• Alemania y un gobierno en suspenso

    Por Gabriel Puricelli

    Coordinador del Programa de Política Internacional delLaboratorio de Políticas Públicas.

     

    Es el motor económico de Europa, pero la política la tiene en punto muerto. Alemania, la cuarta economía del mundo, es también la tercera potencia exportadora del mundo. Compra grandes volúmenes de bienes a otros países, pero tiene un gran saldo a favor dado el valor de lo que vende al extranjero. Ese superávit comercial es la envidia y el blanco frecuente de críticas de Donald Trump: el presidente de los EE.UU. no puede aceptar que su propio país importe más de lo que exporta y culpa de ello no sólo a Alemania, sino (sobre todo) a China y a México. Con una fuerte presencia en Argentina, visible en nuestras calles pobladas de Volkswagen y Mercedes Benz, Alemania es también un fuerte socio comercial de nuestro país, que en 2016 compró 3.000 millones de dólares de productos alemanes y le vendió 1.300 millones de dólares de productos argentinos. Nada de lo que pase en Alemania nos puede ser del todo indiferente y casi todo lo que pasa allí es determinante para el bloque político-económico que la tiene en su corazón, la Unión Europea. 

    Acostumbrados a un bipartidismo de lo más convencional, desde el fin de la II Guerra Mundial los alemanes han elegido gobiernos conservadores o socialdemócratas que se han sucedido sin demasiadas estridencias domésticas y con un imperturbable espíritu europeísta hacia afuera. Más de doce años hace que su actual canciller (jefa de gobierno) Angela Merkel lidera Alemania, tanto, que el nombre de la dirigente y el del país se hacen imposibles de disociar. Sin embargo, cuando los alemanes votaron, en septiembre pasado, los democristianos (CDU) y socialcristianos (CSU) quedaron muy lejos de tener las bancas necesarias en el parlamento (Bundestag) para poder constituir un nuevo gobierno. Esa unión de partidos, que es la base política de Merkel, perdió casi tres millones de votos y sus socios minoritarios en el gobierno desde 2013, los socialdemócratas (SPD), perdieron casi dos. Tras semejantes fugas, ni unos ni otros fueron despojados de su condición de primer y segundo partido del país, respectivamente, pero pasaron de representar a más de dos tercios de los votantes, a poco más de la mitad. 

    ¿Cómo es que “Mutti” Merkel, la dirigente política que tras tantos años al frente del gobierno algunos se aventuran a llamar “madre”, se encuentra ante el retiro de la confianza de tantos de sus compatriotas? La máxima de un viejo político italiano, Giulio Andreotti, que sostenía con mucho cinismo que “el poder desgasta al que no lo tiene” parece que ha perdido su vigencia. Estar en el poder hoy, en Europa, es cada vez más un obstáculo para seguir estando. Ya no son inmunes al desgaste ni siquiera los políticos que, como Merkel, pueden exhibir cuentas gubernamentales sanas e indicadores de crecimiento económico y niveles de empleo que son la envidia de sus vecinos. Hay un mar de fondo, un clima de ansiedad ciudadana que va más allá de la coyuntura, que ve en el futuro la imagen de una sociedad en la que muchos se ven abrumados por la presencia de una inmigración que se percibe en aumento perenne y por un multiculturalismo que tienen dificultades crecientes para aceptar. 

    Ese mar de fondo, cuando tiene la oportunidad de emerger como opción electoral, cuando aparecen partidos o líderes dispuestos a darle voz, lo hace con una fuerza que sorprende y, a veces, paraliza. Casi todos los vecinos de Alemania ya tenían en su escena electoral (en algunos casos, desde hace décadas) alguna oferta para satisfacer esa demanda: las ultraderechas del Frente Nacional en Francia, del Partido de la Libertad en Austria (desde hace pocos días, como parte del gobierno), del Partido Popular en Dinamarca, del gobernante partido Ley y Justicia en Polonia, del Interés Flamenco en Bélgica, del Partido por la Libertad en Holanda, de Libertad y Democracia Directa en República Checa. Luxemburgo era y sigue siendo la única excepción. 

     

     

    La versión alemana de esa oleada de radicalización de las derechas es la Alternativa por Alemania (AfD), el partido que actuó como una verdadera aspiradora de votos de clase media que antes se pronunciaban por los conservadores de Merkel y de votos de la clase trabajadora que los socialdemócratas contaron desde siempre como propios. Después de quedar fuera del Bundestag en 2013 por no alcanzar (por muy poco) el umbral mínimo del 5% exigido para poder ocupar bancas allí, la AfD casi triplicó sus votos para quedarse con 94 bancas. Fue la primera vez desde que el Bloque Pangermano (GB/BHE) perdió todas sus bancas, en 1957, que la extrema derecha consiguió representación parlamentaria. 

    Esa nueva presencia en el parlamento y sus propios desastrosos resultados electorales, los peores de la posguerra, sembraron dudas y contradicciones en en Partido Socialdemócrata. Bajo el liderazgo de Martin Schulz, se apresuraron a decir que no estaban dispuestos a ser de nuevo el socio menor de los conservadores en el gobierno, como lo eran hasta las elecciones y como lo han sido en dos oportunidades más desde los años ´60. Inicialmente, entonces, se impuso en el SPD la tesis de la necesidad de una “cura de oposición”, para reconstruir la propia base electoral, desmovilizada por los continuos compromisos con los “amienemigos” de la CDU/CSU, y para evitar que la AfD, con el tercer bloque parlamentario más numeroso, quedara al frente de la oposición. 

    Como en el sistema parlamentario vigente sólo se puede formar gobierno contando con el apoyo de una mayoría de los 709 diputados del Bundestag, a los conservadores sólo les quedaba la alternativa de formar gobierno con los liberales (FDP) y con los verdes. Dos meses duraron las negociaciones, hasta que los liberales se levantaron de la mesa diciendo que no había modo de que sus propuestas abiertamente favorables a las empresas y restrictivas con la inmigración se compatibilizaran con las salvaguardas ambientales que los verdes quieren imponer a esas mismas empresas y con la postura generosa con la inmigración de los ecologistas. Frente a ese sonoro fracaso, toda la expectativa se trasladó al SPD, que revirtió su decisión de pasar a la oposición y que, mientras esto se escribe, negocia la renovación del contrato de “gran coalición” con los partidos que apoyan a Merkel.

     En definitiva, a tres meses de realizadas las elecciones, la dirigente más votada por los alemanes sigue al frente de un gobierno interino que se ocupa sólo de cuestiones administrativas corrientes, que no puede enviar proyectos de ley al parlamento y no puede tomar iniciativas políticas. Eso seguirá siendo así hasta que se alcance algún acuerdo con el SPD y el parlamento consagre a Merkel como canciller reelecta. Si no hubiera acuerdo (con una coalición donde el SPD ponga a sus ministros en el gabinete o con un gobierno minoritario que el SPD se comprometa a no derribar, al menos por un tiempo, con un voto de censura en el Bundestag), Alemania podría verse obligada a repetir las elecciones, cosa que no ocurrió nunca en su historia moderna. Los resultados, por cierto, son aún más difíciles de prever que en septiembre pasado, cuando la elección ya vino preñada de sorpresas. 

    Después de mirar con cierta extrañeza la seguidilla de cambios políticos en la mayor parte de los países de la Unión Europea y de verse a sí misma como un oasis de normalidad política y de empuje económico, Alemania está (momentáneamente, al menos) atrapada en el pantano de la indecisión de un electorado que se rehusó a plebiscitar la continuidad matriarcal de Merkel. Aunque lo que ésta tenga por delante sea un cuarto período al frente del gobierno, si sigue allí será con un mandato tan lleno de dudas como en duda está el futuro de Alemania y de la Unión Europea, ahora que el optimismo ciudadano sobre el futuro ha sido reemplazado por el recelo. La cura de ese nuevo padecimiento, independientemente de la suerte de los dirigentes, no parece estar al alcance de la mano.