• De puro Cabezón

     

     

    Por Pablo Beron

    Fotos: Gentileza Olé 

     

     

    Su nombre trae recuerdos y hace volar la memoria hasta aquellas noches gloriosas que lo tuvieron como uno de los actores principales de nuestra Liga Nacional durante las décadas del ‘80, ’90 y comienzos de los 2000. Nacido el 11 de febrero de 1965 en Hernando, Departamento de Tercero Arriba, Marcelo Gustavo Milanesio no pasa inadvertido dentro de la constelación de estrellas que tiene la historia de nuestro básquetbol y es, sin dudas, el mejor base que ha dado nuestra competencia doméstica y uno de los más destacados en la rica trayectoria de la Selección Argentina hasta la fecha. Sin embargo, es posible que algunas personas no conozcan al Cabezón más allá de lo que refleja su nombre colgado en el techo del Polideportivo Carlos Cerutti, acompañado de la ahora emblemática Nº 9, armadura que vistió entre 1985 y 2002, cuando defendía los colores de Atenas, único equipo con el cual disputó torneos oficiales en nuestro país.
    El Gringo no se fue por la puerta chica hace poco más de 15 años, sino que dejó la práctica profesional como debía ser: se retiró siendo campeón con el club que lo vio nacer, desarrollar y convertirse en la figura de la Liga por aquellos años. Marcelo se fue, pero antes cosechó siete títulos ligueros, dos Copa de Campeones y cinco torneos internacionales (dos Campeonatos Sudamericanos de Clubes Campeones, dos Ligas Sudamericanas y un Panamericano de Clubes), un Torneo de la Asociación Cordobesa, tres Atenas International Tournament y tres Campeonatos Argentinos de Selecciones Mayores representando a Córdoba. Pero su rica vitrina no se reduce solamente a las competencias con Atenas; más allá de lo conseguido con el Griego, fue campeón del Sudamericano de 1987 y en los Juegos Panamericanos de 1995 con la celeste y blanca.

     

    Resulta ineludible repasar la trayectoria de Milanesio, dado que su presencia en cualquier lugar representa un fragmento de historia para todos aquellos que, de alguna manera, transitaron los años gloriosos del elenco cordobés. Atenas dominó los primeros momentos de la Liga Nacional creada por León Najnudel en 1985, año en el que Marcelo Gustavo daba sus primeros pasos en la competencia. No debió esperar demasiado para festejar un título, ya que en su tercera temporada de la LNB se consagró y tuvo su revancha de la final perdida en el año de estreno del torneo, cuando cayó a manos del mismo adversario al que derrotó por 3-1 en el ’87, Ferro Carril Oeste, que llegaba como bicampeón. Al año siguiente, repetiría en el lugar más alto del podio, otra vez de la mano de Walter Garrone al frente del banco de suplentes, pero en esta ocasión barriendo 3-0 en la definición a River.
    La hegemonía del Griego volvió a cortarse en 1989, cuando otra vez los de Caballito, con Najnudel como entrenador y Miguel Cortijo y Sebastián Uranga en cancha, vencieron por 3-2 a Atenas. Pese a este revés, no debió esperar demasiado para volver a levantar la copa de campeón, ya que al año siguiente barrieron al Sport Club Cañadense, equipo que contaba con Julio Lamas y Sergio Hernández en el banco, y Luis Oroño, Diego Maggi y Alejandro Montecchia, entre otros, en sus filas. ¿Qué tuvo de especial esa consagración? Fue la primera en que el Cabezón se quedó con el trofeo al Mejor Jugador de las Finales, también conocido como MVP según su sigla en inglés.
    Tras la 1991/92, último título de esa etapa, debió esperar hasta 1998 y 1999 para volver a gritar campeón. Su despedida de la Liga Nacional llegó en 2002, año en el que, como no podía ser menos para su enorme trayectoria, volvió a coronarse en la elite de nuestra competencia. “Extraño mucho jugar al básquet. Hubo momentos en los que sentí alguna necesidad de volver o lamentarme el no haber estirado un poco más mi carrera, pero ya está. Ahora puedo mirar cualquier liga por televisión o ir a la cancha de Atenas, pero siempre voy a extrañar tener una actividad que me permitiera estar más cerca”, sostuvo Milanesio tiempo atrás.

     


    Más allá de que pasaron 15 años de su despedida, el Cabezón siempre se mantuvo firme en que eligió el momento indicado para despedirse y que nada le garantizaba que el físico lo acompañase mucho tiempo más. “En el momento que elegí dejar todo estaba súper convencido. No sé si se trataba del estrés, desgaste o simplemente cansancio. En mi interior sentía que mi nivel había comenzado a declinar y pensaba que era mi oportunidad de irme. Pude seguir un par de años, pero no me arrepiento”, manifestó.
    Luego de su alejamiento de las canchas, Milanesio tomó diversos rumbos para continuar con su vida. Es reconocido que tuvo una agencia de seguros, un restaurante llamado “M y M” y, además, diversos negocios inmobiliarios en una sociedad con un grupo de amigos. Sin embargo, lejos de quedar en el olvido por estas circunstancias, tras unos años distanciado del básquet debió volver a pisar un estadio, pero esta vez para ver los partidos desde afuera. Sergio Hernández, aquel asistente que cayó contra el equipo de Marcelo en las finales de 1990, lo convocó para ser parte del staff de la Selección Argentina de cara al Mundial de Turquía 2010. Lamentablemente, en aquel torneo el seleccionado perdió en los cuartos de final con Lituania y el sueño de la medalla quedó reducido a un quinto lugar.
    En su regreso al país, el Cabezón continuó con sus negocios, pero sólo hasta 2013, cuando asumió como asistente de Mario, su hermano, en Atenas. Pese a las expectativas, la experiencia no duró mucho: el 16 de diciembre de ese mismo año, tras un inicio de campaña con tres victorias y dos derrotas, la dirigencia del Griego decidió rescindir el contrato del cuerpo técnico de manera unilateral a horas de haber ratificado la continuidad de los DT’s en sus cargos. 
    Con los pies definitivamente fuera de la Liga Nacional, más allá de sus visitas al Cerutti para ver a Atenas, Marcelo tomó un rol distante de la actual conducción, expresando su disconformidad con algunas normas de la competencia, como el aumento del número de jugadores foráneos permitidos. “Este camino cambia nuestra esencia. Creo que si se despertara León (Najnudel) estaría muy enojado. No me puedo imaginar una Liga con muchos extranjeros, no miraría un partido en el cual solamente pueda verlos a ellos. El mayor problema de estas resoluciones es que atenta contra el desarrollo de los chicos argentinos. Sin dudas, se perjudicará su progreso por la falta de lugar en el equipo”, afirmó en aquella oportunidad.
    Hoy, su único contacto con el básquet se reduce a las diversas movidas solidarias que realiza, en las que demuestra que su mano, la visión y la clase que supo derrochar a lo largo de toda su carrera siguen estando en poder del hernandense. Con un balón o sin él, la única certeza que queda al final del camino es que nadie puede irse de este mundo sin ver, al menos una vez, a esta gloria de nuestro básquet. Porque hoy reluce una Generación Dorada, pero antes hubo un Milanesio.

     

     

     

  • La gran Willy

    El Genio

    -¿Qué hacen los campeones?

    -Se entrenan cuatro horas por día.

    -Entonces, yo me voy a entrenar seis horas por día.