Por Facundo Miño

María Elena Walsh | Una vida por etapas

Dejó la literatura para hacer folclore en París. Se volcó a los relatos y las canciones para niños que todavía en la actualidad se transmiten de padres a hijos. Dejó de cantar pero nunca de escribir ni de polemizar.

 

 

Facundo Miño | Periodista 

 

La noticia de su muerte en 2011 ocupó las portadas de todos los diarios del país. “Un sol que iluminó la infancia, la libertad y la cultura”, “Adiós a una grande de la cultura argentina”, titulaban; “El país está de luto”, “La ternura de sus canciones marcó la infancia de millones de argentinos”, afirmaban. Hasta la entonces presidenta Cristina Fernández de Kirchner se acercó al velatorio para despedirla. Pocas figuras podrían recibir semejante catarata de reconocimientos. Antes de su fallecimiento ya se la calificaba como “prócer” y “autora genial”. No exageraban. Era María Elena Walsh.

Definirla simplemente como escritora sería un reduccionismo atroz. Entre su debut Otoño imperdonable (1947) y Fantasmas en el parque (2008), una novela autobiográfica, escribió más de 40 libros.

También fue una prolífica compositora de clásicos populares (“Como la cigarra”, “Los ejecutivos”) y de canciones infantiles imperecederas (“Manuelita”, “La mona Jacinta”, “El reino del revés”, “La vaca estudiosa”, “La reina batata”, “Osías el osito” y un larguísimo etcétera).

María Elena había nacido en 1930. Hija de un empleado ferroviario, se crió en Ramos Mejía, provincia de Buenos Aires. En el caserón familiar se respiraba un aire de libertad, menos tradicionalista que en la mayoría de los hogares de la época, con inclinación hacia la lectura y la música.

–Eso fue un privilegio de cuna muy grande, es como heredar una fortuna– aseguraba.

Precoz e insurrecta, abandonó la casa paterna cuando tenía 12 años para estudiar en la Escuela de Bellas Artes. A los 15 publicaba poemas en revistas y en el diario La Nación; a los 17 editó un poemario muy elogiado por la crítica; a los 20 colaboraba con la prestigiosa revista Sur. Pero no disfrutaba.

–No lo pasé bien en la adolescencia. No me pasaba nada en especial pero es una edad muy difícil. Y además yo tengo una tendencia melancólica a pensar en la muerte. Eso solía ser muy de los adolescentes. Ahora se drogan, entonces esas ideas están simuladas. Pero en mi época era en seco nomás– recordaba en 2005.

Pese a ser una promesa literaria, Walsh abandonó el país en 1952. La relación tirante con el peronismo gobernante (con el que después se reconcilió) le generaba asfixia y el mundillo literario, plagado de celos, la asqueaba. Hizo oídos sordos a los reproches familiares, armó las valijas y se instaló en París junto a la artista Leda Valladares para formar un dúo folclórico. Emponchadas, cantaban vidalas y bagualas frente a la bohemia europea con relativo éxito.

De regreso al país, a partir de 1956 la dupla abandonó el folclore para orientarse a la música infantil sin moralina. Muchas composiciones todavía hoy siguen vigentes.

–Alcanza con usar un lenguaje rico y que los versos estén bien medidos para cumplir con la “docencia”. Nunca pensé que hiciera falta agregar una enseñanza al final de una canción ni decirles a los nenes que se porten bien. Nunca me interesó ponerme en el papel de madre.

Insumisa, sin pelos en la lengua, podía explicar con ejemplos concretos el vínculo con los niños.

–No me fastidian los chicos. Me fastidian los padres que dicen "dale un besito a la señora". Dar besitos no les gusta, pero si estoy sola con tres chicos estoy bien. Pero donde antes se te acercaban 10 chicos, ahora son 300 que vienen en forma de malón y están muy contagiados del cholulismo reinante, te atropellan.

 

Textos memorables

Separada de Valladares, Walsh siguió componiendo y cantando un clásico detrás de otro. Fue una de las voces argentinas en la efervescente década del 60 y  continuó como ícono en los agitados años 70. Hasta que un buen día de 1978 decidió que ya no volvería a cantar. Para ella, la vida se dividía en ciclos que en algún momento se agotaban y había que cambiar el rumbo. Así había ido de la literatura al folclore, del folclore al mundo infantil y del infantil al adulto.

–Me di cuenta de que trabajaba por etapas. Me daba miedo estirarlas y terminar estropeándolas. Eran series de cosas para hacer y para no dilatar más de la cuenta. Tenía el ejemplo de artistas que iban estirando su obra, la iban repitiendo con escasas variaciones. Eso me parecía empobrecedor y facilista.

En tiempos de dictadura buena parte de su obra, además, resultaba peligrosa y estaba catalogada como subversiva. Sin embargo, le costaba mantenerse callada.

En 1979, cuando el gobierno militar todavía era poderoso publicó “Desventuras en el País Jardín-de-Infantes”, una columna de opinión en el diario Clarín que sorprendía por sus críticas a la censura cultural imperante. Un fragmento decía: “Si incursiona en la TV -da lo mismo que sea como espectador, autor o "invitado"- hablará del prêt-à-porter, la nostalgia, el cultivo de begonias. Contemplará a ejemplares enamorados que leen Anteojito en lugar de besarse. Asistirá a debates sobre temas urticantes como el tratamiento del pie de atleta, etcétera. El público ha respondido a este escamoteo apagando los televisores. En este caso, el que calla -o apaga- no otorga. En otros casos tampoco: el que calla es porque está muerto, generalmente de miedo”.

Un año más tarde, en 1980, escribió otro artículo memorable en la revista Humor, titulado “Sepa por qué es usted machista”. Allí detallaba 24 puntos que explicitaban posiciones machistas comunes de la época. Con filosa ironía y lucidez extrema, concluía: “(Usted) se cree superiorcito: hace unos 10.000 años que le pasan el aviso y claro, usted sigue comprando un producto inexistente. Ahora puede seguir siendo machista, pero con apoyo logístico (...) Es posible que la perseverancia le acarree aplausos y sensación de deber cumplido, amén de las palmadas de la patota. Pero ojo que no hay premio mayor que saberse persona inteligente y civilizada. Si no opta por eso, estará contribuyendo a la contaminación mental, que es la que nos mata. Y no la humedad”.

María Elena Walsh no tuvo hijos ni se casó. Extremadamente reservada sobre su vida privada, recién en su última novela autobiográfica de 2008, reveló que la fotógrafa Sara Facio, con la que convivía desde hacía 30 años, era su gran amor, “ese amor que no se desgasta sino que se transforma en perfecta compañía”. Cuando le consultaron por esa declaración, explicó:

–Es un tabú que todavía existe. El amor entre hombres está más liberado, porque ellos son piolas y liberan todo en su favor, pero a las mujeres nos cuesta más, y cuando nos sancionan, nos dan con todo.

Murió dos años después de animarse a aquella revelación. La lloró todo un país que aún la sigue extrañando.