• Ciudadanos en busca de derechos digitales

     

    Por Martín Becerra | Prof. e Inv. UBA, UNQ y Conicet

     

    La diseminación urbi et orbe de las tecnologías digitales que permiten comunicar volúmenes de información extraordinarios, junto con la transformación de los procesos productivos, afectan la organización de las actividades humanas donde para el ejercicio pleno de la ciudadanía es preciso redefinir los nuevos derechos comprendidos en las “sociedades informacionales”.

     

    El concepto de ciudadanía está en ebullición a raíz de la emergencia de la cultura digital. El ejercicio de derechos, el acceso a bienes y servicios y la creación de una institucionalidad que pueda contener la escala global de operaciones de las tecnologías digitales son cuestiones que desafían los marcos de regulaciones y el reconocimiento de derechos del mundo analógico. Hoy se expanden prácticas sociales (de producción, de consumo, de contacto y comunicación) masivas y personalizadas en red, constitutivas de un nuevo espacio público, pero hasta el presente hay pocos derechos consagrados para los usuarios, en general relativos a que reconozcan los derechos fundantes de la ciudadanía digital, así como su articulación con los derechos humanos y su proyección a los entornos digitales. 

    La ciudadanía está relaciona con el (y depende del) ejercicio de derechos. Para ello, los derechos estos deben estar previamente reconocidos y debe haber políticas que garanticen su concreción. Sin embargo, en el contexto de las llamadas “sociedades de la información” el reconocimiento de derechos y su promoción a través de políticas activas resultan tareas pendientes. Sobre todo en América Latina, región del mundo que se caracteriza por desigualdades que condicionan precisamente el ejercicio pleno de derechos sociales, culturales, políticos y económicos. 

    El ser ciudadano habilita a una persona o a un grupo social a participar activamente, con derechos y obligaciones, de determinada comunidad, generalmente nacional. En las últimas décadas, procesos de unificación geopolítica regional como en el caso de la Unión Europea, o de aceleración global de flujos económicos en el mundo (la globalización), motivaron debates fundamentales acerca de la constitución de ciudadanías supranacionales (la ciudadanía europea o la ciudadanía global). Desde luego que las redes digitales interconectadas en el mundo entero reforzaron estos debates, aún cuando no hayan madurado en instituciones planetarias capaces de contenerlos y de concretarlos. 

    Por cierto, el concepto de ciudadanía es problemático ya que no implica únicamente inclusión sino que, a la vez, regula el acceso. De hecho, en su versión tradicional la ciudadanía excluía (y en muchos países sigue excluyendo) a inmigrantes, menores de edad y a grupos que en algunos países son considerados “ilegales” como los refugiados y los llamados “inmigrantes económicos” o “sin papeles”. 

    Además de esa limitación inherente a la propia categoría, la ciudadanía está ligada a una comunidad de intereses de tipo cultural e histórico, en un sentido laxo, que el alcance global de las tecnologías digitales recombina en un formato original e inestable. El ejercicio de derechos en una demarcación geográfica está siendo cuestionado con la masificación de Internet y, de modo más abarcativo, con la aceleración de la globalización político-económica a partir de la década de 1990. 

    De su primera acepción afincada en el Ágora ateniense, el concepto de ciudadanía avanzó para comprender también derechos económicos y sociales. Sobre todo en los dos últimos siglos, la ciudadanía fue perdiendo su inicial carga reducida a la dimensión individual. Fue, pues, convirtiéndose en un concepto cada vez más social. Como dice el sociólogo Manuel Garretón, “en la actualidad, las relaciones de género, los medios masivos de comunicación, el medio ambiente y el lugar de trabajo han llegado a constituir nuevos espacios de discusión de los derechos de ciudadanía”. De modo que en la armonización entre la soberanía popular, la libertad y la igualdad ante la ley, la ciudadanía asume formas diversas. Ahora bien, ¿cuál es la ley del ciberespacio ante la que pueden reclamarse y ejercerse la libertad y la igualdad? ¿qué significa soberanía en entornos digitales? 

    La primera respuesta a estos interrogantes es que la regulación excede la sanción de leyes y, en consecuencia, la falta de regulación legal en las redes digitales es reemplazada con prácticas y con un régimen de propiedad que es concentrado, global, y que mercantiliza la lógica de funcionamiento de servicios y aplicaciones. Esta situación, sumada a las prácticas de vigilancia y controles ejercidas por agencias de seguridad y gobiernos, en muchos casos sin amparo legal, enfatiza la necesidad de pensar en los derechos de las ciudadanías digitales. Al no existir una “carta magna” sobre derechos en Internet consolidada a nivel mundial y al carecer de un poder instituido con legitimidad como para tomar decisiones que, a imagen y semejanza del Leviatán  del filósofo Thomas Hobbes, sean respetadas por el conjunto, el debate y las tensiones están a flor de piel. O, mejor dicho, a flor de red.

     

     

     Redes troncales submarinas de Internet

  • Cuando la Policía mató a los cooperativistas

     

     

    En 1974 un grupo de policías cordobeses protagonizó una masacre contra un grupo de cooperativistas.

    El hecho anticipaba el terrorismo de Estado y todavía continúa impune.

  • Desarrollo local

     

    Editorial | Revista COLSECOR, marzo 2018

     

    Es el contexto sobre el que trabajan nuestras cooperativas asociadas a COLSECOR. Es el territorio donde hablan los beneficios tangibles que podemos generar como entidad de integración, para que se transformen en hechos que construyan progreso.

    Nuestros pueblos han sido capaces de enfrentar el futuro porque comprendieron que el cooperativismo era la salida de emergencia para sostenerse y poder crecer. No es menos cierto que, desandando aquellas decisiones de solidaridad creativa, no aparecían en el horizonte muchas otras opciones razonables.

    La sensación del deber cumplido de aquellos tiempos nos tiene que dinamizar las capacidades de respuestas ante la actualidad que entraña un peligro mayúsculo: las pequeñas y medianas comunidades se están despoblando. Los grados de afectación del fenómeno se extienden y lo peor es que no hay una discusión publica que nos permita advertir la crisis que ya la tenemos encima.

    Seguramente reviste poca importancia el tema cuando lo que se mira prioritariamente son los grandes conglomerados de personas en Argentina. Mientras se dejen a los pueblos librados a su suerte y no se distingan en el campo de los problemas sociales tanto las causas para corregirlas como los efectos para revertirlos, vamos a seguir en la simplificación de los debates como Nación.

    Tenemos pobreza porque obtenemos pobres avances en educación. Los seguimientos de las políticas públicas con una enorme burocracia estatal vuelven casi imposibles las correcciones permanentes y la comunidad educativa se entumece ante el discurso político correcto porque no puede pasar a las acciones. Explota la inseguridad en las ciudades porque el delito opaca el trabajo y la droga inunda las calles. Nos alejamos de la realidad con adicciones y somos cada día, más violentos. Ninguna de las observaciones que caracterizan el momento son un mundo aparte, todo lo contrario, expresan un sistema de decadencia traumática.

    Es definitivamente más difícil, resolver problemas en las voluminosas magnitudes poblacionales. Mientras no se promuevan los desarrollos de las localidades de menos de cien mil habitantes, vamos a continuar horadando esos pedazos de suelo argentino para que sea tierra de nadie. En simultaneo, la gran mayoría de los argentinos continúan agolpándose en la estrechez de los conurbanos que no permite las libertades y estruja el futuro de millones de ciudadanos.

    No vamos a poder tener una mejor persona si primero no intentamos hacer una sociedad más justa y equilibrada. El cooperativismo representa un modo de organización económica y social que va en esa dirección y el Estado tiene que tender a promover mejores condiciones de integración social en aquellos lugares donde puede haber más eficacia y eficiencia en cuanto a la inversión de los recursos de todos.  

     

  • Entre las tareas del hogar y el trabajo, la sobrecarga

     

     

    La conmemoración del Día Internacional de la Mujer es una excelente oportunidad para abordar las problemáticas actuales a las que se enfrenta la población femenina. La labor doméstica no reconocida,  la desigualdad laboral, las dificultades para crecer profesionalmente y el rol materno son algunos de los temas puestos en cuestión. La psicología brinda herramientas para la reflexión.

      

      

    Por Luz Saint Phat | Periodista 

     

    Wadjda es una niña que vive en los suburbios de Riad, capital de Arabia Saudí, y quiere tener su propia bicicleta. Para hacer realidad su sueño, la pequeña atraviesa distintas dificultades. Éste es el argumento del galardonado film “La bicicleta verde”, estrenado en 2012 y escrito y dirigido por Haifaa al-Mansour. Se trata de la primera película realizada por una directora saudita.

    Más allá de las claras diferencias culturales entre occidente y la vida que se retrata en esta historia, hay puntos en común en lo que hace a la cuestión de género. Mientras Wadjda persigue su deseo, el film profundiza en temáticas que son hoy sustantivas para las mujeres: la labor doméstica, el trabajo fuera de la casa, el rol materno, la desigualdad de oportunidades respecto de los hombres y los mandatos sobre el amor.

    En este mes, la conmemoración del Día Internacional de la Mujer brinda una oportunidad de abordar estos temas y la psicología otorga herramientas para la reflexión.

    Claudia Cedrón es psicóloga (MP 5913) y trabaja en uno de los centros de salud municipal de Córdoba. También es parte una comisión interdisciplinaria del primer nivel de salud del municipio que aborda la violencia de género e integra la Comisión de Género del Colegio de Psicólogos de la Provincia de Córdoba. La especialista señala que la “doble” o “triple” jornada de trabajo (que incluye las tareas realizadas en el hogar y en los ámbitos laborales y comunitarios) significa hoy un problemática trascendente.

    “Existe todo un trabajo no reconocido en el ámbito doméstico, que podemos denominar invisible, que no tiene ningún tipo de reconocimiento desde lo simbólico ni desde lo económico. Sabemos que las mujeres son las que llevan adelante principalmente el sostenimiento de las tareas que se realizan en el hogar, a lo que se suman las tareas de cuidado de los niños, de las personas mayores de la familia y de los enfermos”, indicó Cedrón.

    “En este punto, es interesante recalcar todo el impacto que este rol tiene en la vida y en la organización del tiempo de las mujeres, pero también la cuestión del aporte económico que esto representa para la economía familiar y la mundial. Hay cálculos realizados donde se reconoce que entre 40% y 60% del valor producido en el mundo por la economía, corresponde a estas tareas que históricamente vienen desarrollando las mujeres”, agrega la psicóloga.

    “Pensando en el trabajo asalariado – y teniendo en cuenta la distinción que también produce la existencia de trabajos precarizados o informales-, también allí se presentan desigualdades respecto de los varones. Lo que más se conoce tiene que ver con el pago: por igual tarea generalmente no corresponde igual salario. También otro tema es el techo de cristal, que hace referencia a las posibilidades reales que tienen las mujeres para ascender en su carrera. Y en todo esto, también se cruza de manera fundamental el tema de la maternidad -tal como se entiende hoy- que impacta fuertemente en las posibilidades y opciones que tiene el género. Además, algo muy frecuente y poco reconocido es el acoso sexual en el trabajo”, explicó Cedrón.

    “Existe un contexto que no es sólo un marco de lo que le pasa a las personas, sino que nos socializa y nos va subjetivando. La cuestión de género no es sólo algo individual sino que también es cultural”, dice la especialista.

     

     

     

    Mente y cuerpo

    En este contexto, las mujeres pueden manifestar distintas dolencias subjetivas que son motivo de consulta para la psicología clínica.

    “Lo que aparece más como malestar o padecimiento psíquico son los ataques de pánico y síntomas vinculados a la sobrecarga. El avance en el mercado laboral no ha representado un retiro de las mujeres de las tareas del hogar. Esto realmente significa una altísima sobrecarga”, dice Cedrón.

    “El uso del tiempo es totalmente desigual respecto de los varones. El tiempo que las mujeres tienen para sí es prácticamente nulo y, a veces, cuando uno trata de interrogar sobre el tema, esto se vive con mucha culpa, debido a los roles históricamente asumidos por las mujeres”, agrega.

    “El problema es que muchas veces los recursos psíquicos se van agotando y va a apareciendo el cuerpo. En general, hay mucho cansancio y pocas posibilidades de hacer otro tipo de actividades”, dice.

     

    El valor de la pregunta

    ¿Podría el contexto ser más favorable para las mujeres? ¿Es viable una transformación que tienda a mejorar las condiciones de igualdad de género en los distintos ámbitos? Seguramente este es un camino que se hace al andar, como tantas otras modificaciones culturales que se han efectuado desde hace al menos un siglo en este terreno en todo el mundo.

    En la película, Wadjda tiene tan sólo 11 años, pero presiente de manera acertada que la fuerza del deseo permite derribar las barreras sociales cimentadas por la misma historia.

    “Una de las potencialidades más grandes que tiene la psicología es interrogar y generar espacios para la reflexión, que rompan con la dinámica cotidiana. Así es posible pensar en que las cosas sean de otro modo”, indica Cedrón.

    “En las organizaciones, la psicología también puede hacer sus aportes y acompañar procesos que habiliten nuevos acuerdos sobre los modos de producir y tomar decisiones. No es tan sencillo, pero se puede”, indicó la especialista.

     

    Revista COLSECOR, marzo 2018

  • Las aulas de marzo: el regreso de la rutina y la esperanza

    Por Alejandro Mareco | Periodista

     

    El comienzo de las clases pone en funcionamiento la gran rutina que sigue al tiempo laxo del verano. La escuela juega otra vez su papel decisivo en el destino de la sociedad.

     

    Hay una mañana en la que los engranajes de los días, de las cosas, se vuelven a acomodar en su lugar y entonces sí, verdaderamente el mundo parece ponerse finalmente en acción. Esa es la mañana del gran lunes, porque no hay lunes más inmensamente lunes que el día en el que se abren las puertas de las aulas y cientos de miles de niños y chicos argentinos y miles de maestros comienzan a respirar el cotidiano aroma de las escuelas.

    Marzo es el mes en el que el imperio de la rutina deja atrás los escarceos soleados de las  vacaciones, el tiempo laxo del verano, e impone el rostro más riguroso de la rutina semanal. El nuevo orden de los días no sólo sucede en las escuela, sino en cada una de las casas que acomodan sus movimientos a los horarios de los estudiantes, y también en el espacio común: las calles, sobre todo en las ciudades en los que las unidades de transporte escolar vuelven a sumergirse en el oleaje del tránsito, y los mediodías se congestionan frente a las puertas de las escuelas.

    Hay nuevas multitudes en movimiento. Son los chicos que viven la frescura de su tiempo a plena luz. Cada cual lleva consigo, además, su circunstancias.

    Muchos han llegado con ansiedad al término de un azaroso verano, y encuentran otra vez un lugar de contención que en miles y miles de caso incluye un plato de comida, una merienda y la chance de sostener un lugar en la sociedad a través de la escuela pública.

    También atraviesan las calles los que tienen oportunidades educativas superiores, y las legiones de clase media que fluctúan entre escuelas públicas y privadas en busca de los viejos anhelos de encontrar en la educación la fuente de la que se bebe el agua del futuro.

    Sí, el aroma de las aulas que en estos confines del sur de planeta comienza a fluir en marzo (salvo escuelas que por condiciones geográficas de frío adverso tienen régimen distinto), impregnará definitivamente la memoria de los días de la infancia: goma, tinta, sudor, guardapolvo, uniforme nos dan el rastro claro de la infancia común que nos ha tocado vivir a muchas generaciones.

    Pero que hace no mucho más allá de un siglo que se asume como un recuerdo de la totalidad.

     

     

    Papel decisivo

    La escuela no sólo representa sino que es de hecho el comienzo de la vida social. Es la institución por la que la sociedad, el proyecto colectivo de la gran comunidad, toma a los chicos de cada uno de los hogares para sumarlos.

    Es el cuerpo nacional el que de algún modo interviene para ser parte del destino de los hijos argentinos, a los que dotará de un sentido de pertenencia y de instrumentos del conocimiento teórico y práctico para que se conviertan en instrumentos que contribuyan a desarrollar el porvenir del conjunto. Para eso, claro, se necesita un proyecto común, entender un horizonte

    Es lo que se espera que suceda. Pero las cosas casi siempre no son las ideales. Y menos en una nación atravesada por los barquinazos de la historia, por las mareas y contramareas que nos han hecho dar pasos adelante y pasos hacia atrás, algunas veces demasiados hacia atrás.

    Hace 138 años (1884), la ley de Educación Común impulsada por el gobierno de Julio Argentino Roca, le dio carácter laico, gratuito y obligatorio a la escuela argentina. Entonces, menos de uno de cada cinco habitantes de este suelo sabía leer y escribir. Luego al llegar al Centenario de 1910, esa ecuación se había modificado a dos de cada tres. En estos tiempos, el índice de alfabetismo en Argentina es inferior al dos por ciento.

    Esa condición obligatoria y gratuita de la escuela tendría un papel constructivo decisivo en la consolidación nacional y cultural de aquella Argentina que abrió sus puertas a las inmensas oleadas inmigratorias que a finales del siglo 19 y principios del 20 llegaron sobre todo de Europa hablando diversidad de lenguas y portando rastros de otras historias lejanas.

    El aula pública fue lentamente neutralizando esa torre de Babel en la que se convirtió el país, a medida que los pequeños inmigrantes y los hijos de los venidos de otras latitudes asumieron nuestra lengua y nuestra historia para sumarse a la maceración de una identidad común.

     

    “Buenos días, se-ño-ri-ta!

     Las mujeres al frente de las aulas, una constante de la educación argentina.

     

    "La experiencia ha demostrado efectivamente que la mujer es el mejor de los maestros, porque es más perseverante en la dedicación a la enseñanza, desde que no se le presentan como al hombre otras carreras para tentar su actividad o ambición y porque se halla, en fin, dotada de todas esas cualidades delicadas y comunicativas que la hacen apoderarse fácilmente de la inteligencia y de la atención de los niños".

    Las palabras fueron pronunciadas por Nicolás Avellaneda durante los días de su presidencia (1874-1880).

    La presencia de la mujer al frente de las aulas sería un rasgo definitivo de la educación argentina - y de muchos otros países -,  pues siguen siendo abrumadoramente mayoritarias, sobre todo en lo que a escolaridad primaria se trata.

    Pero el primer maestro del que se tiene registro en estas tierras fue el español don  pedro de Vega, en Santa Fe. Y tanta era su valoración, que tenía prohibido dejar la ciudad bajo pena de pagar una multa de “200 pesos castellanos”, según un acta capitular de mayo de 1577.

    Ya en el siglo 19, un grupo de maestras emblemáticas fueron las que Domingo Faustino Sarmiento convocó a venir desde Estados Unidos, en su presidencia (1868-1874). La tentación fueron los altos sueldos, que doblaban o triplicaban los 50 pesos horas que ganaban en Seattle, su lugar original. Claro que debían reunir condiciones muy precisas: provenir de buenas familias, ser muchachas jóvenes solteras, en incluso bien parecidas.

    Las exigencias para las maestras en los finales del siglo 19 serían aún más severas, y se estipulaban claramente en los contratos que firmaban.

    “No podían tomar alcohol en público, no podían usar vestido que se les viera el talón, no podían estar a solas en un coche con un hombre o en un salón, no podían ir a las heladerías porque eran algo así como bares, y no podían tener novio ni casarse. O sea, obviemos que tuvieran novio, si no que de un día para el otro dijeran bueno, me casan con tal, o me caso con tal, o mis padres me casan; bueno, al otro día perdían el trabajo. No podían. Era como una especie de sacerdocio, las querían 100 por ciento para enseñar. Y bueno, estas mujeres estaban dispuestas a eso, firmaban ese contrato. Era tal la vocación que estaban dispuestas a renunciar a todo”.

    La explicación es de la escritora Viviana Rivero, autora del libro “Mujer y maestra”, según consta en una entrevista del periódico Infobae.

    Pero también sería una maestra la iniciadora de la primera huelga docente en la historia de la educación argentina. Se produjo en 1881, durante la presidencia de Julio Argentino Roca,  en la Escuela Graduada y Superior de San Luis. Encabezadas por su directora, Enriqueta Lucero de Lallemant, las docentes reclamaron por un largo atraso en el pago de sus sueldos y contra recortes salariales de todos los empleados públicos que se venían aplicando desde 1874.  

    “Nos hemos resignado muchos años, con la esperanza de que esto mejorase; más viendo las nuevas dificultades que se presentan para el pago, no nos queda otro recurso que suspender las tareas escolares hasta que el Excelentísimo Gobierno tome las medidas que crea del caso”, plantearon.

    Muchas veces palabras similares volverían  a repetirse a lo largo de la historia de nuestras aulas y la constante postergación de los docentes.

     

     

    Historia y mitos

    Claro que la escuela fue cuestionada también por ser parte de la estrategia de un proyecto de país que muchas veces ha impuesto, hasta incluso con la fuerza, una manera de ver las cosas (la historia, los valores, el presente) y entender la educación.

    No bien entramos al aula el primer día de clase, empezaron a contarnos. Quizá comenzamos por pintar la escarapela, o a armarla con papel glasé o bolitas de papel crepé. Qué bien quedaba el celeste sobre el cuaderno blanco, sobre todo cuando estaba recién abierto, como nuestras mentes.

    Después, coloreamos la silueta argentina al final del sur. Éramos parte de un mundo en el que la porción que nos tocaba estaba rodeada por altas montañas y por un inmenso océano. Y adentro había ríos, desiertos, campos, ciudades.

    Pero, ¿por qué éramos argentinos, cómo se había hecho la patria? Entonces, la historia hizo su gran entrada en nuestras cabezas.

    Asomó apuntalada por mitos, como el de aquel lluvioso 25 de mayo de escarapelas y paraguas; es que había que consolidar la pertenencia argentina. Pasaron los grados y los docentes nos fueron fijando ideas, del mismo modo que habían sido fijada en ellos.

    Así fue que José de San Martín era un ser de bronce inmaculado en su moral y en su humanidad, un militar capaz de las hazañas más gigantes, aunque poco se habló de su convicción revolucionaria, de su proyecto americano, de su ansia de justicia que ayudó a cambiar el mundo de su tiempo. Y sobre Bernardino Rivadavia, identificado como el hombre del sillón y de las luces del progreso, poco se decía de su condición de enemigo interno de San Martín, de las provincias y de la causa americana.

    Sin  embargo, en la evolución social del país, la escuela pública significó durante décadas  una puerta a la oportunidad de progreso personal y colectivo. En algún pasaje del siglo 20, el país fue una gran referencia latinoamericana de la movilidad social, y la institución escolar tuvo en ese sentido un aporte decisivo. Los instrumentos del conocimiento repartidos hicieron posible que generaciones alcanzaran la chance de dar un salto cualitativo que, en medio de condiciones sociales favorables, se vio reflejado en el acceso a la formación universitaria, incluso de los sectores más bajos.

    Mientras tanto, la escuela ha sufrido con los dolores del país. Como pasó al despuntar el siglo 21, cuando en la profundidad de la crisis  se vio desbordada por la angustia de la necesidad. Los estragos de la pobreza nos hicieron retroceder décadas y se pronunció un abismo entre la educación pública y la privada.

    Pero es en las aulas donde se gesta la Argentina del futuro. Por eso, volver a clases es de algún modo volver a remontar el vuelo de la esperanza. la oportunidad todavía es posible.

     

     

  • Me tocó ser hija de un genocida

     

     

    Erika Lederer  integra el colectivo de  hijas e hijos de represores que desmandaron el precepto familiar y con sus relatos dan testimonio de una de las épocas más oscuras del país. “No elegimos esto, pero es nuestro compromiso con la búsqueda de la verdad”, dice.

     

    Ricardo Lederer, el padre de Erika, fue obstetra en la maternidad clandestina de Campo de Mayo a finales de los años `70.  Erika era una niña de apenas 5 años en esos tiempos tortuosos. Entre sus recuerdos hay una jirafa grande que le regalaron a los dos años y también las palizas que recibía por infiltrarse entre las botas durante los desfiles militares.

    Fue en tercer grado, en 1984, cuando algunas cosas del relato hegemónica familiar empezaron a no encajar, cuenta en una nota que escribió para la revista Anfibia movilizada por el testimonio de Mariana Dodero, la hija de Etchecolatz, a quien Erika abraza como a una hermana. “Mariana nos cuida bastante, vamos pensándonos y aprendiendo sobre todo porque la prensa nos pone en un lugar de sacrificio y eso es al pedo”.

    Usando la red social Facebook, Erika convocó a los hijos de represores que “no avalamos sus delitos” a juntarse con “la consigna de aportar datos y contar historias que a otros les sirvan”. Fue en mayo del año pasado, luego de la multitudinaria marcha en contra del fallo (finalmente fallido) de la Corte Suprema por la acordada del 2x1 que reducía las penas de los acusados por delitos de lesa humanidad.

    “No elegimos la familia que nos toca”, dice Erika, “pero podemos elegir cómo construirnos”.

     

    - ¿Cómo surge la necesidad de encontrase con otros hij@s de represores?

    El 2x1 generó en la sociedad en general un rechazo absoluto porque era volver atrás muchos años de lucha para los procesos de lesa humanidad, entonces en ese sentido nos pasó que sentimos que algo había que hacer y decir y no quedarse en el dolor propio. El intento fue decir: si tenemos datos, como hijos de genocidas, juntémonos los que perseguimos la lucha por la Verdad, la Memoria y la Justicia. Somos pocos, porque la mayoría pertenece a la misma ideología de sangre, pero juntémonos  con mucha humildad porque en realidad éramos niños en aquel momento. Yo nací en el 76, era chica, pero lo que podamos decir sirve para ir armando este rompecabezas que es la historia, que todavía le faltan tantas piezas. De hecho hay anécdotas que pueden servir para rellenar; por ahí no aportan datos concretos para una causa sino para generar un contexto, para comprender mejor una situación y también para reconstruir entre todos lo que fue el entramado más perverso de la época de la dictadura en el país. Y tomar parte en esta co-construcción de la historia. A mí me tocó ser hija de un genocida.

     

    - ¿Cuándo lo personal se volvió político?

    Más o menos desde los 9 años empecé a entender lo que está bien y lo que está mal y eso me parece que es la clave y el punto para interpelar la figura paterna, con mucho dolor. Y todo eso genera síntoma de alguna manera porque el mismo tipo que te abrazaba era el que hacía un parto clandestino. No quedaba otra que disociar porque en la mesa te sentabas con él a comer. No quiero quedarme en eso porque me hace mal hablar…

     

    El cuerpo entra en equilibrio, Erika vuelve a tener voz y sigue contando  que en ese tiempo -  cuando tenía 9 – le “empezó a caer la ficha” sobre su padre. “Primero lo habían escrachado en Página/12 porque era íntimo amigo de Camps. En casa hablaban mal del diario pero yo no sabía por qué”. También a esa edad le preguntó si había matado. La respuesta fue contundente y desgarradora. “Imaginá  esas preguntas, a esa edad, mi viejo era médico, el juramento hipocrático… de ahí ya no podes construir mucho más. Siempre me replicaron con cuestiones básicas pero no hay forma de argumentar lo que significa matar a nadie”.

     

    - ¿Cuándo pudiste contar por primera vez quién sos?

    Antes de aparecer en la marcha del 2x1, había un spot de Abuelas que decía: Soy hijo de tal…. Y a mí me salió escribir algo muy duro explicando que era la hija de un genocida. Pero me parecía muy amarillo y no lo publiqué.  Y se lo mande a Camilo, uno de los nietos que en ese momento no conocía, después fue mi primer abrazo reparador, y él me dijo que lo hiciera público. Me animé. Esa fue la primera vez que dije quién soy.

     

    El Capitán Médico (R) Ricardo Nicolás Lederer murió el 9 de agosto de 2012. Una misiva publicada en el diario El Pregón de La Plata, firmada por el Coronel (R) Guillermo César Viola,  señaló: “Otro Camarada que sin encontrarse aún en cautiverio, se  hallaba bajo proceso judicial”.   Lederer se suicidó a pocas horas de haberse difundido la noticia de la restitución del nieto 106, Pablo Javier Gaona Miranda, cuando se supo que con su firma abaló la identidad falsa con la que fue entregado a sus apropiadores. Erika también recordó que su padre estuvo involucrado en “los vuelos de la muerte sobre el  río de La Plata y fue carapintada”.

    “Según me cuentan mis vecinos, porque mi familia no me da información, la noche anterior a pegarse un tiro fueron a mi casa unos milicos a avisarle que lo iban a detener. O sea, todavía hay peligro de que eludan la Justicia, nosotros sabemos de lo que estos tipos son capaces, siguen vinculados al poder económico y se cuidan entre ellos, por eso no les daría prisión domiciliaria”.

     

    Álbum familiar

     

     

    Las marcas en el cuerpo

    El cuerpo es evidencia. Cuando “la mano que cura y te abraza es la misma que tortura y decide sobre la vida de los demás hay un devenir de disociaciones, ninguna gratuita”, dice Erika y recuerda de aquellos años de infancia sus problemas para vincularse, el asma y el miedo a hablar. También los golpes y las lecturas prohibidas de la adolescencia.

    “Me gustaba la filosofía pero estudié Derecho porque lo otro estaba vedado”. Todos esos años en la facultad sostuvo un único objetivo: recibirse para irse de su casa.

     

    - ¿Llegaste a pensar que no eras su hija por eso te hiciste un ADN en el Durand?

    En realidad me llamaron de Abuelas antes que mi viejo se mate, ante la posibilidad de que mi ADN fuera compatible con el Banco Nacional de Datos Genéticos (BNDG).  Yo realmente pensaba que no era hija de desaparecidos. Mi viejo pensaba y parafraseaba que le daría asco mezclar la sangre. Asco. Mi viejo está mencionado en el Nunca Más como el loco con pretensiones de depurar la raza, imagínate.  Entonces, yo de verdad pensaba que este no me hubiese adoptado si yo era hija de un desaparecido. Entonces, desde ese lugar yo sabía que no era hija de desaparecidos. Me hago el ADN y no da compatible con ninguno de esos datos. Y bueno, hay que hacerse cargo de lo que nos toca, pagaré el psicólogo, lo que sea. Me tocó esta pero pude construir desde un lugar seguro. La duda es un terreno muy fangoso. De golpe fue la primera certeza, era una mierda, pero era lo que tenía.

     

    - ¿Cómo tomó tu familia la decisión de contar quién era Ricardo Lederer?

    Cuando los familiares de genocidas tomamos estas decisiones y pedimos cárcel común el costo es alto al interior de nuestras familias. Yo no tengo familia, mis hijos no tienen con quien pasar las fiestas. El 24 a la noche, mis hijos lloraban porque no tenían a los primos ni a la abuela. Uno cuando toma una decisión ética debe asumir estas consecuencias. El año pasado atravesé algunos problemas de salud y ahí me di cuenta que no tenía a nadie, todos me cerraron la puerta. Ojo, lo volvería a hacer porque uno es un ser consecuente.

     

    - ¿Alguna vez tu papá se arrepintió de algo?

    Mi viejo jamás se arrepintió. No hay que olvidarse de eso, nunca se arrepintieron por eso  pedimos cárcel común porque nosotros sabemos de lo que estos tipos son capaces. Pensemos en Julio López.

     

    - ¿Cómo hij@s de represores, son víctimas también?

    Cuando me intentan encasillar como víctima, como víctima de mi viejo, yo digo que no. No soy víctima del Estado ni del Estado terrorista. En todo caso seré víctima de un delito común como cualquiera. Si tenés un padre que te cagó a trompadas, eso es violencia familiar, no es un delito de lesa humanidad. Me preocupa cuando nos quieren poner bajo el estigma de víctimas y serlo sería peligroso. No voy a hacer ese juego, hay que ir con humildad y sabiendo que no somos protagonistas. La espectacularidad no nos pertenece, nos somos héroes de nada. Hay que ser respetuosos de las verdaderas víctimas: los HIJOS, las Abuelas, las Madres. A mí como subjetividad no me sirve habitar ningún concepto de víctima porque eso te ancla y no podes hacer otra cosa. Eso también es una punta de cómo nos queremos manejar como colectivo: estamos al servicio de y si no servimos nos mandamos a guardar. Si durante 40 años me cayó mi viejo y de manera injusta, si me llaman de Abuelas para decirme que me calle, por supuesto. Lo que intentamos es coadyuvar a la construcción de la memoria, la verdad y la justicia. Si lo nuestro confunde nos vamos para seguir luchando, que se yo, por los derechos de los pibes en las villas. Yo soy hija de un tipo que hizo partos clandestinos pero a mí el Estado no me quitó la familia, no tengo gente desaparecida, la verdad es que fui a los colegios más caros. La pase mal, sí. Pero como cualquier persona que sufre violencia en la casa.  

     

     

    Álbum familiar 

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

  • Rusia y la era Putín, lejos de terminarse

     

    Gabriel Puricelli |  Coordi. Programa de Política Internacional del  LPP

     

     

    La URSS, que poco quiere decir para quienes hoy tienen menos de 50 años, se disolvió en 1991. Rusia, que era su corazón, su cabeza y la federación de repúblicas más grandes de aquella unión, retuvo de aquella el atributo más importante: el poder nuclear. Y lo retuvo de manera exclusiva. Con la anuencia de las otras potencias nucleares, Rusia se quedó con todas las ojivas nucleares que estaban repartidas por Ucrania, Kazajistán y los demás estados en los que se desmembró el gigante soviético. 

    Ese sólo recurso militar le permite a Rusia seguir teniendo al menos un atributo de potencia global. Sin embargo, eso no le ha alcanzado para retener el rol decisivo que tuvo en el mundo la URSS, actor indispensable de la derrota de la Alemania nazi y contradictor esencial de los EE.UU. durante 40 años de Guerra Fría. La disolución de la URSS es un crudo recordatorio de que el todo es mucho más que la suma de las partes. Más aún cuando ese todo formaba parte de un “mundo” que también se disolvió, con la caída del muro de Berlín como el hecho simbólico que marca ese estallido. 

    En moneda contante y sonante, la disolución de la URSS significó, inicialmente, un retroceso económico fabuloso para todos los países que surgen de esa diáspora. La dislocación del proceso productivo fue de la mano con una etapa de caos político (con intento de golpe de estado restaurador incluido) y no sería sino hasta el boom de los precios de las materias primas que Rusia podría estabilizar su economía y, con ella, su régimen político. 

    Recuperada de esa turbulencia, Rusia hoy no es más que la duodécima economía del mundo, tres puestos por debajo de nuestro vecino Brasil. Tampoco es el centro de un mundo: sólo su frontera centroasiática está bordeada de países amigos. El Báltico y la Mitteleuropa que alguna vez tuvieron a Moscú como capital de hecho, son áreas sobre las que hoy Rusia no proyecta casi ninguna influencia. 

    Rusia no es hoy, por lo tanto, una potencia global, pero sí sigue siendo una potencia nuclear, ha llegado a ser una potencia energética (gasífera, sobre todo) y proyecta la influencia política y militar necesaria para ser una potencia regional en su inmediato entorno (como lo vemos en Ucrania, con su apoyo a los separatistas rusófonos) y un poco más allá (como lo vemos en Siria, con su sostenimiento del régimen dictatorial laico de Bashar Assad). 

     

     

    Los equívocos de los que hablábamos al principio proyectan, sin embargo, una imagen más poderosa. La identificación (desde 1999) del nombre del país con el de un hombre, Vladimir Putin, refuerza ese efecto. Hace ya casi tres décadas que el ex-teniente general de la KGB soviética y ex-jefe de su agencia sucesora, la FSB rusa ocupa el cargo de jefe de gobierno (primer ministro) o jefe de estado (presidente). Después de reformar la constitución para alargar los mandatos presidenciales, su actual mandato de seis años (tuvo dos de cuatro entre 2000 y 2008) culmina en breve. No ha sido un período extraordinario como el de la primera década del siglo, cuando la suba a las nubes del precio del gas y de petróleo permitieron a la economía rusa recuperar todo el terreno perdido desde 1989, y sobre todo desde 1998, cuando bajo la presidencia de Yeltsin el país tocó fondo. La combinación de recesión y crecimiento anémico de estos últimos años no parecen amenazar la continuidad de Putin. Veamos por qué. 

    En cuanto a su régimen político, Rusia puede ser considerada un autoritarismo competitivo. En Rusia hay elecciones periódicas, pero habitualmente con algún candidato opositor proscripto o limitado en su capacidad de hacer campaña. Entre elecciones, el poder de Vladimir Putin carece de contrapesos en los otros poderes del estado. La oposición que siempre participa de las elecciones es la denominada “sistémica”. Dos partidos, además del oficialista Nuestra Rusia, están presentes siempre en el cuarto oscuro: un partido de nombre engañoso, el ultraderechista Liberal Democrático (PLD) y el Partido Comunista de la Federación Rusa (PCFR), una especie de club de nostálgicos desdentados del stalinismo. Ambos partidos tienen liderazgos casi vitalicios, Vladimir Zhrinovsky y Guennadi Ziuganov, quienes son intermitentemente, además, candidatos presidenciales. Este 18 de marzo, cuando la ciudadanía rusa concurra a las urnas, se encontrará con la boleta de Putin, con la del PLD postulando a Zhirinovsky y la del PCFR proponiendo al empresario Pavel Grudinin. 

    El gran ausente en estas elecciones es Alexei Navalny, alguien que probablemente en Europa occidental podría ser calificado como liberal. Como sucede desde el ascenso de Putin al poder, el poder judicial está siempre dispuesto a proscribir a cualquier candidato que se atreva a organizar o participar de manifestaciones callejeras no autorizadas o que (pretendidamente) reciba financiamiento extranjero para su campaña electoral o su actividad política habitual. Si además ese candidato adquiere visibilidad mediática o las encuestas lo posicionan en un lugar de popularidad, como ha sido el caso de Navalny tras el tímido movimiento de protesta contra la corrupción gubernamental de los últimos años, su exclusión de la competencia electoral puede darse por descontada. 

    Proscripto Navalny, cierto interés se concentra en Grudinin un empresario millonario que está al frente de la ex-granja colectiva (sovjoz) Lenin. La identificación de Grudinin con un programa como el del Manifiesto Comunista es seriamente puesta en cuestión por la mayoría de los comentaristas más informados, aunque el hecho de que lidere una empresa (hoy privada) que lleva el nombre del padre fundador del comunismo ruso y es un espejismo de la antigua producción colectiva parece ser suficiente para un partido de nostálgicos que recoge la mayoría de sus votos entre jubilados. Como dato adicional, la granja Lenin hoy conoce un gran éxito productivo y comercial, lo que ha hecho millonario a su propietario, pero también les ha dado a sus trabajadores la posibilidad de habitar buenas viviendas dentro del complejo de la granja y ganar salarios por encima de la media rusa. Grudinin fue diputado en el parlamento regional de Moscú por Nuestra Rusia, el partido de Putin. Abandonó el mismo con críticas a la corrupción, lo que le dio alguna visibilidad en la prensa opositora. Sin embargo, en lo que hoy puede entenderse como la decisión de ser candidato “sistémico” a la presidencia, pronto abandonó la insistencia en ese tema. Ya consagrado candidato, juró hacer una campaña “propositiva” (o sea, sin ataques a Putin). La intención de voto que se le atribuye (algo menos del 20%) ayudará sin dudas a mejorar el aspecto visual de la segura reelección de Putin, aún si no logra forzar la segunda vuelta que se realizaría el 8 de abril si Putin, por primera vez en 18 años, obtuviera menos del 50% de los votos.