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    Revista COLSECOR, Abril 2018

     

    Desde hace más de un año la propuesta editorial que realizamos desde la integración cooperativa, ha venido generando cambios significativos en el producto comunicacional: se mejoró la calidad del papel para la impresión y se amplió la producción de notas periodísticas. En línea con ese recorrido, la edición de abril suma 16 paginas. Es una apuesta fuerte del Consejo de Administración de COLSECOR que toma como referencia la creciente demanda de parte de las comunidades que quieren no tan solo informarse sino esencialmente, tener más elementos explicativos para comprender los contextos de la vida social que viven en los distintos planos temáticos que componen la realidad.

    Por estas razones es que se fue incorporando paulatinamente una importante cantidad de columnistas que, primero, tengan un alto compromiso al momento de la elaboración de los textos y que, en segundo término, se pueda lograr una experiencia de lectura que constituya el valor del gusto del receptor. Estamos convencidos que la revista también tiene que tener un saber especializado en la construcción de las narrativas para que sean entretenidas y que la descripción de la actualidad tiene que enunciarse desde distintos enfoques subjetivos.

    En un paso rápido por la revista número 272 van a encontrar una propuesta enriquecida y creemos que fundamentalmente un buen material de lectura.

    Incorporamos el panorama informativo del Congreso de la Nación que ofrece, Gabriel Sued, politólogo y periodista acreditado en el Parlamento. Nestor Piccone, Aleja Paez y Dante Leguizamón presentan tres exitosas producciones audiovisuales que se pueden observar en COLSECOR Play: Westworld, Outlander, CSI Miami y CSI NY. Alguien casi de modo exagerado dijo que las series son el periodismo del Siglo XXI. Tomamos registro de esa máxima y los resultados nos demuestra que algo de verdad hay en esa aseveración. Martin Becerra acerca con lucidez todos los meses, un análisis sobre los medios de comunicación y ayuda a desentrañar ese ecosistema sobre el que se apoya parte de la matriz con la se va moldeando la sociedad en estos días donde casi todo es digital. Luz Saint Phat y el Mundo Psi promueven pertinentes reflexiones que alumbran hábitos y conductas cotidianas de la sociedad y desde enero Gabriel Puricelli nos viene planteando un estado de situación de países que tienen relevancia geopolítica. China, Rusia, Alemania y Sudáfrica en abril. Por otra parte, Pablo Datri y el equipo Eco Digital hacen un trabajo serio en Educación Ambiental que se destaca. La buena pluma de Mareco y los grandes temas del país. Julian Capria y el historial valioso de cada provinciano, en un proyecto de 24 meses para recorrer los ADN culturales desde Jujuy a Tierra del Fuego. Aguirre y la conmoción social de los casos policiales que quedaron en la memoria de los argentinos. Matías Cerutti, un cronista todo terreno que nos trae historias de personajes, referencias ineludibles de los lugares donde vivimos y Ramón Becco que se sumerge en los orígenes de las fiestas populares con larga vida. Comenzamos una nueva propuesta con Julia Pazzi, la joven periodista que pregunta y escribe en tiempo real la visita a una entidad del Tercer Sector con relevancia en el país; en esta oportunidad, fuimos a la Cruz Roja. Martin Eula en seis páginas destinadas al deporte nos alimenta esa sed de inquietudes de simpatizantes apasionados que tenemos como argentinos por todo aquello que nos da una inconmensurable alegría al ganar como por las caídas estrepitosas de los ánimos ante las derrotas que nos hacen sufrir. Y, finalmente, Cecilia Ghiglione, integrante del área de Comunicación y medios de COLSECOR, en esta oportunidad se aproxima con curiosidad a la existencia de un proyecto cooperativo de locos que se hace en Rosario. Se llama Communitas y van a sorprender las razones por las que los fundadores eligieron el modelo de la economía social. No nos equivocamos cuando dijimos que la revista tiene mucho y de todo.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

  • La formación profesional, en la encrucijada del desarrollo personal y el mercado de trabajo

    Por Luz Saint Phat | Periodista 

     

    Comenzar una carrera, cursar un postgrado o realizar cursos en áreas específicas son decisiones que, actualmente, comprometen distintas variables. Mientras existe un importante abanico de ofertas educativas y una heterogeneidad de trayectorias ocupacionales, el mundo laboral es cada vez más exigente y competitivo.

     

     “¿Un título de grado es una pérdida de tiempo?”, le pregunta un profesor a un joven alto y flaco que camina descalzo por un campus universitario. “Para algunos. Para otros es una validación, seguridad laboral”, responde el estudiante.

    Esta conversación pertenece a una escena de los primeros minutos de la película “Jobs”, la cual relata la vida del fundador de Apple, uno de los destacados empresarios del sector informático y de la industria del entretenimiento de Estados Unidos.

    La historia de Steve Jobs es conocida: su tránsito por la educación superior formal fue breve pero se destacó por su capacidad autodidacta, su espíritu emprendedor, el éxito masivo que tuvieron sus ideas y cierta habilidad (muchas veces cuestionada) para realizar negocios.  No obstante, esta misma receta no funciona para todos los casos. Hoy, mientras existen múltiples ofertas educativas y las trayectorias ocupacionales son muy heterogéneas, el mundo laboral es cada vez más exigente y competitivo.

    Aun así, este pequeño fragmento del film biográfico sirve de disparador para realizar algunas preguntas que son significativas para quienes están decidiendo sobre comenzar una carrera, realizar un postgrado o capacitarse en algún área especializada  ¿Qué lugar ocupa la formación profesional en el desempeño laboral y en la realización individual de cada persona? ¿Es necesario transitar la educación formal para alcanzar metas en el ámbito del trabajo? ¿Cuál es la importancia que el mercado y las empresas otorgan hoy al conocimiento? ¿Qué tipos de competencias son las más requeridas?

    Además, es necesario tener en cuenta que la cuestión de la formación profesional y las posibilidades de inserción laboral se enmarcan en un contexto global donde el desempleo de grandes masas de la población es una problemática central para los países.

    Según datos estimativos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), el total de personas desempleadas para este año será de 192 millones en todo el planeta, mientras que –para 2019- se espera que esa cifra se incremente en 1,3 millones. En tanto, también señala el último relevamiento de esta organización, la desocupación o el empleo precarizado afectan preferentemente a mujeres y jóvenes.

    En este contexto, la psicología laboral ofrece herramientas para pensar la potencialidad de la educación superior o especializada, poniendo en juego distintas variables.

    “El desarrollo personal a través de la capacitación es más un desafío de los profesionales en su necesidad de lograr inserción laboral con mejores estándares, superación personal y avances en su formación inicial, respondiendo de alguna manera a sus intereses y -por supuesto- a la percepción de las demandas del mercado al cual pretenden incorporarse de manera independiente o como empleados. No olvidemos que hoy las trayectorias ocupacionales son más heterogéneas que anteriormente”, explican las licenciadas en Psicología Adriana Lana y Martha Tenaglia.

    Lana es directora del Centro de Empleo Universitario de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) y consultora independiente en Recursos Humanos, mientras Tenaglia se desempeña en las áreas de orientación vocacional y ocupacional, trayectorias laborales y selección de personal.

    “Por otro lado, vale destacar que en las nuevas demandas laborales hay un aumento en el nivel educativo exigido y mayor necesidad de competencias de carácter intelectual y comportamental, mayor capacidad de responder a nuevas situaciones laborales y exigencias de nuevas tecnologías”, agregan las especialistas.

    En este marco, Lana y Tenaglia señalan que el psicólogo interviene en lo que tiene que ver con el despliegue de aptitudes del sujeto, orientación de carrera y estrategias de reflexión-acción. “De lo que se trata es de recuperar el protagonismo del sujeto”, apuntan.

     

     

     

    Empresas

    También hoy, en un escenario laboral complejo, cobra relevancia para las organizaciones y las empresas la importancia que dan en sus planes de carreras a la formación de sus colaboradores.

    “En  Argentina, las organizaciones valoran mayormente la experiencia al momento de incorporar personal,  aquella experiencia que se logra acompañada de formación práctica o capacitación teórica” evalúan las especialistas en psicología laboral y agregan que actualmente “se torna importante la formación pero en la gran mayoría de las organizaciones, en este momento no se apuesta a planes de capacitación permanente de sus empleados. Las empresas reconocen la necesidad de tener una dotación de personal capacitada, pero predomina la percepción de la capacitación como un costo y no como una inversión y optan por la contratación de personal ya entrenado”.

    No obstante, advierten Lana y Tenaglia  “el hecho de que las empresas cuenten con planes de capacitación para su plantel y sus puestos a cubrir, es sumamente valioso y enriquecedor para las dos partes, y se retroalimentan con sus resultados”. “El empleado -además de mejorar su performance en el puesto- crea vínculos de pertenencia, siente reconocimiento, valoración personal y percepción de crecimiento dentro de la organización”, indican.

    “La capacitación mejora las competencias de los trabajadores y colabora en el proceso de aprendizaje e innovación en la empresa”, aseguran las especialistas, quienes recalcan la importancia de restituir “el protagonismo del sujeto dentro de la organización”.

  • Outlander: más que un viaje a través del tiempo

     

    Viajes en el tiempo, guerra, amor e intrigas. Así es Outlander, la travesía de una enfermera inglesa del siglo XX que se traslada accidentalmente 200 años atrás y se ve atrapada en la Escocia de los clanes rebeldes.

  • Sivak, un desaparecido en la democracia

     

      

    Por Osvaldo Aguirre | Escritos y periodista

     

    El asesinato de Osvaldo Sivak, en 1985, fue un caso testigo de la mano de obra desocupada, como se conoció a los represores de la última dictadura que se dedicaron al delito común. El crimen, después del segundo secuestro del empresario, se convirtió en un hito de la historia reciente

     

     

    El secuestro extorsivo es la práctica por excelencia de lo que se llama crimen organizado. Su ejecución implica tareas de inteligencia, recursos económicos y capacidad de infiltración en las agencias policiales, un conjunto de requisitos que excluye a delincuentes comunes y exige la participación, la complicidad o al menos la protección de miembros de fuerzas de seguridad. Los casos tienen alto impacto público y a la vez suelen permanecer rodeados de secreto, protegidos por investigaciones superficiales o sospechosamente defectuosas. Las épocas de convulsión social señalan sus fechas más propicias en el calendario del delito, como ocurrió durante la Década Infame, la última dictadura militar y la crisis de 2001.

    La supuesta lucha contra la subversión económica fue la excusa con que  grupos de tareas de la dictadura se dedicaron al secuestro de empresarios. Los operativos, surgidos del Primer Cuerpo de Ejército, tuvieron sus ramificaciones más conocidas en la Superintendencia de Seguridad Federal y la sección Defraudaciones y Estafas, en la Policía Federal. La víctima que unió a esas bandas fue el ingeniero Osvaldo Fabio Sivak.

    “Esto es mitad trabajo y mitad negocio”, le dijeron a Sivak los policías que lo secuestraron el 7 de agosto de 1979, cuando detuvo su auto ante un semáforo en la esquina de Avenida del Libertador y Cerrito, en Buenos Aires.   Según explicaron, querían saber si la empresa que presidía, Buenos Aires Building, tenía vínculos con los Montoneros o el Ejército Revolucionario del Pueblo, y al mismo tiempo aprovechar la ocasión para obtener beneficios económicos.

    No bien consideraron que “aprobaba” el examen sobre la situación de su empresa, que daba créditos para comprar viviendas, los secuestradores pasaron a los “negocios”: pidieron un rescate de dos millones de dólares.

    Después de cumplir con una serie de postas, Samuel Sivak, padre de Osvaldo, y Julio Goyret, vicepresidente de Buenos Aires Building, llegaron en la noche del 9 de agosto a la esquina de Díaz Vélez y Sánchez de Bustamante con el rescate. Allí presenciaron una pelea entre dos grupos de policías: los que se presentaron para llevarse la plata -los subcomisarios José Ahmed y Alfredo Hugo Vidal, quienes trabajaban en Superintendencia Federal, al mando del coronel Alejandro Arias Duval- y los que acudían después que la familia denunciara el caso ante la Policía Federal.

    Ahmed y Vidal siempre argumentaron haber actuado por órdenes de superiores a los que no identificaron, y hasta pretendieron ampararse más tarde en la ley de obediencia debida. Según las investigaciones de Carlos Juvenal, un periodista que dedicó dos libros al caso y un tercero, Buenos muchachos, a la llamada “industria del secuestro extorsivo”, la liberación de Sivak se produjo porque los policías intentaron quedarse con más plata de la que pretendían sus jefes.

    La Justicia se mostró rápida de reflejos para cerrar la causa sin mayores averiguaciones. La dictadura lavaba la ropa sucia en casa: Ahmed y Vidal pidieron el retiro, junto con el comisario Antonio Fioravanti, el subcomisario Carlos Troncoso, el principal Ricardo Taddei y dos oficiales del ejército, Rafael López Fader -cuya pareja, Susana Cassain, trabajaba en Buenos Aires Building- y Roberto Fossa.

    López Fader -señalado además como uno de los que abordó a Sivak en la calle -, Fossa y Taddei - represor en el centro clandestino de detención El Banco - se incorporaron ese mismo día al Batallón de Inteligencia 601. Más que un castigo, una especie de reconocimiento de servicios ya que se trataba de otro organismo especializado en secuestros de empresarios.

                                        

     

    Una estructura intacta

    La investigación del caso Sivak se reactivó en octubre de 1985, después que Guillermo Patricio Kelly entregara a la Justicia una lista de los presuntos autores del secuestro. A causa de esa denuncia, Ahmed y Vidal terminarían condenados a siete años de prisión.

    El dato es que por entonces, mientras la Justicia resolvía, Sivak estaba nuevamente desaparecido. Había sido secuestrado el 29 de julio de 1985, cuando iba al consultorio de su psicoanalista. La familia recibió una nota manuscrita dirigida a Julio Goyret, donde el empresario decía que sus captores tenían “buena predisposición negociadora” y pedía mantener apartada a la policía y actuar “con inteligencia”.

    Si el capítulo inicial de la historia pasó desapercibido con la censura que impuso la dictadura a los medios, el segundo secuestro de Sivak se instaló como emergente de una ola de delitos que involucraba a policías y militares vinculados con la represión ilegal. En un contexto signado por el juicio a las Juntas militares (iniciado el 22 de abril de 1985) y la difusión del fenómeno del terrorismo de Estado, a partir del informe de la Conadep, el episodio tenía el sello característico de los grupos de tareas y abonaba la sospecha generalizada de que la estructura represiva se mantenía intacta.

    En esa serie se inscribieron entre otros los secuestros de Karina Werthein (14 de junio de 1978), Roberto Apstein (7 de noviembre de 1979), Julio Ducdoc (19 de noviembre de 1979, desaparecido), Sergio Meller (13 de noviembre de 1984), Rodolfo Clutterbuck (16 de octubre de 1988, desaparecido), Mauricio Macri (25 de agosto de 1991), y el primer caso Sivak, adjudicados a la “banda de los comisarios”, como se llamó a la organización de los hermanos José Ahmed -actualmente en libertad, declaró que votó a su ex secuestrado Macri en las últimas elecciones presidenciales- y Camilo Ahmed -suicidado en circunstancias sospechosas en 1992-, Alfredo Vidal y el subcomisario Samuel Miara, entre otros policías.

    El segundo secuestro de Sivak fue organizado por el oficial inspector Roberto Ignacio Buletti con un grupo de policías de Defraudaciones y Estafas. La Justicia les atribuyó además los secuestros y asesinatos de Eduardo Oxenford (el 8 de enero de 1978) y Benjamín Neuman (el 15 de febrero de 1982). Pero pasaron más de dos años hasta que la banda terminó en la cárcel.

    La investigación fue un modelo de negligencia. La Policía Federal no pudo rastrear ninguna de las llamadas telefónicas de los secuestradores, quienes cobraron un rescate de 1.100.000 dólares, y pretendió convencer a la familia Sivak de hipótesis extravagantes, como atribuir los hechos al servicio secreto israelí y a Franja Morada.

    “Las enormes dificultades del gobierno de Raúl Alfonsín para depurar las fuerzas de seguridad y sostener una política coherente hacia ellas hizo que el problema de los secuestros extorsivos se extendiera en el tiempo. En el caso de Osvaldo, el propio presidente lo leyó, en un primer momento, como parte de un plan de desestabilización contra su gobierno”, dice Martín Sivak en El salto de papá, el libro donde recuerda la historia familiar y en particular la de su padre, Jorge Sivak, quien se suicidó el 5 de diciembre de 1990, cuando el Banco Central decretó la quiebra de Buenos Aires Building.

     

    Osvaldo Sivak junto a su familia (1983)

     

    El escándalo

    La búsqueda de la familia fue encabezada por Marta Oyhanarte, esposa del secuestrado, y Jorge Sivak, el hermano. Entre otras acciones, publicaron avisos en los diarios donde ofrecían recompensas económicas a cambio de datos. La única respuesta, según recuerda Martín Sivak, fue la aparición de oportunistas y estafadores, a los que se agregaron pretendidos videntes que aseguraban que el desaparecido seguía con vida, en algún lugar de Paraguay.

    En noviembre de 1985 la investigación quedó a cargo del llamado Grupo Defensa, pomposa designación para un grupo de fabuladores que terminó por extorsionar en 300 mil dólares a la familia Sivak. Se trataba de los policías Mario Aguilar -cuyo currículum incluía denuncias como represor ante la Conadep-, Rubén Barrionuevo y Pedro Salvia, detenidos en abril de 1986.

    El episodio enfrentó a la familia Sivak con el gobierno radical, que pretendía desentenderse de los policías, y condujo a la interpelación del ministro de Interior, Antonio Tróccoli, en la Cámara de Diputados. La sesión tuvo pasajes escandalosos, primero cuando el diputado Roberto Digón hizo escuchar una grabación donde Tróccoli admitía lo que públicamente negaba -la relación de Aguilar y sus secuaces con el ministerio de Defensa- y antes del cierre por la irrupción de Jorge Sivak, hermano de Osvaldo, quien desde un palco le exigió al ministro, a los gritos, que dejara de mentir.

    El escándalo precipitó las renuncias de Germán López, ministro de Defensa, Antonio Di Vietri, jefe de la Policía Federal reemplazado por Juan Ángel Pirker, y finalmente del propio Tróccoli. El drama de la familia  -Sivak tenía cuatro hijas pequeñas- fue otro factor de interés para la prensa. Marta Oyhanarte se convirtió en una reconocida figura pública y se trasladaría a la política a través de la ONG Poder Ciudadano, de la que fue fundadora.

     

    Buletti dio la orden de matar 

    Roberto Ignacio Buletti “era uno de los policías que había ayudado a la familia durante el secuestro de 1979”, cuenta Martín Sivak en su libro. Recibió una recompensa en efectivo, con la que compró su primera casa, y un empleo en la empresa Buenos Aires Building como custodio.

    En principio,  era insospechable. Pero el 5 de febrero de 1987  fue detenido con otros policías en Salta, cuando llevaba tres kilos de cocaína. Más tarde se supo que el día del secuestro, en julio del ´85, había pedido licencia en la delegación de la Policía Federal en Mercedes, donde trabajaba. Y finalmente las confesiones de dos de sus cómplices, el oficial inspector Héctor Rubén Galeano y el oficial José Benigno Lorea terminaron por descubrir su verdadero rostro.

    La banda se completaba con Alberto Caeta -ex chofer del coronel Arias Duval-, Mario Bivorlasky, Carlos Lorenzatti, Ignacio Báez y Félix Roque Miera. Todos eran policías y tenían propiedades y gastos que no se condecían con sus ingresos.

    Cautivo en un sótano de Monte Chingolo, Sivak había sido asesinado el 12 de agosto de 1985, al día siguiente que Julio Goyret pagara el rescate cerca de la cancha de Independiente, en Avellaneda. Buletti ordenó su muerte porque creyó que el empresario le había reconocido la voz; poco antes del secuestro, como parte de los preparativos, se había presentado en Buenos Aires Building para pedir un préstamo de dinero.

    Encadenado de un tobillo a un catre, Sivak se tapaba la cabeza con una frazada cada vez que lo interrogaban sus captores. “No quería vernos la cara”, declaró Lorea. Un desesperado recurso para preservar la propia vida ante los policías, que montaron un negocio de venta de autopartes como pantalla.

    Sus restos fueron hallados el 5 de noviembre de 1987, en un descampado de la localidad de Abasto. Caeta se ahorcó en el Departamento Central de Policía después de confesar el asesinato de Oxenford; a su vez, Bivorlavsky se pegó un tiro en la cabeza cuando la policía lo detectó en una casilla de Las Toninas, donde se ocultaba. El resto de la banda cumpliría condenas de prisión.

    La resolución judicial no alcanzó para cerrar el caso. El crimen de Sivak  subsiste como un hito en la historia criminal argentina, al mostrar el modo en que los grupos de tareas se reciclaron como parte del crimen organizado a partir de la recuperación de la democracia. En 2016 la historia volvió a actualizarse con el fallo de un tribunal de Ejecución Penal que dio por cumplida la pena de reclusión perpetua a Buletti, recibido de abogado y con contactos con los hermanos Pablo y Sergio Schoklender después de su paso por la cárcel.

    El secuestro y asesinato de Sivak incluye preguntas todavía sin respuesta, revelaciones que no se profundizaron, sospechas que el tiempo contribuyó a reforzar. “La recurrente duda es si Roberto Ignacio Buletti, un oficial principal, efectivamente fue el jefe de la banda desde el comienzo”, planteó el periodista Carlos Juvenal en Buenos muchachos. “Faltan los peces gordos”, reclamó en ese sentido Jorge Sivak cuando cayeron los policías. Un capítulo central de la historia que permaneció en suspenso.

     

     

     

     

     

     

     

  • Sudáfrica: promesa y realidad

     

    Por Gabriel PuricelliCoord. del Programa de Política Internacional delLaboratorio de Políticas Públicas.

     

    El país cuya historia contemporánea se superpone con la trayectoria personal de esa insignia de la humanidad que fue Nelson Mandela, Sudáfrica, sigue lidiando con las consecuencias de un pasado de opresión de las mayorías, 27 años después de que su primer presidente democrático recuperara su libertad, después de (justamente) 27 años privado de ella. 

    Se trata del que fue el último país de África con un régimen de segregación racial, pero no el único donde los colonizadores europeos impusieron esa forma de opresión de la mayoría negra. Apartheidfue el nombre en la lengua afrikáans de los colonizadores holandeses que tuvo ese régimen odioso en Sudáfrica y en la ocupada Namibia. 

    Sudáfrica fue también una de las fronteras calientes de la Guerra Fría, lo cual explica en parte por qué duró tanto la protección tácita que recibió el régimen supremacista blanco de gobiernos como los de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, al menos durante un tiempo. Reagan llegó al extremo de poner el CNA en la lista de organizaciones terroristas que compila el Departamento de Estado de EE.UU., lista donde permaneció hasta 2008 (sic). No fue sino luego de la caída del Muro de Berlín que la minoría blanca gobernante (una parte de cuyos líderes estaban ya convencidos de la insostenibilidad del apartheid) se allanó finalmente a negociar con el Congreso Nacional Africano (CNA) de Mandela. 

    Sudáfrica empezó a destacarse como el país más industrializado de su continente ya bajo el régimen racista, pero la propiedad de la industria (y la pujante minería de diamantes y oro y la agricultura) estaba monopolizada por los descendientes de los colonos holandeses o ingleses. Cuando maduró el tiempo de la transición pacífica a la democracia, la instauración del principio de “un hombre, un voto” en las urnas carecía entonces de la mínima correspondencia con el poder económico. Ese fue uno de los puntos que el CNA puso sobre la mesa de la negociación con el gobernante Partido Nacional y, aunque hoy ya hay una larga lista de millonarios negros (incluido el actual presidente Cyril Ramaphosa), la participación de la mayoría negra en el poder económico sigue siendo un tema sin resolver. 

     

    Ramaphosa y Zuma

     

    Entre la liberación de Mandela, en 1990, y su elección como jefe de estado, en 1994, hubo un período de trabajosas negociaciones que fueron exitosas en desactivar el potencial de guerra civil que tenía el cambio de régimen. En medio de ellas, en 1993, el último presidente afrikáner, Frederik De Klerk, y Mandela recibieron el Premio Nobel de la Paz. Ambos líderes se propusieron evitar un retorno al período de fuerte represión estatal y violencia opositora que había marcado los años entre 1985 y 1989. Esa violencia y el endurecimiento de las medidas internacionales de boicot habían prácticamente frenado la economía sudafricana: Mandela quería tanto evitar mayor derramamiento de sangre, como asegurarse de que la economía del país estuviera en ascenso cuando a él le tocara inaugurar y luego consolidar la democracia. Las negociaciones sortearon obstáculos extraordinarios. Hubo episodios de violencia black-on-black entre el Partido de la Libertad Inkatha (conservador y mayoritariamente de etnia zulú) y el CNA (progresista y predominantemente de etnia xhosa) que hicieron temer una inestabilidad política luego de las elecciones democráticas. El más impactante hecho de sangre, sin embargo, fue el asesinato, de Chris Hani, Secretario General del Partido Comunista Sudafricano (SACP), en 1993, por un extremista blanco. Los comunistas eran (y son hasta hoy) parte de la Alianza Tripartita que fue el corazón del movimiento de resistencia y pasó a ser la columna vertebral del gobierno democrático, junto al Congreso de Sindicatos Sudafricanos (COSATU). Su líder asesinado era visto como un posible sucesor de Mandela, después de encabezar durante algunos años el ala paramilitar de la resistencia, el Umkhonto we Sizwe (Lanza de la Nación). Las negociaciones superaron estos momentos, pero convencieron a Mandela de que la democracia en el país sería posible sólo si se evitaba la justicia retributiva con los responsables del apartheid. De allí surge una de las iniciativas por las que más es recordado su gobierno (1994-1999): la Comisión de Verdad y Reconciliación. Convencido de que el apartheid no oponía simplemente al estado y a la mayoría negra, sino a dos comunidades étnicas que se necesitaban para mantener el país en marcha (así una de ellas sólo representara el 10% de la población), Mandela optó por la justicia restaurativa, evitando la sanción de los crímenes políticos cometidos a cambio de confesiones y arrepentimientos y de compensaciones a las víctimas. 

    Mandela fue presidente y cumplió con casi todas las expectativas que había respecto de un período inaugural. El CNA emergió como el partido dominante, no obteniendo en ninguna elección presidencial menos del 60% de los votos. Los gobiernos del CNA posteriores a Mandela han lidiado de manera por lo menos despareja con las expectativas que suscitaron. La esperanza de la emancipación económica de la mayoría negra es una de las que menos se han cumplido: a pesar de un manejo macroeconómico relativamente prudente y de años de crecimiento económico casi ininterrumpidos, Sudáfrica es hoy un ejemplo de hiperdesocupación: en todo lo que va del siglo XXI, la tasa de desempleo nunca ha bajado de un astronómico 25%. 

    Una pregunta a la que se enfrentó el CNA una vez establecido como partido dominante era si iba a eludir la deriva autoritaria que ha sido típica de los movimientos de liberación africanos de la segunda mitad del siglo XX. La respuesta es positiva: la democracia nunca ha dejado de ser competitiva y enfrente del CNA siempre ha habido unas oposiciones vibrantes y con cuotas de poder provincial o municipal significativas. Pero no ha sido sólo la oposición la que se ha asegurado que no haya una deriva autoritaria: el propio pluralismo interno del CNA ha hecho su parte. En efecto, cuando el CNA percibió que el presidente iba en una dirección indeseada, se encargó de reemplazarlo: ninguno de los sucesores de Mandela ha podido finalizar su segundo mandato. En 2008, Thabo Mbeki fue forzado a renunciar, cuando, impedido de presentarse para un tercer mandato presidencial, buscó en cambio hacerse con la presidencia del partido. El autor de su caída fue Jacob Zuma, que tampoco ha logrado completar su segundo mandato: en febrero de este año el CNA lo forzó a renunciar antes de que los cargos de corrupción en su contra se transformaran en un lastre mortal para el partido en las elecciones de 2019. Cyril Ramaphosa, uno de los negociadores de Mandela en los ‘90, sindicalista devenido millonario con intereses en la minería y en la agricultura es el nuevo presidente y la nueva prueba de que los contrapesos institucionales en Sudáfrica funcionan. 

    El más pequeño de los BRICS, la tercera economía de África (aunque sólo detrás de Egipto y de Nigeria porque éstos tienen el petróleo del que Sudáfrica carece), es un actor internacional de peso y un poder regional. Miembro como la Argentina del G20, es un país luchando por parecerse a la promesa que trajo la llegada de la democracia. Ha sido capaz de sortear algunas de las trampas en las que cayeron sus vecinos, pero necesita recordarse a sí mismo todos los días las palabras de Madiba Mandela: “mientras haya pobreza, injusticia y persista una grosera desigualdad en el mundo, ninguno de nosotros puede de verdad descansar”.