Relatos de San Luis

Vientos, guitarras y el algarrobo de la eternidad

 

Hay historias muy viejas y muy nuevas en este universo cuyano cuyos habitantes son conocidos como “puntanos”. La capital siente el aliento frío del viento Chorrillero, mientras que Villa Mercedes vibra con los sonidos de su Calle Angosta y en Merlo, los versos de Antonio Esteban Agüero le siguen cantando al algarrobo abuelo.

  

Por Julián Capria | Periodista

       Bibiana González | Ilustraciones 

 

Hay algo en la voluntad firme del viento que desde hace milenios llega desde el sur y al dar contra la montaña gira y se suma a la constante marcha hacia el sureste del río Los Chorrillos.

Esa voluntad se parece al destino, a la porfía de abrir un rumbo y crear un lugar donde vivir, y es acaso esa sensación fría y húmeda que la ciudad de San Luis siente desde hace un puñado de siglos.

Es el Chorrillero, un bravo viento casi particular de San Luis, que una y otra vez tersa la cara de la ciudad metiéndose entre las viejas calles angostas y gestos de rastros coloniales, y entre tanta vitalidad renovada de un andar cotidiano y un paisaje urbano que ajustan sus relojes al nuevo tiempo.

 “El viento fue la primera sorpresa que me dio San Luis cuando me mudé; recuerdo aún aquellas sensaciones: un frío azote en el invierno y un alivio en los días calientes del verano”.

Marita Londra, fina cantautora de música argentina llegó a la capital puntana al final de su adolescencia, proveniente de Entre Ríos. “Pero no es el único viento”, aclara. Hay otros que atraviesan la respiración y el ánimo de la ciudad, como el mismo Zonda, un emblema cuyano.

Sí, la ciudad tuvo hasta su propia “Casa del viento”. Y aunque fue llamada así por el poeta Armando Tejada Gómez ya que por sus habitaciones y pasillos el Chorrillero andaba casi a sus anchas, en realidad fue refugio de la música folklórica argentina y, en especial, de la de la región.

“Recuerdo que el viento entraba por todos lados, al no tener un reparo de nada, el Chorrillero estaba embravecido, no había paredes colindantes ni resguardos, la gente entraba por los costados, por el fondo y por el frente de la casa, así era mi casa, siempre llena de folkloristas y amigos”, contaba hace unos días a El Diario de la República Nilda Contreras, “La Pocha”, quien acompañó a su esposo Roberto Ledesma en sostener un lugar que se hizo leyenda. Entre los folkloristas y amigos se contaban muchos notables, como Mercedes Sosa.

Marita Londra, que transitó la casa, celebra que la Universidad Nacional de San Luis haya incorporado, como sus vecinas cuyanas, una carrera musical como el Profesorado en Música Popular Latinoamericana. “Antes la música cuyana se transmitía ‘de oreja’, y ahora los músicos pueden desarrollarse de otro modo e investigar los sonidos de raíz”.

Tanta sed de presente y futuro que muestra la ciudad es sencilla de reconocer para los ojos forasteros. Mientras tanto, en los últimos años se han ido sumando vecinos que vienen de los grandes centros urbanos en busca de una serena dimensión provinciana como la de San Luis.

 

La punta solitaria 

Aunque los documentos hayan desaparecido, se sostiene que San Luis fue fundada por Luis Jufré de Loaysa y Meneses, teniente corregidor de Cuyo, el 25 de agosto de 1594.  Luego fue abandonada, refundada dos años después y trasladada para evitar inundaciones.

Loaysa y Meneses venía desde Mendoza atravesando paisajes llanos y áridos, hasta que en el horizonte apareció la punta que dibujaba la sierra. Así fue que “la punta” se convirtió en referencia para situar a San Luis en medio del paisaje, y sus habitantes pasaron a ser puntanos. El lugar también fue conocido como “Punta de los Venados”, por la abundancia de tales animales.

Y serían muchos los puntanos que se pusieron a las órdenes del general José de San Martín y su empresa libertaria. Es todo un capítulo orgulloso de su historia. Tal vez por eso se tiene la sensación de que el monumento al Libertador que se alza en la plaza Independencia, en el viejo corazón de la ciudad, tiene un magnetismo especial, espacialmente para los niños que suelen jugar a su alrededor.

En ese casco histórico de la ciudad de San Luis, junto a la Iglesia de Santo Domingo sobre la calle 25 de Mayo, en el Centro Artesanal San Martín de Porres ha funcionado una fábrica artesanal de alfombras y tapices que en su momento le dieron gran fama al lugar. Uno de sus tapices llegó a manos del papa Juan Pablo II. Ahora, Silvia Ené y Nélida Gómez, las dos tejedoras que sostuvieron el saber, podrán transmitir sus conocimientos en la nueva fábrica artesanal de alfombras.

A solo 20 kilómetros de la capital, se asoma La Punta, esta vez como nombre propio. Es quizá la más grande de las ciudades nuevas del país: fue fundada ya en pleno siglo 21 (2003) sobre un espacio especialmente trazado y edificado. Sigue en proceso de afirmación y crecimiento, y para eso cuenta con argumentos que la apuntalan como la vanguardista Universidad de La Punta, que cuenta con su observatorio y su parque astronómico.

La ciudad también tiene el estadio Juan Gilberto Funes, nominado así en honor a uno de los jugadores puntanos más destacados del fútbol argentino.

Entre las singularidades del lugar, bien vale apuntar la réplica del Cabildo histórico de 1810, que fue construido al calor del entusiasmo por el Bicentenario de Revolución de Mayo.

“Para el que nunca tuvo la oportunidad de tener algo propio, La Punta es un horizonte”, nos decía en aquellos días de 2010 Marcos Reynoso, uno de los vecinos del lugar nuevo que ofrecía facilidades para acceder a una casa. Mientras, el contexto de los cerros esperaba paciente la llegada de los gentíos.

 

Mercedes y sus guitarras 

A unos 100 kilómetros de la capital, hay otro gran corazón puntano: Villa Mercedes. Y aunque su condición de segunda ciudad poblada está marcada por la Ley de Promoción Industrial que atrajo la radicación de fábricas, su nombre trae consigo un viejo sonido de guitarras.

Y no hay nada como las guitarras de la región.

“Las guitarras merceditas (o sanluiseñas o cuyanas, que son similares) tienen como rasgo distintivo el punteo. Y punteamos hasta la boca de la guitarra. Antes se tocaba con dedo, pero cuando fueron muchas las guitarras juntas hubo que pasarse a la púa para hacerse oír. Así aprendimos a tocar de ida y vuelta y logramos mucha velocidad. Además, nuestra guitarra es protagonista permanente, hace la introducción y aprovecha todos los silencios para adornar”.

Ese que nos contaba la esencia de la guitarra mercedina era nada menos que don Félix Máximo María, un hombre que ha regalado deleites e identidad musical y ha recogido tantos reconocimientos y honores (por ejemplo acaba de ser bautizada con su nombre la Escuela Generativa de Casa de la Música de Mercedes). Ha sido uno de Las Tres Guitarras Mercedinas, y también el miembro más antiguo de las legendarias Cien Guitarras Mercedinas.

Es además hijo de don Calixto, uno de los señalados en la célebre e inmensamente popular cueca “Calle Angosta”, un emblema mercedino que lo refiere a todo el país. “Muchos creían que el apellido de mi papá era Casinada; claro, ‘Zabalita’: ‘Don Calixto, casi nada’”.

Cuando habla de “Zabalita” habla de José Inocencio Zabala, el autor de esa cueca tantas veces multiplicada por intérpretes. “Aunque él tenía el sueño de que la grabara Mercedes Sosa, cuando lo hizo, no llegó a escucharla, murió antes”, nos contaba.

La Calle Angosta, junto a las vías y la estación de tren, era un camino de salida y llegada de la ciudad de carros y carretas, y andando el siglo 20 aparecieron los almacenes y los boliches para guitarrear. Desde hace más de 30 años, ahora en un flamante anfiteatro, se lleva a cabo el Festival Nacional de la Calle Angosta.

 

El árbol y su poeta 

Los rastros de los seres humanos en territorio puntano no son tan antiguos como el viento pero se remontan a milenios. Lo prueban las pinturas rupestres en la Gruta de Intihuasi, cercana a La Carolina, donde los testimonios tienen unos 8000 años. Esta gruta es uno de los yacimientos arqueológicos prehistóricos más destacados del continente.

Entre tanto, en el camino hacia adentro de la provincia, a casi 180 kilómetros hacia el sur de San Luis, el Pueblo Ranquel es toda una visión. Se trata de un pequeño caserío con las viviendas dispuestas en círculo y construidas todas de material aunque de una manera simbólica que representa a las antiguas tolderías. Fue construido luego de que el gobierno provincial le cediera tierras en 2007.

Unos pocos años después, el cacique José Manuel Barreiro nos contaba: “El cacique lleva la responsabilidad de un pueblo. Somos curas, pastores, tratando de que se viva en armonía, vivimos del alquiler de la tierra para pastoreo y criamos caballos criollos. En el centro del trazado del pueblo hay hornos de barro. Es para que los use el que quiera. Acá tomamos lo que necesitamos”.

Más al norte, camino a Merlo, aparece La Toma, localidad que alguna vez fue el centro del esplendor del mármol ónix, y su verde y blanco tan abundante en adornos y bijouterie de la época. “Acá había una juventud con tan buenos sueldos que se abrió una sucursal de la casa de ropa Suixtil Ñaró, muy famosa en los ‘70”, nos supo contar José “Pepe” Gil sobre el mostrador de su negocio de piedras.

Y al final del norte puntano, en el límite con la Córdoba transerrana, se levanta Villa de Merlo, la ciudad que se convirtió en uno de los rincones turísticos del país con algunos de esos notables hoteles en su paisaje.

Entre los distintos atractivos, hay uno que particularmente conmueve, o dos, que parecen uno: el gran árbol y su poeta. El algarrobo abuelo, que tiene más de 1200 años y es dueño de una imponencia que solo pudo ser retratada por un vecino mayor de Merlo, Antonio Esteban Agüero, que lo llamó “La catedral de los pájaros” (poema “Cantata del algarrobo abuelo”).

“Este algarrobo fue un templo de los indios. Que luego haya sido ‘de los Agüero’, como algunos lo conocen, me da un poco de culpa. De todos modos me alivia que haya mestizaje en la familia”, nos decía Vicente Agüero Adaro, sobrino del poeta, en el patio de la casa contigua al lugar donde impacta el árbol.

En las asombrosas ramas del algarrobo de Merlo, ese que parece eterno como en los versos de Agüero, asoma un profundo rastro de tiempo y misterio, dos de las savias de las que se nutren las venas de San Luis.