• "El deterioro de Macri ha consolidado las tesis de Cristina"

    El consultor político Carlos Fara dice que el Gobierno pecó de ingenuidad y sostiene que en el círculo rojo hoy nadie ve bien lo que está haciendo Macri. Pero asegura que la sociedad quiere que el presidente termine su ciclo, que el peronismo ya no puede ser bombero de las crisis y que la mayor fortaleza de Cambiemos está en la oposición que avanza dividida hacia 2019. 

     

     

    Por Diego Genoud |Periodista 

     

    “La gente prefiere que Mauricio Macri termine el mandato y que lo termine lo mejor posible. La decepción ha sido fuerte y la angustia que siente su propio público es importante. Pero no hay alternativa tampoco”, dice Carlos Fara.

    Consultor político, analista y encuestador, acostumbrado a trabajar con candidatos y gobiernos de distinta orientación en toda América Latina, Fara se para lejos de las teorías apocalípticas pero advierte que la situación es complicada. Dice que vamos a vivir con el aliento del Fondo Monetario en la nuca, afirma que hoy es muy difícil encontrar a alguien en el círculo rojo que piense que Macri está haciendo bien las cosas y sostiene que los mercados son los primeros que desconfían de que cumpla el acuerdo que firmó con Christine Lagarde. Sin embargo, no descarta un triunfo electoral de Cambiemos, si la economía no colapsa antes. Porque, asegura, el peronismo avanza dividido hacia 2019 y el que rechaza la vuelta del PJ no tiene otra opción que no sea Macri.

     

    -La corrida bancaria trajo al Fondo y sepultó el entusiasmo que promocionaba Macri. ¿El Gobierno tuvo mala suerte, no quiso ver o subestimó los problemas que existían?

    -Creo que hubo cierta ingenuidad y algunos errores conceptuales. Todos sabíamos que la tasa de interés de Estados Unidos iba a subir en algún momento. Evitaría llamar mala suerte a un fenómeno que de alguna manera sabés que iba a pasar. El tablero de control no funcionó y hubo una sucesión de mala praxis en lo político y en lo económico.

     

    -Se acortaron los tiempos.

    -Sí, empezó el segundo tiempo y sabemos que va a ser más complicado que el primero, por más cambios que hagas. De acá hasta la elección, vamos a vivir con el aliento del Fondo Monetario en la nuca. Va a haber revisiones trimestrales y comentarios no positivos cuando no se alcancen las metas.

     

    -¿Qué podría jugar a favor del Gobierno a la hora de las elecciones?  

    -Primero, que el peronismo sigue fragmentado y la probabilidad de que siga así es alta. Segundo, que Cristina decida ser candidata. No va a ganar pero salir segunda la convierte en la jefa de la oposición. Tercero, el cansancio con el peronismo bombero que siempre viene a resolver las crisis del no peronismo. La sociedad está cansada de eso y creo que preferiría no volver a pasarlo.

     

    -Con esos argumentos, Cambiemos ganó ya dos elecciones. ¿Puede seguir siendo un activo después de cuatro años?
    -Puede seguir.

     

    -¿Para darle el triunfo o para mantener un núcleo de votantes?

    -Obviamente, no hay que descartar que vaya a una segunda vuelta, pero me parece que el final de la película todavía puede serle favorable.

     

     Dogmatismo vs pragmatismo

     -El Gobierno ajusta, va al Fondo y se endeuda pero también devalúa, analiza reinstalar retenciones, sube el techo paritario y busca escalonar la suba de tarifas que exigen las empresas. ¿Cuál es el modelo?

    -Intentaría no encasillarlo. No tiene un afán privatizador, tiene un afán ordenador de la economía más cercano a lo ortodoxo pero sin serlo por completo. El gradualismo quería mantener el valor del salario para que el consumo no se caiga y se enfrentó con la realidad de siempre de la Argentina. El principal problema no es el déficit fiscal sino el déficit de cuenta corriente: no alcanzan los dólares por más que hagas los deberes del ajuste. Ahora, el Gobierno está reconceptualizando en la práctica muchas cuestiones.

     

    -¿Cuáles serían?

    -El sólo hecho que haya desplazado a Sturzenegger, que era lo más parecido al pensamiento de Macri en materia económica, y la incorporación de Dante Sica, que viene del peronismo, fue funcionario de Duhalde y es claramente un tipo ligado a la lógica más productiva, me parece que es un despertar del Gobierno. Se dan cuenta de que no pueden quedar presos del discurso del déficit fiscal y el ajuste, como quedó De la Rúa. Con Sica, me parece que buscan un entusiasmo en el sector productivo que hasta hoy no existió.

     

    -¿Quién es el autor de este giro que se insinúa?

    -Las dos mesas perdieron: la económica y el control de la Jefatura de Gabinete. Pero tampoco prosperó la idea de un acuerdo más orgánico con el peronismo. Gana la política del realismo, la mesa chica real de Vidal y Rodríguez Larreta, que juegan sus propias fichas. Hasta la crisis, la pregunta era si Macri era un pragmático o un dogmático más y me parece que ahora está tratando de revelar la respuesta. Se ataron a ciertos dogmas desde la tríada con Quintana y Lopetegui hasta los 20 ministerios y cosas como pensar que los empresarios argentinos son buenos pero estaban maltratados.

     

    El peronismo y Cristina 

     

    -¿Cómo reacciona el peronismo ante la crisis, en el día a día y hacia 2019?

    -En el corto plazo, veo un peronismo cauteloso porque el Gobierno hizo sus movidas y hay que esperar para ver cómo le va. Mucho menos, cuando puso en Producción a alguien que podría haber sido ministro de un presidente peronista. El peronismo sabe que no puede comprarse el título de desestabilizador del gobierno no peronista. Necesitan que el Gobierno efectivamente termine y no llegue a una crisis terminal que les cargue sobre las espaldas algún grado de culpabilidad.

     

    -¿Usted descarta la posibilidad de que confluyan todos en un acuerdo y una PASO?

    -Lo veo más en los deseos y en las conversaciones que en la posibilidad de llevarlo a la práctica realmente. La mejor manera de que el peronismo se recupere sería matándola a Cristina. Eso significaría ganarle en una primaria de un peronismo amplio que los incluya a todos.


    -Ganarle a uno de sus herederos.

    -O a ella.

     

    -Pero a ella no le van a ganar.

    -Claro, por eso los mismos que lo dicen aclaran que no pueden ir a perder para entregarle todo. Lo veo muy complicado. Ahora ¿Cristina aceptaría eso? ¿Poner un candidato para que pierda una interna? Tengo mis dudas y veo que lo más probable es que Cristina se presente.

     

    -No tiene motivación para bajarse.

    -No. Y además el primer interesado en que Cristina compita es el Gobierno, que puede facilitarle muchas cosas a su campaña.

     

    -¿Qué cosas?

    -Desde espacios en los medios, recursos, no entorpecerla, torearla.

     

    La alternativa a Macri

     

    -¿Cómo ve al círculo rojo frente a Macri?

    -El año pasado, el círculo rojo quedó sorprendido con la elección de Macri y en los últimos meses volvió a confirmar todas las dudas que tenía sobre él. Macri no quería devaluar y ahora dice que esto favorece a las economías regionales. Es muy difícil encontrar a alguien en el círculo rojo que piense que el Gobierno está haciendo bien las cosas. En todo caso, algunos entienden que trata de arreglar un problema que el mismo gobierno creó.

     

    -¿El círculo rojo, que buscó desde 2008 un candidato que le gane al kirchnerismo, vuelve a pensar ahora en un peronismo moderado?

    -Sí, el tema es que no encuentra la figura. Los tipos apostaron a algo que efectivamente cierre. Por eso salió a girar la hipótesis Tinelli. A Massa le va a costar a mucho que vuelvan a confiar en él, Randazzo no mostró músculo, Schiaretti no tiene carisma.


    -No aparece el gobernador que pueda encarnar esa salida.

    -No, porque esta liga de gobernadores es la de menor volumen político que se recuerde. Y está el caso Urtubey, que de a ratos se queda solo porque el resto de los gobernadores desconfía y no cree que sea garantía de nada.

     

    -La liga de gobernadores ¿que preanuncia para el peronismo?

    -Es probable que sean el futuro del peronismo, a la corta o a larga. Pero el deterioro de Macri ha consolidado las tesis de Cristina, que cobran efecto en una parte de la sociedad. Por eso, su voto duro no se diluye. Eso le impide crecer a ese peronismo.

     

    -O sea que el kirchnerismo tiene más futuro del que le anunciaban.

    -Siempre me opuse a la idea de que el kirchnerismo se terminaba el 10 de diciembre de 2015. Primero porque Cristina tiene un liderazgo fuerte, segundo porque el kirchnerismo sedimentó ideológica y culturalmente la sociedad mucho más de lo que todo el mundo piensa y tercero porque tiene que surgir otro líder y otro núcleo político suficientemente fuerte. Hoy, hasta acá, los gobernadores están cada uno cuidando su propia quinta y no saben cómo salir de la situación.

     

    Perdón al Fondo 

     

    -El malentendido entre Macri y aliados naturales como los mercados o el campo ¿no pone en riesgo el gobierno más afín que podrían esperar esos sectores?

    -Insisto: hubo ingenuidad del Gobierno de pensar “nos conocemos con ellos y entonces nos van a entender”. Los mercados esperaban algo distinto a lo que quiere la opinión pública y el Gobierno jugó, con las encuestas en la mano, al gradualismo. Decía que no tenía plan B pero evidentemente estaba y era terminar en el Fondo Monetario.

     

    -Escribió sobre el waiver del Fondo. ¿En 2019, Macri va a desoír el acuerdo que acaba de firmar y lo compromete a un ajuste muy severo en el año electoral?

    -Los mercados son los primeros que desconfían. Es muy raro que vayas a cumplir con todo lo que te pide el Fondo, en medio del año electoral, siendo el gobierno más débil en el Congreso desde que llegó la democracia. No me llamaría la atención que el Gobierno haya llegado a una negociación rápida y prolija sobre algo que no está seguro de poder cumplir. Ahí vamos a ir a los waiver.

     

    -¿Persiste en el macrismo la ambición política de ganarle a todo el peronismo?

    -Creo que sí. Eso explica que no quieran ir a un acuerdo con el PJ ni sacarse una foto con ellos. El Gobierno dice “yo quiero hacer ciertas cosas” pero también dice “quiero ganar la elección”. Se tienen que olvidar de las encuestas por unos meses, porque van a pagar costos y no es un problema pagar costos. El tema es si vas a lograr algún objetivo de los que te propusiste al final del camino o no.

     

    -Las consultoras pronostican por lo menos dos trimestres de recesión. ¿El Gobierno tiene herramientas para recuperar la economía antes de las elecciones?

    Crecer al 3 por ciento anual como decía Macri ya no es posible: este año no y el año que viene hace falta mucho viento a favor. Entonces, el tema es cómo entrar en un ciclo de reducción de inflación. Que el año que viene se llegue a una inflación por debajo del 20 por ciento, que hace mucho no tenemos, sería razonable. Un año sin turbulencia, donde la gente se anime otra vez al consumo. Eso puede pasar.

     

    Cambiemos y las dos Argentinas

     

    -¿Quién está sufriendo más con Macri, a quién perjudicó más o quién le tiene menos paciencia?

    -El sector bajo y sobre todo el sector informal es el más angustiado. Incluso los que no lo votaron pero preferían que le fuera bien. La sensación es que con Cristina había inflación, había cepo, había Moreno, había Kicillof, pero había plata en la calle y la economía parecía que se movía. Eso ahora no está sucediendo. Lo sufre la clase media pero no recorta su nivel de vida básico. Abajo, en cambio, lo sienten más porque son los que viven de la changa, la construcción y hay una gran masa de servicios informales que se mueve cuando hay plata en la calle.

     

    -¿Puede terminar en un desborde?

    -Me parece que con algo de Stanley y algo de María Eugenia Vidal el Gobierno tomó nota de cómo hace para contener abajo. Por supuesto, no es la contención de la época de Cristina pero hasta acá ha logrado que la bomba no explote. Por eso pone mucho énfasis en que el Fondo no le pide recorte social y el recorte va a estar en la obra pública.

     

    -Mientras el oficialismo habla de volver al mundo y respetar la seguridad jurídica, la oposición pide más Estado y más integración social. ¿Macri y Cristina expresan dos visiones antagónicas que los trascienden?

    -Hay por lo menos dos Argentinas. La coalición de las instituciones, los valores, el trabajo y el esfuerzo, de generar oportunidades pero “tenés que laburar” y otra Argentina que te dice “dame pan para comer porque no tengo”. Uno es garantista y el otro es proveedor. Y hasta que no tengamos un proceso de crecimiento de mucho tiempo, consistente y sin turbulencias, esa es la grieta real y va a ser difícil superarla.

     

    -¿Cómo ve el papel de Carrió en la alianza de gobierno?

    -Estuvo bastante razonable dentro de todo. Estuvo bastante astuta y colaborativa aunque hay muchas cosas que no le gustan. Sabe que un tuit suyo puede matar a una persona, políticamente hablando. Ahora, Lilita quiere estar en la mesa de discusión 2019 y la mesa chica no quiere. Ahí se presentan los mayores interrogantes. ¿Ella va a poder opinar sobre la vicepresidencia, sobre los ministros o va a seguir siendo un francotirador como ahora? Si fuera por la mesa chica, lo segundo. Salvo que se venga todo abajo, como pasó con De la Rúa, ella tampoco tiene tanto margen para romper con el Gobierno. Ella no se puede convertir en el Chacho Álvarez de Cambiemos.

     

    -¿Por qué?

    -Porque me parece que los votantes de Cambiemos le dirían “ayudalo, romper no sirve en Argentina”.

     

    -¿No tiene mucho destino tampoco afuera?

    -Sola, me parece que no, salvo que se produzca una catástrofe y yo no creo eso. Creo que vamos a tener muchos problemas pero no una catástrofe 2001.


    Fotos: Juan Casas 

  • Gaza: la represión israelí y la historia de un conflicto

     

    Una mirada a vuelo de pájaro de 70 años de conflicto árabe israelí nos sitúa en el contexto de la violenta represión desatada por Israel contra la población de Gaza. Trump y Netanyahu mantienen la paz bien lejos.

  • Qué puede ocurrir con la inflación

     

     

     

    Por Gastón Utrera| Presidente de Economic Trends 

     

    Durante los últimos 10 años, la inflación ha mostrado en Argentina dos patrones muy marcados, útiles para pensar qué puede ocurrir con ella durante el resto del año.

    El primer patrón es una marcada estabilidad de la inflación en torno al 2 por ciento mensual, independientemente del ritmo de emisión de dinero y del nivel de las tasas de interés.

    La teoría económica afirma que tal cosa no es posible porque la inflación, cuando es elevada (2 por ciento mensual lo es), no puede ser al mismo tiempo estable, porque considera que la inflación es siempre y en todo lugar un fenómeno estrictamente monetario. Esto implica que, para mantener la inflación estable en un nivel elevado, harían falta autoridades monetarias muy disciplinadas que mantuvieran estable el ritmo de emisión de dinero, algo contradictorio con una inflación elevada, que da, por el contrario, la señal de indisciplina, y hasta de cierto descontrol monetario.

    En otras palabras, para mantener estable una inflación del 30 por ciento anual se requiere de las autoridades monetarias, siguiendo con el enfoque monetario de la inflación, la misma disciplina que para mantener estable una inflación del 5 por ciento anual; pero, si la inflación es del 30 por ciento anual, significa que las autoridades monetarias no son disciplinadas y, entonces, no resulta razonable esperar estabilidad en la inflación.

    La explicación de cómo es posible entonces, en contra de la teoría, tener una inflación alta y, al mismo tiempo, estable, como efectivamente viene ocurriendo en Argentina (excepto luego de fuertes devaluaciones, como veremos enseguida) es que la inflación, una vez que alcanza niveles elevados, deja de ser un fenómeno estrictamente monetario, ya que se ponen en marcha otros fenómenos, no monetarios, como el proceso circular por el cual salarios suben porque suben los precios y luego precios suben porque suben los salarios, y así sucesivamente, manteniendo elevada, en un nivel relativamente constante, la inflación. Entre otras cosas, esta inercia inflacionaria implica que la inflación se hace muy persistente, resistiéndose a la “medicina” tradicional de aplicar ajustes monetarios para reducirla. Por eso fracasan en Argentina los planes anti-inflacionarios de tipo monetarista.

    El segundo patrón es una aceleración durante los meses posteriores a cada devaluación, como ocurrió luego de las devaluaciones de enero de 2014 (gestión de

    Axel Kicillof al frente del Ministerio de Economía), de diciembre de 2015 (gestión de

    Alfonso Prat Gay) y de abril a agosto de 2018 (gestión de Nicolás Dujovne), efecto que va reduciéndose con el paso de los meses.

    Esto es consecuencia de que, en un país con décadas de inflación crónica, la formación de precios internos termina, tarde o temprano, utilizando al dólar como valor de referencia, haciendo entonces que las devaluaciones se trasladen rápidamente a los precios internos.

    A pesar de este patrón tan marcado, la elevada inflación de 2016 tomó por sorpresa al Gobierno (llegó a casi el 40 por ciento, muy por encima de la meta oficial de entre 20 y 25 por ciento) porque creyó equivocadamente que los precios internos tenían en cuenta un dólar a 16 pesos (por el valor del dólar paralelo) en lugar de un dólar por debajo de 10 pesos (por el dólar oficial), y lo sorprendió nuevamente en 2018 (casi 50 por ciento de inflación, por encima de la meta oficial de entre 8 y 12 por ciento), aunque por otro motivo: creyó que era posible el funcionamiento de un esquema de tipo de cambio flexible sin que se produjeran fuertes subas del dólar en caso de cambio de expectativas de ahorristas e inversores.

    Cuando las expectativas cambiaron y aumentó entonces la demanda de dólares, el esquema flexible generó bruscas subas del tipo de cambio que impactaron fuertemente sobre los precios internos.

    Se trata de errores de diagnóstico que conviene tener en cuenta al momento de mirar hacia adelante. No hay que olvidar que los esquemas de tipo de cambio flexible no funcionan en Argentina (el olvido de 2018), y que las subas del tipo de cambio se trasladan rápidamente a los precios internos (el olvido de 2016).

     

    ¿Y entonces? 

    Estas claves de análisis deberían servir para reflexionar sobre qué puede ocurrir con la inflación durante el resto del año.

    El riesgo de una nueva aceleración de la inflación como consecuencia de una fuerte devaluación es menor desde que, a fines de abril, el Gobierno decidió forzar un cambio en la política acordada con el Fondo Monetario Internacional (FMI) para el manejo del dólar.

    Había pasado de una política de tipo de cambio flexible (primer acuerdo con el FMI, junio de 2018) a una política de bandas cambiarias (segundo acuerdo con el FMI, septiembre de 2018) entre las cuales el Banco Central quedaba imposibilitado de intervenir comprando o vendiendo dólares (zona de no intervención, es decir, de tipo de cambio flexible) y por fuera de la cuales el Banco Central podría intervenir, aunque de manera acotada.

    Como esto generó una inquietud creciente por la posibilidad de que la dolarización de activos que suele producirse en cada año electoral presionara al dólar y, con él, a la inflación, el Gobierno finalmente decidió imponerle al FMI una nueva política: posibilidad de intervención del Banco Central en el mercado cambiario aun dentro de la denominada “zona de no intervención”, sabiendo que al FMI no le quedaba otra alternativa que convalidar la decisión, porque no le conviene que caiga el acuerdo con Argentina.

    Esta nueva política cambiaria, más discrecional y menos predecible que la anterior, puede ser bien utilizada, para disciplinar al mercado y guiar la evolución del dólar, evitando saltos bruscos y reduciendo la incertidumbre; o puede ser mal utilizada, dando simplemente liquidez a un mercado ávido por comprar dólares a cualquier precio. En sus primeras semanas de funcionamiento sirvió, al menos, para calmar al mercado cambiario, con un dólar más estable que durante los meses previos.

    En la medida en que el Gobierno logre, a través del Banco Central, mantener estable al dólar hasta las elecciones, es natural pensar que la inflación podría regresar una vez más al 2 por ciento mensual, un nivel todavía elevado, pero más parecido al que hemos tenido durante gran parte de los últimos 10 años, compatible con la posibilidad de una recuperación económica.

    Perforar ese 2 por ciento mensual y alcanzar, entonces, una inflación más baja es, en cambio, mucho más improbable, porque implicaría romper el persistente proceso de inercia inflacionaria (salarios que suben porque suben los precios y precios que suben porque suben los salarios), algo que no ha ocurrido en los últimos 10 años, y que se realimenta con cada nueva paritaria. Con aumentos salariales por encima del 30 por ciento este año, la inercia inflacionaria seguramente continuará, aun cuando tales aumentos no permitan todavía que los trabajadores recuperen el poder adquisitivo perdido.

    De tal manera que el escenario más probable es una inflación, como mínimo, en torno al 2 por ciento mensual durante gran parte de lo que resta del año, acumulando así un piso del 37 por ciento anual durante 2019. Una inflación menor al 37 por ciento anual requeriría perforar el 2 por ciento mensual, algo que hoy parece improbable.

    Mirando más allá de diciembre, habría que esperar inflación elevada por varios años, porque superar el obstáculo generado por la inercia inflacionaria requiere algo más que políticas monetarias y suele ser, en el mejor de los casos, un proceso lento.

  • Villa del Totoral | Plumas en el camino real

    Un premio Nobel de Literatura, uno de los grandes poetas españoles del siglo 20, el autor del Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria de 1918, y el fundador de uno de los diarios más influyentes de la historia política de nuestro país, habitaron este pueblo y se inspiraron con su aire, su río, sus árboles y su gente.

  • ¿A quién traicioné yo? ¿A un gángster como Massera?


     

     

    Diego Genoud| Periodista 

     

    "Hace como tres meses y medio que no nado porque me agarré una intoxicación que me activó una gastritis crónica leve y después dos resfríos”, dice Martín Balza, sentado en el living de su departamento de Barrio Norte. A los 84 años, el exjefe del Ejército de Carlos Menem va tres o cuatro veces por semana al club Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, frente al Hipódromo de Palermo, y sigue corriendo la competencia del Master Seniors. Lúcido, activo y atento, Balza atesora toda una vida de recuerdos y condecoraciones. Su cara en la tapa de la revista Newsweek, una foto con Fidel Castro en Bariloche en 1995 a los pocos meses de su autocrítica, una imagen a doble página de las tablas con Garry Kasparov en 1997 y una infinidad de documentos que guarda con obsesión.

    El exembajador de Néstor y Cristina Kirchner en Colombia y Costa Rica dice que Bolsonaro todavía es una incógnita, relativiza los proyectos del Gobierno para permitir que los militares hagan inteligencia interior y prefiere ubicar a Mauricio Macri como continuidad de un abandono presupuestario que, según remarca, sufren las Fuerzas Armadas desde que él concluyó su misión. Al final de una carrera que narra con detalle en “Bitácora de un soldado. Mis memorias de Perón a Kirchner”, el general que quedó en la historia por reconocer los crímenes de la Dictadura militar niega que haya habido un retroceso en el Ejército en materia de derechos humanos y discute con la pasión intacta. “¿Qué sector empresarial hizo autocrítica? ¿Qué sector sindical? ¿Qué sector de la Iglesia acá? No le tiremos al pobre papa Francisco. ¿La guerrilla? ¡Ninguno! Los medios de comunicación, los bancos, la Bolsa de Comercio, la Sociedad Rural elogiaban el Proceso y hasta el día de hoy ninguno hizo autocrítica”, dice.

     

    Este año vivió un momento incómodo durante la asunción del nuevo jefe del Ejército, Claudio Pasqualini.

    –Sí, pero no lo atribuyo a Pasqualini. Evité que el ministro Aguad viviera una situación incómoda porque no reaccioné. Vinieron cuatro mujeres y uno o dos civiles a decirme que era un “hijo de puta” y un “traidor”. No sé quién las invitó.

     

    Parece raro que hayan sido invitadas sin el aval del jefe del Ejército.

    –Las invitaciones las cursó el jefe del Ejército que se fue. Eso no quiere decir que Pasqualini no haya invitado a sus amigos. Estamos hablando de unas 60 ó 70 invitaciones a mujeres de condenados por delitos de lesa humanidad. Nunca vi algo así. Cuando yo era jefe, invitaba a las esposas o hijos de víctimas de la lucha contra la subversión, como en Formosa...  Además, ¿a quién traicioné yo? ¿A un gángster como Massera? ¿A quiénes torturaron y robaron? ¿A un coronel como Pascual Guerrieri que en 2002 llamó por telefóno a un hijo mío para decirle que nos iban a matar a toda la familia? Hoy tiene dos o tres perpetuas. ¿A quién? ¿A Videla, a Bussi, a Díaz Bessone?

     

     


    "En la asunción del nuevo jefe del Ejército, vinieron cuatro mujeres y uno o dos civiles a decirme que era un “hijo de puta” y un “traidor”. No sé quién las invitó. Estamos hablando de unas 60 ó 70 invitaciones a mujeres de condenados por delitos de lesa humanidad. Nunca vi algo así". 


     

     

    Deben decir que usted también actuó durante la Dictadura y después hizo la autocrítica más dura.

    –Hay miles de oficiales y suboficiales que durante la Dictadura actuaron donde tenían que actuar. Los delitos de lesa humanidad fueron de una élite, una élite de inteligencia. ¿Cuántos presos hay del Ejército entre imputados, procesados, condenados? ¿800? El Ejército en ese entonces tendría unos 7000 oficiales, cerca de 30.000 suboficiales sin contar los soldados y unos 1500 civiles de inteligencia. Yo estuve donde tenía que estar. Pero ninguno de estos hombres, con poder decisión y dominio del hecho, ¡ninguno se hizo responsable de las órdenes que daba! ¡Fueron cobardes! Suárez Mason lo dijo en el Estado Mayor en el año 79 y como yo estaba ahí destinado en una oficina de Artillería, lo escuché. Después lo repitió en Mar del Plata: “pasarán sobre mi cadáver antes que tocar un subordinado mío en la lucha contra la subversión”. Cuando empezó la cosa, se rajó a Estados Unidos, de ahí lo trajeron. ¡Cobarde!

     

    ¿Cómo era para usted estar en funciones durante la Dictadura?

    –No estuve nunca en un destino operativo durante la Dictadura. Fui jefe de unidad pero nunca fui jefe de área ni de zona, ni nada de eso. Además, los dos primeros años me agarra en Perú, desde fines del ‘75 hasta febrero del 78, haciendo dos cursos: uno en el Centro de Estudios Militares y el otro en la Universidad de San Marcos. Asciendo a teniente coronel en Perú. Después fui destinado como jefe del departamento Doctrina y Enseñanza de la Escuela de Artillería. Fue el año del conflicto con Chile y el del Mundial. Volví y estuve en el Estado Mayor y me designan jefe de unidad de Paso de los Libres en el ‘80.

     

    El Ejército hizo el trabajo sucio y fue un instrumento del poder económico.

    –Algunos hombres del Ejército. Sí. Todos estos que he nombrado. El golpe de Estado no fue para terminar con la subversión, que ya estaba terminada, fue para cambiar un sistema económico. Contra el terrorismo, respondieron con el terrorismo de Estado, que es mucho más grave. Tendrían que haber aplicado el rigor de la ley, que facultaba imponer la pena de muerte, de la que yo no soy partidario por motivos religiosos.

     

    ¿No hubo un retroceso con Milani primero y ahora con Pasqualini?

    –Milani asciende a oficial superior en 2001. La Constitución en los artículos 12, 13, 14 y 15 dice que el presidente provee los empleos militares con acuerdo del Senado en caso de ascenso a oficial superior, es decir, con el grado de coronel y general.

     

    ¿No lo tuvo?

    –Interesante. En el año 2001, yo llevaba dos años de retirado, Brinzoni elevó la propuesta de ascenso de tenientes coroneles a oficial superior, al grado de coronel, al ministro de Defensa Jaunarena y a De la Rúa. La Comisión de Acuerdos del Senado y los 72 senadores aprueban ¡sin ninguna objeción! el ascenso del teniente coronel Milani a coronel. El Ejército manda los pliegos y una síntesis del legajo. ¿Cómo aprobaron ese pliego? El escándalo fue cuando tuvo que ascender de coronel a general. Él ascendió tres veces más, de coronel a general, de general de brigada a general de división y de general de división a teniente general. Ahí sí, en ese ascenso, tuvo 39 votos a favor y 30 en contra. ¿El Cels no conocía el legajo de Milani? ¿Verbitsky no lo conocía a Milani?

     Garré lo promovía.

    –¿Y Garré conocía a Verbitsky? ¿Quién lo propuso?


    Garré lo sigue defendiendo y Cristina Kirchner nunca lo cuestionó. ¿Para usted Milani fue un retroceso como jefe del Ejército o no?

    –Yo no estoy para objetar decisiones de otro. Respondo por mis decisiones durante ocho años al frente del Ejército. Además jamás vi el legajo de Milani.

     

    Pero habrá visto a la familia Ledo que lo denunciaba.

    –Sí, denuncias, pero hasta ahora no tiene ninguna condena.

     

     ¿Usted hubiera promovido a un militar denunciado?

    –No, no, no. Lo hubiera tenido stand by hasta aclarar la situación en la Justicia. Pero tampoco por una denuncia puedo crucificar a un tipo.

    Denuncia de los organismos de derechos humanos que hicieron todas las denuncias mientras la ley beneficiaba a los represores.

    –Bueno, pero entonces… la ley es la norma de carácter general que rige la convivencia social. ¿Queremos vivir en un marco legal o manejarnos con tribunales populares?

     

    Y si la ley es impunidad, Obediencia Debida, Punto Final e Indulto…

    –No sé, no sé, no sé. La amnistía es una facultad del Poder Legislativo. El Poder Ejecutivo puede indultar a condenados por la Justicia Federal, como dice la Constitución. Los indultos de Menem fueron los que originaron todos los quilombos. Si se indulta a un procesado, hay injerencia del Ejecutivo en el Poder Judicial y se le impide a ese procesado demostrar su inocencia en un juicio. Menem firmó 270 indultos para miembros de las organizaciones armadas irregulares, militares de la Dictadura y también para Rico, Seineldín y todos los que se habían levantado contra la Democracia. Fue una ley de amnistía encubierta. Esos indultos fueron inconstitucionales. La Corte Suprema los declaró así en 2007.

     

    ¿Lo discutió alguna vez con Menem?

    –En septiembre de 1994, 1995, yo le había entregado a Menem una invitación para un acto en el Regimiento de Patricios. Cuando me estoy por ir, me dice: “me han dicho que hay algunas cosas que yo he hecho que usted no está de acuerdo”. Le dije: “es probable, señor Presidente. Pero eso no altera la subordinación”. “Por ejemplo ¿qué cosas?”, me dice. “Los indultos, señor Presidente”. “Pero yo lo hice para pacificar”.  “Sí, señor, pero usted indultó a Seineldín y después el 3 de diciembre hubo que combatir. Seineldín fue dos veces indultado”.

     


    ¿A quién traicioné yo? ¿A un gángster como Massera? ¿A quiénes torturaron y robaron? ¿A un coronel como Pascual Guerrieri que en 2002 llamó por teléfono a un hijo mío para decirle que nos iban a matar a toda la familia? Hoy tiene dos o tres perpetuas. ¿A quién? ¿A Videla, a Bussi, a Díaz Bessone?


     

    ¿Hay sectores que aprovechan la designación de Pasqualini, cuya esposa es hija de un represor, para forzar un retroceso dentro del Ejército y una reivindicación de la Dictadura?

    –No, en absoluto creo que pueda darse. No hay dudas de la inserción del Ejército en las instituciones republicanas y en los valores democráticos. Ahora, que hay sectores no sólo en la fuerza -y también en la civilidad, de distintos partidos políticos- que dicen con el Proceso en el fondo…

     

     ¿El mensaje del Gobierno no se presta a confusión?

    –No se puede reivindicar lo irreivindicable. El tema de derechos humanos en el mundo está arraigado. Torturar, violar mujeres, afanar propiedades ¿qué tiene que ver eso con los valores cristianos?

     

     

    PH: Juan Casas 

     

    En el libro critica mucho a un fiscal de alto protagonismo, Stornelli.  

    –Conmigo fue un mediocre y falló en todo. Porque yo apelé y la Cámara dijo que no había nada para imputarme ni a mí ni a los otros generales acusados ni al Ejército. Ningún militar del Ejército fue a juicio ni por las armas ni por Río Tercero, los que fueron eran de Fabricaciones Militares y dependían de Defensa.

    Atribuye la actuación de Stornelli a que es hijo de un militar de la Dictadura.

    –No me cabe ninguna duda. Yo dejé cesante a su padre, además él tenía muy buena relación con los carapintadas y su esposa era sobrina del último ministro del Interior de Videla. Yo no puedo ordenar que se entregue una lapicera, todo salió de Fabricaciones Militares. Me querían hacer pagar la llamada “autocrítica”.  

    Empieza el libro con una pregunta: “¿Cuándo caduca el pasado?”. ¿Lo sabe ahora, después de escribirlo?

    –Borges creo que se preguntó eso. Si tuviera la respuesta, la daría. El problema de la memoria es que a veces incluye el olvido.

     

    El 13 de junio de 1982 le dejó a usted otra pregunta: ¿por qué Dios me permitió vivir?

    –Ese día fueron los combates más intensos. Fue terrible, era el día de mi cumpleaños. La artillería británica abrió fuego desde las 10, 11 de la mañana hasta las cuatro de la tarde, después a la noche hubo bombardeos navales y de la Fuerza Aérea. Al mediodía hubo un intenso fuego de contraartillería con los ingleses. Intenso fuego terrestre, aunque ellos, de repente, interrumpían el fuego y se hacían una pasadita con avioncitos también. Yo estaba recorriendo una de mis baterías al sur de Puerto Argentino. Me acuerdo de dos cosas. Un soldado correntino me gritó: “póngase el casco mi teniente coronel”. Yo estaba sin casco. Porque el casco es pesado, molesta. Me emocionó. Porque el tipo me estaba cuidando: me lo puse.

     ¿Qué más recuerda?

    –Nos tiramos cuerpo a tierra y a 10, 15 metros, el cabo primero Ángel Quispe, un jujeño, también se tira. Se produce una pausa de fuego, tres, cuatro minutos. Entonces corro hasta mi puesto de comando que era un contenedor reforzado con tambores de 200 litros, con turba. Se sacudió todo, lo vemos a 20 metros a Quispe boca abajo. Entonces, grito al médico, viene y lo damos vuelta. Estaba entero. Sangraba por la boca, por los oídos y por la nariz. La onda explosiva lo había matado. Me acuerdo de que lo vi, le hice la señal de la cruz, le corté la identificación y dije “llévenlo al lugar de reunión de muertos”. Muchos habrán dicho: “justo fue Quispe. ¿Por qué no Balza?”.

     ¿Encontró la respuesta que buscaba?

    –Y qué sé yo. Los designios de Dios son difíciles de interpretar. Están fuera del alcance nuestro.

     

  • ¿La culpa es de Federer?

     

     

    Djokovic, Nadal, Murray y Del Potro han padecido, y padecen, problemas físicos importantes. La excepción es el genial Roger, a quien John McEnroe culpa de llevarlos al límite. Las causas y las explicaciones de las estrellas.

     

     

    Martín Eula | Periodista  

     

    "Siempre que aparece una lesión, el mayor desafío es mental". "Es muy difícil todo esto, pero hay que seguir". "No puedo más con los dolores". "Siento mucha tristeza, es un golpe duro que me deja sin fuerzas anímicamente. Se me hace muy difícil volver a estar en recuperación". Novak Djokovic, Rafael Nadal, Andy Murray y Juan Martín del Potro, en pocas y contundentes palabras, mostraron su frustración en determinados momentos de sus carreras. Dos que ya son leyenda, otro a punto de decir basta y el último con una fuerza de voluntad inquebrantable expresaron lo peor que le puede pasar a un deportista: lesionarse. Y vaya si sufrieron los tenistas que dominaron el circuito en los últimos años y tantos otros que los acompañaron.

    "He estado sufriendo durante un largo tiempo, aproximadamente 20 meses, intenté hacer todo lo posible pero el dolor no cesó. No quiero seguir jugando de esta forma, no estoy dispuesto a seguir con este dolor en los próximos cinco meses para retirarme en Wimbledon. Veré qué hago". Con lágrimas en sus ojos, Murray se desnudó en la previa al último Abierto de Australia, antes de perder en primera ronda y de someterse a una nueva operación en su cadera. Cerca de cumplir 32 años en mayo, el británico que se metió como una cuña en esa puja estelar entre Roger Federer, Nadal y Djokovic, generó emoción, apoyo de todo el mundo del tenis y expectativa por lo que podrá pasar en estos cruciales días para su carrera.

    "Pocos deportes como el tenis se desarrollan especialmente sobre superficies de cemento, tan duras y agresivas. No sé hasta cuándo voy a jugar, si serán tres, cuatro o cinco años más pero al llegar ese momento lo sabré y no tendré ningún miedo", aseguró Nadal a principios de 2018, otro año con disímiles problemas físicos (el psoas ilíaco lo sacó del Abierto de Australia, por una rodilla debió abandonar el US Open, por un problema abdominal le cedió el número 1 del ranking mundial a Djokovic y cerró la secuencia con una operación en el tobillo derecho).

    El español de 32 años supo caer y levantarse demasiadas veces. Ni siquiera era profesional cuando sufrió una fisura en el codo derecho en 2003 y una inflamación en el pie izquierdo y esa tendinitis en ambas rodillas pusieron en jaque su amanecer en el circuito en 2005. Desde entonces, padeció distintos problemas entre los que se destacan la recurrente tendinitis, sus dolores de espalda, molestias en la muñeca izquierda y una operación de apéndice: en total, el guerrero Rafa faltó a 14 torneos Grand Slams. Como ninguno, Nadal depende de su físico, de esa capacidad para no darse por vencido ni cuando parece derrotado, de esa fortaleza para correr una pelota que no todos correrían ("para ganarle un punto a Rafa hay que matarlo", es una metáfora habitual para describirlo).

    "Me quiero retirar", le dijo Djokovic a su equipo, entre ellos al argentino Ulises Badio, un santafesino que se crió en Villa Carlos Paz y estudió en la Universidad de Córdoba. El serbio de 31 años expresó en la intimidad aquella frase temeraria antes de irse con su esposa Jelene durante cinco días a escalar las montañas de Sainte-Victorie, en Francia, luego de haber sido eliminado de Roland Garros y mientras padecía con su codo derecho. Finalmente, en enero del 2018 fue operado de ese elemento crucial para su arma preferida que lo venía martirizando desde hacía dos años. Y volvió con todo: en septiembre ganó el US Open, en una final espectacular ante Del Potro, e ingresó al 2019 como el mejor del mundo.

    "En la adversidad es cuando más aprendés. Intenté sacar lo mejor de mí en los momentos más complicados y me apoyé en mis afectos. Ese apoyo que recibí de la familia y haber estado acompañado por ellos cuando me operé me llevó a entender lo que le pasó a Juan Martín, a valorar su esfuerzo para regresar al circuito", dijo el serbio en el court central del Abierto de Estados Unidos, con el argentino a pocos centímetros.

    Delpo había vuelto, un tiempo antes, después de 327 días inactivo por esa muñeca izquierda de la que debió operarse tres veces entre 2014 y 2015 (antes, en 2010, había pasado por lo mismo en la derecha). "Juan Martín se sometió a una cirugía en la muñeca izquierda. Se descubrió que el daño en los ligamentos de la muñeca era peor del que habían arrojado los estudios obtenidos antes de la cirugía", fue el comunicado, tras la primera intervención, de la clínica de Minnesota donde lo operó el especialista Richard Berger.

    De todas formas, el argentino estaba de nuevo peleándoles de igual a igual a los gigantes del circuito, pero una increíble fractura en la rótula de la rodilla derecha, durante el Masters 1000 de Shanghai, lo detuvo otra vez y generó que se parara una vez más delante de una dura recuperación. Una recuperación de la que ya regresó más allá de haberle devuelto los peores fantasmas. "Antes había pensado en no jugar más y ahora se me cruzaron cosas horribles, aunque jamás la posibilidad de retirarme"; confesó. Qué hubiera sido de la carrera del gigante de Tandil, ya de por sí extraordinaria, si no hubiera pasado por tantos percances físicos es un interrogante sin respuesta concreta. O sí: su carrera habría sido más extraordinaria todavía. Con 30 años ya está maduro y con recorrido por delante independientemente de los cuidados que deberá tener con su cuerpo con tantas heridas de batalla.

    Muchos tenistas, millonarios por cierto, se han quejado de la dureza de la competencia, de la cantidad de torneos que juegan, de los viajes constantes para cumplir con el calendario, del poco descanso y de una exigencia en la que luchan con un rival y consigo mismos. "Yo no solicito ningún cambio de superficie, calendario ni de pelotas, nada de eso; aunque si en los próximos años existe la posibilidad de realizar algún cambio en beneficio de las futuras generaciones de tenistas y mejorar su calidad de vida sería algo sin dudas muy positivo, sobre todo para la salud de todos los deportistas", apuntó Nadal durante uno de sus últimos parates por lesión. "Ya lo hemos manifestado públicamente: no hay más lesiones, es un porcentaje similar al de años anteriores; lo que ocurre es que dentro de ese grupo ahora hay más jugadores de las primeras posiciones", fue el descargo, entonces, de la ATP (Asociación de Tenistas Profesionales) ante la consulta de dos agencias de noticias.

    Sin dudas lo descripto es una razón central de este escenario, aunque John McEnroe expuso otro con su habitual franqueza: "Nadal, Djokovic, Federer, Murray y tantos más se empujaron hacia una delgada línea entre forzar la máquina hasta lograr el nivel que necesitás y, entonces, lesionarte", empezó su descripción el genial extenista estadounidense y hoy ácido comentarista. Luego, agregó: "Cada tenista es diferente, empujó su límite y es elogiable, pero considero que el origen de que tantos jugadores pasen ahora más tiempo fuera de los courts es porque vieron a Federer hacerlo con tanto éxito. Creen que pueden hacerlo cuando resulta muy complejo de hacer porque Federer hay uno solo y se llama Roger".

    Una cirugía por una lesión en el menisco de la rodilla izquierda en 2016 que lo tuvo en boxes durante seis meses fue el único problema serio del suizo en su inigualable camino. Algunos dolores de espalda y en una muñeca, a los que consideró "nada severos", y una mononucleosis en 2008 que lo dejó seis semanas sin actividad fueron los otros problemas de esa máquina genial, impoluta, cerebral e interminable que es el suizo que en agosto cumplirá 38 años. "Cuando se lesionan los jugadores top nos enteramos todos enseguida, aunque probablemente hay otros lastimados de los que no estamos hablando porque juegan en la pista 25. En el pasado, muchos jugadores se retiraban a los 30 años, como Edberg, Sampras... Era bastante normal que a esa edad comenzaras a pensar en el final de tu carrera. En este momento, todo el mundo espera que juguemos hasta más allá de los 35 y cuando alguien con 31 se lesiona, exclaman: Mi Dios, ¿cómo es posible? La realidad es que resulta normal", aseguró el mejor de la historia.

    "Fue muy rápido desde niño, también coordinado y exigente. Eso le evitó lesiones importantes. Su técnica, su anticipo y su virtuosismo son académicos. Para mí, podría jugar a muy buen nivel hasta los 40 años", advirtió Paul Dorochenko, fisioterapeuta y osteópata que integró parte de su equipo cuando Federer cuando era un adolescente de pelo largo. Esa predicción del señor Dorochenko fue hecha en 2011.

     

     

  • ¿Tener un proyecto?

    Tener proyecto tiene buena fama, tanta que es visto como necesidad. Incluso en la vida personal. El tema es cuál proyecto.

  • ¿Tiene cima el cine de superhéroes?

     

    El éxito económico y el reconocimiento de la crítica ubican al género de los súper poderes en un lugar protagónico. El fenómeno impulsado por dos estudios consagrados en los cómics parece lejos de disiparse.

     

    Aleja Páez |Periodista e Investigadora especialista en TV y OTTs

     

    40 años después del Superman de 1978, considerada como la primera gran película del género, el cine protagonizado por superhéroes vive su mejor etapa gracias a las megaproducciones de Marvel Studios (The Walt Disney Company) y DC Entertainment (Warner Media). El alcance de esta tendencia rompe las fronteras entre la pantalla grande, los cómics e Internet y habilita un consumo multiplataforma y multi-narrativo visto hasta ahora solo en pocas franquicias como Star Wars y Harry Potter, por citar dos de los casos más paradigmáticos.

    En la última década no solo se ha multiplicado notablemente la cantidad de filmes basados en humanos u otras criaturas dotadas de poderes fantásticos sino que también se registró con Black Panther la primera cinta de superhéroes en obtener una nominación en la categoría de Mejor Película en los premios Oscar. Por si fuera poco, con los resultados de la aclamada Avengers: End Game (2019), ya son dos los títulos del segmento que se ubican en el selecto grupo de las cinco producciones que superaron la barrera de los 2.000 millones de dólares en taquilla en la historia del cine. La otra es Avengers: Infinity War (2018), que alcanzó una recaudación total de 2.048 millones de dólares, según datos oficiales.

     

    Marvel versus DC

    No es casual que se trate de dos películas de la misma saga, puesto que el Universo Cinematográfico de Marvel, más conocido como MCU por sus siglas en inglés, es uno de los principales responsables de la expansión del género. Crecimiento que debe contemplarse no solo en la cantidad de historias individuales lanzadas en los últimos años sino especialmente en el concepto de universo entrelazado, es decir, en la reunión de varios superhéroes en una misma producción como Avengers, que comenzó en 2012 y culminó con su cuarta y exitosa entrega en abril de este año.

    Como respuesta a los blockbusters pochocleros protagonizados por Iron Man (Robert Downey Jr.), Capitán América (Chris Evans), Thor (Chris Hemsworth) y compañía, DC Entertainment lanzó en 2017 la primera entrega de Liga de la Justicia,que reúne a los personajes más destacados de los cómics de DC. En esta franquicia se encuentran superhéroes muchos más conocidos para un público no tan adentrado en el mundo de las historietas como Batman (Ben Affleck), Superman (Henry Cavill), Wonder Woman (Gal Gadot) y Flash (Ezra Miller), entre otros. Aunque a esta altura Marvel se lleve casi todos los laureles y mejores niveles de recaudación, cabe mencionar que la idea original de las sagas surgió en la cantera de DC con la recordada trilogía del Batman de Christopher Nolan (2005, 2008 y 2012), protagonizada por Christian Bale y que le valió un Oscar póstumo como Mejor Actor de Reparto a Heath Ledger por su interpretación del Guasón.

    Más allá de la disputa entre los dos grandes sellos propiedad de Disney y Warner que divide las aguas entre los fanáticos del género, lo cierto es que este fenómeno resulta digno de atención para propios y ajenos.

    Por un lado, el cine de superhéroes ha propulsado grandes avances en materia de efectos especiales con muy buenos resultados en pantalla.  Por otro, la cuestión de las recaudaciones multimillonarias habilita pensar que el público masivo está cada vez más deseoso de acudir a las salas de cine para respaldar a sus personajes favoritos. Este aspecto también se relaciona con el sinfín de repercusiones en redes sociales y en sitios y foros temáticos cada vez que aparece una nueva entrega de alguna de las franquicias.

     

    Temporada récord

    2019 se proyecta como uno de los años con más estrenos de películas sobre superhéroes y villanos. Luego de los esperados estrenos de Capitana Marvel en marzo, que trajo como rasgo particular una nueva perspectiva de género por parte de su productora, y el final de Avengers en abril, se esperan otros grandes lanzamientos esta segunda mitad del año.

    X-Men: Dark Phoenix - junio

    Se trata de la última película de la franquicia de los mutantes a cargo de Fox antes de su incorporación a The Walt Disney Company. Es protagonizada por la estrella de Game of ThronesSophie Turner, en compañía de James McAvoy, Michael Fassbender y Jennifer Lawrence.

    Spider-Man: Lejos de casa – julio

    Es la segunda entrega de la última saga de las aventuras de Peter Parker. Sus protagonistas son Tom Holland como Peter Parker/Spider-Man, junto a Jake Gyllenhaal, Zendaya y Jacob Batalon.

    The New Mutants – agosto

    Spin-off de la franquicia X-Men. Con un tinte más terrorífico, esta cinta presenta una nueva generación de mutantes. El reparto incluye a Anya Taylor-Joy, Maisie Williams, Alice Braga, Henry Zaga, Blu Hunt y Charlie Heaton.

    Joker  - octubre

    El Guasón de Warner Bros. ha causado bastante expectativa en los últimos meses. Dirigida y producida por Todd Phillips, es protagonizada por Joaquin Phoenix, Robert De Niro, Zazie Beetz, Bill Camp, Bug Hall, Frances Conroy y Alex Mckenna.

    Aunque en la industria de los medios resulta difícil proyectar resultados favorables para productos cuya aceptación depende en gran parte de la impredecible reacción del público, la tendencia indica que el fenómeno de los superhéroes aún tiene muchas historias más para contar y muchos tickets más para vender.

  • "No puede haber gobiernos sin una política de Derechos Humanos"

     

    Cecilia Ghiglione | Revista COLSECOR 

     

    Amnistía es una organización identificada mundialmente con la defensa de los derechos humanos. La sede en Argentina existe desde 1984 pero su activismo ha trascendido en los últimos siete años, a partir del impulso de una agenda enfocada en la defensa de los derechos de las mujeres, en la libertad de expresión, en la causa de los pueblos originarios, de los migrantes y en la formación de jóvenes. Mariela Belski, directora ejecutiva de Amnistía Internacional Argentina desde 2011, es en parte responsable junto a su equipo de este proceso.

     

     –¿Cómo es hablar de derechos humanos en Argentina?   

    –La misión de Amnistía es la defensa de estos derechos en el mundo a partir de una agenda histórica que se viene trabajando, como la libertad de expresión, el derecho a no ser torturado, al aborto; los derechos civiles, políticos y sociales como el acceso a la educación, a la salud y al trabajo. La particularidad de nuestro país es que los derechos humanos (DDHH) están reconocidos en nuestra Constitución a través de la incorporación de los tratados internacionales. Esto no es común, no sucede en todos lados. Por lo tanto, exigir su cumplimiento es más fácil que en Estados Unidos, por ejemplo. Ahora bien, que nuestros derechos en Argentina estén mejor garantizados no implica que el país los cumpla. Entonces, gran parte de nuestro trabajo es vigilar y denunciar cuando no sucede y celebrar cuando sí se hace.

     

    El kirchnerismo hizo de los DDHH un símbolo. ¿El macrismo dio continuidad a esta política?

    –El gobierno anterior tomó como propio el discurso de los DDHH adueñándose del término, y eso nos perjudicó como movimiento porque cada vez que levantamos la voz en defensa de los DDHH, somos kirchneristas. Nosotros hemos sido muy críticos del kirchnerismo, pero también muy halagadores. Tuvieron políticas muy activas y progresistas como las de Memoria, Verdad y Justicia, las políticas vinculadas al matrimonio de personas del mismo sexo, de identidad de género e incluso las migratorias; pero también  hubo temas que a nosotros nos preocupaban como salud sexual y reproductiva, aborto, indígenas, por darte un ejemplo, en los que no hicieron nada.  Sí nos preocupa la apropiación de un término y que esté asociado a un partido político. No puede haber ningún gobierno que no tenga una política de DDHH porque eso significa que no se están preocupando por la sociedad. Respecto al actual gobierno, lo que decimos es que no han ponderado los DDHH ni han tenido una política activa en este sentido. Pero también hay que señalar que el macrismo no hizo lo que todos dicen en cuanto a cortar los fondos para Memoria, Verdad y Justicia. Es cierto que algunas cosas han tocado pero las políticas han continuado.

     

    En particular Amnistía ha sido muy crítica del caso Maldonado. ¿Qué entienden que se hizo mal?

    –Nosotros no decimos que este gobierno es responsable de la desaparición de Santiago Maldonado sino que hemos dicho que no pudieron administrar el caso. No puede ser que hayan dicho que Maldonado se ahogó solo cuando el chico se ahoga en un contexto de represión de la Gendarmería. Al día de hoy no hay responsables y para nosotros es inaceptable. De ese tipo de cosas hay un montón en este gobierno que tiene una postura muy defensiva. Y es entendible porque creo que ellos necesitaron diferenciarse del gobierno anterior y los DDHH estaban muy identificados con la anterior gestión.

     

    2018 fue un año de desafíos para las mujeres, como lo señalan en su anuario, con un tema central como fue el debate por el aborto legal y la Educación Sexual Integral (ESI). ¿Cómo transitaron ese momento?

    –Hace más de siete años que desde Amnistía lanzamos una campaña internacional denominada “Mi cuerpo, mis derechos” que entre otros objetivos pretendía lograr que se debata el aborto en el Congreso. Y esto sucedió junto a otras organizaciones. Despenalizar el aborto es un paso ineludible hacia el pleno ejercicio de los derechos sexuales y reproductivos de mujeres, adolescentes y personas con capacidad de gestar. La ESI es un tema que venimos trabajando porque toca nuestra agenda de aborto y porque entendemos que sin educación es imposible que los chicos aprendan cómo cuidarse. Empezamos a trabajar en el tema porque veíamos que había una ley en Argentina, que tiene 12 años y no se estaba implementando de manera eficiente. La ESI es clave para que los niños, niñas y jóvenes puedan tomar decisiones sobre su cuerpo, su sexualidad y su salud, puedan prevenir el abuso sexual, identificar situaciones de violencia, prevenir embarazos no intencionales y conocer sus derechos.

     

    ¿Qué cambios hubo en materia de derechos de las mujeres con la irrupción del movimiento de mujeres?

    –La robustez del movimiento de mujeres es impresionante, las movilizaciones del 2011 no tienen nada que ver con las actuales, pero lo que más nos ha impactado en estos años es el rol de los jóvenes, la apropiación que han tenido de la causa aborto que la sienten muy propia y común. Esto de ver a los chicos con un pañuelo verde en su mochila es muy nuevo, se habla más del tema, hay más información en todos los niveles, los jóvenes les hablan a sus padres y hasta los convencen de estar a favor de esta lucha. La marea verde también generó los pañuelos celestes que hasta hace tres años atrás no existían porque no había necesidad. Tanto empoderamiento de la mujer, que bienvenido sea porque es por lo que luchamos, toda esta movida tan fuerte del movimiento de mujeres hizo que aparezca un actor nuevo con el que hay que aprender a convivir. Y es toda una novedad para nosotros, porque no sabemos convivir. 

     

    ¿La Iglesia sigue teniendo peso en los temas de derechos de las mujeres?

    –Nosotros estamos a favor de la división Iglesia-Estado, eso es lo que sostiene Amnistía, pero no hay una posición crítica contundente contra la Iglesia. Lo que sí puedo decir es que la Iglesia no esperaba que el proyecto de aborto se aprobara en Diputados, por eso hasta el momento de la votación tampoco se la veía tan activa. No hubo dos plazas en Diputados. Una vez que se aprueba la ley, aparecen organizados quienes se identifican con los pañuelos celestes. La verdad es que desde Amnistía no tenemos un estudio hecho para decir qué tipo de iglesia es, no sabemos quiénes son los actores, no sabemos si son evangelistas o católicos. Ahora es el estudio que hay que hacer en Argentina, mirar un poco eso. Lo que sí sabemos es que desde ese día se organizan y lo hacen muy bien, son muy verticalistas y ordenados, responden a un líder y, además, tienen financiamiento del Estado, no para esto puntual pero lo reciben. El movimiento de mujeres es un poco más caótico porque somos muchas organizaciones y somos más horizontales, incluso una de las cuestiones que hoy nos planteamos es cómo nos organizamos mejor porque ellos están más ordenados. Esto no es un tema de competencia sino que cada uno tiene una causa por la que lucha y cada uno quiere lograr su objetivo.

     

    Debate público limitado

    Una creciente preocupación de Amnistía Internacional pone el foco en los ataques y las agresiones en las redes sociales a personas que tienen posiciones críticas porque manifiestan un agravio contra el derecho humano a la libertad de expresión.

    Belski señala que “Amnistía tiene una posición respecto a la retórica del odio en Internet. Creemos que no es absoluto el derecho a decir lo que uno quiere, como todos los derechos tiene que haber una limitación”.

    En Argentina, en particular, un estudio realizado desde la sede local documentó entre octubre y noviembre de 2017 las agresiones contra nueve periodistas - entre los que estaban Nelson Castro, Hugo Alconada Mon, Carlos Pagni y Reynaldo Sietecase -  y dos defensores de los DDHH – Adolfo Pérez Esquivel y Mariela Belki -y describió esas acciones como “ataques propios de las campañas del odio”. El estudio indica que no todos los nombres analizados tienen perfiles en Twitter.

    En el documento final se analiza el accionar de “cibertropas en Twitter con el fin de descalificar, agredir o intimidar a periodistas y defensores de DDHH de la Argentina se advierte sobre este fenómeno reciente que reclama atención pública”.

    “Nos parece que durante el gobierno actual se ha dado mucho el uso de la agresión en las redes sociales. Hay mucha gente que ha denunciado esta situación ante la Secretaría de DDHH y en lugar de investigar, no han hecho nada” agrega la vocera de Amnistía Internacional Argentina, quien también fue víctima en Twitter de una acción coordinada desde cuentas ficticias con información falsa sobre su trayectoria (fake news) que fue amplificada por referentes oficialistas.

    Entre las recomendaciones de Amnistía en las conclusiones de su documento le pide al Estado “garantizar que la conversación pública se construya sin amenazas ni ataques”. También se sugiere que tanto el Estado como las empresas de redes sociales digitales “generen normas de uso transparentes y den respuesta a las denuncias de los usuarios para evitar cercenamiento de derechos vía ataques de cibertropas”.

    Fuente: Trolling y agresiones a la libre expresión de periodistas y defensores de DDHH en Twitter Argentina

     

     

     

  • “Alfonsín fue una excepción en la historia radical de los últimos 50 años”

    Entrevista a Jesús Rodríguez 

     

     

    Está en el reducido grupo de radicales que no duda en tildar como positivo el balance de la alianza con Mauricio Macri, dice que la UCR sigue siendo un espacio progresista y hasta se anima a pronosticar un futuro en el que capture la comandancia de Cambiemos, el lugar que desde hace tres años el PRO controla con mano de hierro. “Hoy no hay un radical que lidere la coalición pero muy probablemente lo haya en 2023”, dice. A 10 años de la muerte de Raúl Alfonsín, con un partido que no logró nunca reemplazar su liderazgo, Jesús Rodríguez traza una línea directriz que une el regreso de la democracia con este presente a puro sacrificio, gobernado por el ajuste y la recesión. El exministro de Economía que asumió a los 34 años, en medio de la hiperinflación y con Carlos Menem ya electo, hoy ocupa un sillón en la Auditoría General de la Nación, es vicepresidente de la Internacional Socialista y conduce el espacio de la Fundación Alem, el think tank que acerca propuestas a la Casa Rosada con un éxito discutible. Aún con matices con respecto a la “política new age” que incuba el núcleo duro del macrismo, piensa que el actual es el único camino.

     

     Por Diego Genoud | Periodista 

    Juan Casas | Fotógrafo

     

    ¿Cuál es la línea que lleva al radicalismo de Alfonsín a Macri?

    –Alfonsín fue el abanderado de la inauguración democrática y el camino que la sociedad eligió para evitar el ejercicio populista en Argentina. Después de Alfonsín, tuvimos una experiencia populista de 10 años con Menem y una de 12 con Kirchner, el experimento político más extenso desde 1930. Con el mejor contexto internacional posible, mayorías parlamentarias y apoyo mediático, social y productivo, se fue con uno de cada tres argentinos bajo la línea de pobreza. El hilo conductor entre Alfonsín y la experiencia Cambiemos es la voluntad de construir una opción política que evite la continuación populista.

     

    Más allá de las diferencias entre Menem y Kirchner, ¿por qué encarna y funciona el populismo en Argentina?

    –América Latina vive una tercera ola populista. En los ‘40, vino de la mano de variantes nacionalistas; en los ‘90, estuvo acompañada por una práctica neoliberal y hoy tiene una visión más estatista que neoliberal. Pero es la misma esencia, que es el desapego de la democracia representativa y la división de poderes. Fujimori y Maduro, más o menos lo mismo. ¿Por qué no hay populismo en Uruguay y en Chile? Porque hay un Estado que funciona, respeto a la ley de los ciudadanos, un sistema con partidos y una cultura del acuerdo y el compromiso entre los actores. En cambio, acá está la anomia boba de la que habló (Carlos) Nino.

     

     –¿El radicalismo en sus orígenes no era también el nombre del caudillismo y el populismo?

    –Sí, sí, por supuesto. Evolucionó con Alvear, con Yrigoyen, con Frondizi, con Illia y con Alfonsín. Pero el radicalismo reivindicó el partido desde siempre. El partido no es el representante del pueblo, es una fracción de la sociedad y hay otras visiones políticas. La Argentina, en definitiva, tiene dos almas: una más atlántica, cosmopolita republicana y otra más populista, movimientista.

     

     También están -dentro y fuera del Gobierno- los que ven al radicalismo como parte de la vieja política.

    –Está claro. Si no, cómo se entendería la emergencia de figuras antisistema como se ve en lugares de Europa y América Latina, ante la frustración social, el desencanto y la desilusión.

     

    Sufrir el poder 

     

    Dijo en una entrevista con Clarín que el radicalismo sufre el poder.

    –Sí, eso dije.

     

    Pero al mismo tiempo reclama mayor participación y más poder.

    –El radicalismo rechaza las supuestas ventajas del poder y se siente incómodo, no disfruta el ejercicio del poder porque ve la desigualdad y todo lo que falta. Pero al mismo tiempo, como corresponde a un partido político, aspira a influir en las decisiones, algo que no se traduce en un puesto en un banco.

     

    ¿Por qué no existe hoy un jefe radical?

    –Alfonsín fue una excepción en términos de la historia radical de los últimos 50 años. A Balbín se le disputaba la conducción, no era aceptado unánimemente. Frondizi, Yrigoyen, Alvear y tantos otros... A pesar de eso, Alfonsín también tuvo cuestionamientos internos. El discurso de Parque Norte fue cuestionado por muchos radicales.

     

     –Hoy parece que se administra la heterogeneidad radical.

    –Difícil que no exista esa heterogeneidad cuando se da en la sociedad. Salvo la figura de Cristina Kirchner, que tiene su base social, no parece haber liderazgos políticos tan consolidados en Argentina. El radicalismo necesita un liderazgo institucional que sea capaz de construir los espacios para procesar las diferencias. No esperaría al Mesías.

     

    Después de 2001 ¿la UCR se ve condenada a ser socio menor o piensa que puede superar esta etapa?

    –Vivimos una época de coaliciones. En Uruguay, en Brasil, en Chile, en Argentina. El último presidente de un solo partido que tuvimos fue Alfonsín. El radicalismo estará en condiciones de liderar Cambiemos tal vez para la elección de 2023, con gobernadores con experiencia y con gestión. 

     

    Usted dice que el radicalismo crece con Macri, pese a todo.

    –Tenemos un papel en el Congreso, las gobernaciones, las intendencias y las legislaturas que es extraordinariamente más relevante de lo que era hace tres años y menor a lo que será en el futuro. Visto desde esa perspectiva, el saldo es absolutamente positivo para el país y para el partido.

     

      


     

    “El liderazgo de Alfonsín fue una excepción en términos de la historia radical de los últimos 50 años. Salvo la figura de Cristina Kirchner, no parece haber liderazgos políticos tan consolidados en Argentina. El radicalismo necesita un liderazgo institucional que sea capaz de construir los espacios para procesar las diferencias. No esperaría al Mesías”.


     

    Sacrificio new age

     

    ¿El radicalismo asume una postura refractaria al populismo de turno?

    –Si el populismo es neoliberal, el radicalismo es progresista y viceversa. Yo creo en una democracia republicana con una economía mixta de base capitalista. Tuvimos gasto público récord con presión tributaria récord. Si me decís que está bien porque es popular que las tarifas estén atrasadas y haya un subsidio, yo cuestiono eso.

    ¿Les ofrecen a sus votantes de clase media una larga temporada de sacrificio, con el aliciente de que las instituciones funcionan?

    –No. Es así. La hipoteca que nos dejó el populismo, a pesar de disponer de una extraordinaria cantidad de recursos, agigantó los problemas de Argentina. En nuestra concepción, las instituciones explican buena parte del fracaso económico. Para otros, esto es una demostración pequeñoburguesa o es un vicio democratista.

     

    El Gobierno dice que la única alternativa era ajuste, devaluación, recesión y monitoreo del Fondo Monetario Internacional.

    –¿Alguien podía pensar que se podía seguir viviendo con un déficit fiscal del 7 o el 8 por ciento? El déficit se puede financiar con emisión, aumento de los impuestos, endeudamiento interno o endeudamiento externo. El tema es cómo hacemos para marchar a un reequilibrio de las cuentas fiscales y el sector externo que permita recuperar el crecimiento. Y si viene Kicillof, también va a tener que dar cuenta de eso.

     

    Dijo que la política new age desatendió los planteos de la UCR.  ¿Cuál es la diferencia central con el núcleo duro del PRO?

    –Todavía no está formulada la propuesta de Cambiemos. Para mí, es una coalición electoral como la actual pero una coalición de gobierno distinta, para buscar una mayoría política estable en el Congreso.

     

    ¿Implica un acuerdo con el peronismo?

    –En mi interpretación, sí.

     

     –¿Es una manera de reconstruir el bipartidismo?

    –Puede ser. Una bilateral donde no hay partidos sino coaliciones. Un sistema político de dos fuerzas coalicionales que le dé previsibilidad al funcionamiento político.

     

     –Mientras exista Cristina, parece difícil.

    –Eso teóricamente lo va a dilucidar la elección. Dependerá de cómo el peronismo procese su salida del gobierno, su conflicto interno, sus disputas y sus distintas maneras de ver las cosas.

     

     –Juan Carlos Torre sugiere que quizás al peronismo le llegó ahora su 2001.

    –Es posible que haya algo de eso. Si la pulsión populista amaina en Argentina, el peronismo probablemente se encamine a un formato de partido y menos movimientista. Sería deseable.

     

     –Un peronismo racional o prolijo.

    –Que tenga visiones distintas, que plantee desafíos nuevos y dé cuenta de los cambios que el mundo evidencia. Pero que abjure de esa idea de unanimidad, esa idea clerical de la política.

             

     

     La generación consumida

     

     –Moreau, Nosiglia, usted, Manzano, Grosso, De la Sota... ¿Qué quedó de esa generación de políticos que marcó el regreso de la democracia?

    –Hay una cuestión biológica también ¿no? Y de relevos generacionales que siempre son necesarios y bienvenidos.

     

     –¿Fue consumida por la crisis?

    –Es probable, sí, ¿por qué no? Hay momentos y hay demandas sociales que cambian y son distintas. Para un radical, no hay representación posible en una sociedad mayoritariamente frivolizada. Y si hay una sociedad que reivindica egoísmos y narcisismos y proyectos individuales y de salvadores providenciales, el radicalismo no será mayoría. Sus raíces culturales no conectan con esas demandas.

     

     –¿Por qué dijo que le da tristeza Moreau?

    –Me pone triste no compartir hoy la misma visión con una persona con la cual compartí muchos momentos difíciles, complejos y emocionantes.

     

     –Con Nosiglia, compartieron experiencias comunes, tienen una edad parecida y están en Cambiemos, pero tienen visiones antagónicas.

    –Hemos tenido coincidencias y desencuentros de miradas políticas, hacia el radicalismo y del radicalismo hacia otros actores. Es así el recorrido de una vida política en el radicalismo. Yo creo que Cambiemos es la opción política que la Argentina nos demanda hoy. No todos piensan lo mismo.

     

    Progresistas o posmodernos

     

    ¿El radicalismo se considera todavía parte del progresismo o ya no?

    –Si el progresismo se propone una democracia moderna e igualitaria, con libertad para desarrollar potencialidades, integrado al mundo, el radicalismo sin dudas es una expresión progresista. Puede que haya otras, pero esta es nuestra mirada. Formamos parte de una coalición donde no todos piensan lo mismo, hay visiones más tradicionales y más conservadoras.

     

     –Posmodernas también.

    –Ponele, lo cual no está mal.

     

    Esas visiones posmodernas dirían que el radicalismo es conservador.

    –Puede ser. Que el radicalismo es antiguo, dirían esas visiones posmodernas. No me perturba, si esa coalición tiene como objetivos fortalecimiento institucional, transformación productiva y progreso social.

     

    ¿Por qué?

    Mirá Chile y la Concertación. Hubo dos períodos de Democracia Cristiana antes de que llegara Lagos y Lagos fue ministro de Aylwin y de Frei. Y en la última experiencia con Bachelet coexistían la Democracia Cristiana y el Partido Comunista y nadie le pedía al otro que se hiciera creyente o ateo. En el Frente Amplio de Uruguay, también conviven marxistas declarados con cristianos asumidos y el Congreso votó la despenalización del aborto que fue vetada por Tabaré. En sociedades complejas y con muchos matices, las identidades no se dan como antes en función del lugar que tenía cada uno en el proceso de producción. Hoy pesan desde las preferencias sexuales hasta preocupaciones como la del cambio climático.

     

    La alianza UCR-Frepaso no sólo terminó mal sino que además se divorció. Una parte terminó en el kirchnerismo y la otra terminó aliada al macrismo. ¿Fue un malentendido?

    –No. Fue una coalición política que estuvo justificada históricamente por una situación dramática e inédita de la historia argentina, como fue la Convertibilidad, un grillete extremo. El problema de la frustración de la alianza no es ni su conformación ni el estilo de sus líderes, sino eso. 

     


    “El déficit se puede financiar con emisión, aumento de los impuestos, endeudamiento interno o endeudamiento externo. El tema es cómo hacemos para marchar a un reequilibrio de las cuentas fiscales y del sector externo que permita recuperar el crecimiento. Y si viene Kicillof, también va a tener que dar cuenta de eso”.


     

     –No planteó una alternativa.

    –No lo hizo porque no podía, porque las encuestas decían que había que mantener la Convertibilidad. Y el señor Kirchner no fue jefe de Gabinete de Rodríguez Saá porque no la mantuvo.

     

    Pero fue la alianza la que quedó prisionera de un esquema heredado.

    –Exacto, eso quiero decir. La frustración, el fracaso de la experiencia de la Alianza está explicada por la Convertibilidad.

     

     –Duhalde proponía la devaluación y perdió.

    –Sí, bueno.

     

     –Vuelve el nombre de Lavagna como candidato del peronismo. ¿Fue un error del radicalismo en 2007?

    –No. Fue una opción política frente a una circunstancia que, analizada en su momento, llevó a esa decisión.

     

     –¿Por qué hoy Lavagna no?

    –Porque no expresa la visión que hoy tenemos, de continuidad y de cambio dentro de Cambiemos, no de rechazo. 

  • “Como progresista, ahora me interesa más la eficacia política que la consistencia teórica”

     

     

     

    Entrevista a Marcelo Leiras 

     

    Sin ser kirchnerista, parece llamado a ser una de las voces más potentes entre los intelectuales que rechazan a Mauricio Macri y apoyan al Frente de Todos. Dice que el espacio opositor encontró en el “inspirado gesto político” de Cristina Kirchner y la candidatura de Alberto Fernández una chance para estar a la altura del desafío que plantea la crisis económica. Pero advierte que Cambiemos conserva mucha fortaleza porque expresa “con convicción y con disciplina la versión antipopular del antiperonismo”, una fuerza muy potente desde 1946 que el radicalismo dejó huérfana. Politólogo, Director del Departamento de Ciencias Sociales de la Universidad de San Andrés e investigador del Conicet, Marcelo Leiras advierte que el Gobierno actúa de manera irresponsable, demoniza al adversario político y pone en riesgo como nunca el consenso democrático alfonsinista. Siempre progresista, dice que el progresismo tiene que cambiar.

     

    Diego Genoud | Periodista 

    ¿Qué es el Grupo Fragata?

    –Es un grupo de mujeres y hombres, profesores universitarios o gente de la cultura definido ampliamente que, después del resultado electoral de 2017, nos reunimos como un grupo de opositores a Macri, que nos definimos como no antiperonistas. La mayoría con militancia peronista, un grupo con experiencia como funcionarios en el segundo gobierno de Cristina, pero básicamente lo que teníamos en común era la oposición a Macri. Motivó esa oposición, yo creo, la deriva hacia la derecha que tuvo el Gobierno a partir de la muerte de Santiago Maldonado y el modo en que la ministra de Seguridad, el Gobierno y sus partidarios reaccionaron frente a la muerte de ese chico.

     

    Los juntó Macri.

    –Sí, absolutamente. Nos juntó el giro hacia la derecha, mucho antes de que Cambiemos mostrara su impericia en la gestión económica.

     

    ¿En qué se distingue la coalición del Frente de Todos del kirchnerismo reciclado?

    –Creo que no es kirchnerismo reciclado y que se distingue por el reconocimiento de que los problemas que enfrentamos son profundos y graves. La gestión de Cambiemos generó problemas que no existían antes, van a ser muy difíciles de resolver y hace falta reunir a una fuerza social y política que excede largamente al kirchnerismo, pero que no puede excluir al kirchnerismo. Hay una pregunta que no se formula en el debate público: ¿por qué hay tanta gente que siente tanto afecto por Cristina Kirchner?

     

    ¿Por qué?

    –¿Son locos? ¿El clientelismo kirchnerista fue fuerte? Cualquiera de esas respuestas sería una tontería. Hay mucha gente que siente genuino afecto, que tiene memoria de una experiencia que fue valiosa. Yo me pregunto: ¿podemos encontrar una fórmula política para resolver los problemas que existen, que excluya a esa gente? ¿Esa fuerza afectiva y ese apoyo político pueden estar ausentes en un gobierno popular? Creo que no y por eso creo que el frente político está bien constituido, incluyendo al kirchnerismo pero incorporando otra que nunca estuvo cerca del kirchnerismo, como yo. Es gente que encuentra una chance de armar algo que funcione. Va a ser muy difícil porque es un frente tan plural que incluye gente que quiere cosas muy distintas.

     

    ¿Qué lugar puede tener esa fuerza emotiva en un nuevo gobierno que llega en un contexto de ajuste y relaciones casi de cautiverio con el Fondo? ¿Puede seguir representando lo mismo, tiene que transformarse en otra cosa o debe resignarse a que conduzcan otros?

    –Es muy interesante. Yo creo que no debe resignarse pero que tiene que cambiar y que ha cambiado. Tiene que recuperar una vocación mayoritaria, de compartir el apoyo a un gobierno con gente que puede pensar distinto y tener un compromiso ideológico menos intenso. Tratar de entender las motivaciones de una persona preocupada por no poder comprar dólares o por la inseguridad ciudadana que no apoya la represión violenta. Ese es el cambio importante. Pero también es importante que no se resigne porque el riesgo de un gobierno progresista es sobreactuar la moderación. Es lo que le pasó a Dilma en Brasil, que empezó su gobierno con gestos ortodoxos que tenían como propósito calmar a sectores opositores y esos sectores estaban dispuestos a hacerla caer, es lo que hicieron. No digo que eso va a ocurrir en Argentina, confío en que las fuerzas democráticas -aun las de derecha- tienen un compromiso con la estabilidad democrática más fuerte. No somos Brasil, afortunadamente.

     

    ¿Qué se puede valorar, desde el progresismo, de un proyecto político que va hacia el centro?

    –Que va a ser un gobierno amplio, que va a ejercer la autoridad del Estado ocasionalmente y no considerando que el Estado es un problema. Que reconoce que de las capacidades del Estado va a surgir la energía para una sociedad más igualitaria. El programa progresista no puede prescindir de la autoridad del Estado, no hay ninguna otra herramienta para proteger a los más débiles. Ahora, necesita recuperar su salud fiscal. Un Estado que necesita pedir plata prestada todo el tiempo es un Estado débil, que no puede hacer nada por nadie.

     

    Dijo que Cristina venía repitiendo una lógica política desde 2011. ¿Cómo describiría el cambio en su liderazgo ahora, con la designación de Fernández?

    –Vi durante su segundo gobierno a una Cristina que no quería hablar con Moyano, ni con Massa ni con Alberto Fernández. Era una Cristina que en general hablaba muy poco con dirigentes políticos y sociales, excepto con los funcionarios más cercanos de su gabinete. Observo a una persona que conversó mucho con muchos de ellos antes de constituir esta fórmula y que encontró una salida muy inteligente: entregarle el poder a un candidato, estando ella presente. Hizo lo mejor que podía hacer para que Macri no sea reelecto. El éxito de esa movida debe leerse en el reagrupamiento de la enorme mayoría de los dirigentes peronistas y de mucha dirigencia social, sindicatos, trabajadores desocupados. Ese reagrupamiento indica que de algo sirvió. Algo entendió Cristina. Presumo que la derrota de 2017 le debe haber dolido mucho. Me parece que hizo un movimiento muy inspirado. Cuando un gesto político genera tanto alrededor, hay un dirigente que está haciendo bien la tarea representativa.

     

    ¿Se puede transferir el liderazgo con ese movimiento?

    –No, el liderazgo no se puede transferir, se elabora, se conquista. Alberto tiene vocación de ejercer la presidencia, va a construir su liderazgo con su estilo, sus argumentos, sus aliados. La gran incógnita es si Cristina, retirándose a la vicepresidencia, se está retirando de la disputa por el poder. Una hipótesis es que sí, que crea que su legado lo tiene que defender otra gente, la segunda generación, La Cámpora. Y otra respuesta es que no, que se queda en el banco de suplentes, por las dudas haga falta intervenir en algún momento de modo más decidido. No tenemos una respuesta ahora.

     

    –Tampoco hay antecedentes, ¿no?

    –Va a depender de cómo funcionen las cosas.

     

    ¿Cuál es la fortaleza que le queda a Cambiemos?

    –Le queda mucha. Con los errores que han cometido que tengan la chance de llegar competitivos a la elección, indica muchas virtudes políticas, de interpretación, más que electorales. Representan vocacionalmente, y con mucha disciplina, el voto antiperonista. La versión antipopular del antiperonismo. Aunque hay antiperonistas de clase media, más liberales o más progresistas, que se pueden identificar con Cambiemos, yo creo que el liderazgo de Macri representa el antiperonismo antipopular. Me parece que hoy no solo es insuficiente como fórmula de gobierno sino también como fórmula electoral. Pero es una inversión a mediano plazo, porque el antiperonismo es una fuerza electoral muy potente en Argentina desde 1946. El radicalismo lo expresaba de un modo muy eficiente hasta 1993, Alfonsín rifó eso con el Pacto de Olivos y desde entonces ese electorado estuvo “yirando” para encontrar algo que lo representara. La representación más fiel, más clara y más disciplinada es este gobierno. Veo que hay sobrevida para Cambiemos, no sé si para Macri, pero sí para esa posición.

     

    ¿Alfonsín rifó eso o apostó a otro tipo de sistema político?

    –No. Creo que Alfonsín en el ‘93 apostó a volver a la escena él y el modo fue ese pacto. Algo de esa ingeniería electoral aspiraba a generar espacio para el radicalismo con atajos institucionales como el tercer senador en cada provincia. Se esperaba bloquear el ascenso de terceras fuerzas y se hizo a costa de una decepción muy grande para una proporción alta de votantes que, desde entonces, abandonaron el radicalismo y nunca volvieron a acompañarlo. El radicalismo volvió al gobierno con la ayuda del Frepaso en el ‘99 y, como traicionó también esa coalición, cayó y no volvió a recuperarse. Hoy es una fuerza que carece de relevancia nacional y ese declive empezó en 1993 cuando abandonó la función de representación del electorado no peronista.

     

    En ese momento aparecía como una variante progresista frente al peronismo de Menem.

    –Por supuesto, frente al peronismo de centroderecha, pero sobre todo era una variante no peronista. La inteligibilidad me parece un recurso político valiosísimo. Cuando algo no se entiende políticamente, estás complicado. El Pacto de Olivos no se entendió, era una jugada muy fina, solo para los interesados en la política. Para mí, es la ciénaga del radicalismo.

     

    Me sorprende porque siempre se piensa en el ‘89 y, sobre todo, en el 2001 como el origen de la crisis del radicalismo y se suele culpar a De la Rúa.

    –La última candidatura radical fue la de Massaccesi-Hernández en 1995, que salió tercera. Nunca más hubo una fórmula radical y ahora terminamos sin un radical en la fórmula. Con Lavagna, con De Narváez, el radicalismo ha probado a la marchanta formas de influir en las presidenciales y no hay forma porque ha dejado vacante ese lugar. Cambiemos va muy decidido a ocupar ese lugar, con los radicales como aliados.

     

    ¿Qué podría haber sido Cambiemos? ¿Podría haber sido otra cosa o siempre quiso ser esto?

    –PRO y Cambiemos son fuerzas de centroderecha, han sido plurales desde el punto de vista de la composición y la estrategia de gobierno en la Ciudad fue y sigue siendo otra cosa. El Gobierno traduce las convicciones personales del Presidente. Lo dijo claro Kirchner con su discurso de asunción: “No voy a dejar mis convicciones en la puerta de la Casa Rosada”. Macri tampoco. Peña es un funcionario fiel, con un poder completamente delegado, que traduce la convicción del Presidente y representa esa visión que ellos llaman purista. Macri cree ser parte de una renovación de la política argentina y creo también que hay un proyecto de clase ahí.

     

    ¿Por qué lo decís?

    –Recuerdo que, cuando la crisis de 2001 todavía no se había desatado, aparecieron hombres de negocios que se mostraban sensibles. Grobocopatel, De Narváez y Macri eran parte de ese grupo. Inclusive la Fundación Creer y Crecer incluía a De Narváez y a Macri. Mi interpretación es que ahí una parte de la élite social argentina elaboró la convicción de que la clase política estaba a punto caramelo para ser reemplazada. Había que correr a gente que no sabía lo que hacía y ellos lo podían hacer mejor. Ese es el proyecto de largo plazo de Macri y me parece que es su vocación histórica.

     

    ¿Está herido de muerte ese proyecto?

    –Absolutamente, es una idea que no tiene destino. No se puede reemplazar a una clase política fuerte como la argentina, por suerte. Conoce el Estado, los resortes del manejo de la cosa pública, del vínculo con la Policía, con la Justicia, con los medios, con la gestión parlamentaria. Todo eso que el Presidente llama despectivamente “la rosca”. Le gustaría una política de otro tipo, que él entiende es éticamente superior. Tiene un firme proyecto ideológico, inclusive diría como evangelizador, la idea de transmitir una nueva verdad. Lo expresa muy bien con vocabulario cristiano Peña cuando dice que esta es una disputa por el alma de la Argentina. Eso está fracasado, aun cuando Macri sea reelegido. Es el fracaso del Presidente que eligió no tener ministro de Economía y eligió equivocarse él. El desastre económico que ha generado corresponde a Macri, que quería todo el rédito político si salía bien y ahora tiene que pagar todas las facturas, porque salió mal.

     

    ¿Cuál es la racionalidad política de esas élites, de los que apostaron y apuestan a Cambiemos?

    –Es una parte de la élite, no es toda. Expresa los prejuicios que en realidad todas las élites económicas tienen en todo el mundo. La idea de que la gestión de los políticos es o miope o deshonesta, que el Estado es un obstáculo frente a sus capacidades productivas, que creen que su posición social es atribuible a su virtud gerencial, aun cuando sean herederos, como es el caso del Presidente.

     

     

    Rodrigo Zarazaga me dijo en 2017 que los Ceos habían aprendido de la crisis de 2001.

    –No creo. En 2001 todos experimentamos el riesgo de disolución nacional, la sensación de desorden, de caos y también la piedad o la pena por el padecimiento de mucha gente. A todos nos conmovió y probablemente postergó por un tiempo el conflicto distributivo. Pero no veo en la élite social un compromiso social más marcado que antes.

     

    O una conciencia de que, si hay un desborde, termina peligrando su propia posición.

    –No, no me parece.

     

    Hay un componente un tanto suicida.

    –Sí, bueno, pero sería exigirles mucho. El conflicto distributivo es sesgado y autocentrado de parte de todos los sectores sociales. Lo que sí creo es que este proyecto de clase influyó mucho en la gestión presidencial de Cambiemos. Ahí se vuelve problemático, cuando un proyecto político está tan influido por las perspectivas sesgadas de un segmento de una clase social.

     

    ¿Podría haber sido Cambiemos ese centro popular, ese conservadurismo popular del que hablaron Pablo Gerchunoff y Juan Carlos Torre?

    –Con otro presidente, sí. Con un presidente que no tuviera instintos tan de derecha como Macri, sí, claro. Si Rodríguez Larreta hubiera sido el primer presidente de centroderecha, probablemente hubiera sido un centro popular. Si hubiera sido Vidal, quizá. Macri es un dirigente muy de derecha y es una tontería negarlo. Cada cosa que dice es muy de derecha. ¿Representa eso todo Cambiemos? No, pero el presidente es él.

     

    También su propia historia, hijo de un grupo económico beneficiado en determinados ciclos históricos.

    –Desde ya, todo lo que dice va para ese lado. Insisto, el PRO es otra cosa, Cambiemos podría haber sido otra cosa. Pero el Presidente pesa mucho.

     

    ¿Qué crees que esperaban tus amigos de Cambiemos cuando estaba virgen como proyecto político?

    –Esperaban una gestión económica más competente que la del Frente para la Victoria y fue menos competente creo yo. Esperaban también algo de sensibilidad social. Y eso lo expresaba bien Pablo Gerchunoff con su apoyo a lo que se llamaba durante un tiempo –mal, creo yo- gradualismo. Se percibía una sensibilidad a la dificultad de implementar un ajuste fuerte rápido. Pero creo que no hubo gradualismo. Hay muchas cosas que no fueron graduales. La salida del cepo, el ajuste de tarifas, el fin de las retenciones, el aumento de inversión en infraestructura para tapar con obras todos los caminos para que el peronismo volviera al poder en la provincia de Buenos Aires, que generó un agujero fiscal muy difícil de tapar. Nada de eso fue gradual.

     


    “El programa progresista no puede prescindir de la autoridad del Estado, no hay ninguna otra herramienta para proteger a los más débiles. Ahora, necesita recuperar su salud fiscal. Un Estado que necesita pedir plata prestada todo el tiempo es un Estado débil que no puede hacer nada por nadie”.


      

    ¿Cómo se altera, si se altera, el proyecto antiperonista de Macri con Pichetto en la fórmula?

    –Al principio, pensé que era un intento sincero de incorporar al peronismo de derecha que quedaba fuera del Frente de Todos y que comprometía las credenciales no peronistas de Cambiemos. Sobreestimé ese gesto. Es Pichetto y nada más. El Gobierno está sin rumbo desde septiembre de 2018, muy desarmado internamente. Saca un globo de ensayo distinto cada 10 días y ninguno dura más que unos minutos.

     

    Escribiste sobre el divorcio de la familia progresista entre populistas y liberales.  ¿Cómo se reordenan esas dos almas con Cambiemos en el poder?

    –Que el Gobierno haya adoptado una posición liberal conservadora tan fuerte y un compromiso represivo tan agresivo, nos facilitó las cosas a muchos progresistas para agruparnos en la oposición. Sin embargo, todavía hay progresistas afuera del Frente de Todos, probablemente porque descreen de su compromiso plural. Hace falta un examen del progresismo también. Escribí medio en broma que los progresistas queremos la chancha y los 20 y el durazno sin pelusa. Me parece que hay que priorizar, sosteniendo la tensión de estas dos almas, pero comprometiéndose con el ejercicio del poder.

     

    ¿Eso no es hacerse peronista?

    –Bueno, posiblemente. El problema del peronismo es su corazón conservador y sus raíces conservadoras también. Siempre les cuento a mis alumnos que mi abuelo materno era sindicalista peronista y mi abuelo paterno, que había sido dirigente político conservador, luego se hizo peronista para ganarles a los radicales en el conurbano bonaerense. El peronismo es eso. Con ese corazón conservador, los progresistas convivimos peor. En la medida en que el peronismo pueda comprometerse más con su corazón popular sin ceder a sus raíces conservadoras, vamos a estar más cómodos. Lo que me parece interesante es que el progresismo sea una alternativa política, no doctrinaria. Como decía un ensayo del filósofo norteamericano John Rawls, en otro contexto: política no metafísica. Me interesa más ahora la eficacia política de las posiciones que puedo tomar que la consistencia teórica y las justificaciones que puedo hacer para esas opciones.

     

    ¿Qué diría de la sociedad argentina la reelección de Macri en este contexto?

    –Que es una sociedad como la que busca el Gobierno en su campaña electoral. Una sociedad enojada, resentida, dispuesta a ejercer crueldad. Lo que nos separa de la selva es que cedemos al Estado la posibilidad de ejercer violencia y nos sometemos a la ley. Quien renuncia a eso, está jugando con fuego. Es muy irresponsable la campaña del oficialismo y trabaja sobre las peores pasiones. Un gobierno está para hacernos mejores, no para reflejar como un espejo nuestra peor versión. Si hay una ministra de Seguridad que dice que está bien que un policía corra a un chico de 18 años y lo mate por la espalda, las personas que están dispuestas a ejercer violencia, se sienten liberadas. Y eso nos hace vivir a todos mucho peor. Es lo que más preocupa de este gobierno.

     

    ¿Por qué dice que está en peligro el consenso alfonsinista?

    –En Argentina, después de la Dictadura, se dio una inclinación anti-violenta muy fuerte. Muchos partidarios y funcionarios del Gobierno respaldan el ejercicio de la violencia desde el Estado, inclusive en conflicto con la ley, de un modo irresponsable. Chocobar y el prefecto que mató a Rafael Nahuel están procesados y ambos fueron defendidos en público muy vehementemente por Bullrich. El segundo punto donde se deteriora ese consenso es la demonización del adversario político. El Gobierno ha avalado el uso teatral e irresponsable de la fuerza pública por parte del poder judicial. Creo que está justificado el procesamiento de Boudou, no se justifica sacarle fotos en pijama. Eso tiene como único propósito demonizar al adversario en busca de una ventaja electoral.

     

    Está pasando también en otros países de la región.

    –En Brasil, el juez ejemplo de los jueces argentinos, hoy ministro de Bolsonaro, llevó adelante un proceso sesgado, e ilegal diría yo, contra un expresidente. En todas las constituciones latinoamericanas hay fueros para evitar usar la ley como herramienta de combate político. El Gobierno está pegando en un partido sin árbitro: eso termina mal. Lo probamos muchas veces. Lo más difícil en América Latina no fue la participación electoral, fue la competencia política. América Latina tuvo participación electoral amplia desde el siglo XIX pero lo que era muy difícil era aceptar que haya oposición. Nos costó 70 años en Argentina después de la Ley Sáenz Peña conseguir que haya oposición y lo conseguimos en 1983. El Gobierno está jugando con eso. Es gravísimo.

  • “Dado el nivel de la crisis, hay que celebrar el bajísimo nivel de conflictividad”

    PH: Juan Casas


    Dice que Mauricio Macri ganó dos elecciones con una alianza social similar a la que logró Carlos Menem en los años 90, asegura que el Gobierno no conoce ni entiende las demandas de la clase media y advierte que puede perder esos votos en las presidenciales de 2019. Alejandro Katz está entre los intelectuales que recibieron un baño de desilusión durante los tres años de Cambiemos en el poder. No ahorra críticas al capitalismo prebendario ni busca excusas para defender al oficialismo pero sigue apostando por la única variante conocida para enfrentar a las distintas versiones del peronismo en el año electoral. Ensayista, traductor, editor y miembro del Club Político, Katz sostiene que la meritocracia se basa en anécdotas personales que no pueden proyectarse al resto de la sociedad, sugiere que la carencia de roce social del gabinete tiene consecuencias políticas y afirma que el Gobierno ataca al pasado porque no sabe muy bien cómo producir un futuro mejor. Además asegura: “Dado el nivel de la crisis, hay que celebrar el bajísimo nivel de conflictividad”. 

     

     Diego Genoud | Periodista

     

    –Después de las elecciones de 2017, escribió sobre el desafío que representaba para Cambiemos interpretar el resultado. ¿Lo hizo bien el Gobierno?

    Ex post, es evidente que siempre la política interpreta mal a la realidad. Después de la crisis cambiaria, es fácil decir que el Gobierno se equivocó pero buena parte de los problemas tiene que ver con no haber escuchado, en distintos momentos, distintas voces y advertencias cooperativas. Abrir la cuenta de capitales de un modo imprudente con finanzas públicas muy frágiles y exponerse sin ninguna necesidad a la presión de los especuladores financieros. Que no se podía devaluar y subir tarifas sin que todo eso se fuera a la inflación y golpeara en los hogares. Decisiones muy mal tomadas por ceguera ideológica y por encierro. 

    –¿Qué cambia con la corrida de 2018?

    –Hasta ese momento, se mantenía la ilusión de que el Gobierno tenía las herramientas para conducir la economía. Un sector de la sociedad estaba dispuesto a pagar todos los costos a cambio de alejarse del pasado. La corrida cambiaria modifica la ecuación. Es mucho más difícil renovar una ilusión cuando, en tres años de gestión, el Gobierno ha mostrado muy poca capacidad de conducir adecuadamente la economía. No pensó que el kirchnerismo utilizaba herramientas de política económica que son genuinas y pueden ser necesarias. Pensó que el control del mercado de cambios era parte de la psicosis de Kicillof y no una decisión que los gobiernos chilenos tomaron en todos los momentos en que fue necesario.

    –¿El Gobierno incineró el activo del futuro y lo perdió como promesa viable?

    –El Gobierno se apalancó en el pasado para producir una idea de futuro. Pero en tres años no consiguió que ese futuro fuera creíble. Todo indica que no sabe muy bien cómo producir un futuro de mejor calidad. Por lo tanto tiene que volver a recordarnos que lo que había era peor.

     

    De Menem a Cambiemos 

    –Pese a todo, el Gobierno sigue teniendo un piso envidiable.

    –Hay un porcentaje que se construye en el rechazo al kirchnerismo y quizás, más generalmente, al peronismo. Siempre hubo en Argentina un sentimiento antiperonista intenso, que no siempre encontró una expresión donde afirmarse. Pero no es sólo antikirchnerismo, hay otras razones.

     –¿Cuáles serían? 

    –Cambiemos marcó un espacio político claro, una gobernabilidad orientada al mercado, con niveles de apertura mayor y reinstauró una cierta idea de pluralidad que el kirchnerismo estaba estrechando. Eso le sigue pareciendo muy valioso a mucha gente. En muchos casos, es gente que no padece estrecheces pero en otros hay una clase media que sufre dificultades por la recesión, que ha perdido ingresos con la devaluación pero que prefiere esto y está dispuesta a sostenerlo.

    –Esa es la fortaleza de Cambiemos.

    –Cambiemos ganó dos elecciones con una alianza similar a la que logró Menem desde el peronismo, entre las élites y los sectores populares. Quizás no son las mismas élites ni los mismos sectores populares, pero Cambiemos ganó con mucho voto de sectores subalternos y ha mostrado interés en hacer una política orientada a la contención social. Es lo mismo que ha hecho el peronismo, al menos desde el regreso de la democracia. Es una formación tradicional del conservadurismo popular en Argentina.

    –¿Qué pasa con la clase media?

    –El Gobierno no tiene una política para los sectores medios, no los conoce ni le importa conocerlos. Cree que los sectores medios son generadores de conflicto y de costos que demandan cosas muy caras, como un dólar barato para veranear en el exterior. Son los sectores que extienden más fácilmente su disconformidad, que crean los climas de opinión favorables o contrarios. Si Cambiemos tuvo votos de la clase media, los tuvo por el hartazgo que generaba Cristina. Pero son los votos más volátiles.

    –¿Y a dónde pueden ir esos votos?

    –Muchos pueden estar volviendo al cristinismo, muchos pueden volar a un candidato del peronismo federal que no estamos viendo, que sepa interpelarlos, como puede ser Lavagna. No sabemos cómo generar una política de clases medias, una política de distribución equitativa de la renta, la riqueza y el poder. Implica no política asistencial y política de acumulación del capital, sino políticas de desarrollo y de bienes comunes. Por eso en los últimos 40 años hemos tenido más concentración de riqueza del capital productivo y más pobreza y marginalidad. La clase media es molesta, es incómoda.

    –¿El radicalismo dejó de expresarla para siempre?

    –El radicalismo ha perdido el rumbo desde el fin del gobierno de Alfonsín y no ha tenido capacidad de repensarse. El PRO, guste o no, ha podido interpelar a la sociedad, si se quiere, despolitizándola. Pero eso es político. Ha podido captar un estado de la opinión, ciertas demandas colectivas, ciertas voluntades de transformación difusas, y ha sabido construir un discurso en relación con esas percepciones. El radicalismo no tiene un discurso, repite consignas antiguas y no se lo ve interpelando audiencias.

     

     Macrismo, meritocracia y capitalismo 

    –Remarca que la movilidad social está muerta y el aprendizaje y el esfuerzo no alcanzan ya. ¿Qué tipo de horizonte común imagina?

    –Hoy los trayectos vitales dependen fundamentalmente de la cuna, no del esfuerzo ni del aprendizaje. La evidencia anecdótica no construye nada. La movilidad social no es el caso de alguien exitoso, es la capacidad real de una sociedad de construir un futuro mejor, de una sociedad a otra. En Argentina es doblemente grave porque ocurría antes y ya no ocurre pero es un problema que existe en todas las sociedades occidentales. Eso no nos exime de buscar soluciones, si creemos que la movilidad social es un valor compartido. El primer elemento para que el destino no dependa de la cuna es la construcción de bienes públicos de calidad. Ahora, no veo que este Gobierno tenga una voluntad en esa materia, como no lo veía antes.

     

    “El Gobierno se apalancó en el pasado para producir una idea de futuro. Pero en tres años no consiguió que ese futuro fuera creíble y todo indica que no sabe muy bien cómo producirlo. Por eso vuelve a recordarnos que lo que había era peor”.

     

    –¿No lo ven como una necesidad?

    –No advierten que no son productos de una sociedad meritocrática. En la medida en que se imaginan como productos de sí mismos, piensan que todos tienen la oportunidad de producirse de ese modo. Ahí hay un problema. En segundo lugar, ellos imaginan que la primera instancia de mejoramiento de la sociedad es el mercado y el mercado no va a producir ni bienes públicos de calidad ni condiciones para que los ciudadanos puedan desarrollar planes de vida autónomos. Cada vez que se apuesta al mercado lo que se hace es postergar la creación de oportunidades para quienes la necesitan hoy.

    –Parece difícil que el Gobierno cambie esa percepción.

    –Hay problemas ideológicos, de imaginación; problemas de experiencias de vida, de grupo de pertenencia. No creo que sean gratuitas las trayectorias en escuelas privadas, la falta de experiencia del uso del transporte colectivo, la falta de experiencia de la dificultad financiera doméstica. Es muy difícil que todas esas carencias de experiencia no impacten sobre la visión del mundo, que orienta las decisiones de la política.

    –Usted critica mucho al capitalismo rentístico y prebendario. ¿Cree que Macri puede combatirlo?

    –Yo ahí pondría una buena carta a favor de Macri. Quiso contribuir a que el capitalismo argentino sea más competitivo y menos rentístico, más abierto, más innovador, más schumpeteriano si se quiere. Quizás quiere todavía aunque no sé si tiene las condiciones para lograrlo.

    –¿Por qué?

    –No hay capacidad de vincular la dinámica del capitalismo a la que Macri aspira con la existencia de privilegios que no son identificados como tales. La promoción industrial en Tierra del Fuego le ha costado al país 3000 millones de dólares por año. 30.000 millones de dólares en 10 años destinados a cinco empresas y 10.000 personas. En mi idea de capitalismo competitivo, es uno de los primeros temas a desarticular. ¿Por qué no ha ocurrido? ¿Porque el amigo Caputo es uno de los empresarios de la isla? Puede ser. ¿Porque los tres senadores de la isla son esenciales para las leyes del Gobierno? No sé. Pero un capitalismo competitivo elimina los privilegios y en lo que va del Gobierno no ha habido preocupación por ese tema. Otro ejemplo: la telefonía celular que todavía no está regulada como servicio público, lo cual supone permanentes abusos de las compañías sobre los consumidores sin un Estado regulador.

    –Salta a la vista también la megafusión Cablevisión-Telecom, que el Gobierno además defiende.

    –Ese es otro ejemplo. Estoy dispuesto a ser un ciudadano capitalista pero quiero serlo en un entorno en el que todos lo sean. Doy otro caso: la ley de promoción del software, que es una ley bien diseñada para estimular una industria naciente con alto potencial de exportaciones que genera trabajo de calidad y no exige insumos importantes para crear valor. Ahora una empresa que cotiza en la Bolsa de Nueva York y vale 1000 millones de dólares no puede estar bajo ese régimen.

     

    Cristina sobre el peronismo 

    –¿Por qué no nació, tres años después, el peronismo postkirchnerista?

    –Porque no tienen una sola idea que la sociedad haya considerado valiosa como para querer adoptarla. Entre Urtubey y su educación católica en las escuelas y De Mendiguren y su idea de una industria bebé que siempre tiene que ser protegida, no encuentro nada que pueda apasionarla. Es un peronismo moderno es cierto, pero es la modernidad del siglo XIX.

     

    “Hay funcionarios que se creen producto de una sociedad meritocrática. Las trayectorias en escuelas privadas, la falta de experiencia del uso del transporte colectivo, la falta de experiencia de la dificultad financiera doméstica, todas esas carencias, impactan sobre la visión del mundo que orienta las decisiones de la política”.

     

    –¿Por qué sigue vigente Cristina como principal referencia opositora?

    –No lo sé. Creo que la base de la adhesión a Cristina está en los sectores populares, donde la política del kirchnerismo fue muy pregnante. Pensemos que se trata de personas a las que la crisis de 2001 sumió en la miseria absoluta sin horizonte de ningún tipo. Para ellos, el kirchnerismo tuvo un discurso de reconocimiento importante que permitió ciertos umbrales de dignidad, de un mínimo precario bienestar material. El kirchnerismo nunca se preocupó porque dejaran esa situación con políticas públicas, como la de la escrituración de tierras, que este Gobierno está instrumentando ahora y hubiera empoderado mucho más que cualquier discurso. Pero el kirchnerismo mantiene un vínculo de lealtad por razones muy comprensibles. El Gobierno actual prometió una prosperidad que no llegó. Para el asalariado, una inflación del 48 por ciento es terrible y el futuro es una fuente de incertidumbre y de amenazas permanentes. Hay gente que no hace un voto ideológico y le quita el apoyo al Gobierno; es comprensible.

    –¿Cómo se explica la paciencia social ante un cuadro complejo y sin perspectivas de mejora en el corto plazo?

    –Dado el nivel de la crisis, hay que celebrar el bajísimo nivel de conflictividad. Con 45 por ciento de inflación, 10 por ciento de desempleo, caída del 15 o el 20 por ciento del salario real, la conflictividad social es muy baja. ¿Por qué? Hay organizaciones que se convierten en interlocutores del Gobierno, negocian y ejercen una representatividad que organiza la demanda. Y eso es una suerte, porque son sectores que quedan menos desguarnecidos y porque afectan menos la gobernabilidad. Entre los sectores medios bajos y medios, pesa la memoria del 2001 y la muy extendida convicción de que es mejor que las cosas no estallen. Esto es una crisis económica, pero no es crisis de la institucionalidad, no es una ruptura de los contratos. Eso no ha ocurrido y creo que nadie quiere que ocurra, salvo algunos que desean que todo eso hunda.

  • “Dentro del movimiento sindical, está la puja de dos países”

     

    En el centro o en el margen, Juan Carlos Schmid es un sindicalista atípico. El exmiembro del triunvirato de la CGT rescata, pese a sus divisiones, el papel de la central frente al proyecto de Mauricio Macri, pero afirma que su objetivo principal no era la reforma laboral sino la reforma previsional. El secretario general del Sindicato de Dragado y Balizamiento afirma que el mito de la unidad frente a un gobierno no peronista “se cayó a pedazos”, sigue reclamando una discusión de fondo entre los gremios y dice que el rol del sindicalismo no pasa por acompañar a un presidente, ni siquiera cuando es peronista. Aliado histórico de Hugo Moyano, de buena relación con la Iglesia y con los movimientos sociales, Schmid representa a un sector privilegiado, ligado al comercio exterior: con empresas que cobran en dólares, pagan buenos salarios y no generan despidos. Pero dice que las diferencias abismales que coexisten en el mundo del trabajo impiden unificar una postura a la hora de discutir una medida o iniciar un plan de lucha. “Eso nos quiebra la solidaridad, lo tenemos que asumir”, dice.

  • “Estamos llenos de contenidos globales pero no tenemos contenidos cercanos”

    El colombiano Omar Rincón no es sólo periodista, es también académico y ensayista en temas de cultura, medios y comunicación política. Su mirada aguda y cínica es siempre bienvenida para ayudarnos a desplegar una visión crítica de la enmarañada realidad que nos atrapa diariamente.

     

     Por Cecilia Ghiglione | Periodista 

     

    —¿Cómo ves hoy los medios públicos? 

    —Los medios públicos están en un mal momento en América Latina porque se siguen utilizando como propaganda política o simplemente como algo por cumplir. En Argentina pasaron de ser un proyecto político de gobierno a ser simplemente un estorbo, los deben tener ahí para mostrar que no son tan autoritarios.  En Colombia los medios públicos se salvaron de una ley que quería acabarlos a partir de la desfinanciación.  Digamos que, dicho de una forma un poco sarcástica, son como un mueble que tienen todos los gobiernos y no saben bien qué hacer. Y es una lástima porque realmente podrían servir muchísimo, sobre todo cuando el mundo se volvió cada vez más privado. Ante el predominio de las redes sociales, de las plataformas digitales, de la TV privada más interesada en los negocios; los medios públicos son como el último baluarte que nos queda con relación a otro tipo de contenidos y de estéticas. Pero en este momento ningún gobierno de América  Latina los está contemplando como algo que sirva. Hay una tendencia en la región a decir que lo público no sirve y otra vez escuchamos que lo privado es más eficiente.  En Argentina, donde actuó más rápido el actual gobierno fue en la Ley de medios y ahí hay un mensaje clarísimo de que no les interesa lo público, no les interesan los derechos del ciudadano sino el negocio para unos pocos. El caso argentino es extremo pero de alguna manera las empresas de telecomunicaciones están haciendo mucha fuerza para quedarse con todo el negocio del entretenimiento, que es el negocio del futuro, de los bienes simbólicos. Lo increíble del caso argentino es que nada es para la ciudadanía. La televisión pública que tenían, la están destruyedo. COLSECOR  mismo es un modelo de negocio que no existe en ninguna otra parte, también hacen lo posible para cercarlo.  A mí me impresiona el cinismo y la arrogancia con que están destruyendo todo, hay una gran carga de odio. Es muy complicado construir sociedad así porque además lo que hace este modelo es poner a los argentinos a pelearse entre sí en lugar de enfrentar al poder. El problema argentino es su mayor éxito: la clase media que se volvió fascista y no quiere que nadie tenga sus privilegios que fueron construidos por la educación pública que ahora quieren destruir. Pero también Argentina es la solidaridad de la gente. El otro día participé en Salta de un encuentro por los trabajadores despedidos de Agricultura Familiar y fue maravilloso, la gente se juntaba. Hay que cuidar eso porque es lo que están tratando de romper. Están promoviendo el capitalismo del yo para romper la vida colectiva.  

     

    —¿Y qué está sucediendo con la TV tradicional, más allá de si es privada o pública? 

    —El concepto de la televisión clásica ha muerto, no se puede seguir pensando en la televisión como un aparato que da entretenimiento o relajación sino que hoy hablaríamos de entretenimiento audiovisual expandido, lo que significa que la categoría es entretenimiento y no televisión, donde el ciudadano se convierte en el programador de su entretenimiento.  En ese panorama de pantallas múltiples o expandidas hay tres características básicas. Una, es que cada pantalla narra distinto, tiene una estética diferente y emociones distintas; y ese es el error más común que cometen muchos operadores que hacen el mismo contenido para todas las pantallas. En segundo término, cada una implica una posibilidad de interacción diversa: hay momentos del día en que quiero ser descerebrado, otros en los que quiero ver televisión clásica y popular, y otros donde quiero videojuegos. Esto también implica modelos de negocios diferentes. Si pensamos que el televidente es el programador, la televisión que triunfaría es aquella de plataformas donde tengo todo disponible y yo mismo decido el menú. Pero también la televisión abierta clásica va a seguir existiendo para la información local porque eso no lo hace nadie. La que está en entredicho es la TV por cable que es jurásica porque de nada sirve tener tantos canales cuando ya podemos escoger los que queremos. Creo que en ese escenario surgen tres tendencias de contenidos y de creatividad. Una, es que estamos llenos de contenidos globales, pero no tenemos contenidos cercanos. Entonces, la regla de oro es: si quiero llegar a mi gente, tengo que hacer televisión para mi gente porque para la otra ya hay de todo.  Esto implica crear formatos y contenidos para la cercanía, que no sean masivos. Segundo, tenemos que hacer medios que pongan más al ciudadano en pantalla, que ellos sean las estrellas y no los periodistas; el ciudadano quiere estar en las pantallas. Tercero, de alguna forma hay que hacer menos televisión y  trabajar más colaborativamente porque técnicamente no podemos tener este exceso de producción audiovisual para que nadie la vea. Si cada canal hiciera media hora de producción al día y se juntaran en una única plataforma probablemente tendríamos una televisión de muchísima mejor calidad y más potente para el ciudadano. Casi que nos toca generar la cancha donde los ciudadanos se junten a pasarla bien. 

     

    —¿Qué estrategias debería pensar un medio local para ocupar ese espacio de ciudadanía? 

    —Yo siempre he dicho que hay tres tipos de programación. Hay televisión muy barata y es la que se hace con los ciudadanos. Esto que te digo es fatal, pero es cierto. Si tú tienes un canal local puedes convertir en celebrities a toda la gente de la comunidad y le dedicas 10 horas a que el ciudadano sea productor de sus propias historias y cuentos. Luego está la televisión de mantenimiento, tampoco te cuesta mucho, la que tienes por convenio. En ese sentido COLSECOR es una excelente oportunidad para brindar horas compartidas de programación a todos los canales. Eso te permite conocer cosas de la región, otras historias parecidas, casi una televisión turística, cultural y patrimonial. Una tercera televisión, la más pequeñita, tiene que ver con la calidad que te aumenta la autoestima. Se dedica a narrar en serio la localidad. Por ejemplo, una serie sobre la historia de la comunidad que la ponga en valor y se pueda compartir con otros canales y repetir cuantas veces quiera. Esa es una manera de pensar, la segunda es que de alguna manera hay que “desnoticiar” la televisión. En Argentina, sobre todo, hay un exceso de querer hacer noticias y esa información se vuelve inútil y ahí está parte del problema. Es que todos los programas son de entrevistas o de noticieros y creo que eso tiene a todos absolutamente cansados. Tenemos que empezar a buscar otras maneras de contar ya sea a través de la ficción o en formatos que se parezcan mucho más a la comunidad. Habría que darse la posibilidad de experimentar y de fracasar si se quiere. La parte complicada es convencer a la gente que hace televisión local que tiene que arriesgarse a hacer otra cosa. En la televisión local haría muchísimo directo porque la comunidad está ahí, está cercana. Imagínate que todos los días se haga televisión desde un barrio y sea el barrio el que se cuenta hasta generar un tejido social. Se pueden hacer muchas cosas, pero nos da miedo innovar. No es un problema de los canales locales porque todos hacen exactamente lo mismo. Ahora que pasó el Mundial de fútbol, fue como una tragedia porque fueron más periodistas que jugadores y todos fueron a hacer lo mismo. Para colmo de males, se fueron hasta Moscú y montaron un set de televisión igualito al que tenían acá en Argentina. ¿Para qué se fueron hasta allá si parece que estuvieron en Buenos Aires y no en Rusia? El asunto es que de alguna forma, no van al mundo a narrar distinto sino que van al mundo a repetir lo mismo. Las universidades tampoco están enseñando a hacer cosas distintas, critican el noticiero pero enseñan a hacer lo mismo, no hay creatividad. Hay un síndrome de producción pero sin saber para qué. Estamos haciendo mucha televisión que no vemos. Hay que volver al minimalismo porque hay exceso de pantallas y poco tiempo para ver televisión. 

     

    —¿Cómo juegan las redes sociales en la producción de la realidad? 

    —Las redes se han vuelto tristemente la noticia. La gente opina ahí y los periodistas leen lo que la gente dice; y está buenísimo hacerlo pero hay que pasar a otra etapa. Las redes permiten hacer una televisión cooperativa donde cada uno pueda producir sus propias imágenes más allá de participar solamente con un tuit. Ahora está sucediendo algo interesante en la política, y también sucedió en el Mundial, y es que la gente empieza a producir memes como forma de opinión tal que se podría dedicar un programa a verlos. Pero no solamente la cuestión es pasarlos y celebrarlos sino que estaría bueno dar criterio sobre lo que la gente manda, hacer una devolución sobre lo que se está diciendo. El meme como columna de opinión me parece maravilloso, funciona y está demostrado que la gente sí puede crear cosas buenas, malas, grotescas o no. El papel de uno como periodista o emisor de mensajes tiene que ser el de evitar la polarización, la grieta, y mirar los sentidos, buscar cosas de construcción colectiva.  

     

    —Las redes  “gratuitas” en el fondo tienen un costo ¿Hay ciertos riesgos para el ciudadano al participar exponiéndose allí? 

    —Lo que debemos tener es más conciencia crítica sobre nuestros datos. Nosotros cada vez que entramos a internet  o a una red social o a una plataforma dejamos una huella de lo que hacemos. Eso se configura como dato y se vende a empresas o políticos para manipularnos y controlarnos mejor. En ese sentido estamos dando datos para que hagan negocio: el petróleo de hoy son nuestros datos. Como ciudadanos debemos tener conciencia y resistirnos a ser un dato, somos seres humanos y antes de consumir deberíamos pensar por qué lo hacemos, antes de ver un meme deberíamos preguntarnos si es verdad y así. Esta conciencia crítica es fundamental y falta aprender mucho sobre esto porque cuando uno entra a una red gratuita, por más que le haya dado datos falsos y piensa que engaña al algoritmo, lo que usted hace con esa red social el algoritmo sí lo vio. Creo que es complicado que tomemos conciencia de nuestra vida íntima.

  • “La clase media hipócrita defiende la escuela pública para los pobres, pero privatiza la educación de sus hijos”

     

    Cada vez que un paro docente se prolonga o dan mal los resultados de las evaluaciones a los alumnos argentinos, a Mariano Narodowski lo acosan con llamados para que hable de Educación. Cuando la noticia pasa, la presión cede, los problemas permanecen y Narodowski persiste entre los que piden un debate de fondo, que nunca empieza.  “Los diagnósticos los tenemos, los especialistas estamos y cada vez más economistas se suman. Ahora necesitamos un liderazgo fuerte, una masa crítica en la política y una clase media que lleve adelante el debate, como sucedió con el aborto”, dice. Con más de 30 años dedicados a la investigación académica y más de 20 libros escritos, el actual profesor titular en la Escuela de Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella reclama que los sectores medios revisen la hipocresía de defender una moral pro-pública y mandar a sus hijos a la escuela privada para motorizar un debate como el que impulsaron en el caso de la interrupción voluntaria del embarazo. De ese llamado urgente, forma parte su más reciente y -según dice- último libro, “El colapso de la educación”. El exministro de Mauricio Macri en la Ciudad analiza las diferencias y continuidades entre macrismo y kirchnerismo, habla de los sindicatos docentes y dice que hoy el problema más urgente de la escuela pública es el abandono masivo de los adolescentes pobres.

      

    Diego Genoud | Periodista  

     

    ¿Cuál es el cambio principal que operó la llegada de Macri y Cambiemos en el sistema educativo?

    –No veo rupturas significativas. Creo que hay un problema de financiamiento, como en otras épocas, hay un interés del Gobierno nacional por provincializar parte de la gestión con financiamiento sin función específica -con lo cual puede ser usado para cualquier cosa- y está también la desaparición de la paritaria nacional, una decisión unilateral del Gobierno. Era una herramienta que podría haber sido mejorada, ordenaba, daba un piso de financiamiento y tendía puentes hacia los sindicatos docentes. 

     

    La ausencia de paritaria nacional provoca paradojas como el acuerdo de Vidal, que este año, con un retroactivo, lleva la paritaria al nivel de la inflación de 2018.

    –Sí. Usufructuar el enfrentamiento es un error. Fue la política que tuvo el gobierno bonaerense los tres años anteriores y por suerte no tiene este año. Puede servir electoralmente y creo que le sirvió a María Eugenia en 2017 pero no le sirve a la educación. La idea del Baradel feo, sucio y malo es muy nociva para la educación. Es el representante de los docentes y demonizar esa figura no sirve para mejorar la educación.

     

    ¿Cuál es el punto ciego de la meritocracia aplicada a la educación?

    –El Gobierno no tiene una política meritocrática en materia educativa. Si la tuviese, yo estaría en desacuerdo. La política de evaluación puede tener que ver o no con eso. Hay países que tienen evaluaciones educativas y posiciones igualitaristas, como Suecia. Las pruebas Aprender fueron un dato muy positivo, ahora están siendo discontinuadas, se van a hacer cada dos años, se eliminan las evaluaciones muestrales y creo que hubiera sido mejor seguir con la misma serie. Las evaluaciones censales que se van a hacer tienen un bajo nivel de respuesta, no hay trabajo del Gobierno para sensibilizar a la población. No creo que sea solo un tema sindical, muchas veces los maestros y los chicos no saben para qué sirve.

     

     

    La comunidad perdida

     

    ¿Qué podría haber hecho el macrismo para tener como aliada a la comunidad educativa y desatar la tensión inicial con los sindicatos?

    –En principio, no sé cuánta comunidad educativa hay en las escuelas argentinas porque no son unidades de decisión: son terminales burocráticas del gobierno central. Crear comunidad en la escuela pública es muy difícil, depende mucho de los directores. En segundo lugar, veo dos problemas, uno es el salarial y el otro es que la lógica de la carrera docente y la propia organización burocratizada del sistema no permiten a las gestiones identificar docentes comprometidos e innovadores -sean militantes o no- para llevar adelante los cambios. Esa imposibilidad hace que el sindicato sea el único actor que sobresale. Pero es un problema que excede al PRO, no hay grandes diferencias entre distintas provincias. Habría que preguntarle a Alicia Kirchner, que perdió un año lectivo por huelgas docentes.

     

    ¿Qué pasa hoy con la familia en relación a la escuela?

    –La investigación muestra que los sectores medios abandonan la educación pública desde hace 60 años. En la peor crisis de 2001, la educación privada bajó, pero después volvió a subir. En general, las familias de clase media hacen un enorme esfuerzo para mantener a sus chicos en escuelas privadas. Los sectores medios progresistas, que podrían pagar una escuela privada y no la pagan, están muy disconformes con el gobierno de Macri, pero no sé si no sucede lo mismo en provincias gobernadas por otro signo político.

     

    “Seguir sosteniendo la moral pro pública, cuando tus decisiones no acompañan esa moral, es una posición muy hipócrita. La clase media defiende la escuela pública para los pobres, pero mientras se va recuperando, privatiza la decisión respecto de sus hijos”. 

     

     Clase media y escuela pública

     

    ¿Por qué destaca el doble discurso de la clase media?

    –Mandar a sus hijos a escuela pública o escuela privada es una decisión de la familia. Pero seguir sosteniendo la moral pro pública, cuando tus decisiones no acompañan esa moral, por lo menos merece una revisión. Si no, yo defiendo la escuela pública para los pobres, pero mientras se va recuperando, privatizo la decisión respecto de mis hijos. Me parece una posición moral muy hipócrita.

     

    ¿Por qué cree que sucede?

    –Cuanto más gente paga por algo que tiene gratis más claro es el problema. Digámoslo con sinceridad: la mayor parte de la clase media piensa que la escuela pública no cumple con sus expectativas. ¿Por qué? Bueno, ahí hay un debate, empecemos a darlo. Algunos dicen falta financiamiento, otros la organización, otros nichos de corrupción. Algunos colegas míos dicen que las clases medias van a la escuela privada por un efecto de autosegregación, para no estar con los pobres. No estoy de acuerdo, pero discutámoslo. La pregunta es cómo hace la escuela pública para no solamente incluir, sino también integrar a personas diferentes. De lo contrario, termina siendo una escuela para pobres.

     

     ¿Por qué plantea la necesidad de la autonomía?

    –Porque el sistema, como está ahora, centralizado y burocratizado, no tiene capacidad de gobierno. Hay que darles más poder, más capacidad de decisión y más recursos a los educadores. Con la responsabilidad por los resultados, como en cualquier profesión. La idea de que el ministerio debe ordenar y la escuela girar alrededor del ministerio fracasó. En esto tampoco hay diferencias entre kirchnerismo y macrismo. El ministerio como usina pedagógica y un gobierno que decide la adopción de una pedagogía es de una ambición impotente. No va a ocurrir.

     

     

    La privatización permanente

     

     ¿Por qué remarca la privatización de la educación durante el kirchnerismo?

    –Durante los años kirchneristas, no pasó nada muy distinto a lo que venía pasando. Pero se produce una cosa insólita: el 10 por ciento de la matrícula de la escuela primaria pública abandona, mientras que la primaria privada crece el 22 por ciento. Todo el crecimiento se explica por la educación privada. Hay un proceso de privatización muy fuerte, no porque el kirchnerismo la haya promovido. Pero la pérdida neta de alumnos en las primarias públicas nunca había sucedido. Hay tendencias muy profundas que ningún gobierno enfoca en políticas educativas como para poder modificarlas.

     

    ¿Rescata algo de esos 12 años?

    –Argentina tuvo un fuerte crecimiento económico hasta 2008, que se notó en el financiamiento educativo. Las medidas que se tomaron, algunas realmente muy positivas, no mueven el amperímetro en la educación. Una ley de 180 días de clase, que nunca fueron 180 días de clase; una ley de financiamiento educativo que no resolvió los problemas de fondo.

     

    ¿Se mantuvo esa partida?

    –Con Mauro Moschetti mostramos que la Argentina nunca llegó al 6 por ciento del PBI. La situación cíclica de la macroeconomía es muy difícil de resolver. Años pares, no electorales, baja el gasto en educación. En los últimos 20 años no hay una política educativa significativamente diferente de las tendencias pro-privatización, con problemas de financiamiento, de asimetrías, de inclusión social. Probablemente 2018 haya sido un año extremo que impacte en 2019. Pero creo que diferenciar la política educativa por ciclos políticos no tiene sentido.

     

    Dice que la privatización es una política exitosa que nadie la reivindica. ¿Es intencional?

    –No es intencional, pero no hay políticas para salir del deterioro de la escuela pública. Lo único que le reprocharía a Filmus es que tuvo un gran momento para hacer una reforma educativa. Teníamos un presidente con alto nivel de legitimación, con mucho poder, creciendo a tasas chinas, con un ministro muy capacitado -de los más capacitados que tiene la Argentina para el cargo- y los sindicatos apoyando. Nunca más se van a alinear así los planetas. Creo que Kirchner eligió priorizar su alianza política con los sindicatos y no las reformas que posiblemente le hubieran traído un conflicto. Pero podría haber sido algo parecido a lo que se hizo en el final de Lula y Dilma con Fernando Haddad.

     

    ¿Cómo se puede revertir ese proceso?

    –Es muy difícil, si la dirigencia no está dispuesta a pagar costos con un debate honesto y un proyecto. No tenemos capacidad técnica en los ministerios ni gimnasia de debate sobre estos temas, la diferencia pública/privada crea burbujas de ignorancia. Hay problemas macroeconómicos y un problema fiscal de orden federal por resolver: Buenos Aires tiene cuatro veces más de gasto por alumno que Misiones. Y si el Gobierno no interviene, las asimetrías se hacen más visibles.

     

    “En cualquier escuela secundaria pública, el abandono es el problema más urgente. De los cinco cursos que arrancan primer año llegan dos a quinto año. ¿Dónde están los otros tres cursos? ¿Qué destino de vida tienen? Trabajo precario, economía del delito o economía popular”.

     

     

     

    Abandono y precariedad

     

    ¿El abandono también es una política deseada?

    –Es tremendo. En cualquier escuela secundaria pública, tenés primero segundo, primero tercera, primero cuarta y primero quinta. Y en quinto año, tenés quinto segunda y quinto cuarta. ¿Dónde están los otros tres cursos?

     

    ¿Dónde están? ¿Trabajando o fuera del sistema?

    –Es el problema más urgente porque un chico de 16 años, sin el secundario completo, ¿qué destino laboral tiene? ¿Qué destino de vida tiene? Es trabajo precario o economía del delito o economía popular. Planes sociales y subsistencia en el barrio. Por otro lado, la inmensa mayoría de los estudiantes que abandona el secundario son varones, por lo cual hace falta una perspectiva de género. Por algún motivo que desconocemos, las mujeres calzan mejor en el sistema escolar.

     

    Salvo en Santiago del Estero, según su libro.

    –Salvo en Santiago del Estero, porque las mujeres ahí también quedan al margen del sistema. Pero en el resto del país, los que abandonan son adolescentes varones pobres, la combinación perfecta para un problema social muy grave de violencia urbana.

    No se pone el mismo acento en ese dato que en los proyectos para bajar la edad de imputabilidad.

    –Evidentemente. Las cárceles están llenas de jóvenes varones y los que abandonan el secundario son adolescentes varones pobres. El sistema educativo, el gobierno de la educación, no está dando respuesta a un problema social gravísimo. Si queremos resolverlo, tenemos que atacarlo como un problema de género: entender esa masculinidad. ¿Por qué es el varón el que se hace cargo, el que va a poner el pecho, el que sale? El que por ahí no encuentra laburo, pero dice ‘yo no me banco acá adentro’. Por ahí afuera tampoco encuentra nada pero ya no se siente atrapado, perdiendo el tiempo. Algo hay que hacer con eso.

     

     Se menciona siempre el Congreso Pedagógico de Alfonsín como referencia. ¿Hace falta algo así hoy?

    –Lo que falta es un consenso para delimitar disensos, porque en todo no habrá acuerdo, y apuntar a cuestiones centrales. Los diagnósticos los tenemos hechos, los especialistas estamos disponibles, cada vez hay más economistas que se suman. Necesitamos un liderazgo fuerte y una masa crítica en la política. Me llama la atención que los empresarios argentinos y la CGT no tengan una postura clara sobre educación. Los únicos que la tienen son los sindicatos docentes. Y también hace falta una clase media urbana que lleve adelante el debate, como pasó con el aborto legal, seguro y gratuito.

     

    ¿Por qué no lo hace?

    –Porque se refugia en las escuelas privadas. En el caso del aborto, también son las mujeres de clase media las que lo tienen mejor resuelto porque pueden pagar. Entonces, la invitación de las militantes feministas fue al resto de la sociedad, a las mujeres que no son de clase media y a los varones que se quieran comprometer. Hay una ventana de oportunidad pero no hay actor político ni social que se embandere atrás de una escuela pública renovada. Hay un problema de los dirigentes, no se conforma una red de la política para buscar cambios en educación.

  • “La educación es un derecho y un bien social”

    Hugo Juri es el actual rector de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), espacio al que accede por segunda vez. Médico, docente e investigador, ocupó otros cargos ejecutivos relacionados con la educación como la titularidad, por menos de un año, en el Ministerio de Educación durante la gestión De la Rúa.

  • “La familia ha dejado de ser una socia educativa”

     La psicopedagoga  Liliana González es actualmente una de las profesionales más escuchadas en temas vinculados a la infancia. 

     

     

    Por Cecilia Ghiglione 

    Psicopedagoga y cordobesa, Liliana lleva cerca de 50 años atendiendo niños y adolescentes en el consultorio y más de 30 en la docencia formando psicopedagogos y educadores especiales.  También ha escrito libros, el año pasado publicó el noveno, y da conferencias en todo el país donde habla sin reservas sobre la educación, los chicos y los padres.  Fue por la “viralización” de una de las charlas que dio en Tucumán  que su trabajo cobró mayor notoriedad. Sorprendida en su momento dijo: “hace años que hablo de los mismos temas y no me explico por qué tanta repercusión”.  

    Pensar en los niños de hoy nos lleva a hablar de la escuela y del lugar que hoy tiene esta institución. “La verdad es que está desprestigiada socialmente. En el discurso político parece ser que la escuela remedia todos los males, pero en la realidad viene faltando desde infraestructura hasta capacitaciones. La escuela está complicada por muchas razones: por la cultura de la imagen que  invadió la vida de los chicos y los aburre por más tecnología que haya; por la caída de la lectura en los adultos que no dan el ejemplo leyendo y los niños ven a los padres con pantallas en lugar de libros. Los niños no leen y cuando un niño tiene dificultades para leer, toda la escuela se hace difícil. Hay un gran sector de chicos que va a la escuela sin encontrarle sentido, asisten porque es obligatoria y hacen el mínimo esfuerzo para zafar.  Veo que la familia ha dejado de considerarse una socia educativa o piensa que la escuela tiene que hacer todo el trabajo que ella no hace; y en vez de acompañar critican, boicotean, usan el whatsapp para denostar  la figura del docente. Hay  una ruptura del pacto familia-escuela/escuela-familia que hay que sanar y volver a enamorarse porque este divorcio nos está haciendo mucho daño”.

     

    La escuela de estos tiempos

    Parece que la incorporación de tecnología en las aulas no es suficiente para generar esa empatía con los chicos. ¿Qué debería cambiar en las escuelas?

    Hay que empezar por la capacitación docente. Si los docentes no sienten vocación de verdad, sino tienen pasión y no sienten la alegría de enseñar por más que llenemos la escuela de tecnología no resulta porque es la dimensión humana la que está en cuestión. Bienvenida la tecnología pero a los fines de la investigación, no del copio y pego.  Los chicos tienen muy claro que si quieren saber cuánto mide el Everest lo buscan en Google, saben que esos conocimientos están en los servidores. Entonces,  la escuela ya no es el lugar para ir a buscar el conocimiento y después repetirlo de memoria como lo hacía yo en mi época. Los chicos tienen que usar los servidores pero a los fines de un proceso de investigación que produzca nuevos conocimientos y no para copiar.   Es así que, por un lado, la escuela debería pensar en el trabajo cooperativo, en el trabajo interdisciplinario entre varias materias y  en lo posible salir del aula para ver otros mundos.

     

    ¿Qué más imagina para esta escuela de hoy?

    Creo que hoy los chicos están tan mudos con las pantallas, tan sin mirar, tan sin hablar con otros, que me parece que la escuela debería ser  el espacio ideal para que se miren, aprendan a hablar y a escuchar al otro. Haría de la escuela un centro de debate a partir de temas que les interesen, donde la palabra explote y la verdad circule. Yo vengo de una escuela muda donde teníamos que estar callados. Hoy los chicos están callados porque no hay nadie en la casa con quien hablar o porque están enchufados con las pantallas. Si también van a seguir callados en la escuela…. La persona que no habla no produce pensamiento, la escuela tendría que ser el lugar de la palabra.

     

     

    Niñez y pantallas

    Además de docente y conferencista, el consultorio es un gran termómetro para ver qué está pasando con los niños y las pantallas. ¿Qué observa en sus pacientes?

    Veo a mamás que le ponen el Sapo Pepe en el celu o en la tablet para que el niño coma o tome la mamadera o dan el pecho con el celular en la mano. Esa mamá le está privando la mirada a ese niño. Los pediatras y neurólogos dicen que hasta los dos años cero pantalla y después de esa edad apenas dos horas por día y nunca dos horas antes de dormir. Y en muchas casas no está pasando esto, algunos duermen hasta con el celular debajo de la almohada. Por eso tenemos epidemias de chicos con hiperactividad que no pueden parar el cuerpo y tiene déficit de atención. Esto hace que se aburran en la escuela donde tienen que escuchar por muchas horas la misma voz del maestro y no puedan hacerle clic para que desaparezca. Hay que ponerse en la piel de los niños porque son dos culturas distintas: la de la imagen en la casa y la de la palabra en la escuela. Y no se están encontrando. Como psicopedagoga veo la terrible resistencia a la lectoescritura y hay mucha pobreza lingüística porque no saben escribir un cuento, por ejemplo. Claro, si resuelven  las emociones con emoticones que podemos esperar. 

     

    González  sostiene  que es la escuela el lugar donde los chicos tienen que poder a través de la palabra y agrega que “el sistema educativo tiene que acercarse urgente a los niños que no son los mismos alumnos de hace unos años”.  La experta considera, además, que los colegios deberían incluir el apoyo escolar dentro de sus horarios para que no tengan que buscarlo afuera ya que el tiempo lúdico de los chicos debe ser una prioridad.

    La especialista cita como ejemplo el modelo educativo finlandés, tanto en la formación docente que reviste carácter universitario como en la enseñanza  en el nivel secundario, donde los chicos inician el  primer año con poca dificultad y van incorporando herramientas para lograr aprender. “Acá es al revés, empiezan el primer año con un montón de materias que se terminan llevando y muchos sienten el fracaso y dejan la escuela”.

     

     

     

    Los límites y la hiperestimulación

    No toda la carga está sobre la escuela. ¿Qué pasa en el hogar para que a la escuela le resulte tan difícil acomodarse con los niños?

    Los padres no tienen que tener miedo a los límites. Si no pueden lograr que un niño de 3 años coma lo que ellos proponen o que no tengan una pantalla en la mano todo el día, menos van a poder poner límites a futuro. También tienen que leer más cuentos y hablar más en los hogares. Les digo a los padres que tienen que estar más atentos porque a un niño se le nota cuando vuelve mal de la escuela, sólo hay que mirarlo. Y por no ver esto a tiempo, muchos casos terminan en bullyng y cuando nos damos cuenta suele ser tarde y el niño viene sufriendo hace meses.

    Otro de los puntos que destaca la especialista en la pérdida de la lectura en los hogares. “Hoy en muchas casas no se leen cuentos. Yo les digo a los papás que no se obliguen a contar un cuento todas las noches pero que lo hagan con ganas, sin apurar el relato y con la magia para que los chicos vean que eso sale del libro”.

     

    ¿Qué sucede con los niños pequeños que llegan hiperestimulados a la escuela?

    Si hablás con fonoaudiólogos te van a contar que hoy hay explosiones de trastornos del lenguaje: niños que hablan mal, en neutro o con gestos robóticos. Hay padres que creen que sus hijos son más inteligentes porque repiten lo que ven en la televisión. Yo no quiero a un hijo o a un nieto que repita lo que escucha sino a alguien que haga cosas nuevas, que sea autor de algo. Me parece triste que se confunda la hiperestimulación con la inteligencia. Es más, hay padres que aseguran que los niños nacen más inteligentes porque le dan un celular y lo saben usar. No hay forma de decir que los chicos hoy nacen más inteligentes porque no hay un test para fetos ni para bebés. Yo sigo diciendo que los chicos nacen como siempre. Lo que ha cambiado es la sociedad que los espera: una mamá que mira el celular cuando le da de mamar, el papá que no está, etc.

    También trabajo con los padres la idea de que no todos los chicos nacen con la misma inteligencia (pensando que hay inteligencia emocional, matemática, lingüística) y la escuela tradicional termina condenando estas diferencias. Incluso observo que los padres sólo miran la parte izquierda de las libretas – matemáticas, ciencias, lengua – y todo lo que está a la derecha – plástica, música, educación física – no se valora por más que el niño sobresalga ahí. Incluso llegan a decir: lo único que me falta es que salga artista. No todo el mundo tiene que ser contador, abogado o médico…  Por supuesto que estoy generalizando, hay familias que lo hacen bien, docentes que hacen milagros a pura tiza y pizarrón porque sino pareciera que todo es apocalíptico. Yo por ahí tengo esta mirada sesgada porque lo que veo son personas con problemas, pero son un parámetro de lo que puede estar pasando.   Me duele cuando le digo a algunos padres que por lo menos le dedique media hora de calidad a sus hijos y me responden que no pueden. La verdad, entonces, sería preguntarse para que los trajeron al mundo. No creo que esto sea imposible, hay muchas familias que han dejado de ver los noticieros con los hijos a la hora de comer para estar con ellos y contarse cosas. Es posible.

     

     

     

  • “La fórmula del triunfo opositor está en un acuerdo político del PJ con Cristina”

     

    Diego Genoud| Periodista 

    Juan Casas | fotos

     

    Tiene toda una vida ligada al peronismo y lo ve hoy en un dilema de difícil solución. Para Hugo Haime, Mauricio Macri corre con ventaja hacia las elecciones, aun en su peor momento. Mientras el presidente tiene un relato que expresa a su electorado, la oposición que domina el peronismo no logra representar al 65 por ciento de la población que se declara en contra de Cambiemos. “En Argentina, hay dos concepciones: una minoritaria que está consolidada y otra que no encuentra el liderazgo y no se pone de acuerdo. Es muy fácil representar lo que representa Macri y es difícil representar, socialmente, a toda la oposición”.

    Encuestador y consultor de trabajo constante con Sergio Massa y gobernadores como Juan Manzur, Rosana Bertone y Carlos Verna, Haime sostiene que a Cristina Kirchner no le conviene, de ninguna manera, ser candidata a presidenta. Opina que no la favorece ni el contexto internacional, ni el nacional y señala que el sucesor de Macri se va a encontrar con muchas limitaciones. “El próximo gobierno es de coalición y de unidad nacional, requiere una cantidad de acuerdos en una política de restricción”, asegura. Sin embargo, remarca, ganar las elecciones es imposible si los gobernadores del PJ no llegan a un entendimiento con la expresidenta.

     

     –¿Por qué está tan convencido de que a Cristina Kirchner no le conviene presentarse?

    –El próximo gobierno es de ajuste o de lento comienzo de un crecimiento, de discusión con el Fondo Monetario. Y entonces, ¿el relato dónde queda? Cristina tiene riesgo de perder y, si pierde, se termina como jefa de la oposición. Si ella no se presenta, tiene varias ventajas. Cualquiera que venga va a tener que negociar con ella, se garantiza la paz en el Senado, tiene la capacidad de ser la que dice “el Gobierno está haciendo bien o mal las cosas”.

     

    –Si va sola, va a ganar más espacio en el Congreso.

    –Sí, pero perdió, terminó su jefatura política. Se acaba el mito de Cristina gana.

     

    –¿Qué puede ofrecerle el resto del peronismo para que se baje?

    –Ser gobierno, que termine Macri.

     

    –¿Quién tiene la capacidad de sentarse con ella a negociar?

    –Todos los gobernadores. Algunos no están de acuerdo, como Schiaretti y Urtubey. No es la posición de Manzur, ni de Uñac, ni de Verna, ni de Bertone, seguramente no es la Casas ni la de Zamora. Cristina no tiene ninguna garantía de que gana.

     


    “El peronismo tiene que representar un sector de la clase media,

    un sector de los trabajadores industriales, un sector de los informales y un sector

    de los que están fuera del sistema. Y todo eso no tiene un líder único”.


     

     –Pero sus chances son mucho más altas que hace un año.

    –En 2017, 20 días antes de la elección en la provincia de Buenos Aires, Cristina ganaba. En el momento en que el Gobierno dio los créditos a los jubilados y jugó muy fuerte Vidal, terminó. Desde el punto de vista de la encuesta, mis números dicen que ella gana. Si uno hace un análisis histórico, a eso ya lo ponés en duda.

     

     –La diferencia está en 2018, donde se desintegra la esperanza que generaba Cambiemos.

    –Sí, pero vos tenés un 34, 35 por ciento del electorado, que hoy no aparece en las encuestas pero que está y te dice entre Cristina y Macri, lo voto a Macri: “No lo puedo ver, me parece un desastre pero soy gorila, no me gustan los peronistas y encima Cristina”. Los que votaron en segunda vuelta a Macri votaron contra Cristina y el kirchnerismo. Si no está Cristina, vos sacás un factor de irritación.

     

    Entre el líder y la unidad 

     

     –Entonces, la fórmula del triunfo es la unidad, para usted.

    –La fórmula del triunfo es un acuerdo con Cristina.

     

    –¿Cómo sería ese acuerdo?

    –Es un acuerdo político. Pueden ser las PASO o no. La forma es un problema de los dirigentes, no de la opinión pública. La opinión pública los está mirando. Dice “resolveme este problema, porque yo por ninguno de ustedes doy la vida”. Ahí no hay ningún líder.

     

     –Salvo Cristina, para un 30 por ciento del electorado.

    –Está bien, pero una persona que tiene un 50 por ciento de imagen negativa es la líder de un cachito. Liderazgo supone la capacidad de organizar, convocar y conducir hacia una meta. Eso no lo tiene. Tiene un mito de que con ella se vivía mejor. Pero hay un cuestionamiento a los modos éticos de su gobierno.

     


    “Lavagna sería una solución brutal si el establishment está de acuerdo,

    Cristina está de acuerdo y el peronismo está de acuerdo.

    Es el hombre bingo, perfecto. Pero cualquier otro puede serlo”.


     

    –¿Por qué el peronismo del medio no quiere a Lavagna?

    –Ahí se juntan un poquito las ambiciones. Pero creo igualmente que lo de Lavagna es una idea de la vieja política, Duhalde, Barrionuevo. Es una salida del peronismo que no quiere a Cristina. Lavagna sería una solución brutal si el establishment está de acuerdo y Cristina está de acuerdo y el peronismo está de acuerdo. Es el hombre bingo, perfecto. Pero también podría ser otro que logre reunir a los mismos sectores.

     

    –Un sector del establishment y un sector del peronismo están de acuerdo con Lavagna.

    –Si hoy se juntaran todos los gobernadores del peronismo más Cristina y dijeran el candidato sos vos, sos vos. Puede ser cualquiera. Es una solución política que no tiene que ver necesariamente con la opinión pública.

     

    –Después de mucho criticarla, hoy gobernadores como Manzur vuelven a tender puentes con Cristina.

    –En el interior, NOA y NEA, vos tenés un peso afectivo del electorado peronista. Cristina es importante y los gobernadores no pueden despreciar eso.

     

    –¿Es un peronismo a contramano de la historia, sin vocación de poder?

    –Tiene total vocación de poder pero precisa un líder y ese no está. Cuando Menem le ganó a Cafiero, Antonio era el pleno aparato con los gobernadores. Cuando Menem le gana, todo el mundo dijo “vamos con Menem”. Pero Menem también los llamó. Entonces tenés a los gobernadores por un lado y a Cristina por otro. Los gobernadores quieren volver al gobierno nacional y saben que precisan un acuerdo con Cristina. Pero ninguno ha sido muy feliz con ella, siempre ha sido bastante tortuoso ese vínculo.

     

    –¿Cuál es la prioridad del peronismo? ¿Que se vaya Macri o que Cristina quede atrás?

    –Para algunos que se vaya Macri; para otros, no. Creo que a los gobernadores les importa más que se vaya Macri.

     

     Relato para todos 

     

    –¿Por qué sigue vigente la expresidenta?

    –Porque en la medida en que vos no podés plantear un proyecto hacia adelante y un sueño de nación distinta, te quedás con lo mejor del pasado. Los errores del Gobierno la agigantan.

     

    –¿Por qué no nació el peronismo poskirchnerista?

    –El año pasado, cuando el Gobierno gana las legislativas, todos pensábamos que estaba terminada la película. Entonces, era refugiémonos en las provincias y pensemos en 2023. Cuando en abril estallan la crisis y la expectativa que había generado Macri, aparece la posibilidad de ser gobierno. Pero vos para eso tenés que representar a un electorado muy heterogéneo. A Macri le resulta mucho más fácil que al peronismo representar a su sector social.

     

    –¿Por qué?

    –Porque el peronismo tiene que representar a un sector de la clase media, a un sector de los trabajadores industriales, a un sector de los informales y a un sector de los tipos que están totalmente fuera del sistema. Y todo eso no tiene un líder único. Son pedacitos. Juntar eso y pensar en la Argentina del futuro es complicado. El peronismo no logra o no ha logrado hacer eso.

     

    –¿Por qué dice que la oposición no tiene relato?

    –¿Cuál es el proyecto de futuro del peronismo? No hay “revolución productiva y salariazo”. No hay “con la democracia se come, se cura y se educa”. No hay “América grande nuevamente” de Trump. Esa idea que se sintetiza en un eslogan, eso no está. ¿Cuál es la idea?

     

     –Mercado interno, trabajo, producción, la vieja idea de la Argentina industrial.

    –Eso no seduce a nadie, no te arma un sueño de país distinto.  Lo de Macri está claro para su electorado, es “privaticemos y el sueño individualista con el Estado garante”. Tenés una pelea de sistema de valores en Argentina: de un lado el no peronismo y del otro lado el 65 por ciento de los argentinos, que comparte los valores de la Argentina solidaria que expresó el peronismo, hoy sin una representación clara.

     

    –¿Cómo sería un relato opositor al del macrismo, distinto al del kirchnerismo?

    –Que diga cuál es el país que queremos. Y no se encuentra la síntesis porque no está claro. Si no, ya estaría el eslogan.

     

    –Son eslóganes que plantean el regreso a un pasado que tampoco se sabe si puede volver.

    –Cada pueblo tiene un sistema de valores y vos tenés que poder representarlo. Por eso digo que la oposición no encuentra el relato y Macri sí.

     

    El peso de Massa 

     

    –¿Qué opciones tiene hoy Massa sobre la mesa?

    –Puede ser candidato a presidente, que es lo que quiere. Alguien diría que puede ser candidato a gobernador.

     

    –Todos lo quieren ahí.

    –No se puede ir contra el deseo de un dirigente. Él dice que quiere ser candidato a presidente y que si no es su turno, no lo va a ser. Es una decisión que todo el mundo va a tomar en junio.

     

     –¿Qué acuerdo puede hacer Massa con Cristina?

    –Depende de la voluntad de ambos. Cuando hay vocación de poder y visiones comunes, todo es posible. Cuando hay visiones contrapuestas, no.

     

    –Un Massa opositor está más cerca de Cristina, se supone.

    –Se supone, pero hay que ver si se ponen de acuerdo en cómo conducirían un gobierno. En el tema de Venezuela, hay dos conceptos de política internacional.  Massa puede pensar que, aunque no entre en segunda vuelta, Cristina lo necesita para ganar la elección. Porque en 2015, más del 60 por ciento del electorado de Massa votó a Macri. Es un rol que va a estar por encima de los votos que obtenga.

     

    –No tiene tanta fortaleza como para no negociar con nadie.

    –Sería lógico que pudiera llegar a un acuerdo, programático y político, pero no como títere.

     

    –¿Cómo hace Massa para presentar a sus votantes un acuerdo con el kirchnerismo?

    –Hay una demanda de la sociedad de resolución del problema. No estamos diciendo “Cristina candidata”, estamos diciendo “Cristina no es candidata”. También hay que ver cómo lo presenta Cristina. 


    “Lavagna sería una solución brutal si el establishment está de acuerdo,

    Cristina está de acuerdo y el peronismo está de acuerdo.

    Es el hombre bingo, perfecto. Pero cualquier otro puede serlo”.


     

    El peronismo opositor

     

    –¿Cuál es la diferencia entre este peronismo opositor y el peronismo de la Renovación?

    –El peronismo de la Renovación tenía dos cabezas, a Cafiero con los gobernadores y a Menem. Hoy tenés 15 gobernadores y Cristina. Suponete que Cristina fuera Menem, pero del otro lado no está Cafiero, el que lidera al otro conjunto. Puede pasar que todos los gobernadores se pongan de acuerdo y digan “tal es nuestro candidato”.

     

    –Pareciera que no hay hoy, en la nueva generación, la envergadura de los Manzano, Grosso, De la Sota, Cafiero, Menem.

    –Los conocí a ellos y los conozco a estos. Era una Argentina diferente, virgen, donde las ilusiones podían ser cumplidas. Venías del fracaso de Alfonsín pero también del recupero de la democracia. Esta es una Argentina más complicada, más baqueteada, en un mundo distinto y con una sociedad mucho más difícil para representar.

     

    –¿No son hijos políticos del macrismo, de la época de Macri, educados en el ajuste y la austeridad?

    –Al revés, son dirigentes políticos que han tenido que ponerse a administrar. Vienen todos de la política, desde Bertone hasta Urtubey, son cuadros políticos que llevan dos décadas haciendo política.

     

    –Lo explica bien Frigerio cuando dice “lo bueno es que todos estamos de acuerdo en que hay que hacer el ajuste”.

    –Ninguno se le plantó, pero ninguno está de acuerdo con lo que hace Macri.

     

    –¿El 2001 terminó de impactar ahora en el peronismo y en su ausencia de dirigentes?

    –La crisis afectó a toda la dirigencia. ¿Cúal es el dirigente que tiene Macri? ¿Quién es dirigente? Nosiglia y Grosso son los dirigentes. ¿O Peña es un dirigente? 

     

    –Larreta es el que tiene una cultura política previa.

    –Ya en la época de Menem el peronismo tenía el problema de que la sociedad cambia. La crisis de los partidos políticos en el mundo tiene que ver con las migraciones y con que ya no representan a los trabajadores industriales, que ahora son un cachito de la sociedad. Entonces, el partido que intenta representar al conjunto, tiene problemas.

     

    –¿La esencia movimientista del peronismo sigue estando?

    –Sigue.

     

    –Porque el sueño liberal es que el peronismo se convierta en un partido menos movimientista y más moderado, para reconstruir un bipartidismo de centro.

    –El amigo Di Tella estaba enamorado de esa idea. En el peronismo, el partido siempre fue un instrumento electoral, nunca fue otra cosa. Para el radicalismo, es distinto. El radicalismo está en un problema porque intenta representar a la clase media, siendo parte de un gobierno que la destruye.

  • “La polarización es jugar con fuego y precisa nervios de acero”

    Raúl Baglini, el autor del célebre teorema que se aplica a la política y el poder dentro y fuera de Argentina, dice que la dispersión del peronismo le sirve a Macri para ganar elecciones pero lo complica para gobernar. Analiza las dificultades de Cambiemos en el poder, habla del rol del radicalismo y sostiene que Carrió descubrió, por fin, el sentido de pertenencia.

  • “La polarización gira al centro y el progresismo está desbaratado”

     

     

    Diego Genoud| Periodista

     

    Dice que la fórmula de los Fernández busca salir de la polarización con una opción de apertura “centrista” y marca con preocupación que las alternativas no aparecen. Afirma que, de la centroizquierda y el progresismo que tuvo cierto protagonismo durante los años del kirchnerismo “ya no quedan sino restos”. Socióloga, investigadora principal del Conicet y autora de una decena de libros, Maristela Svampa forma parte del grupo de intelectuales que rechazan el “desastroso” rumbo de la Argentina gobernada por Mauricio Macri, pero no adhieren al cristinismo.

    Remarca que, con la llegada de Cambiemos al poder, la discusión fue tomada por los economistas y los medios clausuraron por completo el debate sobre el extractivismo, la megaminería y la soja transgénica. “El retroceso es enorme y el cierre es total. Ahora se defiende el avance del capital sobre los territorios y se coloca a los indígenas en el lugar del enemigo interno”, dice.

    Sin embargo, no parece desanimarse. Después de escribir “Chacra 51, regreso a la Patagonia en los tiempos del fracking”, está preparando, junto al abogado ambientalista Enrique Viale, un trabajo sobre la Ley de Glaciares que la Corte Suprema revalidó en junio pasado. 

      

    –¿Qué modelos se enfrentan en estas elecciones? ¿Hacia dónde cree que va el escenario político?

    –La fórmula Fernández-Fernández funciona como un llamado a la despolarización y obliga a otros sectores políticos a hacer una señal en la misma dirección. No es casual que el gesto sea leído como una oportunidad de oxigenar una sociedad que arrastra con hartazgo los efectos tóxicos de la polarización, junto con la peor crisis económica desde 2001. Es una opción centrista, una promesa de gobernabilidad para poner fin a la espiral de lo hiperconfrontativo. Macri, por lo desastroso de su gestión y su ceguera de clase, no tiene un imaginario conservador positivo como propuesta alternativa. Lo único que ofrece es antikirchnerismo en estado puro, lo que el oficialismo presenta una y otra vez como un “populismo irresponsable”, sinónimo de corrupción, mayor riesgo país y retorno al conflicto y a la venganza. El escenario político se ha inclinado al centro, por razones políticas (polarización) y económicas (la crisis). Pero el costo es la ausencia de horizonte progresista a la vista, como programa alternativo. Ni Lavagna encarna ese campo, ni tampoco la centroizquierda que acepta la polarización y elige ir como furgón de cola del kirchnerismo.

     

    –¿Por qué no se pudo -ni antes ni ahora- desbaratar la polarización y dar paso a otro cosa?

    –Es la trampa típica del populismo. Si uno mira la historia de América Latina, los tiempos de populismos siempre son de fuerte incomodidad para los sectores de izquierda. Porque no es que uno rechace por completo toda la gestión: hay elementos positivos y otros sumamente negativos. Uno está en contra de esa idealización y de ciertas políticas de Estado que tuvieron que ver con el pacto con el gran capital, como el que hubo con el capital extractivo y en algunos casos con el capital financiero. La incomodidad está justificada, lo cual no quita que haya habido una expansión de la frontera de derechos.

     

    –¿No hay falencias propias en los que no adhieren ni a un modelo ni al otro?

    –La llamada centroizquierda o izquierda no tuvo la capacidad -no tuvimos la capacidad- de abrir y generar esos otros espacios. Fuimos absorbidos por la dinámica de la polarización, donde no había margen para otras opciones. Y todavía estamos entrampados en esa dinámica.

     


    “La centroizquierda y el progresismo están desbaratados. Ya no quedan sino restos de todo eso. No tuvimos la capacidad de abrir y generar otros espacios. Fuimos absorbidos por la dinámica de la polarización y todavía estamos entrampados ahí”.


      

    Los restos del progresismo 

     

    –La sensación es que si Cristina hubiera decidido directamente no competir, la oportunidad se hubiera planteado para el PJ alternativo y no para el progresismo.

    –La centroizquierda y el progresismo están desbaratados. Tenían fuerza en el 2008, 2010 y hasta 2011 creo yo. Hoy en día todo eso está sumamente fragmentado. ¿Qué es lo que queda de esa fuerza que tuvo cierta potencia detrás de Proyecto Sur, inclusive en algún momento con Stolbizer? Ya no quedan sino restos de todo eso. Varios están llamando a un frente de unidad como Pino (Solanas) y va a costar rearmarlo porque la derecha no solo ha deslegitimado a los progresismos realmente existentes: ha deslegitimado a todas las izquierdas, en toda América Latina. Hay que rearmarse desde un espacio común, tratar de tender puentes entre las diferentes izquierdas. Y yo creo que eso solo podría hacerse si se abre el juego y no se ubica a Cristina Fernández de Kirchner como la única posibilidad de cambio.

    Fotos: Juan Casas

     

    –Algunos sectores de aquel progresismo también confían en Lavagna.

    –Lavagna puede ser una salida no neoliberal dentro este infierno que nos toca vivir. Hay mucha gente que tiene expectativas en eso. Todo lo que rompa con la dinámica de polarización abre un nuevo escenario y se puede pensar en términos de gobierno de transición. Pero me temo que alguien como Lavagna también puede hacer un pacto de élites, que puede ser bastante negativo.

     

    –¿Cuál es su discusión con Solanas?

    –No tengo discusión con Pino. La última discusión que tuve fue cuando se juntó con Lilita Carrió y yo me opuse. Lo respeto mucho, creo que tiene una visión de país y un proyecto sumamente interesante, algo que tienen pocos políticos en Argentina. Al mismo tiempo, es un gran artista. Pero me parece que estamos empobreciendo la política si hablamos de un frente de unidad en apoyo a Cristina.

     

     

    El lenguaje de la era Cambiemos 

     

    –¿Cuál es el rol y la tarea de los intelectuales en esta coyuntura?

    –Desde el año pasado, empezamos a trabajar en el Espacio Autónomo de Pensamiento Crítico con Beatriz Sarlo, Horacio Tarcus, Rubén Lo Vuolo, Roberto Gargarella y Pablo Alabarces, entre otros. Creo que los intelectuales no tienen el poder o la capacidad de interpelación que tuvieron en su momento el Club Socialista y más recientemente un grupo como Carta Abierta. Tampoco el que tuvo el Club Político Argentino o que pudimos tener nosotros también al inicio, desde Plataforma.

     

    –El intelectual no tiene ni el lugar ni la influencia de otros tiempos.

    –No lo tiene, sobre todo porque entramos en una coyuntura de crisis económica. La agenda la fijan en gran medida los medios y ya no buscan más la voz de los intelectuales, salvo dos o tres que aparecen en televisión, interpelados constantemente. Lo que buscan ahora son economistas. No se trata más de pensar la Nación, el futuro: se trata de ver cómo salimos de esta coyuntura económica.

     

    –Vuelve a hablarse de riesgo país y endeudamiento.

    –Bueno, ese es un tema también interesante para analizar: cómo en tres años cambió el lenguaje político y cómo se diluyeron los conceptos que atravesaron el ciclo progresista. ¿Quién hubiese pensado que la Argentina iba a volver tan rápido al FMI? No es el único país, volvió Ecuador también. Ajuste, tarifazo, riesgo país, FMI. Todos esos vocablos que formaban parte del lenguaje político-económico de los años 90, ahora están otra vez en el centro. Y eso no te permite pensar en la política.

     

    –¿Y qué quiere decir que hayan regresado tan fácilmente?

    –¿Qué quiere decir? Que creo que la salida del ciclo progresista fue catastrófica. El kirchnerismo obturó la posibilidad de otra salida con un candidato que estaba lejos de ser progresista.

      

    La clausura del debate

     

    –¿Qué cambió en materia de extractivismo, del kirchnerismo al macrismo?

    –Lo que hay es una continuidad y una profundización del modelo extractivo. Vaca Muerta lo sintetiza: creada por el kirchnerismo, ha sido profundizada en clave neoliberal por el macrismo. La mayor diferencia es que ahora, de manera mucho más desembozada, se defiende la lógica del capital y se desdibuja todo aquello que tenga que ver con la lógica de derechos. El lenguaje de derechos humanos, que era un espacio de disputa con el kirchnerismo no está más en la agenda pública. Se ve con los mapuches, se los criminaliza y se los coloca en el lugar del enemigo interno. De lo que se habla es del avance del capital en los territorios, vistos como territorios extractivos, que han sido “usurpados” por indígenas.

     

    –El acuerdo YPF-Chevron en Vaca Muerta, en cambio, fue muy cuestionado en los medios.

    –Los medios se han cerrado por completo a la discusión. No hay más lugar para la disonancia en grandes medios como Clarín, donde yo antes publicaba. El retroceso es enorme y el cierre es total. Periodistas que les daban espacio a los asambleístas de Famatina y Andalgalá, ahora hacen apología de la megaminería durante 20 minutos o media hora en el prime time de la televisión. No se habla más de los riesgos y se banaliza todo.

     

    –¿Por qué cree que funcionaba distinto durante el kirchnerismo?

    –A ver… había más espacio en los medios hegemónicos, les convenía en la medida en que se suponía que eso atacaba la base del kirchnerismo. En realidad, ellos nunca dudaron del modelo extractivo: siempre apostaron a él. Pero, además, en el mismo gobierno kirchnerista había una apuesta por la frontera de derechos y se sentía incómodo ante la violación de derechos colectivos. La cuestión ambiental aparecía como un punto ciego, no conceptualizable. ¡Para estos no! Para ellos es claro que lo único que importa es el avance del capital en esos territorios. Con el kirchnerismo había un debate, no saldado, pero había un debate.

     

    –Macri quiere además avanzar con un proyecto minero en Chubut, el primer lugar en que se le dijo “no” en 2003 a la megaminería.

    –Hay una obsesión particular con Mendoza y Chubut. En las dos hay un activo militante importante y una ley que prohibe la megaminería. En Mendoza, se aprobó por decreto el fracking y quieren revisar la ley, pese a las resistencias. En Chubut, de la mano de Bergman, que es un virtual ministro de Minería, existe el Proyecto Navidad, uno de los proyectos de plomo y plata más grandes del mundo. La empresa que es Pan American Silver nunca se fue, hizo una apuesta muy grande y encontró la oportunidad de avanzar en la asociación con este gobierno, sobre todo después de la muerte de Das Neves. Seguro van a insistir después de las elecciones.

     


    “No hay más lugar para la disonancia en los grandes medios. El retroceso es enorme y el cierre es total. Periodistas que les daban espacio a los asambleístas de Famatina y Andalgalá ahora hacen apología de la megaminería en el prime time de la televisión. No se habla más de los riesgos y se banaliza todo”.


     

      

    El discurso del desarrollo

     

    –¿Qué pasa hoy con las comunidades en Vaca Muerta?

    –Hay graves problemas. Están operando en un territorio donde hay 20 comunidades declaradas y no reconocidas. Hace poco hubo un juicio por “usurpación” contra la comunidad Campo Maripe y el juez declaró que hay derechos de los pueblos originarios que son reconocidos por nuestra Constitución, que deben ser tenidos en cuenta y que la cuestión debe salir del Derecho Penal, que es lo que buscan las empresas -incluida YPF-, las corporaciones y el Gobierno. Hay que sacarlo del ámbito penal para pasar al ámbito civil. Lo más importante en este momento para mí es que se cuestiona la viabilidad económica financiera de Vaca Muerta. Desde 2013 venimos diciendo que el fracking necesita una masa de subsidios enorme y tiene un bajo rendimiento energético. Ahora, eso mismo lo dicen los investigadores asociados al establishment y se publica en el Wall Street Journal.

     

    –En su último libro cuenta un cruce con un miembro de la familia Sapag que defiende el fracking. ¿Cómo se discute con los que hablan en nombre del progreso?

    –Yo hago ciencias sociales críticas y creo que se trata de problematizar. Es necesario desmontar el discurso del progreso y el desarrollo como discurso del poder. Vengo trabajando mucho hace tiempo sobre eso.

     

    –¿No es más difícil cuando retorna la crisis y se asocian los proyectos extractivos con la posibilidad de trabajo?

    –No es fácil, es muy difícil. La gente quiere progresar y quiere crecimiento económico. Ahora bien, cuando efectivamente se encuentra frente a una situación de confrontación, ante la expansión de las fronteras petrolera, minera, sojera; ante la posibilidad de una megarrepresa, los impactos de la contaminación industrial en la cuenca Matanza-Riachuelo, que se han constituido en todos los casos como zonas de sacrificio, la gente lo piensa desde otro lugar. Y ahí sí, la gente se demuestra mucho más sensible y piensa en términos más concretos y toma partido por la vida. Para que esto se constituya en un problema público, la gente tiene que experimentar esa dimensión que tiene que ver con el daño y el sentimiento de injusticia.