• Boca Social, el brazo comunitario

    Aunque no  suele aparecer en las noticias, Boca Juniors desarrolla programas comunitarios para fortalecer el lazo con su barrio de origen. Organiza fútbol amateur, orquestas infantiles, ejercicios para adultos mayores y actividades para la familia.

  • Bolsonaro: el precio de las promesas inclumplidas de la democracia brasileña

     

    Con Bolsonaro presidente, Brasil se adentra en la experiencia desconocida de un gobierno de extrema derecha surgido del voto, tras hacer promesas de pinochetismo económico y bajo la sombra de la tutela militar.

  • Cáncer: crean plataforma de búsqueda de drogas selectivas

     

    El desarrollo tecnológico permite buscar, con una alta capacidad de análisis, compuestos activos selectivos con un blanco preciso: atacar únicamente a las células tumorales, sin dañar a las saludables.

  • Carmona, uno de los dos presos más antiguos del país

     

    Por Dante Leguizamón | Periodista

     

    Roberto José Carmona en 1986 asesinó en Córdoba a una adolescente, Gabriela Ceppi, pero su historia delictiva se remonta a antes y después.

     

     

    Si alguien pregunta quién es el preso con más años de detención en el país, nombrará Carlos Robledo Puch: 45 años tras las rejas. Pero poco se sabe de la historia del segundo hombre que más tiempo lleva  tras las rejas en el país. Se trata de Roberto José Carmona, un  hombre que no cometió su serie de crímenes en libertad, sino en el interior de los institutos penitenciarios del país.

    Con 55 años Carmona lleva detenido 31, pero si se suma el tiempo que permaneció en un orfanato (desde los 4 a los 11 años) y alojado en institutos de menores (desde los 13 a los 18) la suma llega a los 43. Más tarde, tras cometer diferentes delitos menores pasó por la Cárcel de Olmos, la de Sierras Chicas y la de San Nicolás. También que conoció los penales de La Plata y Junín hasta que, en 1986, cometió su primer homicidio y llegó al Penal de San Martín en Córdoba. Más tarde fue alojado en los penales de Corrientes y Chaco.

     

    El primer crimen

    Al Fiat 600 de Guillermo Elena le patinaba el embrague pero se bancó sin chistar el viaje a Carlos Paz. Los chicos habían ido a bailar y cerca de las cuatro de la mañana ya estaban en el camino de regreso. Guillermo viajaba atrás. Adelante iban Gabriela Ceppi y Alejandro del Campillo, que se había hecho cargo de conducir.

    La preocupación aquella noche de enero de 1986 pasaba por saber si el motor iba a aguantar el viaje, pero fue la rueda derecha trasera la que los traicionó a la altura del polígono de tiro de la ruta 20, llegando a la ciudad capital.

    Inexpertos -Gabriela tenía 16; los chicos 17 y 18- trataban de cambiar la goma cuando vieron que un Ford Taunus se detenía y un hombre descendía caminando hacia ellos. En el expediente del caso se reconstruye el siguiente diálogo:

    —Hola chicos, ¿qué les pasó?

    Pregunta esa persona, que aparentaba ser apenas unos años mayor que ellos.

    —Pinchamos —contestan Guillermo y Ale­jandro.

    Amable, el hombre enfila hacia su auto para buscar un taco y una llave; los chicos comienzan a sentirse agradecidos de recibir ayuda.

    En el Taunus el conductor tardó un poco más de lo esperado, pero eso no despertó ninguna sospecha. Al acercarse al Fiat entregó la llave cruz y esperó. A los chicos les llamó la atención que se queda­ra un rato con la mirada como perdida. Sólo pronunció unas palabras dirigidas a Gabriela:

    —¿Tenés frío?

    Se sacó la campera de jean para apoyarla sobre los hombros de la adolescente. Unos minutos después el hombre introdujo su mano en la cintura y sacó un arma con la que apuntó a los chicos mientras decía las palabras que quedarían grabadas para siempre en las vidas de Guillermo y Alejandro.

    —Están asaltados.

    Los chicos se apuraron a decir que no tenían nada, pero terminaron entregándole hasta un reloj de poco valor que el ladrón se negó a aceptar. Cuando parecía que la pesadilla terminaba, Carmona se dirigió a Gabriela y le dijo que ella se iba con él.  

    —No. Dejala, no te la llevés… —reaccionó Guiller­mo, recibiendo una cínica respuesta de Carmona.

    —No te preocupés. Es un seguro, la voy a dejar más adelante.

    Segundos después los chicos vieron partir al secuestrador con su amiga. El asaltante llevaba en el bolsillo la llave del Fiat 600. Pasó mucho tiempo hasta que un taxi se detuvo y los chicos pudieron pedirle que los llevara a realizar la denuncia.

    Como todo caso policial impactante, el caso Ceppi fue tapa de los diarios del país. La noticia era relevante. Una adolescente había sido secuestrada cerca de la localidad turística más importante de la provincia. Como no había señales de Gabriela, la his­teria general se agudizó más debido a las pocas pistas que existían del secuestrador.

    Sólo un identikit, el Ford Taunus y un tatuaje en el brazo derecho del secuestrador en el que los chicos habían alcanzado a leer una palabra de moda en aquellos años: Rocky.

     

    La seguidilla

    Atar cabos fue complicado para la Policía. Esta enumeración la sabemos hoy, pero fue reconstruyéndose lentamente durante el mes siguiente al secuestro.

    El mismo día en que se llevó a Gabriela, un conductor a bordo de un Taunus –con un tatuaje de Rocky en el brazo– pasó por Villa María y al llegar a Villa Nueva levantó a un chico que hacía dedo. Era Norberto Ortiz, que volvía a La Carlota después de asistir a un festival de rock en La Falda. En el camino el conductor creyó que Ortiz había visto su arma, así que inventó una excusa: “No te asustes. Soy un Cabo del Ejército y tengo fa­miliares en La Carlota”. Alargando la mentira, el hombre del tatuaje le contó a su acompañante que había estado “de joda” en Alta Gracia y que iba rumbo a Pergamino, donde prestaba servicio en una base militar.

    Al pasar por Etruria encontraron a otro chico al costado de la ruta y lo invitaron a subir. Era Sergio Pieroni, que se dirigía a Chazón pero justo cuando estaban llegando a ese pueblo el conductor del tatuaje de Rocky se desvió y tomó un camino de tierra que llevaba a la laguna La Tunita.

    Allí nuevamente el hombre mostraría su otra cara. En este caso les exigió a los dos pasajeros que lo ayudaran a robar. Él se quedó con la carabina recortada y le entre­gó la nueve milímetros -sin balas- a Pieroni. Los hizo acompañarlo hasta el campamento de unos pescadores y, des­pués de tirar varias balas al aire, robó dinero, un reloj, una carpa, dos estéreos de auto y una carabina. Antes de escaparse se apoderó de las cosas de sus pa­sajeros, a quienes dejó allí con los pescadores. Se fue solo.

    En Canals también hubo noticias. Un hombre tatuado robó un Peugeot 505 y abandonó el Taunus. En Venado Tuerto, un Peugeot 505 evadió un control de la Caminera y en la localidad de María Teresa un hombre con un tatuaje de Rocky en el brazo robó una camioneta Toyota que más tarde aparecería abandonada en la localidad de Junín, en la provincia de Buenos Aires.

    Ninguno de estos cabos sueltos ayudó demasiado. La Policía de Córdoba seguía buscando a Gabriela. Hubo que esperar hasta el 11 de febrero –casi un mes después- cuando el diario La Capital de Rosario publicó una información que llamó la atención de los investigadores. En General Pacheco habían detenido a un hombre que manejaba un taxi Ford Taunus. El taxi era robado y cuando el conductor fue detenido resultó que en el vehículo mante­nía secuestrados al taxista dueño del auto y a una familia entera que había subido como pasajera.

    El hecho era similar a lo que había ocurrido con los jóvenes de Villa Nueva. El diario hablaba de un tal Roberto José Carmona.

    Según cuenta Carlos Campos, el investigador a cargo del caso, fue él quien se comunicó personalmente con la comisaría de General Pacheco y habló con el superior de turno pidiéndole que se fije si la persona detenida tenía un tatuaje en el antebrazo derecho. Media hora después recibió un llamado telefónico con la información que tanto esperaba.

    —No puedo leer toda la palabra, pero sí. Tiene un tatuaje y las primeras dos letras son “erre” y “o” (Ro).

     

    Roberto Carmona                                                        Gabriela Seppi 

     

     

    A los golpes

    Al día siguiente Carmona viajaba a Córdoba acompañado de cuatro policías. La clave de esta historia es entender que hasta ese momento no había certezas de que la persona detenida tuviera que ver con la desaparición de Gabriela Ceppi.

    El comisario Campos era uno de los que viajaba con Carmona hacia Córdoba aquel 14 de febrero. Según la descripción que le hizo al autor de esta nota, durante el trayecto Carmona, tranquilamente, confesó todo sólo después de que le hicieron sentir “que era el mejor delincuente del mundo”. Campos dice que Carmona les contó que inicialmente no pensaba hacerle daño a Gabriela y finalmente confesó que la violó y terminó matándola.

    Cuando llegó a Córdoba, un periodista de La Voz del Interior, Mario Mercuri, cruzó dos palabras con Carmona y éste, con la cara destrozada a golpes, afirmó que le habían pegado durante todo el viaje y que sólo así lo habían obligado a hablar. Lo mismo repitió en 2008 cuando fue entrevistado por el autor de esta crónica.

    Lo cierto es que por esos tiempos llegó a circular un rumor que indicaba que Carmona fue estaqueado en el patio interno del Cabildo Histórico (donde funcionaba la central de Policía) por varias horas, hasta que finalmente confesó que había matado a Gabriela y abandonado su cuerpo en un campo cercano a la localidad de Toledo.

     

    Condenado

    Durante el juicio, cuando Campos aseguró que Carmona le había confesado haber violado dos veces a Gabriela, el asesino reaccionó a los gritos. Dijo que él no era un violador y también aseguró que el mismo Campos lo había “ablandado a golpes” hasta que finalmente le prometieron que, si confesaba, iban a ser considerados con él.

    En su testimonio Carmona dijo que los policías habían inventado lo de la violación porque –al igual que él- no podían explicarse por qué la había matado. Allí fue clave el testimonio de una la psicóloga Liliana Angélica Licitra, a quien Carmona le había dicho que al matar a Gabriela “había sentido que se disparaba contra sí mismo”.

    Cuando el juez le preguntó a Licitra ¿a quién sentaría ella en el banquillo de los acusados? contestó:

    —Yo pondría en primer lugar a la sociedad. Por sus instituciones y por la manera en que se manejan a la hora de acompañar el crecimiento de los niños que albergan. Es evidente que, tal como los ha descripto el acusado, sólo pueden producir un psicópata. Pero también lo sentaría a Carmona, porque comprende y dirige sus actos por lo que, teniendo otras opciones, decidió matar.

    La suerte del asesino de Gabriela Ceppi estaba echada. La Cámara Quinta del Crimen lo condenó ese mismo año a reclusión perpetua (25 años) y le impuso una accesoria por tiempo indeterminado, una medida inconstitucional que significa que, aun cumpliendo la pena, el preso no podría salir en libertad. En sus alegatos los jueces citaron a uno de los testigos, el psiquiatra Eduardo Schoenemann, que calificó de psicópata a Carmona y aseguró que necesitaba “una reeducación” que ninguna institución penitenciaria argentina estaba en condiciones de darle. Además de encerrarlo para siempre, también lo estaban condenando a nunca ser tratado.

    En la cárcel Carmona se convirtió en un preso conflictivo. El primer incidente que trascendió ocurrió a los dos años de la condena, en 1988. Ese día un preso llamado Martín Candelario Castro recibió un puntazo –no demasiado profundo- en el estómago de manos del asesino de Gabriela. Se dijo que Castro se había negado a “entregarle su mujer” al asesino de Ceppi. A la noche, mientras Castro dormía, Carmona atacó de nuevo. El arma no era mortal, pero sí definitiva. Un litro de aceite hirviendo le desfiguró el rostro a Castro, que pasó a llamarse Freddy Krueger en el penal de San Martín.

    En diciembre de 1994 Carmona atacó con un arma blanca a otro reo llamado Héctor Vicente Bolea, que murió a raíz de las heridas recibidas. Bolea era un preso con prestigio y ascendencia, así que en los días siguientes un grupo de detenidos quiso linchar a Carmona. El Servicio Penitenciario lo salvó, pero se hizo imprescindible trasladarlo a la Prisión Regional del Norte, en la provincia de Chaco.

    Carmona volvió a matar cuando se enfrentó a dos internos. A uno le clavó un palo de escoba en el pecho, se trataba de Demetrio Pérez Araujo. El otro sobrevivió de milagro. Durante los procesos judiciales por estos delitos Carmona se negó a hacer declaraciones. Para él esos juicios eran una farsa.

    Años después aceptó hablar con el autor de esta nota. Este es un breve extracto de ese diálogo:

    —Durante el juicio en el año 86 dijiste que no sa­bías por qué lo habías hecho. ¿Respondiste esa pregunta en estos años?

    Veintidós años después del crimen de Gabriela Carmona es­cuchó y pareció divertirse. Respondió sobrador:

    —¿Tenés tiempo?

    —Sí. Sí tengo tiempo.

    —Yo no.

    Contestó él y citó una frase de Charles Manson, el emblemático asesino norteamericano: “Soy todo lo que ustedes quieran que yo sea, pero no saben quién soy”. Por ese entonces le quedaban unos años de cárcel y pensaba que iba a quedar en libertad cerca del año 2012. Temía que cualquier declaración lo complicara.

    Propensa a los mitos carcelarios, la sociedad cordobesa le inventó muchas amantes a Carmona, pero lo cierto es que estando privado de su libertad se enamoró de una mujer con la que mantiene una relación desde hace años. Esa mujer tiene un hijo que fue adoptado por Carmona. Aquella “accesoria por tiempo indeterminado” que lo mantenía preso lo mantuvo en Córdoba hasta el año 2014 en que empezó a gozar del beneficio de las salidas transitorias. Cuando parecía que volvería a vivir en libertad, 28 años después de caer preso, el asesino de Ceppi fue reclamado por la Justicia de Chaco que lo había condenado por el homicidio cometido mientras estuvo alojado en aquella provincia.

    En la actualidad Carmona ha vuelto a acceder a salidas transitorias, pero el tema se ha convertido en un problema para la Justicia. Cada seis meses viaja desde la ciudad chaqueña de Roque Sáenz Peña a Córdoba. Lo hace por cinco días para visitar a su esposa y a su hijo. Lo acompañan cuatro guardias y un chofer en una camioneta del Servicio Penitenciario, lo que implica un enorme gasto para el sistema penitenciario chaqueño.

    Durante un tiempo se le permitía dormir en la casa de la mujer, pero después se determinó que sólo debía estar seis horas en la casa y luego ir a dormir a un penal o a una comisaría. La última visita fue en agosto pasado.

     

  • Carnaval, el tiempo de la vieja alegría

     

    Por Alejandro Mareco | Periodista

     

    El Carnaval tiene diversos modos de expresarse, según las maneras de cada lugar, pero la misma razón esencial de ser. Una dosis de libertad y de permiso para traspasar límites la hacen una fiesta única.

  • Ciudadanía global

     [Revista COLSECOR] #Nov 

    Los organismos multilaterales en sus reuniones periódicas vienen incorporando desde hace algunos años como tema de debate la idea de Ciudadanía Global. Confluyen en ese ámbito las representaciones de los Estados Nacionales que conviven con las tensiones de la irrupción de conflictos locales de intolerancia y segregación cultural.

    El terrorismo violento se suscita en cualquier lugar del planeta. Ya no hay lugares seguros. Las olas migratorias buscan escapar del horror de muerte y hambre. Un fenómeno que se repite como una constante en la historia universal y que en la segunda década del Siglo XXI aparece en tendencia creciente.

    El dato nuevo es que las tecnologías de las comunicaciones expandieron el ejercicio de interrelaciones de los individuos y de la sociedad civil y las fronteras de los espacios físicos se desmarcan para dar lugar a una configuración cosmopolita que entra en colisión con la resistencia de pensamientos nacionalistas que enfrentan el presente con ideas de un pasado que ya no volverá.

    Parte de la realidad indica una conformación de importantes franjas sociales con ciudadanos atentos a la actualidad del mundo y a las mejores oportunidades para su progreso con mayor dignidad y en paz. En contradicción y sin matices de entendimiento, se afirman también las visiones que se abroquelan en la defensa de los territorios de las naciones y sus pueblos adjudicando el mal de males a la globalización.

    Las decisiones postergadas de las autonomías recrudecen y cobran mayor dimensión chocando definitivamente con los tiempos contemporáneos donde hay que abordar las integraciones como un orden mundial que, más que interdependencia, lo que reclama su elaboración es la ayuda humanitaria. Es decir, ni más ni menos que comenzar a diseñar la globalización de la solidaridad contemplando las diversidades y las minorías en la sociedad.

    El año próximo, Argentina será la sede de la reunión del G-20 y el Presidente de la Nación, Mauricio Macri, asumirá el liderazgo del Foro que integra más del 60% de la población mundial y el 85% de la producción económica global. Es la primera vez que América Latina será epicentro de la gobernanza del planeta donde las metas del desarrollo sustentable de las Naciones Unidas serán los temas de relevancia en el dialogo que mantendrán las autoridades con mayores responsabilidades.

    Los ejes de la agenda, en cuanto a lo económico, será evaluar los impactos de las modificaciones en el trabajo que ocasiona la revolución tecnológica. Por otro lado, respecto al desarrollo social, político y cultural, se dará tratamiento a la estructuración de políticas públicas que permitan generar cohesión social, consolidando los procesos de una verdadera integración que establezca una posición abierta al mundo y que pueda enfrentar los riesgos de las divisiones que se están propiciando tanto en Europa como en otras partes del mundo.

    Los desafíos están enmarcados en la existencia de derechos humanos universales inclusivos como lo son el acceso al agua, la salud y la alimentación. Entendemos, desde la economía social que hay que promover un cambio social con acciones cooperativas respetando en sus identidades a todas las minorías, teniendo conciencia ambiental y ejerciendo la corresponsabilidad en las democracias para erradicar la pobreza.

    Finalmente queremos expresar que la idea de construir sociedades más justas y equitativas solo será posible si somos capaces de ser cada día mejores personas. Para ello tenemos que poner en marcha un modelo educativo humanista e intercultural que transforme la realidad. Argentina es un claro ejemplo de una experimentación exitosa de convivencia entre inmigrantes. Nada es caprichoso. Nos toca ser el país sede que permita orientar la idea de una ciudadanía global. Celebramos como cooperativas la interacción solidaria y el acontecimiento porque nuestras comunidades son un fiel reflejo del logro histórico que se supo conseguir.

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

     

  • Ciudadanos en busca de derechos digitales

     

    Por Martín Becerra | Prof. e Inv. UBA, UNQ y Conicet

     

    La diseminación urbi et orbe de las tecnologías digitales que permiten comunicar volúmenes de información extraordinarios, junto con la transformación de los procesos productivos, afectan la organización de las actividades humanas donde para el ejercicio pleno de la ciudadanía es preciso redefinir los nuevos derechos comprendidos en las “sociedades informacionales”.

     

    El concepto de ciudadanía está en ebullición a raíz de la emergencia de la cultura digital. El ejercicio de derechos, el acceso a bienes y servicios y la creación de una institucionalidad que pueda contener la escala global de operaciones de las tecnologías digitales son cuestiones que desafían los marcos de regulaciones y el reconocimiento de derechos del mundo analógico. Hoy se expanden prácticas sociales (de producción, de consumo, de contacto y comunicación) masivas y personalizadas en red, constitutivas de un nuevo espacio público, pero hasta el presente hay pocos derechos consagrados para los usuarios, en general relativos a que reconozcan los derechos fundantes de la ciudadanía digital, así como su articulación con los derechos humanos y su proyección a los entornos digitales. 

    La ciudadanía está relaciona con el (y depende del) ejercicio de derechos. Para ello, los derechos estos deben estar previamente reconocidos y debe haber políticas que garanticen su concreción. Sin embargo, en el contexto de las llamadas “sociedades de la información” el reconocimiento de derechos y su promoción a través de políticas activas resultan tareas pendientes. Sobre todo en América Latina, región del mundo que se caracteriza por desigualdades que condicionan precisamente el ejercicio pleno de derechos sociales, culturales, políticos y económicos. 

    El ser ciudadano habilita a una persona o a un grupo social a participar activamente, con derechos y obligaciones, de determinada comunidad, generalmente nacional. En las últimas décadas, procesos de unificación geopolítica regional como en el caso de la Unión Europea, o de aceleración global de flujos económicos en el mundo (la globalización), motivaron debates fundamentales acerca de la constitución de ciudadanías supranacionales (la ciudadanía europea o la ciudadanía global). Desde luego que las redes digitales interconectadas en el mundo entero reforzaron estos debates, aún cuando no hayan madurado en instituciones planetarias capaces de contenerlos y de concretarlos. 

    Por cierto, el concepto de ciudadanía es problemático ya que no implica únicamente inclusión sino que, a la vez, regula el acceso. De hecho, en su versión tradicional la ciudadanía excluía (y en muchos países sigue excluyendo) a inmigrantes, menores de edad y a grupos que en algunos países son considerados “ilegales” como los refugiados y los llamados “inmigrantes económicos” o “sin papeles”. 

    Además de esa limitación inherente a la propia categoría, la ciudadanía está ligada a una comunidad de intereses de tipo cultural e histórico, en un sentido laxo, que el alcance global de las tecnologías digitales recombina en un formato original e inestable. El ejercicio de derechos en una demarcación geográfica está siendo cuestionado con la masificación de Internet y, de modo más abarcativo, con la aceleración de la globalización político-económica a partir de la década de 1990. 

    De su primera acepción afincada en el Ágora ateniense, el concepto de ciudadanía avanzó para comprender también derechos económicos y sociales. Sobre todo en los dos últimos siglos, la ciudadanía fue perdiendo su inicial carga reducida a la dimensión individual. Fue, pues, convirtiéndose en un concepto cada vez más social. Como dice el sociólogo Manuel Garretón, “en la actualidad, las relaciones de género, los medios masivos de comunicación, el medio ambiente y el lugar de trabajo han llegado a constituir nuevos espacios de discusión de los derechos de ciudadanía”. De modo que en la armonización entre la soberanía popular, la libertad y la igualdad ante la ley, la ciudadanía asume formas diversas. Ahora bien, ¿cuál es la ley del ciberespacio ante la que pueden reclamarse y ejercerse la libertad y la igualdad? ¿qué significa soberanía en entornos digitales? 

    La primera respuesta a estos interrogantes es que la regulación excede la sanción de leyes y, en consecuencia, la falta de regulación legal en las redes digitales es reemplazada con prácticas y con un régimen de propiedad que es concentrado, global, y que mercantiliza la lógica de funcionamiento de servicios y aplicaciones. Esta situación, sumada a las prácticas de vigilancia y controles ejercidas por agencias de seguridad y gobiernos, en muchos casos sin amparo legal, enfatiza la necesidad de pensar en los derechos de las ciudadanías digitales. Al no existir una “carta magna” sobre derechos en Internet consolidada a nivel mundial y al carecer de un poder instituido con legitimidad como para tomar decisiones que, a imagen y semejanza del Leviatán  del filósofo Thomas Hobbes, sean respetadas por el conjunto, el debate y las tensiones están a flor de piel. O, mejor dicho, a flor de red.

     

     

     Redes troncales submarinas de Internet

  • Clásico y moderno

     

    No escapa de las tradiciones pero tampoco se ata al pasado. Retrato de un folclorista que llegó a Córdoba para estudiar música y se convirtió en un artista  referente de las causas populares.

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    No escapa de las tradiciones pero tampoco se ata al pasado. Retrato de un folclorista que llegó a Córdoba para estudiar música y se convirtió en un artista  referente de las causas populares.

  • Cómo combatir a los ciberespías

    Las principales amenazas y las medidas de seguridad que hay que tomar.

  • Cómo maridar el libro y la TV y no claudicar en el intento

     

     

    En los ‘80, Los 7 Locos (TPV) osó llevar por primera vez la crítica literaria a la televisión. Tres décadas después, el ciclo repite con éxito la fórmula de reunir dos expresiones culturales supuestamente antagónicas.

  • Computación cuántica y teletransportación para vencer la barrera de las distancias

     

    Una nueva forma de procesamiento que está basada en la física y podría tener múltiples beneficios. Los avances y desafíos de esta tecnología.

  • Con el mate en una mano y el mouse en la otra

    Aunque sin estadísticas oficiales, se calcula que en Argentina hay dos millones de personas que tienen la oficina en su propio hogar. Tienen flexibilidad horaria pero muy poca estabilidad. No les afecta el clima ni les preocupa el transporte para ir a trabajar. Cruzan los dedos para que no se corte la conexión a Internet.

  • Consumos culturales: de lo analógico a lo digital

     

    El Estado argentino organizó una Encuesta Nacional de Consumos Culturales en 2013 y otra en 2017. La comparación entre ambas exhibe la transformación profunda del sector de la información, la comunicación y la cultura que acompaña los cambios tecnológicos y regulatorios del último lustro.

     

     Martín Becerra| Profesor e investigador UBA, UNQ y Conicet 

     

    Uno de los tópicos de los estudios sobre tecnología y sociedad es el que le asigna un carácter determinante a la tecnología como percutora de los cambios en los hábitos de la cultura y los usos y costumbres de la sociedad. Aunque los términos de esa relación dependen siempre de condiciones sociohistóricas específicas, el reciente procesamiento de la Encuesta Nacional de Consumos Culturales de la Argentina aporta datos de gran interés para mejorar su comprensión. 

    Uno de los hallazgos de la encuesta: mientras que en 2013 tener acceso a Internet equivalía a conexión domiciliaria y una PC, en 2017 la población se conecta mayormente a través de dispositivos móviles. “En 2013 apenas un 9 por ciento de la población se conectaba a Internet principalmente a través del celular, mientras que en 2017 más del 70 por ciento se conectó todos los días vía smartphone”, informa la Secretaría de Cultura, responsable del estudio. 

    Este cambio, en el que habitan mutaciones de usos y consumos culturales, informativos y comunicacionales en el último lustro, fue posibilitado por la mayor cobertura de la conectividad móvil, gracias a la licitación de las frecuencias de 4G realizada en 2014, que comenzó efectivamente a diseminar las nuevas redes en 2015 y que hoy, a fines de 2018, tiene una extensión territorial limitada a las grandes ciudades del país  (aún hay grandes corredores y regiones donde el 3G es un servicio escaso). Por lo tanto, los impactos de los hábitos de la ciudadanía son todavía moderados frente a la tendencia que tendrán cuando, con el paso de los años, la conectividad fija y móvil mejore. 

    La creciente portabilidad de las comunicaciones y la prevalencia de dispositivos pequeños y móviles para el uso y consumo de servicios de entretenimiento, información y comunicación en franjas cada vez más amplias de la sociedad, explican en parte el progresivo cambio de formatos de las industrias culturales hacia unidades de contenidos cada vez más cortas o breves, con la consecuente exigencia de mayor condensación, velocidad y agilidad por parte del público hacia los proveedores de textos, imágenes y sonidos. Por supuesto, son los más jóvenes, los más urbanos y los de mayor poder adquisitivo los grupos sociales e individuos que protagonizan esta tendencia, mientras que en otros segmentos de la población la mutación es algo más lenta. 

    De todos modos, el panorama que traza la encuesta nacional abarca al conjunto y ese panorama es el sustrato de base de la convergencia corporativa y tecnológica de las industrias infocomunicacionales en el mundo entero y que induce –en algunos países de modo más explícito que en otros- cambios regulatorios y decisiones de política estatal para allanar los cruces entre actividades como las telecomunicaciones, el sector audiovisual, Internet (fija y móvil) y la gráfica. 

     

    Los negocios asociados a las actividades de la comunicación también cambian con el pasaje de la (mala) conectividad fija a la (aún deficiente) conectividad móvil: el gasto cultural por hogar, hace cinco años destinado a consumos analógicos en un 63 por ciento, es cada vez más acaparado por servicios de conectividad sobre los que se accede a servicios, aplicaciones y plataformas cuyos contenidos relevan o complementan –según el caso- crecientemente los tradicionales. En 2017 el gasto anual de consumos culturales se repartía en partes iguales entre analógicos y digitales. 

    La inversión estatal en la red de fibra óptica y los desarrollos de cooperativas y empresas del sector dialogan, pues, con necesidades cambiantes de información, comunicación y cultura de la sociedad que, como refleja la encuesta de consumos culturales, presenta nuevos atributos en su conversión como sociedad informacional.

  • Contenido local e interés público

     

    Por Martín Becerra | Prof. e Investigador en la UBA, UNQ y Conicet

     

     

    Uno de los aspectos menos abordados y sin embargo más preocupantes de la transformación radical del ecosistema de medios de comunicación en todo el mundo es la desaparición de los productores y difusores de noticias y eventos locales que, en un escenario de concentración a gran escala de las comunicaciones, dejan de ser asunto de interés de los conglomerados dominantes del sector. Organizaciones como Reporteros Sin Fronteras describen el impacto de la digitalización de las comunicaciones en el periodismo local como un proceso grave, disruptivo y avasallador. Pero este desenlace fatal, que en la Argentina sólo en 2017 alcanzó a numerosos medios de comunicación de todos los tamaños y alineamientos político/ideológicos, podría evitarse en muchos casos y atenuarse en otros. 

    El desenlace es inevitable si se dejan la información y la cultura en manos del mercado exclusivamente y si se consagra su funcionamiento a la ley del más fuerte. Entonces sí, la desaparición de especies tiende a la progresiva desertificación de la comunicación local en primer lugar y, luego, amenaza la escala regional. Hay dos consecuencias visibles de ello: la pérdida de empleos y la disminución de perspectivas, géneros y puntos de vista en circulación en una sociedad. Consecuencias que son más dolorosas en ciudades y pueblos pequeños y medianos que en muchos casos ya quedaron sin prensa local y que en la actualidad ven que sus emisoras de radio y tv están al borde del cierre, toda vez que allí la escala económica es inferior a la de los grandes centros urbanos. 

    Además, en un contexto que a nivel normativo alienta la absorción de pequeños emprendimientos por parte de grandes grupos económicos y que en lo político descuida la promoción de la cultura local, la expectativa de supervivencia de empresas y actores no dominantes de la Argentina profunda es menguante. 

    Con todo, podría haber mejores noticias, aún en el complejo panorama global: si en lugar de adoptar un rol de espectador indolente el Estado formulara políticas activas, rescatara la concepción de que la cultura y la información tienen interés público -concepción inserta en la Constitución Nacional- y que su acceso diverso es imprescindible para la construcción de una sociedad democrática. Entonces sería posible aprovechar la potencialidad de las tecnologías digitales para alentar la producción de noticias y entretenimientos en el ámbito local. La cultura es, además de un espacio de identificación y recreación de valores y sentidos, un sector económico que genera empleo, riqueza y que colabora con la ampliación de las competencias intelectuales más amplias en la sociedad. Ello implica, claro está, asumir que no se trata de un sector librado a la mítica mano invisible del mercado sino que, como muchos otros servicios de interés relevante, precisa de apoyos con reglas de juego estables. 

    El interés público justifica la activa promoción de la cultura y las comunicaciones -tal como sostiene la Convención de la UNESCO para la Diversidad Cultural de 2005, ratificada por la Argentina y otros 143 países-, mediante sistemas de aliento directo, subsidios y concursos para promover la generación de contenido local, nacional, independiente y diverso. Sin apoyo público la cinematografía, el teatro, la edición de libros y la música no comercial perecerían, no sólo en la Argentina sino también en países centrales con potentes mercados como Francia, Alemania o Italia. Parte de esta importancia está reconocida en la legislación sobre comunicaciones que promueve a actores locales en ciudades de menos de 80 mil habitantes. 

    Por otro lado, gracias a la intervención de la Comisión Europea, de los tribunales europeos de competencia y justicia y, más recientemente, del Congreso de EEUU, los gigantes globales de Internet van tomando consciencia de que se necesita mucha mayor transparencia y garantías de rendición pública de sus procedimientos con los datos personales y colectivos que recolectan y gestionan. Parte de un nuevo ecosistema de comunicaciones podría estimular la circulación y jerarquización de contenidos locales en pos de un compromiso más sólido con la sostenibilidad de las comunidades. Para ello, nuevamente, es necesario que los Estados refuercen la noción de interés público ligada la cadena de producción y circulación social de información y cultura. 

    Estas oportunidades no estarán abiertas por siempre ni son excluyentes del contexto argentino, aunque en este caso interpela de modo directo las acciones definidas por el gobierno de Mauricio Macri tanto en lo que respecta a su fondo, como también a los métodos de toma de dichas decisiones.

     

     

    Artículo 2 (inciso 7) de la Convención sobre la protección y la promoción de la diversidad de las expresiones culturales de la UNESCO (2005),  ratificada por la República Argentina: 

    “El acceso equitativo a una gama rica y diversificada de expresiones culturales procedentes de todas las partes del mundo y el acceso de las culturas a los medios de expresión y difusión son elementos importantes para valorizar la diversidad cultural y propiciar el entendimiento mutuo.”

     

  • Corach: “El peronismo está en un proceso de unificación”

     

     

  • Córdoba | Un viejo faro en el corazón del Interior

    La universidad pública y el estallido industrial de mediados del siglo 20, entre otros imanes como el turismo, atrajeron legiones de argentinos a ese corazón mediterráneo. La música del cuarteto, el humor y otros rasgos cotidianos la identifican claramente.

  • Crímenes de odio, la violencia invisible

    El juicio por el asesinato de la militante trans Diana Sacayán puso en escena las muertes provocadas por desprecio a la identidad de género. Un delito que agrava la pena por homicidio, pero de rara aplicación en las resoluciones judiciales.

     Por Osvaldo Aguirre | Escritor y periodista 

     

    MAPA DEL DELITO | Fue un fallo histórico, pero tuvo poca repercusión en los medios. El 17 de junio el Tribunal Oral en lo Criminal número 4 de la ciudad de Buenos Aires condenó a Gabriel David Marino a la pena de prisión perpetua por el asesinato de la militante trans Diana Sacayán y consideró como agravantes la violencia de género y también el odio a la identidad de género, un delito contemplado en el Código Penal pero que parece inexistente.

    “Se trata del primer asesinato de una persona travesti que es calificado como un crimen por prejuicio o discriminación y con violencia de género, y en el cual por primera vez en nuestro país el sistema de justicia llama por su nombre: travesticidio”, señaló Mariela Labozzetta, titular de la Unidad Fiscal Especializada de Violencia contra las Mujeres (Ufem). “Es decir –agregó en su alegato durante el juicio-, a diferencia de lo que ha venido ocurriendo con los crímenes cometidos contra personas travestis trans -básicamente, impunidad-, en este caso la Justicia respondió en línea de las exigencias internacionales de los organismos de derechos humanos”.

    Gabriel Marino fue una de las dos personas –la investigación continúa para identificar a su cómplice- que asesinó a Sacayán dentro de su departamento ubicado en Avenida Rivadavia 6747, en el barrio de Flores, entre la noche del 10 y la madrugada del 11 de octubre de 2015. Ambos atacaron a la víctima con un cuchillo de cocinero, la golpearon, la ataron de pies y manos, la amordazaron y la apuñalaron para causarle múltiples heridas. “El altísimo grado de violencia guarda relación directa con la identidad de género travesti y su militancia”, sostuvo el fiscal Ariel Yapur, quien invocó precisamente como parte de la acusación el artículo 80, inciso 4, del Código Penal, que castiga con prisión perpetua al que mata a otra persona por odio racial, religioso, de género, a la orientación sexual, identidad de género o su expresión.

     

    Un antecedente paradigmático

    En octubre de 2000, Amnistía Internacional publicó el informe “Crímenes de odio, conspiración de silencio”, que relevaba denuncias de tortura y malos tratos basados en la identidad sexual en diversos países. El documento incluyó el caso de Vanessa Ledesma, una transexual que murió mientras se hallaba bajo custodia en el Precinto 19 –excomisaría 13- de Córdoba.

    Ledesma había sido detenida el 11 de febrero de aquel año durante una pelea en un bar. La policía informó que su muerte, cinco días después, se produjo por paro cardíaco. Pero la autopsia mostró que el cuerpo tenía señales de tortura, incluso hematomas graves.

    “Los transexuales afrontan un grado muy elevado de discriminación y de abusos –destacó Amnistía en el informe-. A menudo se los trata como los máximos «fuera de la ley del género», y se los castiga no sólo por transgredir las barreras que la sociedad ha construido en torno al género, sino, en algunos casos, por cambiar de sexo biológico. Para muchos, la «condena» por esta transgresión es la violencia, incluida la tortura”.

    La muerte de Ledesma resultó paradigmática de la trama que sostiene la impunidad en los crímenes de odio: las amenazas y el hostigamiento de la policía hacia los denunciantes, como le ocurrió a Vanessa Piedrabuena, de la Asociación Travestis Unidas de Córdoba; la administración burocrática de la Justicia, que derivó la causa entre diversos fiscales y jueces sin que ninguno se preocupara por la investigación hasta su cierre por falta de pruebas el 14 de marzo de 2002; la mirada discriminatoria de los medios de comunicación, como la crónica que le dedicó el diario La Voz del Interior.

     

    Ensañamiento y desprecio

    Los crímenes por odio presentan particularidades en su modo de ejecución. El fenómeno del overkilling, la extrema agresividad identificada por especialistas como rasgo también en los femicidios, es característico: en ellos hay “especial ensañamiento en el modo de ejecutar el crimen, utilización de múltiples armas homicidas, desprecio en el descarte del cuerpo y señales de violencia excesiva en la escena del crimen, entre otras cuestiones”, dijo la fiscal Labozzetta durante el juicio por la muerte de Sacayán.

    La especificidad de los asesinatos de travestis “se concentra en estar destinados a la eliminación/erradicación del colectivo travesti trans por razones de discriminación estructural”, señaló Labozzetta. No se trata de una metáfora sino de ideas y propósitos conscientes, como se comprobó en el caso de la banda neonazi Bandera Negra, cuyos integrantes fueron condenados a prisión en mayo pasado en Mar del Plata y que sostenían que las travestis “son aberraciones de la humanidad y no tienen perdón de Dios”.

    En uno de los escasos estudios sobre la cuestión (disponible online) el juez de ejecución penal José Milton Peralta señala que “los homicidios por odio merecen una pena más intensa que los comunes porque suelen presentar una fenomenología aberrante consistente en aumentar deliberada e intensamente el sufrimiento de las víctimas”.

    El asesinato de la joven trans Vanesa Zabala, ocurrido el 29 de marzo de 2013 en la ciudad santafesina de Reconquista, demostró el grado de ferocidad al que alude Peralta. La víctima fue atacada por seis personas –entre ellas dos menores- y murió por traumatismo de cráneo después de ser arrojada contra los hierros de la estructura de unos carteles de publicidad. Tenía múltiples golpes, cortes en la cara –con una tijera- y un desgarro anal por haber sido empalada con el caño recortado de un ventilador.

    La investigación fue impulsada por organismos de derechos humanos y familiares de Vanesa. El 20 de diciembre de 2017 el tribunal de sentencia de la ciudad de Vera condenó a los cuatro acusados a prisión perpetua, pero no incluyó el agravante por odio a la identidad de género.

    Si los jueces no lo consideraron probado, Ana Virginia Abasto, condenada por el asesinato, lo proclamó a los gritos: “Que se mueran todos los putos. ¿Qué me importan las familias ni nada? Que se pudran todos los putos”, vociferó, mientras la sacaban esposada de la sala de audiencias, rumbo a la cárcel donde deberá pasar, como mínimo, los próximos 35 años.

     

    Neonazis en acción

    El Encuentro Nacional de Mujeres que se realizó en Mar del Plata en 2015 terminó de la peor manera. Las cámaras de televisión registraron los incidentes el 11 de octubre de ese año, cuando dos jóvenes corpulentos y de cabezas rapadas agredieron a golpes a un grupo de mujeres que se manifestaban a favor del aborto frente a la Catedral local. Se trataba de Nicolás Caputo y Oleksandr Levchenko, un joven ucraniano que ostentaba un escudo de madera con la cruz esvástica, integrantes del grupo neonazi Bandera Negra.

    La agresión no surgió al azar. Otro integrante de la banda, Gonzalo Paniagua, tenía el programa del Encuentro Nacional de Mujeres, donde había subrayado los talleres de debate sobre anticoncepción y aborto, “lo que permite inferir que el grupo seguía las actividades (realizadas en el Encuentro) para definir sus acciones”, dijeron los jueces del Tribunal Oral Federal en lo Criminal de Mar del Plata, que condenaron a siete miembros del grupo a penas de entre cuatro y nueve años de prisión efectiva.

    Las actividades del grupo, organizado por Alan Olea, Caputo y Paniagua, se formalizaron en enero de 2014, cuando anunciaron la conformación de la rama marplatense del Frente Skinhead Buenos Aires (un video de esa reunión aún se puede ver en YouTube). Hacían el saludo nazi, se identificaban con consignas del nazismo e idolatraban a Marcelo Scalera, una especie de mártir skinhead fallecido en abril de 1996 en una pelea en el Parque Rivadavia, en Buenos Aires.

    Además realizaban “entrenamiento de combate” y fantaseaban con hacer “arrestos civiles”, en los que privarían de la libertad a sus enemigos. “Todos sus delitos son delitos de odio que tienen una alta motivación discriminatoria: atacan porque las víctimas son judíos, homosexuales, del colectivo LGBT, bolivianos «que no merecen tocar dinero argentino», punks, anarquistas”, señalaron los jueces marplatenses.

    Así, apalearon en grupo y causaron lesiones a Tamara Mora Paz, una travesti en situación de calle que sobrevivía mediante la prostitución, “únicamente por el desprecio hacia la condición transgénero de la víctima”; hostigaron con cuchillos y manoplas a tres adolescentes punks y les advirtieron que los matarían “uno por uno”; amenazaron a una joven por manifestarse como feminista y atea; apalearon y provocaron graves lesiones a militantes anarquistas, en un ataque cuidadosamente planificado, entre otros hechos.

     

    La zona de La Perla se transformó en una especie de coto de caza del grupo, que propinaba golpizas y hostigamientos a trabajadoras sexuales por su orientación de género o por su origen racial –una mujer dominicana fue atacada por “tener olor a negra”, dijeron- y a militantes de la comunidad LGBTI, y provocaba daños a locales de instituciones sociales ideológicamente opuestas. Lejos de ocultarse, se jactaban de sus delitos en las redes sociales y difundían discursos donde la xenofobia se combinaba con el delirio: “No a la ocupación boliviana en Salta –dijeron en una especie de comunicado-. No a la indiferencia del gobierno Argentino. Sí a la Patria. Todos por Salta. Evo fuera de Salta o conocerás el verdadero lamento Boliviano. Viva la soberanía Argentina ¡Argentina para los argentinos!”.

    Si bien terminó con una condena judicial, el caso de los neonazis marplatenses mostró que las conductas de odio y discriminación no responden a fenómenos aislados sino que enraízan en cuestiones culturales –como el machismo y el menosprecio de las mujeres- y cuentan con la indiferencia y la tolerancia de funcionarios y sectores de la sociedad: los policías marplatenses  desalentaban a las víctimas para hacer las denuncias; en el juicio oral el fiscal Juan Manuel Pettigiani le restó gravedad a los hechos, negó que hubiera motivos de odio y pidió penas leves y absoluciones; el presunto ideólogo del grupo, Carlos Gustavo Pampillón, conocido por sus declaraciones xenófobas y discriminatorias y procesado por otros daños, recibió el beneficio de una probation.

     

    La palabra justa

    Gabriel Marino la conoció el 9 de septiembre de 2015 en el Cenareso. Ganó su confianza, se convirtió en su pareja y un mes después la asesinó. Diana Sacayán murió víctima de la violencia contra la que luchaba. “Las lesiones fueron de extrema brutalidad, y, por su pluralidad y especificidad, estuvieron dirigidas a marcar el rasgo específico típico del odio”, dijo el juez Adolfo Calvete, presidente del Tribunal que juzgó el hecho.

    En el curso del proceso, parte de la discusión giró en torno al reclamo de los querellantes y la fiscalía para que el caso sea considerado como travesticidio. “Los asesinatos de personas LGBTI no suelen categorizarse como crímenes de odio o crímenes por prejuicio y en consecuencia terminan siendo investigados y juzgados como crímenes particulares. Esto perpetúa su invisiblización y, así, favorece el sostenimiento de su impunidad”, planteó la fiscal Mariela Labozzetta.

    “Este camino tiene una finalidad de sentido, dar cuenta de que estamos frente a un fenómeno –agregó la titular de la Ufem-. Un fenómeno complejo, estructural, sistemático, que afecta a un colectivo amplio de personas y que es específico. Las travestis, como las mujeres, son asesinadas por ser tales, por su identidad de género, por confrontar los estándares de normalidad. Estos crímenes se repiten, se sostienen, se multiplican y hasta ahora no tenían nombre. Son invisibles. Si no tienen nombre, no tienen reconocimiento. Y si no se les reconoce existencia, no tienen amparo y tampoco tienen consecuencias”. A partir del juicio por el crimen de Diana Sacayán, se llaman travesticidios y reciben la pena máxima que contempla el Código Penal.

     

     

  • Cromañón. La tumba del rock

     
    La tragedia de Cromañón dejó 194 muertos y todavía, 13 años después, sus víctimas esperan Justicia. Una trama de desidia, tragedia, heroísmo y… ¿Justicia?

     

    Por Dante Leguizamón |Periodista, Córdoba 

     

    El día 30 de diciembre de 2004 la banda de rock Callejeros cerraba una serie de tres recitales en República Cromañón, un local ubicado en la calle Bartolomé Mitre 3058 de once, en la ciudad de Buenos Aires. Por entonces había pocos lugares en la ciudad de Buenos Aires habilitados para recibir a tanta gente. Cromañón permitía el ingreso de unos 1500, aunque dicen que ese día no había menos de 3000.

    El control de acceso era responsabilidad de los integrantes de la banda. Los asistentes eran revisados y cacheados. Inspeccionaban ropa, zapatillas, carteras, bolsos, riñoneras. El objetivo era evitar que ingresaran con pirotecnia, pero muchos podían pasar sin control.

    Cromañón pertenecía a un histórico de la noche porteña, el empresario Omar Emir  Chabán. La organización del recital estuvo a cargo de Chabán y los miembros del grupo incluido su manager, Diego Marcelo Argañaraz.

    Chabán los había apoyado desde sus inicios y la banda había realizado varias presentaciones en Cemento, otro local explotado por él. Todos sabían que en el lugar no había control. La banda tenía a su cargo la impresión y venta de las entradas, el control de la recaudación, la contratación del personal de seguridad y la publicidad; Chabán decidía cuándo se abrían las puertas y en qué forma ingresaría el público. También era responsable de las condiciones de seguridad.

    Las ganancias eran repartidas en un 70 por ciento para Callejeros y un 30 para Chabán, que tenía como encargado del lugar a Raúl Alcides Villarreal.

    Esa noche, minutos después de las 22:30, Chabán se acercó a la cabina de sonido y a los insultos se dirigió al público diciendo que había en el lugar más de 6.000 personas, que no había ventilación y que, si se producía un incendio, iban a morir todos.

     

     

    La tragedia

    Cerca de las 22.50 Callejeros subió al escenario. El cantante, Patricio Santos Fontanet tomó el micrófono y le dijo al público que le hicieran caso a Chabán y no tiraran bengalas porque podían “morir todos”. En un video que puede verse en Internet,  Fontanet, pregunta:

    -¡¿Se van a portar bien?!

    El público le responde que sí. Fontanet vuelve a preguntar y empieza el primer tema. También las primeras bengalas y la pirotecnia. Mientras Callejeros sigue tocando, la media sombra del techo comienza a arder. El fuego avanza y algunas brasas caen mientras empieza a verse un humo espeso y tóxico. La media sombra se convierte en una lluvia de fuego. Aunque no lo saben, la tragedia está por comenzar justo en el momento en que en el video se ve al saxofonista advirtiendo lo que ocurre hace que la banda deje de tocar. En la investigación judicial que cimentó el juicio se especificó que la mayoría de las puertas de egreso estaban cerradas. Lo mismo ocurría con la salida alternativa de emergencia. Así comenzaron a generarse amontonamientos y avalanchas que dificultaron la evacuación. Todo se complicó porque instantes después de comenzado el incendio se cortó la luz.

     

     

     

    Relatos

    “La gente gritaba: `Loco, mañana es Año Nuevo’, ‘Yo quiero salir’, ‘Tengo un hijo’, ‘Mamá ayudame’”, cuenta Mauge, una chica que tenía 16 años aquel día. Su testimonio forma parte del libro “Generación Cromagnón”, excelente reconstrucción realizada por el sitio LaVaca.Org.   [Libro completo para descargar]

    Es sólo uno de los relatos de aquella noche donde queda en evidencia la impresión de muchos de que lograron sobrevivir dejando a otros detrás o, literalmente, pisando los cuerpos de los que no tenían fuerzas para escapar.

    En el mismo libro se encuentra el relato de Sonia que estaba en el sector vip. Desde ese lugar llamó por celular a su madre: “’Nos estamos quemando, te quiero un montón’, le dije. Pero no entendía nada y me decía: ‘Salí, salí’”.

    Sonia cuenta cómo logró sobrevivir: “Yo era una de las muertas. Me quise tirar por la baranda, pero nunca llegué. Me desmayé. El que me sacó a mí se llama Roberto, un chico de más de 40 años que salía de trabajar, pasaba por ahí y se puso a ayudar”.

    Muchos chicos cuentan que la única manera de salir fue sumarse a una especie de avalancha humana. Mientras caminaban sentían las manos de los que habían caído y pedían ayuda. Además de las irregularidades en el edificio (falta de sistema de extracción de aire, falta de grupo electrógeno, agregados en el predio que no figuraban en los planos y complicaban la circulación, ventanas que habían sido tapiadas, rejas con candados y varias cosas más) tampoco existía en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires una mecánica de reacción ante estas contingencias. En el libro citado se destaca el testimonio de Matías y Eliana, dos de los muchos héroes de aquella noche. Matías es músico, bailarín, poeta y presentador de la Murga Malayunta: “El humo te adormecía, te llevaba. Me estaba como desmayando y uno que venía atrás me dice: ‘Flaco, si te querés morir, morite, pero a mí dejame salir’”.

    Matías reaccionó y logró llegar hasta la puerta: “Llegué a la salida con los shorts en los tobillos: los iba rompiendo cuando caminaba. Tenía un pantalón corto rojo, del Manchester United y una remera negra de La Renga, las topper blancas, y calzoncillos grises. Me subí los pantalones y me hice un nudo con el elástico para ajustarlos”. El problema fue que Matías había quedado en juntarse con su novia y los amigos pero cuando llegó, no había nadie.

    “Me cruzo con otra amiga que me dice: ‘No encuentro a Darío’. Le digo: ‘Va a venir para acá, pero aguantá que voy a buscarlo’. Llego hasta la puerta, sale una piba y pum: se desvaneció ahí. La levanto, veo una ambulancia en la esquina, me acerco y arranca. Me pongo adelante con la piba en brazos. El chabón toca bocina y le grito que primero suba a la piba. Empecé a patearle la ambulancia. Baja una mina, pero estaba totalmente desbordada. Le pegué un cabezazo al parabrisas. Viene un chabón y le paso a la piba: ‘Sostenela porque falta mi novia y un montón de gente’ le digo y se la dejo. Me voy para la puerta”.

    Eliana también logró salir así que cuando Matías volvió de dejar a esa otra chica la vió a cinco metros de la puerta: “Salí para la otra esquina, no veía a Matías ni a los chicos. Lloraba de desesperación. Y de golpe él me abrazó. Pero yo no veía nada, estaba como ciega”, dice. No había tiempo para lamentarse así que Matías volvió a buscar a los otros amigos que faltaban y comenzó un periplo en el que no sabe cuántas vidas salvó.

    “Me acerco a la puerta y lo veo saliendo a Maxi. Se le habían caído los pedazos de la mediasombra, lo quemaron los chispazos. Uno miraba alrededor y no había bomberos, ambulancia ni defensa civil. Los amigos se fueron encontrando y empezaron a organizarse para llamar a las familias pero como el horror seguía y la ayuda no llegaba, decidieron seguir ayudando: “Llegamos a la entrada y una mujer nos dice: ‘Mi hijo está en una silla de ruedas’. ‘Tranquila, ahí lo traemos’. Le dije y me hice bien el nudo con el elástico del short. Nos paramos en la puerta. Dijimos: ‘A la una, a las dos, y a las...’, pegamos un respirón y entramos. No sé si nos dábamos cuenta de lo que estaba pasando. Nos miramos y pensamos: ‘Hay que entrar, algo hay que hacer’. Había montones de personas apiladas estirando la mano gritando: ‘Sacame, sacame’. Empezamos a tirar, empezamos a sacar. Sacábamos, y los íbamos llevando para la esquina. Me acuerdo que a una piba la tuve que tirar de los pies para traerla para mi lado. La alzo y la llevo para la ambulancia. Llego y un chabón se me para adelante y me dice: ‘Bajale eso, bajale eso’. Era porque la piba estaba desnuda de arriba, se le había quedado la remera en el cuello. ¡Se le veían las tetas, ése era el problema! Y yo le gritaba: ‘Pelotudo, ¿no ves que se está muriendo? Dejame pasar o te mato’. Ahí sentí esto: la chica se me estira para atrás, y le sale todo negro de la nariz. Estaba muerta. Te digo la verdad: me di cuenta porque una vez tuve que sacrificar a mi perra, y se estiró así”.

    Eliana recuerda: “Se estiraban y les salía todo negro de la nariz a los chicos”. Cuando Matías regresó se encontró con Darío que le dijo que había encontrado a su hermana y la había podido sacar. Juntos volvieron a ingresar: “Saqué a un pibe que no sé cómo hice, porque era gordito, re-pesado. Justo llegan los bomberos, había pasado un montón de tiempo. Un pibe le dice a un bombero: ‘Dame la máscara’ y el tipo le contesta: ‘No, es mía’, pero tampoco la usaba para entrar. Yo llevaba al pibe ese, lo pongo en el piso, un bombero le tira agua y dice: ‘Mantenelo así, con las patas para arriba’. Y me sentía al pedo, como que no podía estar haciendo eso porque el chabón estaba volviendo en sí, pero había otra gente para sacar. Era la puerta del estacionamiento”.

    Matías dejó a ese chico con otros y volvió a seguir ayudando: “Al principio era ir hasta los que estaban tirados cerca de la puerta y agarrarlos. De a poco llegamos a los que estaban en la segunda puerta. No pasabas adentro porque estaban como apilados. Era entrar y salir, entrar y salir. Los llevaba para la esquina donde hay un puente, no para el lado de Plaza Once. Pero me acuerdo la imagen de ver todos pibes tirados así... solos. Empezamos a sacar para el otro lado porque ahí llegaban ambulancias”.

    Eliana y las amigas armaron un cordón humano para llevar pibes a la ambulancia. Chicos menores de 20 años organizados ante el desorden total de los responsables.

     

     

    Complicidades

    En la causa trascendió la responsabilidad del comisario Carlos Rubén Díaz, Subcomisario de la Policía Federal con quien Chabán tenía un acuerdo económico. Díaz dejaba pasar las contravenciones que –de ser castigadas- hubieran evitado la catástrofe. Aunque quienes llegaron a juicio fueron funcionarios de segunda y tercera línea de la ciudad, el episodio marcó –en términos políticos- el fin de la carrera del ex fiscal Aníbal Ibarra, cuyo mandato como Jefe de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, fue revocado.

     

     

    La trama judicial

    El proceso judicial tuvo un complejo recorrido. En primera instancia sólo se condenó a Emir Omar Chabán a 20 años de prisión. Al mánager de Callejeros, Argañaraz y al Policía Díaz a 18. También a dos funcionarias municipales a dos años de cárcel.

    En el caso de los otros acusados, el Tribunal Oral Criminal 24 absolvió a los músicos. En 2011 la Sala III de la Cámara de Casación Penal modificó la carátula y el tribunal fijó nuevas penas. Un año después, Casación volvió a corregir la sentencia.

    El resultado fue el siguiente: Patricio Fontanet que había sido absuelto, fue condenado a 7 años de cárcel. Eduardo Vásquez, el baterista, a 6 años. Maximiliano Djerfy, guitarrista, fue condenado a 5 años, igual que el bajista Christian Torrejón y Elio Delgado, el otro guitarrista. Lo mismo ocurrió con el saxofonista Juan Alberto Carbone. También el escenógrafo fue condenado, en su caso a 3 años. El cambio en las condenas estuvo relacionado a Diego Argañaraz, el mánager, que vio reducida su pena de 18 a 5 años y a Chaván cuya pena se redujo de 20 a 10 años y 9 meses (murió en la cárcel el 17 de noviembre de 2014). Raúl Villareal que había sido condenado a 1 año de prisión, recibió una condena más amplia, de 6 y el policía Carlos Díaz pasó de una condena de 18 a otra de 8 años de prisión. Las funcionarias en tanto, vieron incrementadas sus condenas en algo más de un año y Gustavo Torres, director general de Fiscalización y Control de la ciudad, que había sido absuelto, fue condenado a 3 años y 9 meses de prisión.

    En los tiempos previos al juicio se activaron no menos de 1.500 civiles por un reclamo total de indemnizaciones de 750 millones de pesos.

    Uno de estos casos tuvo sentencia en agosto de 2017. La Ciudad de Buenos Aires fue condenada a pagar un millón de pesos en concepto de indemnización por "daño moral y psicológico" a una víctima. La sentaría jurisprudencia ante las otras demandas. Dicha resolución condena a la ciudad y la Nación a hacerse cargo cada una del 35 por ciento del monto total. El resto deben afrontarlo Callejeros y los organizadores.

    Aquel episodio dejó 194 muertos. En su gran mayoría chicos menores de edad. Repasar la trama de esta historia invita a pensar cuánto aprendimos y, sobre todo, cuán seguros estamos que algo así no pueda volver a ocurrir.

     

     

     

     

  • Cuando la Policía mató a los cooperativistas

      

    En 1974 un grupo de policías cordobeses protagonizó una masacre contra un grupo de cooperativistas.

    El hecho anticipaba el terrorismo de Estado y todavía continúa impune.