta a un mundo que ya no existe. The Deuce son postales en movimiento de New York, New York.

     

    Por Néstor Piccone | Periodista y licenciado en psicología

     

    The Deuce es la calle 42 de Manhattan. Siempre fue la cara oscura, el rostro pobre de Nueva York. Contracara de la Quinta Avenida, expresión de la opulencia y la riqueza.

    The Deuce, la serie de HBO con una primera temporada de ocho capítulos, se mete en Nueva York justo en el momento en el que el mundo se encaminaba hacia un nuevo orden económico. La historia confirma que de manera lenta pero sistemática la Gran Manzana dejó atrás el descontrol para encaminarse hacia el apogeo de las Torres que tendrá en las Gemelas su símbolo máximo, hoy también destruido.

    Pero la serie no pone el ojo en la gran política, sino en los movimientos casi imperceptibles de quienes  habitan el Times Square. No es tampoco el Manhattan que pintó Woody Allen en blanco y negro. Elige el registro de aquellos que hicieron de la pornografía un negocio rentable y “respetable” por sobre la prostitución de poca monta.

    La serie, plena de color, música de época y referencia a los “queridos ‘70” es también el principio del fin de un estilo de vida surgido en los márgenes de la sociedad. Una mirada tal vez nostálgica de un pasado que sucumbió ante la avasallante gentrificación producida a comienzos de los años 80.

    La gentrificación es una herramienta menos cruenta que las topadoras o la represión física. Es un mecanismo sistemático en el que las élites económicas se quedan con barrios y territorios emblemáticos de los pobres y las clases medias. Un modelo de expropiación socio-cultural por el que los sectores de la financierización de la economía se apropian de espacios sociales multiétnicos y pluriculturales.  

     

    La Nueva York de The Deuce es la de los autos con musculatura, grandes como barcos, esos fabulosos Cadillac o Continental, amplios, ostentosos, especies de transatlánticos que desaparecerían en el naufragio que inundó el mundo de petrodólares y abrió una nueva forma de guerra que pondría en el escenario económico a los jeques árabes, terceros en discordia junto a los protagonistas de la Guerra Fría.

    El acceso a esos superautos aparece en la serie como un signo de ascenso social.

    En The Deuce está el rock yanqui, Village People, Talking Heads. En segundo plano aparece la guerra de Vietnam. Se ilustra con las marquesinas de fondo blanco iluminadas con letras negras donde gana la promoción de películas emblemáticas como Mash, con los jóvenes Donald Sutherland y Elliott Gould, o Patton con el rebelde George C. Scout, que en 1972 rechazaría la estatuilla del Oscar otorgada por su actuación como el general Patton. En esas vidrieras irrespetuosas también se puede ver a Marilyn con Frank Sinatra,  Albert Camus mezclado con Elvis Presley y el cine bizarro de  Mondo Trasho con Bernardo Bertolucci del Último tango en París.

    En The Deuce se encuentran migrantes, minorías radicalizadas, homosexuales y trabajadores que alguna vez construyeron  una isla, la de Manhattan, plena de tolerancia, autodeterminación y transgresión. La serie es una foto de archivo del New York perdido, irreconocible desde una actualidad en la que se exhibe impúdica una city, meca del consumo, ocupada por turistas, fondos buitres y chicos ricos.

    The Deuce es sexo, drogas y rock and roll al alcance de la mano.

    Las miradas de su creador, el periodista de policiales David Simon y su colaborador George Pelecanos son de añoranza, de nostalgia, de saudade. El final del último capítulo deja esa sensación. No es la patológica mirada cargada de miedo al futuro con la que nos suele pegar la melancolía.

    Pero Simon también dispara sobre la pantalla chispazos de cinismo típicos de la novela negra. Sabe de crímenes, de policías, de corrupción, de prostitución, chulos, proxenetas o cafishos de poca monta. Sabe de violencia, de muerte, pero también de vida, de deseo. Por eso en The Deuce casi siempre gana lo imprevisible, la esperanza de que en esas pequeñas vidas algo mejor puede venir.

    Un puñado de personajes arquetípicos da vida a la serie. Los mellizos Vincent y Frankie Martino, interpretados por el mismo James Franco se dividen para componer al tanito castigador por un lado;  y al gringo laburante y solidario, por el otro. Un dato colateral que podría hacerle daño a la continuidad de la serie en próximas temporadas es marcado por el hecho de que Franco fue alcanzado por denuncias de abuso impulsadas por el movimiento feminista MeToo (Yo también).

    Un pilar de la tira es Maggie Gyllenhaal. Una actriz excelente que le pone el cuerpo - sin maquillaje ni photoshop-  a una prostituta que lucha por convertirse en una independiente trabajadora del sexo. Los mellizos y Maggie son la expresión de tres formas de caminar, vivir y trabajar en la calle 42.

    La intelectualidad o el snobismo también forman parte de la trama. Ese perfil irrumpe en el submundo de la noche neoyorkina a través de la actuación de Margarita Levieva, una actriz de origen ruso. Encarna a una joven estudiante de clase media que intercambia copas y experiencias  de vida por libros de Emanuel Kant. Levieva no está para redimir a nadie. El cruce con mujeres venidas del interior de EEUU que prefieren un incierto futuro, pero futuro al fin; se parece mucho al desafío que ella asumió cuando abandonó la comodidad de una familia rica. El cruce de culturas está a la vista todo el tiempo en la 42.

    Dos personajes negros darán cuenta del cambio político que le impondrán a Manhattan alcaldes como el famoso Rudolph Giuliani, que sin aparecer en la serie se presiente en los sinuosos giros de los comisionados u oficiales. Lawrence Gilliard interpreta a un policía negro que duda en asumir a pleno la corrupción de la fuerza. Una duda que crece al ritmo del romance con una periodista, negra como él, Natalie Poul, que investiga la ruta del dinero de la prostitución, la droga, el juego y la política neoyorkina.

    También están las historias de los proxenetas pymes y los despachantes de video XXX, reconvertidos en los novedosos saunas o salas de masajes y en cabinas de video dadas al placer masturbatorio.

    En The Deuce hay mafiosos italianos, mezclados con judíos e irlandeses, pero en esta historia los mafiosos son “capitos” que nunca alcanzarán la altura de Corleone, el padrino de Francis Ford Coppola, quedando más cerca de los Buenos Muchachos de Martin Scorsese.

    Finalmente la serie desnuda como puede ser el nuevo mundo neoyorkino y se insinúa a través de las facilidades que el poder otorga al cine porno. Es la competencia con los filmes suecos o daneses la que dará a luz en la realidad y en la ficción a una de las películas más taquilleras del género: Garganta Profunda. Esa historia que hizo famosa a Linda Lovelace, con el extraño defecto de tener el clítoris en un lugar impensado.

    Pero nada es tan explícito en The Deuce. La lucha del Poder Negro (Black Power) está en las menciones a la activista Angela Davis y los peinados afro, los mismos que dieron forma a Hair, la comedia musical, emblema hippie que recorrió el mundo.

    Los nostálgicos podrán disfrutar la multiplicidad de guiños que despliega The Deuce. Para los más jóvenes es una buena oportunidad de conocer un mundo que ya no está pero que dejó huella en la sexualidad, en los consumos transgresores y en el rock, o el punk. 

     

    The Deuce

    1ª temporada disponible en HBO GO | COLSECORPlay

    Una producción original de HBO

    Creadores: George Pelecanos and David Simon

    Guion: George Pelecanos and David Simon

    Protagonistas: Maggie Gyllenhaal, James Franco. Margarita Levieva, Lawrence Gilliard Jr.

    La 2ª temporada desde el 9 de septiembre en HBO y HBO GO

     

     

     

     

  • Se abre la grieta en el Congreso por la despenalización de las drogas

    El Poder Ejecutivo se apresta a enviar al Parlamento un anteproyecto de reforma del Código Penal elaborado por una comisión de especialistas. La propuesta incluye la despenalización de la tenencia y autocultivo de drogas para consumo personal.

     

    Por Gabriel Sued |Politólogo y periodista 

     

    Tras la convulsión generada por la batalla sobre la legalización del aborto, en el horizonte del Congreso emerge una discusión con fuertes implicaciones sociales y la potencia para abrir otra grieta transversal entre diputados y senadores: el debate sobre la despenalización de la tenencia de drogas y el autocultivo para consumo personal.

    Como sucedió con la interrupción voluntaria del embarazo, la discusión podría abrirla el Presidente, si envía sin cambios al Congreso el anteproyecto de reforma del Código Penal elaborado por una comisión de especialistas, encabezada por el juez federal de Casación Penal Mariano Borinsky. Esa propuesta no legaliza las drogas, sino que despenaliza la tenencia para consumo personal, siempre que sea en “escasa cantidad” y en un “ámbito de privacidad”.  

    En este caso, Mauricio Macri no podrá alegar neutralidad. La redacción final de la propuesta, que el Poder Ejecutivo recibirá antes de fin de año, depende de la Casa Rosada.

    La despenalización de la tenencia de drogas para consumo personal es sólo un apartado de una reforma integral, de 540 artículos, que tiene como principales objetivos reforzar las herramientas penales para castigar el narcotráfico, la corrupción de funcionarios y empresarios, el terrorismo y el ciberdelito. Pero se convertirá sin dudas en uno de los puntos sobresalientes de una discusión que podría llevar meses y hasta incluso quedar en suspenso por los efectos de una campaña electoral anticipada.

    Aunque nunca llegó al recinto, el debate está presente en el Congreso hace años. En especial en la Cámara de Diputados, donde hay al menos tres proyectos con estado parlamentario para avanzar en la despenalización. Un repaso de los autores de esas iniciativas confirma que se trata de una discusión transversal: Nilda Garré (Frente para la Victoria), Victoria Donda (Libres del Sur) y Elisa Carrió (Coalición Cívica).

    En caso de que el Poder Ejecutivo ratifique la propuesta de la comisión de especialistas, será la primera vez que un presidente proponga una reforma de este tipo.

    El anteproyecto que recibió el Gobierno está lejos de suavizar las penas para los delitos vinculados con las drogas. Borinsky no integra el grupo de juristas a los que suele calificarse como “garantistas”. No se trata de una propuesta de legalización sino de despenalización restrictiva que se ajusta a la jurisprudencia de la Corte Suprema. El proyecto intenta cambiar el sujeto perseguido por el sistema penal: que deje de ser el consumidor y pase a ser el narcotraficante.

    Para eso, el nuevo Código aumenta las penas para los eslabones más peligrosos de la cadena del narcotráfico, como la fabricación, la producción y la comercialización, y crea como nueva figura penal la organización internacional dedicada a la venta de estupefacientes. Para los jefes de esas bandas se prevé una pena de hasta 25 años de prisión.

    En la búsqueda de un equilibrio que conforme a todos los sectores, en el texto del anteproyecto se señala que la tenencia de drogas para consumo sigue siendo delito, salvo que sea “escasa cantidad” y en un “ámbito de privacidad”. La misma regla se aplica al autocultivo. La propuesta se basa en el artículo 19 de la Constitución, que determina que “las acciones privadas de los hombres que no ofendan la moral ni derechos de terceros están exentas de la autoridad de los magistrados”.

    En este artículo se basó la Corte Suprema en el fallo Arriola, de 2009, para declarar inconstitucional el artículo 14 de la ley 23.737, que reprime con una pena de prisión de un mes a dos años la tenencia de estupefacientes para uso personal. El fallo sirve como jurisprudencia pero no impide que la policía detenga a miles de consumidores por la tenencia de cantidades escasas de drogas y que se abran miles de causas que todos los años terminan en el archivo. Para ajustar la legislación a la jurisprudencia del máximo tribunal hace falta que actúe el Congreso.

    El tema dividirá las aguas con rapidez, incluso al interior de las principales bancadas. Como antecedente sirve el debate de la ley que legaliza el uso medicinal del cannabis, sancionada en marzo del año pasado. Aunque fue aprobado por unanimidad en las dos cámaras, el proyecto abrió una fuerte discusión en Diputados. Los promotores de la iniciativa, en su mayoría familias con chicos que padecen enfermedades neurológicas, debieron conformarse con un texto restrictivo que no habilitó el autocultivo ni siquiera para uso medicinal. Los detractores del proyecto advirtieron que se trataba de un primer paso para abrir el debate sobre la despenalización de la tenencia de drogas para consumo personal.   

    El último intento serio por despenalizar la tenencia se dio en 2012, cuando los entonces diputados Diana Conti (FPV), Ricardo Gil Lavedra (UCR) y Donda acordaron un borrador de dictamen para derogar el artículo 14 de la ley de drogas. “Se permiten todos los actos derivados del consumo, tanto la tenencia de drogas como el cultivo de marihuana y las semillas”, decía el texto propuesto por los diputados, que nunca llegó a aprobarse ni siquiera en comisión.

    El nuevo proyecto de Donda, de marzo de este año, insiste en la derogación del artículo 14 de la ley de drogas, a la vez que modifica el artículo 5, para habilitar el autocultivo y la comercialización de semillas para consumo personal. También propone despenalizar la tenencia de “las hojas de coca en su estado natural destinado a la práctica del coqueo o masticación, o a su empleo como infusión”. A los mismos objetivos apunta el proyecto de Garré, presentado como reproducción de una iniciativa idéntica, de 2016.

    Acompañado por todos los diputados de la Coalición Cívica, el proyecto de Carrió promueve un “programa de prevención y asistencia pública integral de las adicciones”, propone el agravamiento de penas para la comercialización del paco y para las organizaciones de narcotráfico, e incluye una despenalización amplia de la tenencia de drogas para consumo personal. Señala que si “de la cantidad y el tipo de sustancia poseída y de las circunstancias de tiempo, lugar y modo” surgiere “que la tenencia es para uso personal, la persona “quedará eximida de pena”.  

     

    • El anteproyecto de Código Penal procura orientar el esfuerzo del sistema penal a la persecución de los narcotraficantes.
    • Sólo se despenaliza la tenencia para consumo personal cuando la cantidad es escasa y se da en un ámbito de privacidad.
    • La propuesta se ajusta a la jurisprudencia de la Corte Suprema en el fallo Arriola, de 2009.
    • En Diputados hay proyectos para despenalizar de Victoria Donda (Libres del Sur), Nilda Garré (FPV) y Elisa Carrió (CC).