• La Copa de Messi

     

     

     

    Leo merece un Mundial y Rusia 2018 ya empieza. La Selección no llega bien y no es candidata, pero tiene al mejor del mundo para ilusionar otra vez a todo un país.

  • “Sigo siendo un luchador social”

    El expresidente uruguayo José “Pepe” Mujica estuvo en Córdoba  encabezando la presentación de la Fundación COLSECOR, de la que es presidente honorario. Antes, recibió el título Doctor Honoris Causa de manos de la Universidad Nacional de Córdoba.

  • Buenos Aires, el impacto de los contrastes

    Ilustraciones: Bibi González

     

    Es la provincia más grande y poblada del país. Entre una urbanidad que parece no tener final, la serenidad del campo y el regocijo del mar, cobija millones de historias y sensaciones distintas.

     

    Por Julián Capria | Periodista 

    “Si supiera que la tierra se desintegra mañana, igual plantaría mi manzano”. Justo allí donde rechinan los frenos de los trenes que llegan a la estación, el guardabarrera hace sonar su silbato y las inmensas multitudes con sus pasos ansiosos no dejan de fluir, el intenso agobio de la urbanidad de pronto se desvanece en un inesperado rincón florecido. 

    Sucede en una de las esquinas de la estación de Morón, uno de los sitios de tránsito constante en los que la densidad demográfica y la espesura social del conurbano bonaerense quedan claramente expuestas. Allí, hay un vivero que lleva el nombre de Martin Luther King, el autor de la frase del comienzo. 

    Es casi como un espejismo en el desierto. Hace un tiempo, entre flores, helechos, perales y durazneros, Ariel Burgos contaba que la idea fue de su compañero y socio, que era guardabarrera: se le ocurrió el día en que las ratas le comieron la vianda que llevaba para almorzar. 

    “La tierra es la base de la vida y yo, que fui peón golondrina, volví a conectarme con ella aquí. La gente de la ciudad no está acostumbrada a tratar con la naturaleza, Me acuerdo, por ejemplo, que una vez pasó un pibe y le preguntó a la madre por qué estaban los duraznos en el árbol”, contaba el hombre que había nacido en Metán, Salta. 

    Su historia era una entre la de millones de provincianos que habían ido a la gran concentración argentina en busca de una oportunidad en una manera completamente distinta de vivir. 

    Buenos Aires es el estado provincial más grande del país y contiene nada menos que a casi 17 millones de personas (16,66 registrados en 2015). Es el conurbano, como se denomina a la franja de territorio que rodea a la ciudad de Buenos Aires, el de la mayor densidad poblacional argentina y una de las más notables del mundo: se estima que en un espacio que representa el uno por ciento del territorio nacional vive casi un cuarto de los habitantes del país (9.916.715 habitantes según el censo nacional de 2010).

    La urbanidad parece por momentos no encontrar el final del mundo de asfalto. Hombres y mujeres se apiñan en la rutina de cada día en la que se atraviesan grandes distancias para llegar a los puestos de trabajo (la mayoría en la Capital Federal) y la rutina se vuelve una tesonera lucha cotidiana.

    Pero la provincia de Buenos Aires es de alguna manera un país en sí mismo, como que ha marcado desde siempre el pulso histórico y político de la Argentina. 

    Caben las más densas aglomeraciones urbanas, así como su pampa es un sinónimo identitario argentino cultural y sobre todo económico. La fecundidad de sus campos y sus privilegiadas pasturas fueron la base de sustentación ganadera del que fuera -y aún conserva resabios- el sector más influyente en la economía y el poder nacional, la oligarquía. 

    Es decir, esas tierras planas que van a dar al horizonte sin obstáculos frente a los ojos, cobijó a los que alguna vez fueron dueños de la Argentina, y también, aunque con mucho menos cobijo, al gaucho que se volvió ícono de la argentinidad. 

    En la relación con la vaca, el viejo símbolo de la fecundidad bonaerense, interviene el contacto directo que establece con ella la gente sencilla, la que hace la tarea rural. 

    “Hay que ver la calidad de las vacas y el trato que se les da. No hay que maltratarlas ni gritarles, y darles de comer cuando llegan al tambo, porque si no son capaces de patearte”, contaba hace unos años Gastón García Pereyra, un joven tambero en un campo cercano a Tandil. 

    Así como la distancia que hay entre la exultante urbanidad y la vasta serenidad de su llanura, Buenos Aires es tierra de contrastes: cabe la calma de la milonga campera y el frenesí de la bailanta, las rutas atestadas y la soledad de un galope, hasta el mar y la montaña de sus sierras. 

    La costa es el otro gran emblema bonaerense, el que establece con el resto del país una relación de fascinación porque es el escenario de disfrute de las vacaciones de verano, desde que Mar del Plata se plantó como una de las grandes referencias turísticas, primero disfrutada por una élite porteña, y luego abierta a la masiva llegada de trabajadores y clase media. 

    En el inmenso universo de la costa hay muchas tareas por hacer que atraen a multitudes de trabajadores en verano. Aunque hay algunos oficios que sólo son posibles en ese paisaje, como ser entrenadora de delfines. 

    Ese fue el caso de Sabrina Farabello, una chica nacida en San Clemente del Tuyú, hija de padres que trabajaban en el oceanario Mundo Marino. 

    “Este oficio no se aprende en ningún lado. Es una cuestión de tiempo y de encontrar la gente que te da pistas, que te va ayudando. Para entenderse con el animal tienen que ver la voz y la actitud corporal. Todos los días estamos con ellos la misma cantidad de horas. Aunque no hagamos espectáculos, los delfines tienen actividades”, relataba cuando ya trabajaba en Aquarium, en Mar del Plata. 

    Y desde bucólicos rincones de playa al frente y pinares a la espalda, como los de la pequeña y escondida Costa del Este (a pocos kilómetros de San Bernardo), pueden alentarse pequeñas historias que de pronto se vuelven una inspiración capaz de llegar al país entero. 

    Maridel Cano y Abel Acevedo son una pareja de artistas plásticos que un día dejaron el Gran Buenos Aires en busca del remanso del mar. En su casa, plantaron la propuesta “Arte en el bosque”, y de allí, en los días del Bicentenario de la Revolución de Mayo (2010) desplegaron una bandera argentina para escribir sobre ella. Poco a poco llegó a todas las provincias y recogió frases sobre una superficie de tela que se fue extendiendo hasta superar los 200 metros. 

    “La propuesta fue que la gente escribiera sus sentimientos. Hubo gente que nos dijo que no pudo escribir por la emoción que le produjeron los mensajes”, contaban sobre una tarea que al final se extendió hasta el Bicentenario de la Independencia (2106). 

    Fueron más de 5000 frases, pero algunas acaso podrían hablar por todas, como la que escribió un niño de siete años: “Patria del alma mía, yo sin vos no soy nada”. 

    Sí, la provincia de Buenos Aires es fuente de millones de sensaciones diferentes. Entre la velocidad, el paso lento y otros contrastes, lo que hace a Buenos Aires una sola entidad es su capacidad de impactar.

  • La revolución de los estudiantes

     

    La Reforma Universitaria de 1918 tuvo como escenario a la Universidad Nacional de Córdoba, pero su legado atravesó las fronteras y las décadas. Fueron largos meses de caliente lucha que encontraron en los días de junio sus momentos más ardientes.

      

    Por Alejandro Mareco | Periodista 

     

     

    “Era un día soleado. La muchachada se metió dentro de la Universidad. Invadimos el Rectorado y arrojamos por las ventanas muebles y retratos de profesores. No hizo falta echar a los docentes y a las autoridades: ellos salieron corriendo”. 

    Aquel 15 de marzo de 1918 el pulso de la rebelión estudiantil alcanzaba uno de sus momentos de máxima intensidad, y frente al manotazo que acababan de dar los representantes de las viejas estructuras, la Reforma Universitaria entraba en estado de ebullición terminal que confirmaría su destino histórico. 

    El gran escritor Juan Filloy, activo militante de aquellos días, estaba presente en esa asamblea en la que el sector conservador impuso su nuevo rector. Las imágenes de aquellas ardorosas horas lo acompañarían durante todo el siglo 20 (murió en julio de 2000). 

    Pero la temperatura en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) hacía meses ya que enrojecía el termómetro de su tiempo. Y la agitación no sólo se registraba claustros adentro, sino en las calles de una ciudad, conmovida mucho más allá de la comunidad que tenía que ver con la casa de estudios creada en 1613, la más antigua de lo que luego sería suelo argentino y entre las primeras del continente. 

    Los estudiantes de Córdoba habían venido a lanzar un grito de libertad y a derrumbar los esquemas y las relaciones de poder que mantenían a la UNC como el coto de una élite. 

    “Hombres de una república libre, acabamos de romper la última cadena que en pleno siglo XX nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica. Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde hoy contamos para el país una vergüenza menos y una libertad más”. 

    Así lo afirmaría el célebre Manifiesto Liminar divulgado el 21 de junio, y cuya redacción fue obra de Deodoro Roca, conductor sobresaliente en un gran grupo de destacados dirigentes jóvenes cuyos nombres quedarían grabados definitivamente. 

    Además de discrecionalidad y autoritarismo, acomodos y prebendas, la élite se sostenía atrincherada en la mediocridad académica en medio de una época cada vez más sedienta de conocimientos que avanzaban en aluvión. El siglo 20 venía cargado de conmoción científica y tecnológica, y el progreso del saber prometía respuestas a algunas de las más grandes preguntas. 

    “Nuestra universidad lejos de adelantarse, ha sido rémora del progreso institucional del país. Las instituciones se le adelantan. (...) Cerrada a la vida y organizada aristocráticamente, ella sólo dio doctores a nuestra clase dominante”, expresaría Gabriel del Mazo, otro de los protagonistas del momento. 

    "Su biblioteca no tenía un solo libro, no ya de Marx o de Engels, sino de Darwin o Haeckel. En el programa de filosofía la bolilla 16 contemplaba los ‘deberes para con los siervos’. Los consejos académicos eran vitalicios; los profesores se reclutaban por ‘leva hereditaria’ entre amigos y parientes pobres de los provincianos influyentes. La investigación era nula y los métodos pedagógicos, primitivos”, señaló en un artículo del educador y escritor Horacio Sanguinetti. 

     

    Rebelión y violencia 

    La influencia de la Córdoba colonial y católica plasmaba su oscurantismo a través de una sociedad semisecreta llamada Corda Frates.  

    “Es una tertulia de doce caballeros católicos -éste es su más fuerte vínculo espiritual- y de edades aproximadas, que se reúnen en comidas y almuerzos periódicos. Universitarios en su mayoría, políticos casi todos, funcionarios y ex funcionarios, legisladores y ex legisladores, los asuntos públicos les preocupan desde luego, y aún cuando con frecuencia sus señoras les acompañan, no dejan de presentar ciertos aspectos de consejo de Estado”. El diario La Nación, en julio de 1917, describiría así a esa sociedad (citado por Sanguinetti en “Universidad: Reforma y Contrarreforma”). 

    La lucha registraría varios episodios de violencia y represión policial e incluso del Ejército, con ocupaciones del Rectorado y otras dependencias de la UNC, y huelgas generales de los estudiantes, como la que se resolvió aquel 15 de junio. Hubo incluso, dos intervenciones a la Universidad de parte del Gobierno nacional, entonces en manos del radical Hipólito Yrigoyen. 

    Lo explicaría el mismo Manifiesto: “La rebeldía estalla ahora en Córdoba y es violenta, porque aquí los tiranos se habían ensoberbecido y porque era necesario borrar para siempre el recuerdo de los contrarrevolucionarios de Mayo. Las universidades han sido hasta aquí el refugio secular de los mediocres, la renta de los ignorantes, la hospitalización segura de los inválidos y -lo que es peor aún- el lugar en donde todas las formas de tiranizar y de insensibilizar hallaron la cátedra que las dictara”. 

    Entre los distintos apoyos de la sociedad, se contaba también el de trabajadores. Por ejemplo, en junio y ante los hechos de represión, en la Federación Obrera varios gremios (panaderos, pasteleros, gráficos, cocineros, del calzado, albañiles, molineros) se reunieron para repudiar “el atropello del que han sido objeto el pueblo y estudiantes”. Además, en una clara muestra de que asumían  como propio el discurso de los rebeldes, llamaban a “perseverar en la lucha contra el jesuitismo y el dogma, en pro del liberalismo científico y de la más alta libertad de pensar” (“El corazón sobre sus ruinas”, de Juan Cruz Taborda Varela). 

    El compromiso activo con el movimiento cordobés se expresaba también en diferentes ciudades del país donde había otras casas universitarias. Actos y marchas en distintos sitios venían a subrayar lo profundo que estaba expresándose en el centro geográfico argentino. 

    Y aún más allá: la Reforma Universitaria de 1918, como que había venido a hablarles  “a los hombres libres de Sud América”, alcanzaría un eco poderoso en toda América Latina, con repercusiones especialmente intensas en Perú y en México.

      

    La hora americana  

    La rebelión estuvo imbuida de espíritu latinoamericano y su eco se expandió en todo el continente. 

     

    “A los hombres libres de Sud América”. Esa es la tribuna de la historia a la que elige hablarle el Manifiesto Liminar que la Federación Universitaria de Córdoba (FUC) publicó el 21 de junio de 1918. 

    Y esa misma intención queda también reflejada en las últimas palabras del documento: “La juventud universitaria de Córdoba, por intermedio de su Federación, saluda a los compañeros de la América toda y les incita a colaborar en la obra de libertad que inicia”. 

    La gran rebelión estudiantil de 1918 fue un hito que modificó profundamente  la estructura del poder. “La Reforma Universitaria no tenía solamente un programa para la renovación integral de las Casas de Estudios: tenía también -o principalmente- un designio y un entusiasmo latinoamericano y nacional que informaría toda la primera década de su existencia”, sostiene el historiador cordobés Roberto Ferrero. 

    Y explica: “Herida por la balcanización de América Latina, y conmovida por la nueva aurora de la Revolución Rusa, el despertar de los pueblos, la guerra mundial y la caída de los viejos imperios multinacionales, la juventud universitaria de Córdoba y del continente todo, buscaba confusamente en el latinoamericanismo y en su aproximación a los ideales de un socialismo romántico y democrático, un camino propio y una ideología que expresara sus aspiraciones”. 

    "Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos lo advierten; estamos viviendo una hora americana", afirmaba también el Manifiesto. 

    Inmediatamente después de publicado el Manifiesto, la FUC afirmaba en el orden del día del 23 de junio de 1918: “las nuevas generaciones de Córdoba, reunidas en plebiscito por invitación de la Federación Universitaria, considerando que el nuevo ciclo de civilización que se inicia, cuya sede radicará en América porque así lo determinan factores históricos innegables, exige un cambio total de los valores humanos y una orientación de las fuerzas espirituales…" 

    El eco se expande en toda América, y en algunos sitios alcanza inusitada intensidad, como en Perú, donde Raúl Haya de la Torre funda la Alianza Popular Revolucionaria Americana (Apra), un partido basado en los ideales reformistas que protagonizó la historia política del país andino durante todo el siglo 20. 

    También llegó profundamente a México. “Los mensajes de la Reforma despertaron, en forma simultánea, el conflicto y la unidad. El conflicto con las fuerzas tradicionales, y la unidad con las innovadoras. La generación de la Reforma fue la primera del siglo 20 que tuvo una visión continental. Fue la primera que reconoció la necesidad de unidad de la región”. Las palabras son del historiador mejicano Ignacio Sosa en el diario La Voz del Interior de Córdoba, publicadas el 14 de junio de 1998.

     

    Tiempos calientes 

    Como suele suceder en los grandes acontecimientos, hubo episodios que a simple vista parecían casi anecdóticos y caldearon el ambiente, como la huelga que en setiembre de 1917 declararon los practicantes nocturnos del Hospital Nacional de Clínicas, a quienes se les exigía que regresaran antes de la 1 de la mañana para pernoctar en el establecimiento. 

    Pero el aire del siglo 20 estaba ya por un lado demasiado enrarecido, y por otro, sacudido por fuertes vientos nuevos. 

    En los días en los que se gestaba la Reforma comenzaba también a resolverse el destino de la primera gran conflagración de la centuria, llamada Primera Guerra Mundial, hasta entonces la más cruel y funesta que había vivido la humanidad (en noviembre, el imperio alemán se rendiría ante los aliados). 

    Mientras tanto, hacia el final de 1917, la Revolución Rusa había llevado al poder al proletariado y a los campesinos, y sustraído a sus jóvenes de la gran guerra desatada por la voracidad imperialista. 

    También el movimiento revolucionario mexicano que se venía desarrollando desde el comienzo de la década marcaba en el ánimo un ejemplo de ascenso de los sectores populares. 

    Pero era la propia Argentina la que vivía un trascendente período de conmoción en la representación política y social a partir de la llegada del radicalismo al poder desde 1916, a través de la ley de sufragio universal y secreto. Las mayorías populares habían finalmente encontrado el camino. 

    Con la presidencia de Hipólito Yrigoyen, las clases medias y  las primeras generaciones de hijos de inmigrantes nacidos aquí alcanzaban su momento de reconocimiento y protagonismo. 

    Esa nueva realidad social amparada por una democracia más real y sin fraudes que había finalmente madurado se reflejaba en las aulas universitarias, donde también había un lugar bajo el sol para conquistar. 

    De hecho, Yrigoyen asumiría una posición de apoyo concreto al movimiento reformista, a partir de las intervenciones que vinieron a respaldar los postulados de los estudiantes. 

    La autonomía universitaria y el gobierno tripartito, entre otras reivindicaciones, son legados de la Reforma de 1918 para la vida de todas las universidades del país y aun del continente. 

    Pero lo que ilumina la memoria de este centenario es la fuerza vital de aquel espíritu joven que tenía la convicción de que había que salir a construir un mundo nuevo para que la libertad fuera una materia posible de alcanzar. Sus protagonistas fueron capaces de acorralar el pasado y alumbrar el porvenir. 

    “Los dolores que nos quedan son las libertades que nos faltan”, proclamaba el Manifiesto Liminar. Los caminos han sido confusos y difíciles desde entonces, pero puede sentirse que los muchachos del ‘18 aún están en lucha por más libertades: eso es lo superior de la búsqueda que legaron a las juventudes que vendrían.

     

     

  • La transición como ley

     

    Macri habla de mejorar las comunicaciones pero hasta ahora carece de un plan integral

     

    El proyecto de “ley corta” en telecomunicaciones es centralista, atiende sólo las necesidades de grandes operadores y elude la consideración de cooperativas y PyMEs que atienden a gran parte de las comunidades fuera de los principales centros urbanos del país. Su debate en el Congreso es una oportunidad para superar la lógica fragmentaria con la que el gobierno ha guiado hasta ahora su política de comunicaciones.

  • PABLO, prohibido no conocerlo

     

    Por Néstor Piccone | Periodista y psicólogo 

     

    El reconocimiento de la realidad de los chicos autistas se hace visible desde los primeros minutos de Pablo, un trabajo que Nat Geo Kids comenzó a emitir diariamente desde el lunes 23 de abril.

  • Reforma laboral: la pelea que el oficialismo quiere dar antes de fin de año

    Pese a la resistencia firme de la oposición y de los sindicatos, el Gobierno nacional apuesta a avanzar con el paquete de leyes. Con el blanqueo de trabajadores como objetivo principal, la iniciativa incluye una reducción del cálculo de las indemnizaciones por despido.