• Ánimos y colores a través de un inspirado pincel

     

    El vino, la gran montaña y el eco del paso de San Martín son las principales señas de identidad mendocina. El espíritu de sus estaciones y sus conmovedores paisajes completan un retrato único y atractivo.

     

    Por Julián Capria |Ilustraciones: Bibi González

     

    “No podría haber dado mejor carta de presentación”. Con estas palabras, el 24 de mayo de 1846 José de San Martín le abría las puertas de su casa de Grand Bourg, Francia, a Domingo Faustino Sarmiento. Es que el sanjuanino se había anunciado, simplemente, como “un cuyano”.

    El pueblo mendocino, fragmento del pueblo cuyano, fue el adoptivo del Libertador. Allí encontró el calor, la ayuda, el afecto y el aliento necesarios para emprender el gran sueño de la libertad continental. Fue desde El Plumerillo, un sitio pegado a la ciudad de Mendoza, desde donde en enero de 1817 emprendió el histórico cruce de la Cordillera de los Andes.

    Mendoza es un milagro al pie de la gran montaña americana, la que toca el cielo del continente, el cerro Aconcagua.

    Sus tierras secas, áridas como un desierto, un día despertaron a la fecundidad cuando el agua les llegó palmo a palmo, dosificada por la mano humana. Las acequias, los canales encendieron la chispa de la fecundidad, y a partir de ahí las fincas, las parras, las uvas y finalmente el vino, toda una señal de identidad no sólo frente al resto de los argentinos sino también frente al mundo.

    Es una historia de desafíos, algunos gigantes, como el que volvió a poner de pie a la capital después del tremendo terremoto del 20 de marzo de 1861, que causó la muerte de poco menos de la mitad de la población (4.247 personas entre unos 11.500 vecinos).

    Y parte de su alma está en esas nieves definitivas, tan atractivas para el turismo como una adversidad a vencer, como lo hizo San Martín.

    Su hazaña libertaria y su figura es una  presencia constante en el espíritu mendocino, que lo recuerda de múltiples maneras y en numerosos sitios, como el Cerro de la Gloria. La escena del Cruce de los Andes, esculpida allí, se volvió familiar para todos los argentinos pues estaba impresa en los billetes de cinco pesos, antes de que la historia fuera erradicada de nuestro papel moneda.

    Durante décadas y décadas, en las viejas casas mendocinas, aquellas de grandes patios, en cada reunión de vecinos se hablaba de las hazañas y las anécdotas de José de San Martín así como de las de los cuyanos que siguieron sus pasos.

    Cuando los abuelos ya no estuvieron para contar sus historias contemporáneas al héroe, las rescataron sus nietos y más acá las hojas más nuevas de los árboles genealógicos. El tiempo acaso no ha podido con la persistencia de los relatos.

    Al menos esa es la sensación que se ha tenido hace un tiempo frente a Milka Vicchi de Reboredo Correas, por muchos años presidenta de las Damas Pro Gloria.

    “San Martín paseaba en el centro mendocino del brazo con Remedios y saludaba a todos. Para cada uno tenía una palabra, un pedido claro porque a quién le expusiera su fervor patriota él simplemente le explicaba una a una sus necesidades. De los preparativos de la campaña de Los Andes participaron unas 3.500 mujeres, pero mucho más allá del pequeño círculo que bordó la Bandera de Los Andes, las damas participaron en la hechura de los uniformes, en el teñido de telas y la elaboración de los alimentos como el charqui para cruzar la montaña. En fin, fue toda una gran tarea de los cuyanos”, supo contarnos.

     

     Celebración del vino 

    El propio San Martín fue uno de los grandes entusiastas del vino mendocino. Una famosa anécdota cuenta que, en condición de anfitrión, cambió vinos y envases: puso mendocino en botella española y viceversa. La idea era reírse y darles una lección a sus comensales que rápidamente salieron a elogiar al que identificaron como español, según el envase.

    El vino es el gran sello de la identidad productiva de Mendoza, rasgo que comparte con su vecina San Juan. De todos modos, más del 60 por ciento de la producción de vino argentino sucede en Mendoza.

    La provincia es una capital mundial del vino. “Los distintos valles vitivinícolas que encontramos en Mendoza presentan características propias, jugando un rol muy importante la altitud a la que se cultivan los distintos viñedos y en función de esta variable es que se pueden cultivar distintas variedades y obtener diferentes vinos”, explicó el enólogo José Galante a la página Wines of Argentina.

    La historia tiene más de 400 años. Entre las últimas décadas del siglo XVI y las primeras del XVII surgieron las primeras bodegas y viñedos. Las bodegas estaban integradas a la casa, a través de una galería sombra o un galpón de adobe en el fondo de la propiedad. Su usaban lagares donde se pisaba la uva “a pata” y después se fermentaban en tinajas de barro.

    Muchos nombres a través de sus bodegas han jalonado el prestigio del elixir mendocino. Por ejemplo el de la familia Bianchi, asentada en San Rafael.

    “La primera vendimia familiar fue en 1928 y en 1934 se ganó un premio a la máxima calidad: Los jurados vinieron a Mendoza a ver si era cierto que se había hecho aquí el vino que habían probado. Era nuestro el borgoña que ya se hacía con malbec, variedad que se convertiría en una insignia del vino de la familia y del vino argentino también”, nos explicaba Sylvia Bianchi en 2010.

    En su casa el vino seguía siendo parte de un rito diario, sobre todo a la hora de la noche. “Se trata de degustarlo, saborearlo lentamente. Después de la cena en casa solemos abrir una botella y miramos televisión con el vino en la copa tomándolo sin prisa”, nos decía.

    La Fiesta de la Vendimia es la gran celebración de esa fecundidad. En 2011 la revista National Geographic la ubicó en segundo lugar en su ranking de fiestas de cosecha, detrás del Día de Acción de Gracias estadounidense. En 2019, comenzará el próximo 25 de febrero con la bendición de los frutos y avanzará hasta la plenitud de la celebración, ya en marzo.

     

    En la gran montaña

    La gran montaña, todo un imán de pasiones empecinadas, es otro símbolo mendocino. Además de la constancia del montañismo, la nieve es el gran escenario deportivo para la práctica del esquí.

    Su poder es capaz de marcar historias como la de Andrés García, un hombre cuya devoción por Los Andes comienza desde pequeño pero que recién se hizo plena en la adultez.

    “Estudié agricultura y me recibí de enólogo, aunque me fui a trabajar a campos sembrados con papas en San Carlos. Recién cuando tenía 50 años me decidí a jugarme por mi pasión por la montaña”, nos decía tiempo atrás en el centro de esquí de Los Penitentes, donde era jefe de seguridad.

    Fue el primero en escalar 10 cerros de más de 5000 metros de altura, y este récord vale contarlo pues se trata de desafíos complicados porque suponen el descubrimiento de la senda.

    “Ya llevo muchos años acá, pero a quienes recién están descubriendo y experimentando en este mundo les diría que se preparen muy bien físicamente. Es muy común encontrar chicos que quieren arrancar por el Aconcagua, pero es como querer correr una maratón profesional sin haberse preparado o salir a correr antes. Es fundamental entender que ir a la montaña tiene que ser algo de disfrute y de alegría”, le decía en 2017 al diario Los Andes, a los 83 años de vida.

    En plena cordillera, en el camino más transitado hacia Chile, aparece Puente del Inca, un pequeño paso sobre un abismo de río y manantiales, pero con un estallido de colores que rompe la monotonía andina.

    Le da nombre una pequeña aldea a la que un día llegó casi adolescente Gustavo Campanario para trabajar una temporada como albañil. “Una de las cosas típicas que hacemos aquí es sumergir piezas (vasijas, o zapatillas comunes, herraduras y otras cosas) en el agua para que se costrifiquen, es decir se cubran con una capa de minerales”, contaba hace unos años.

    Cuando llega el invierno, todo el lugar se vuelve blanco. “Hay días enteros en que no puedo salir de la casa. Pero, qué quiere que le diga, yo lo disfruto con una mujer y mis hijos encerrados y frente al fueguito”, decía, y no era difícil creerlo.


    El otoño original

    Los álamos siempre firmes como el día que llegaron a detener el viento en Mendoza, abren su calidoscopio en una rara sensación de grises. Más allá, el fondo de la multitud de hojas que se mecen en los árboles o se dejan rodar en el piso por la brisa, muestra todos los suspiros del amarillo al verde. Mientras, las vides parecen haberse vuelto rojas después de parir el vino, aunque de un rojo dorado, casi como el color de la fecundidad.

    Hacia lo alto, el marrón de la montaña sube y sube hasta el azul, para luego volverse blanco celeste, así en la piedra como en el cielo. Y hasta ahí llegamos con los ojos: todo volverá a nacer cada vez que la luz despierta al día.

     

    El pincel del otoño mendocino tiene la magia de los colores contagiados frente a frente para pintar en exclusiva armonía el cuadro de un paisaje que después de la abundancia del verano tiene otra manera de sostenerse esplendorosamente vivo.

    “Para quien no ha vivido en Mendoza, otoño son cosas que inventó el amor”. Así escribió Jorge Sosa en la bella “Tonada de otoño”, que musicalizó Damián Sánchez, uno de los grandes retratos del ánimo mendocino, en el paisaje y en el corazón de su gente.

    “Estaba en la terminal de ómnibus de Mendoza, en un atardecer de abril, con los cerros azules, el cielo en degradé de negro a naranja y los sauces amarillos”, recordaría Sosa en una entrevista en Radio Nacional Folklore cómo fue que se presentó la chispa. “Había visto el otoño en varios lugares y me surgió esa frase… No es lo mismo el otoño en Mendoza”. Entonces, se subió al colectivo y escribió la canción en un solo impulso.

    El alma otoñal de Mendoza -como también el de sus otras estaciones- es una puerta que pueden abrir sus poetas y sus cantores; sus guitarristas empapados de cuecas y tonadas que extraen de las cuerdas un jugo tan original y único como el del vino.

    Pero también su pueblo, que vive en armonía con el paisaje, tiene la llave. Todos los ánimos y los colores más profundos caben en la inspiración del pincel mendocino.

  • Carnaval, el tiempo de la vieja alegría

     

    Por Alejandro Mareco | Periodista

     

    El Carnaval tiene diversos modos de expresarse, según las maneras de cada lugar, pero la misma razón esencial de ser. Una dosis de libertad y de permiso para traspasar límites la hacen una fiesta única.

  • El Vaticano critica la globalización y revisa sus abusos

     

     

    El microestado que lidera el papa Francisco, un ejemplo de “poder blando”. Crítico de la globalización, tiene cuentas pendientes con víctimas de abusos que debe saldar para poder defender a los excluidos de aquella.

     

    Gabriel Puricelli | Coordinador del Programa de Política Internacional del Laboratorio de Políticas Públicas.

     

    Si lo despojamos de todo otro atributo, el Vaticano es el microestado más pequeño del mundo. Enclavado en medio de Roma, con una superficie de menos de medio kilómetro cuadrado y poco más de 900 habitantes permanentes, es más de 50 veces más pequeño y tiene menos de un décimo de la población de Tuvalu, un país de Oceanía que pocos han oído siquiera nombrar y que tal vez termine siendo el primero en desaparecer por el crecimiento del nivel del mar debido al cambio climático. Sin embargo, a nadie se le ocurriría sugerir que el Vaticano es menos importante en el mundo que Tuvalu.

    En el orden internacional vigente las relaciones entre estados no están determinadas por ninguna norma de cumplimiento obligatorio, en tanto cada estado es soberano. El lugar que cada uno ocupa en la jerarquía existente viene dado por el poder a su disposición: su poderío militar, el tamaño y la internacionalización de su economía, la envergadura de su territorio y de su población. Esos atributos constituyen el poder duro del que disponen los estados. Sin embargo, hay atributos de poder blando que también sirven para determinar su importancia relativa. Entre ellos podemos citar la reputación, las habilidades diplomáticas o la disposición a someterse a normas como las que surgen de los tratados.

    El Vaticano posee algunos de esos atributos, pero (por encima de todo) posee la condición única de ser un estado cuyo jefe es reconocido como su máximo líder por 1.300 millones de seguidores, quienes (además) se encuentran repartidos por todos los estados que integran la comunidad internacional. A diferencia de las otras religiones con mayor número de adherentes (el islam y el hinduísmo), la Iglesia Católica Apostólica Romana tiene un clero organizado de manera vertical y centralizada y tiene una única capital mundial: el Vaticano.

    El poder blando del estado que lidera el papa Francisco es en parte el eco del poder duro que alguna vez tuvieron sus predecesores, que controlaron hasta el siglo XIX porciones significativas de la península itálica y cuyos ejércitos pelearon batallas que pueblan los libros de historia.

    No se trata, sin embargo, de un capital destinado automáticamente a agotarse: el Vaticano ha sabido cultivar el arte de la mediación entre estados como un modo de mantener ese capital. Argentinos y chilenos hemos sido beneficiarios de un logro suyo relativamente reciente: en 1978, el enviado del papa Juan Pablo II, cardenal Antonio Samoré, logró sentar a la mesa de negociaciones a los dictadores que, desde Buenos Aires y Santiago, se aprestaban a obligar a millones a combatir en una guerra fratricida por el control de tres islotes en el Canal de Beagle. La condición mayoritariamente católica de ambos pueblos le permitió al Vaticano ejercer presión sobre las dictaduras una amenaza tácita: contraponer la lealtad religiosa de sus feligreses a la obediencia forzada de éstos a la fuerza bruta de las armas.

    El reconocimiento de los otros estados le permite también acrecentar su poder blando: tradiciones como la de conceder a los embajadores del Vaticano (los nuncios apostólicos) la condición de “decanos” del cuerpo diplomático en cada país los inviste de una jerarquía formalmente superior a la de los embajadores de países con un poder duro inconmensurablemente superior al del Vaticano.

    Es por todo ello que su diplomacia cuenta e importan sus definiciones. Bajo el papado actual, el Vaticano se ha propuesto ayudar a promover mejores condiciones de vida para las periferias, concepto que no se refiere simplemente al sur del mundo, sino a todas las regiones de menor desarrollo humano: la periferia puede ser tanto el Congo, como una metrópolis desindustrializada del centro-oeste de los Estados Unidos como Detroit; pueden ser las villas y asentamientos de Rosario y Córdoba o Kosovo. Francisco lo ha graficado con sus dos primeros viajes dentro de Europa, visitando la isla italiana de Lampedusa, punto neurálgico de llegada de la emigración africana, y Albania, el país más pobre del continente. Esa definición de las periferias, para Francisco, es parte de una modernización de la doctrina social de la Iglesia que abarca una crítica de la globalización en tanto produce lo que ha llamado la “economía del descarte”. De allí se desprenden las preocupaciones prioritarias actuales del Vaticano: el combate a la trata de personas y la protección de los derechos de los migrantes. La condena del “descarte” incluye asimismo uno de los temas morales sobre los cuales la Iglesia se mantiene inflexible: el aborto. Esta crítica de la globalización se enlaza con la denuncia del consumismo y su impacto en la degradación ambiental y el cambio climático que contiene la encíclica de 2015, Laudato si(Alabado seas).

    Otra reorientación que se ha consolidado en estos años es la de un Vaticano que deja atrás las inercias del mundo bipolar de la Guerra Fría y sus prohibiciones (más o menos) tácitas para el “Occidente cristiano”. 2018 ha sido el gran año de la apertura hacia China, luego de años de abrirse hacia el conjunto de Asia. El Vaticano ha logrado que el gobierno chino permita que el Papa (como sucede en los demás países del mundo) sea el que decide quiénes son los obispos, a cambio de aceptar la validez de los títulos de los nombrados hasta ahora por ese gobierno. El acuerdo, con el que la Iglesia busca un mayor desarrollo del catolicismo en China, se ha alcanzado sin que se modifique el statu quo sobre Taiwán. Así, el gobierno de Pekín entabla relaciones con el Vaticano en condiciones que no le acepta a ningún otro estado del mundo: a pesar de que mantiene relaciones con lo que considera una provincia rebelde de la única China.

    Francisco llegó a Roma prometiendo también una reforma puertas adentro. Uno de los cambios que dejará su mandato es un reequilibrio geográfico: el Colegio Cardenalicio que elija a su sucesor será el primero que tendrá menos integrantes europeos que de los demás continentes. Otro cambio es la descentralización del poder eclesiástico desde la curia vaticana hacia las diócesis. Para esa tarea convocó a un grupo de cardenales (hoy conocido como C5), como una forma de colectivizar las decisiones sobre la reforma. El grupo original, el C9, se encogió, entre otras razones, porque dos de sus miembros fueron denunciados como responsables de los actos aberrantes que más han mellado la imagen contemporánea de la Iglesia: los abusos sexuales. Esta es la cuestión más urgente que ocupa hoy al Vaticano: en febrero habrá una reunión de todas las diócesis del mundo en Roma para decidir acciones de prevención y reparación.

    A la hora de intentar entender el Vaticano y por qué este importa, es imprescindible inocularse contra la exageración y la sobreestimación que campea en nuestro país desde que un compatriota fue llamado a Roma para servir como papa. Las acciones que se emprenden desde Roma son las de un estado que es a la vez peculiar y uno más de los estados del mundo, y ejerce el poder que tiene, ni más, ni menos.

     

     

  • La empresa social

     

     EDITORAL | Revista COLSECOR

     

    Las organizaciones asociadas a COLSECOR son empresas sociales que tienen el reto de integrar en un único objetivo la eficiencia económica y el bienestar social. La realización de este binomio que podríamos traducir como “eficiencia y solidaridad” no es de ninguna manera una utopía. Es decir, las cooperativas poseen una racionalidad económica, lo que implica una búsqueda por organizar del mejor modo posible elementos materiales, ecológicos y sociales para crear valores de uso.

    Esta racionalidad comprende una idea de eficacia, que refiere a la consecución de los objetivos, y también de eficiencia, en cuanto a la utilización de los recursos de los que se dispone. Sin embargo, advertimos que el sentido que le damos a estos términos no es el mismo que tienen en una empresa con finalidad de lucro, y en consecuencia debemos reconocer y vigorizar desde la Fundación un modelo de gestión que responda genuinamente a los valores y convicciones del sector.

    En la empresa lucrativa la eficiencia se vincula con una utilización de los recursos que permite maximizar la acumulación y rentabilidad del capital invertido, precisamente porque se trata de una empresa organizada por el factor capital y éste es el que condiciona sus objetivos. En cambio, en el caso de las cooperativas, la eficiencia supone un uso adecuado de los recursos colectivos para satisfacer en calidad y cantidad oportuna las necesidades de los agentes que cooperan: sus asociados, trabajadores, dirigentes y las comunidades de las que son parte.

    En las organizaciones de la Economía Social, quienes trabajan, dirigen y gestionan la empresa no lo hacen en subordinación del capital, sino que se los debe integrar en la medida de lo posible comprometiéndolos con los objetivos de bien común o bienestar general que procura la entidad.

    En este contexto, cabe introducir la siguiente pregunta: ¿de qué manera podemos incluir significativamente a estos hacedores? En primer lugar, diseñando espacios y mecanismos de participación efectivos que singularicen el modelo de gestión cooperativa y lo diferencien claramente de una matriz lucrativa.

    Cuando hablamos de un modelo de gestión nos referimos a un esquema o un marco de referencia edificado a partir de los principios, ideas, conceptos y herramientas generales que hacen a la identidad o al núcleo fundamental de una organización. Estos modelos son los que permiten desempeñar las acciones necesarias para poder alcanzar los objetivos.

    En una cooperativa el modelo de gestión supone la realización de una solidaridad recíproca. Es importante que esto no quede en un plano declaratorio de principios: la aplicación de una solidaridad recíproca al modelo de gestión demanda un sistema de implementación, reconocimiento y evaluación, que efectivamente valore los esfuerzos por llevar adelante una gestión con estas características.

     Por otra parte, para poder implementar una gestión solidaria, cuando las organizaciones adquieren cierta escala es necesario crear unidades intermedias de cercanía entre el equipo de trabajo, la dirigencia y los asociados.

    Es decir que el crecimiento de las organizaciones se tiene que corresponder con un desarrollo de las actividades de proximidad que sensibilice sobre los valores cooperativos, involucre activamente a las personas en la gestión del proyecto colectivo y permita una viva retroalimentación desde y hacia la comunidad.

     Asimismo, una gestión cooperativa debe procurar una recuperación o compensación justa para todas las partes interesadas de los aportes invertidos, tratando de evitar inequidades, privilegios y jerarquizaciones.

    En síntesis, desde la Fundación impulsamos una gestión social y económica en el cooperativismo que, además de validar su carácter de empresa, también tenga muy presente el objetivo de satisfacer necesidades y aspiraciones económicas sociales y culturales de la ciudadanía en general y los asociados en particular.