Por Julián Capria

Asombros y destellos al amparo del sol

Al clima desértico y a la tragedia de dos terremotos supieron sobreponerse los sanjuaninos para plantar la identidad cuyana que los distingue. Mientras tanto, el vino colorea sus paisajes profundos.

 

 

Julián Capria | Periodista

Bibi González | Ilustraciones 

 

Es como un leve y vivificante ardor en la cara, una fuente de tibieza omnipresente en cualquiera de los rincones del paisaje a los que uno se asome.

Sí, es el sol sanjuanino, ese que, como dice la vieja y querida zamba, se siente como un viejo amigo que sale a encontrarte. Ese mismo sol que forma parte de todas las referencias de una identidad provinciana bien singular en el contexto nacional y cuyano.

Así, la gran fiesta popular que reúne a locales y visitantes en la última semana de febrero de cada año se llama Fiesta del Sol. Es una constante presencia luminosa en los nombres, en las convocatorias. Pongamos otro ejemplo: “Canto en sol”, el festival internacional para coros de niños y jóvenes que volverá a realizarse en octubre en la ciudad capital.

Pero no es una ocurrencia sino un asunto cotidiano que los sanjuaninos han sabido convertir en una metáfora de sí mismos. El sol es amparo pero también desafío, pues la aridez, el aire cálido y seco que reparte en el paisaje es una condición que se presenta como toda adversidad frente a la que, sin embargo, ha conseguido una relación con notables destellos de fecundidad.

“Cada vez que regreso a San Juan siento el mismo asombro. Cualquiera sea el camino por el que una entre a la provincia, se encuentra con esos paisajes de maneras desérticas hasta que llega a cualquier pueblo o ciudad, a cualquier comunidad, y entonces aparece el verde, casi como un milagro de la gente”. Lo cuenta Mariana Victoria, de niñez en San Juan y en Calingasta, y desde hace ya décadas vecina de la ciudad de Córdoba.

Es una sensación que quien haya estado en la comarca sanjuanina puede reconocer. Si uno cierra los ojos y se pone a repasar lo sentido y lo vivido, lo primero que asoma es esa luz que salpica las calles, las plazas, la persistencia de los parrales a orillas de los caminos, la gran montaña andina, el verde que se hace diverso en lo múltiple, que arranca destellos de las copas que contienen el milagro del vino sanjuanino…

 

 Tragedia y resurrección 

Si los sanjuaninos han sabido enfrentar con inspiración las condiciones del paisaje, también han sabido ponerse de pie frente a tremendos episodios de desastres en los que la tierra se volvió furia y caos, que aún siguen desgarrando la memoria colectiva. Son los terremotos en la ciudad capital, en 1944; y en Caucete, en 1977.

En 1944, la muerte quedó durante varios días tendida sobre los escombros. Y aunque la fragilidad de la vida fue una contundente revelación, hizo más sólida la sed por la vida de los sanjuaninos.

Por eso fue posible que emergiera una nueva capital, convertida no solo en una ciudad con defensas antisísmicas sino también en un conjunto armónico capaz de permitir que los días soleados abriguen sus calles.

“Un momento antes del terremoto, uno de los chicos dijo: ‘!Tiembla!’, y todos los que estaban en la casa corrieron hacia la calle. Fue la trampa más grande; las veredas y las calles eran angostas, y los frentes se derrumbaron hacia adelante. Hasta se juntaron los frentes de una vereda con los de la otra”.

Así recordaba hace unos años Armando Gutiérrez, quien aquel sábado 15 de enero estaba con su hermano Lucio y otros chicos preparando sus bicicletas para dar unas vueltas. Eran las 20:52, es decir, la noche ya arrojaba sus primeras penumbras de verano. La hora de la oración.

“No podía ver nada. Recién 40 minutos después comenzó a asentarse la nube de polvo y pude ver la dimensión del desastre. Estábamos a unas cuadras de mi casa y con mi hermano corrimos con desesperación. Cuando llegamos, encontramos a mi madre muerta por el derrumbe y a mi padre herido”. Estos recuerdos de sobreviviente, Gutiérrez los reflejaría en un libro llamado Terremoto de San Juan.

Lo que siguió después fue mezclar su propio dolor con el de toda una ciudad que no cesaba de gemir y llorar. El terremoto dejaría más de 15.000 muertos. Muchos miles más deambularían días sin techo ni cama.

A Mariana Victoria, su padre Roberto, un vinatero que sigue bregando por la recomposición de la producción vitivinícola en la provincia le contaba que en los días que siguieron al terremoto, en la finca familiar, ubicada en 25 de Mayo, cerca de Caucete, llegó gente que se acomodaba donde podía para dormir, aun sobre bancos y a la intemperie del verano.

“Esta tragedia, como ciudad, nos introdujo en la modernidad”, afirmó en enero pasado Marcelo Yornet, el director de Arquitectura provincial, al cumplirse el 75 aniversario del terremoto. Recordó, por ejemplo, que se construyeron calles y veredas más anchas para permitirle a la gente alejarse de los frentes de las casas.

Esas paredes cayendo habían aterrorizado a Armando Gutiérrez, el hombre que nos contó su historia mirando a la ciudad nueva desde lo alto de la torre de la Iglesia Catedral, frente a la ancha Plaza 25 de Mayo, la que tiene un formidable monumento a Domingo Faustino Sarmiento y la que al atardecer de los viernes se llena de adolescentes. La obra de la Catedral fue inaugurada en 1979, y vino a reemplazar al antiguo edificio destruido.

 

Los dinosaurios y la fe 

Mientras tanto, San Juan es un territorio en el que sobre la superficie afloran los vestigios de millones de años, y que hoy representan escenarios conmocionantes capaces de generar un constante flujo de turistas. El gran símbolo es el Valle de Ischigualasto, conocido popularmente como Valle de la Luna, del que se proyecta que hace más de 200 millones de años era un paisaje colmado de helechos gigantes y variantes de dinosaurios.

Es más, hace unos meses un grupo de paleontólogos que trabaja en el lugar descubrió un bloque de huesos fosilizados que data de unos 220 millones de años y podría contener restos de una decena de ejemplares.

 

Los dinosaurios son una marca sanjuanina. Hace unos años, en el Museo de Ciencias Naturales se desarrolló una muestra llamada “Titanes de Ischigualasto”, que originalmente estaba compuesta de 16 esqueletos y 23 piezas corporizadas de dinosaurios, que prácticamente recorrió el mundo. Hace pocos días, se anunció que se retomarán los trabajos en el nuevo edificio del Museo y que serán terminados el año próximo. Será posible entonces exhibir en un solo lugar todo el gran tesoro paleontológico sanjuanino.

Otro de los grandes emblemas de la provincia tiene que ver con la fe, y es uno de la religiosidad popular: el Santuario de la Difunta Correa, en Vallecito. Deolinda se llamaba la milagrosa mujer que con su bebé a cuestas salió en busca de su marido, un soldado federal, hasta que la acorraló de sed el desierto: a pesar de su  muerte, de sus pechos siguió manando leche para alimentar a su niño.

“Cuando veo a la gente subir de rodillas, no puedo evitar emocionarme, aunque lo vea todos los días, a cada instante”. El relato era de Adriana Torrent, una vecina de Caucete que trabajaba atendiendo uno de los puestos de venta del santuario.

Van de todo el país y de más allá también. La mayoría, a agradecer. Llevan fotos, objetos, placas y, por supuesto, las consabidas botellas de aguas para aliviar la eternidad de la sed del desierto sanjuanino. “Te cuentan todo por lo que han pasado y lo que le han pedido a la Difunta. Para nosotros, los que trabajamos acá, la Difunta también es milagrosa y le pedimos. Pero lo más gratificante es estar en contacto con esa gente que llega llorando”, decía Ana.

 

El vino del remanso 

La tonada y la cueca son los faroles de la música sanjuanina que tuvo como uno de sus grandes emblemas a Buenaventura Luna. En cuanto a la tonada para hablar, es única y tan perseverante que nunca se abandona el “niiiiño”  aunque de por medio haya años y distancia.

Y entre tantos remansos de belleza que encandilan junto a la Cordillera de los Andes, uno de los señalados es Barrial, un lugar donde hasta el azote caliente del viejo y mítico viento Zonda se vuelve una caricia fresca.

“Es que recién pasa la Cordillera; luego, hacia San Juan, debe atravesar la Precordillera y entonces toma temperatura”. Lo explica Mauro Olivera, un sanjuanino de la capital que hace 15 años salió a buscar lo profundo y a la vez sencillo del paisaje.

“Muchos de los problemas cotidianos que sufre la gente son culpa de vivir amontonados en ciudades. Siempre fui de la idea de que poblar el Interior es una gran oportunidad: todo está por hacerse y es posible aplicar la creatividad de cada uno”, dice. ¿Y por qué Barrial?; “Porque es uno de los paisajes más lindos de la Argentina; el entorno es impresionante”.

En 2004 llegó dispuesto a poner un cibercafé, todo un desafío en la zona. Tanto, que debió llevar una antena satelital para tener conexión y les dio clases de computación a los vecinos. Luego, montó un hostel que alberga a parte de los tantos turistas que llegan, cada vez más en los últimos años y, dólar caro de por medio, en particular a extranjeros.

“El cerro Mercedarios, uno de los más famosos del mundo en la altura de los 6.000 metros, es la gran atracción de los andinistas, sobre todo porque es un cerro virgen”, cuenta.

También la historia es una atracción: allí cerca está el Paso de Los Patos, por donde José de San Martín cruzó a Chile con su ejército. Allí nomás está además la Pampa del Leoncito, con su observatorio astronómico, y uno de los escenarios favoritos para los carrovelistas.

Y se produce vino, claro, como en casi todos los rincones de la provincia.

El gran elixir de las uvas ha quedado para el brindis del final de este recorrido. El país sabe de las bondades del vino sanjuanino, que hace décadas se especializó en el llamado “vino de mesa” pero que ha ido creciendo en su especialización y refinamiento. Tanta pasión sanjuanina de parra y sol no podía sino fecundar en una de las mayores delicias de las copas argentinas.