Por Alejandro Mareco

El trabajo, fuente esencial de sustento, dignidad y destino de la gente

La crisis, los intereses desmedidos y la complejidad de la época arrinconan no solo los índices de desocupación, sino también la calidad de los empleos y la protección de los derechos de los trabajadores.

 

 

 Alejandro Mareco | Periodista 

José Nasello | Ilustraciones

 

“El hombre es un fin, no un medio. La civilización toda se endereza al hombre, a cada hombre”. Así escribía hace casi un siglo el gran Miguel de Unamuno en “Del sentimiento trágico de la vida”.

El ser humano, los hombres y mujeres que ponen sus pies en la gran marcha de la especie, es el objeto de su propio desvelo. Y si se mira desde una perspectiva larga, más allá de los tramos en los que abundan manotazos regresivos, las flechas de la evolución social avanzan de algún modo hacia mejores condiciones, sobre todo, para las multitudes anónimas.

Claro que en cada uno de esos manotazos regresivos naufraga el destino de generaciones e incluso de pueblos enteros.

Mientras tanto, el paso de esas multitudes, su suerte, no se registra sino en cifras, como una generalidad cuantificable. Sin embargo, aun cuando se comparte con millones un destino social, nacional, un tiempo, un espacio, cada persona es única e irrepetible.

Cada ser humano tiene un rostro, un nombre, una manera de sentir, de vivir, pero tampoco eso es lo que define una identidad. Cada uno no solo es lo que es por sí, sino también por lo que hace, es decir por el rol que desempeña en la sociedad. Por eso es que cada vida encuentra mucho de sentido personal en el destino laboral.

Aunque siempre hay que tener presente que la realización individual encuentra su mejor continente en la realización colectiva.

En tanto, el mes de mayo pone en el centro de la escena a los trabajadores: el 1° se celebra nuestro día.

El recuerdo de la fecha, que todos los años se vuelve a contar pero que nunca sobra, tiene que ver con lo que sucedió en 1886 en Chicago, uno de los centros industriales de aquel fresco Estados Unidos, señalado como el vórtice del capitalismo. Fue una gran huelga, con represión, muertos y ese infame dolor de hombres y mujeres que veían pasar la vida a través de los ojos de un capataz y de un mendrugo de pan.

Es una fecha que detiene a gran parte del mundo (con excepción, precisamente de Estados Unidos) para valorar los derechos conseguidos por los trabajadores. El punto de partida fueron ocho horas de trabajo, ocho de descanso y ocho en la familia, en la vida.

Es decir, lo que está en cuestión cada 1° de mayo no es la metáfora de cómo los hombres somos capaces de sacar los frutos de la tierra a través del trabajo, sino de lo que cuesta a los hombres sacar frutos de su trabajo. Es un feriado concedido a una clase social y no lleva en sus orígenes nombres determinados sino el colectivo superior.

 

Desempleo e inquietud 

Aquí, en Argentina, el Día del Trabajador nos encontró con una pronunciada inquietud sobre pérdidas de puestos laborales y un horizonte complejo en cuanto al sostenimiento del empleo.

Los datos, son contundentes: al cierre de 2018, el índice de desocupación alcanzó el 9,1 por ciento, mientras que en 2017 había llegado al 7,2 por ciento. Lo que supone alrededor de 1.750.000 argentinos en edad activa que no tienen empleo. En tanto, la subocupación demandante, esto es aquellos que tienen empleos de pocas horas y necesitan más, pasó del 7,2 al 8,2 por ciento.

Las cifras podrían ser peores no solo porque la situación de crisis se agudiza en lo que va de 2019, sino que además aparece aliviada porque algunas situaciones de empleo que se siguen contando descendieron en calidad y acceso a derechos. Significa esto un aumento de la precariedad laboral: la tasa de subocupación pasó de 10,2 al 12 por ciento, unas 330.000 personas más en esa situación.

Los datos marcan el momento de deterioro que atraviesa la sociedad argentina. Mientras tanto, detrás de los números están las dramáticas historias de los que padecen esta situación.

“La auténtica tragedia no es el desempleo per se, sino el desempleo agravado con la imposibilidad de subvenir, de un modo adecuado, a las necesidades de los desocupados sin empeorar las condiciones  del desenvolvimiento económico ulterior. Es obvio que el sufrimiento y la degradación -la destrucción de los valores humanos- que asociamos al desempleo perdería, prácticamente, todo su terror si la vida de los desempleados no estuviese seriamente afectada por la falta de empleo”. La elocuente frase la escribió en Capitalismo, socialismo y democracia,Joseph A. Schumpeter, economista austro-estadounidense que se destacó en la primera parte del siglo 20.

El trabajo es ante todo el medio de supervivencia. Pero es especialmente fuente de dignidad, esto es el nivel mínimo de calidad existencial, de respeto hacia uno mismo y hacia los demás. No hay verdadera condición humana sin dignidad. 

 


                Las mujeres siguen padeciendo desventajas  

La mujer sigue padeciendo inequidades y dificultades en el mundo laboral. Comencemos por recordar que en su tarea de ama de casa nunca fue reconocida como trabajadora, y mucho menos remunerada. Tampoco tenía derecho a acceder a una jubilación, hasta que en este siglo argentino muchas consiguieron acceder a esa condición a partir de una decisión del gobierno anterior.

El trabajo del ama de casa ha cumplido un rol vital en el sostenimiento del sistema productivo. Asumía todas las tareas imprescindibles para poder sostener la estructura familiar y social, mientras el obrero entregaba su fuerza laboral.

Y las siguen asumiendo, es decir, todavía están mayormente a cargo de las responsabilidades hogareñas y del cuidado de las personas, como los niños y aun los ancianos en muchas familias.

La  Comisión Mundial sobre el Futuro del Trabajo, de la OIT, en la parte de su informe de 2018 titulada “Empoderar a las mujeres que trabajan en la economía informal”, sostiene: “Las mujeres ocupadas en la economía informal se ven confrontadas a una serie de limitaciones estructurales que les impiden acceder a un trabajo remunerado decente. Como a menudo en ellas recae el mayor peso de las tareas domésticas y el cuidado de los niños, sin remuneración, lo más probable es que no tengan más remedio que aceptar trabajos de baja calidad que les permiten asumir las responsabilidades de cuidado de personas”.

Apunta además: “Existen también normas culturales muy arraigadas que, en algunas regiones, pueden restringir la movilidad de las mujeres fuera del hogar, limitándolas a realizar trabajos a domicilio mal pagados”.

También afirma que, a pesar de tanta lucha por sus derechos y la revolución cultural y social que despliegan las mujeres, “el mundo del trabajo sigue marcado por el predominio de la desigualdad de género”.

“Pese a que las tasas de actividad laboral de las mujeres han aumentado en muchos países, siguen estando en desventaja en el mercado laboral por lo que se refiere a su participación en el empleo, a la remuneración y a las condiciones de trabajo”, dice el informe.

 


Incertidumbre y manotazos 

El mundo laboral está transformándose continuamente debido a factores como la demografía y la revolución tecnológica. Los trabajadores de las nuevas generaciones enfrentan un momento en el que la incertidumbre parece ser el estigma.

Los empleos volátiles, fugaces y con escasas remuneraciones marcan una tendencia que se verifica por ejemplo en los casos de los jóvenes que reparten pedidos a domicilio o los que son transportistas. Los trabajadores son los que arriesgan sus pequeños capitales (motos, teléfonos celulares, autos; hasta pagan alquiler por las cajas donde se trasladan los envíos de comida), mientras que los empleadores corren los menores riesgos posibles. Las empresas visibles de esta modalidad son la colombiana Rappi, la española Glovo o la estadounidense Uber. 

En octubre del año pasado, durante la reunión de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sobre “El Futuro del trabajo” que se realizó en Panamá, la delegación argentina debatió sobre el impacto de las apps en la eliminación de empleos tradicionales y el “trabajo seguro y decente”, según se dijo.

“Argentina vuelve a ser el conejillo de Indias de la región con los chicos en bicis y mochila al hombro”, sostuvo Pablo Micheli, dirigente de la CTA, uno de los gremialistas presentes en la reunión.

"Tiene que haber un nuevo contrato social tecnológico y los trabajadores deben capacitarse a lo largo de toda su vida", planteó allí Pablo Dragún, director del centro de estudios de la Unión Industrial Argentina, que acompañó a las autoridades nacionales.

Entre tanto, detrás de estas incertidumbres sobre las nuevas relaciones laborales y especialmente en la crítica frecuente que se hace a “los últimos 70 años” del camino argentino, se aloja la persistente intención de flexibilizar los derechos laborales. Lejos está de ser un objetivo nuevo sino que es un conato de manotazo que se repite cíclicamente cada vez que hay gobiernos neoliberales. Como pasa en estos días coronados con el acuerdo con el FMI, siempre enarbolando con la flexibilización.

Es que en estos 70 años han sobrevivido derechos laborales y leyes de protección social que representan en sí mismos un mecanismo distributivo. Esta es la grieta argentina, la profunda, la que tiene esta edad.

 

El futuro y los principios 

Frente al panorama complejo, la OIT creó en 2017 la Comisión Mundial sobre el Futuro del Trabajo. En sus informes, recoge el guante del planteo formulado por el economista estadounidense Jeremy Rifkin en 1995 en su libro El fin del trabajo. Sostiene la idea del declive de la fuerza del trabajo global y el nacimiento de la era posmercado.

“Sin embargo, el trabajo sigue siendo un pilar de la vida de las personas, las sociedades y la política”, sostiene la OIT. A la vez, recurre a sus principios sobre la función social del trabajo, subrayados en su propia Constitución. “Todos los seres humanos, sin distinción de raza, credo o sexo tienen derecho a perseguir su bienestar material y su desarrollo espiritual en condiciones de libertad y dignidad, de seguridad económica y en igualdad de oportunidades”.

El informe aclara que tal formulación “refleja la idea de que el trabajo sirve para atender necesidades materiales, y que además guarda relación con la realización personal”.

Volvemos entonces a la filosofía de Miguel de Unamuno que en aquel maravilloso libro citado al comienzo de la nota, afirmaba: “Jamás me entregaré de buen grado, y otorgándole mi confianza, a conductor alguno de pueblos que no esté penetrado de que, al conducir un pueblo, conduce hombres, hombres de carne y hueso, hombres que nacen, sufren, y aunque no quieran morir, mueren; hombres en fin que buscan eso que llamamos felicidad. Es inhumano, por ejemplo, sacrificar una generación de hombres a la generación que sigue cuando no se tiene sentimiento del destino de los sacrificados. No de su memoria, no de sus nombres, sino de ellos mismos”.