Por Alejandro Mareco

El confuso camino hasta octubre, empedrado de decisiones provinciales

 

Con un panorama nacional todavía poco claro, 10 provincias resolvieron adelantar sus comicios para despegarlas de las elecciones presidenciales. Se intenta evitar el impacto que tendría un eventual choque excluyente entre Mauricio Macri y Cristina.

 

Alejandro Mareco | Periodista 

José Nasello | Ilustraciones 

 

El camino hacia octubre, cuando el pueblo argentino votará para elegir a un nuevo presidente de la Nación, está empedrado de intenciones diversas y quizá nos depare varios tramos sinuosos.

Aún se ve lejano y confuso el horizonte en el que acaso asome una chance para torcer un estado de cosas que nos encuentra en uno de los momentos de mayor crisis en que nos hemos visto inmersos.

El país ha desembocado en 2019 cargando con una profunda situación que se puede graficar con la contundente cifra de 47,6 por ciento de inflación de 2018, el peor índice de los últimos 27 años, y con una deuda pública que equivale al 86 por ciento del Producto Bruto Interno. El  gobierno que resulte elegido en las próximas elecciones deberá afrontar pagos por casi 150.000 millones de dólares entre 2020 y 2023, el triple de lo que debió afrontar la actual gestión.

El año que nos precede ha sido el más traumático de los últimos vividos, con una disparada del dólar que duplicó la cotización, enorme fuga de capitales y, finalmente, un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que volvió a someter nuestras posibilidades a sus decisiones.

Mientras tanto, todavía no parecen haberse alcanzado las peores consecuencias en materia de desempleo, pobreza y baja del nivel de vida de la mayoría de la población.

En este marco y frente a las incertidumbres no sólo sobre cuáles serán las alternativas electorales más claras sino también sobre cómo será la marcha de los acontecimientos económicos y sociales, y cuáles serán sus efectos, hasta ahora una decena de provincias votará con su propio calendario.

Hasta los dos primeros meses del año no estaban definidos los candidatos y alianzas políticas que enfrentarán el intento de reelección de Mauricio Macri. Todavía forman parte de una danza que planteó algunas puestas en escena como actos de demostración de fuerzas, pero el panorama irá precipitándose de acuerdo al paso en los hechos y el estado de la situación general de las próximas semanas. 

 

Volatilidad y tácticas apretadas 

Que gobernadores peronistas y de otros orígenes hayan resuelto el adelantamiento de los comicios es indicio contundente de la volatilidad del presente político a escala nacional. Frente a estas condiciones, tratan de asegurarse o al menos manejarse con más certezas en sus propios territorios.

Una de las posibilidades es que el país se encamine a una batalla feroz y excluyente entre Macri y Cristina Kirchner. Ese escenario, además de llevarse puestas todas las energías, es incómodo para algunos mandatarios provinciales peronistas que no terminan de definir ni frente a sí mismos qué posición asumirán puestas las cosas de este modo.

Por el lado oficialista de Cambiemos, para evitar lo que sería un gesto de evidente reconocimiento de que la propia figura de Macri es asumida como un factor electoral adverso, en la provincia de Buenos Aires la gobernadora María Eugenia Vidal, luego de titubeos y cónclaves, resolvió mantenerse unida al presidente en los comicios de octubre.

Lo mismo hará Horacio Rodríguez Larreta en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Pero el radical Alfredo Cornejo, gobernador de Mendoza decidió desdoblarlas: las generales se realizarán el 29 de septiembre.

Mientras tanto, hasta avanzado febrero el radical jujeño Gerardo Morales seguía especulando sobre qué fecha plantear en su territorio. La dicotomía indicaba por un lado el acatamiento a la táctica electoral central de Cambiemos; por otro, se enfrentaba a la inquietud de llegar a unas elecciones precedidas por triunfos peronistas en otros distintos.

“La decisión de desdoblar con las elecciones nacionales responde en poder despegarse de muchos de los problemas que acarrea una elección nacional y que muchas veces las provincias quedan afectadas”. La frase es de Alberto Rodríguez Saá, gobernador de San Luis, cuando anunció los comicios generales provinciales para junio.

En el camino de las urnas que irán jalonando la marcha hasta octubre no sólo se trata de evitar la eventual canibalización bipolar de las elecciones nacionales, sino que los propios resultados que se irán cosechando pueden llegar a tener un alto impacto en el ordenamiento nacional de las fuerzas.

Por ejemplo, si el 12 de mayo el cordobés Juan Schiaretti obtuviera un contundente triunfo en la urnas de su provincia, según estén dadas las cosas en el frente del Peronismo Federal y en la realidad socioeconómica del país, su figura podría tener otro peso, incluso para aspirar a una candidatura a presidente.

Por el lado de Cambiemos y sus pretensiones de llevar a Macri a un nuevo mandato, las cosas están claras. Ante la caída de la imagen positiva del presidente y la falta de expectativas de que la crisis pueda aliviarse, según indican las encuestas, se trata de cerrar filas para impedir la fuga de votos mientras se apunta a la gran táctica de poner las cosas mano a mano con Cristina y trabajar sobre el descrédito de la expresidenta.

Un elemento decisivo del plan es la fragmentación del peronismo, de modo que una tercera alternativa asegure el desvío de una parte de los sufragios.

Entre tanto, hasta febrero la expresidenta no había proclamado su candidatura por Unidad Ciudadana ni por otro frente peronista. Se supone que aún falta bastante para decantar negociaciones e incluso lo irreductible de algunos enfrentamientos.

El “cisne negro” al que dicen temer algunos analistas oficialistas es a la posibilidad de que Cristina renuncie a su postulación y acompañe con su caudal de votos a otro nombre peronista que encabece un gran frente y acorrale las chances de Macri. 

 

Democracia y entusiasmo 

La que sobrevendrá en octubre será la novena elección de un presidente desde que fue recuperada la democracia, en 1983.

La democracia era un viejo sueño argentino que al despuntar el siglo 20 se había jugado luchas bravas. Hasta que el voto universal hizo realidad que la razón del poder fuese por fin la voluntad de las mayorías. Esa fue la causa de los golpes de Estado que  jalonaron la centuria pasada, contra el yrigoyenismo y el peronismo, y el de tanta estrategia que siguió para domesticar los bríos democráticos.

A poco de andar aquella democracia de 1983, pronto entendimos que muchas de las penas se agravaron. La dictadura no se había esfumado sin dejar rastros muy profundos: la deuda externa sería por 20 años una soga en el cuello que mantendría sumergidas nuestras chances de desarrollo y de alcanzar una sociedad más justa, hasta que en 2001, al final de la voracidad neoliberal, se produjo el gran naufragio.

Sabemos muy bien lo que es vivir atados a tanta deuda, como nos sucede en estos días. Además, tanto había sido sufrido el pueblo, la sociedad en la travesía por la dictadura, que luego intentamos aferrarnos a la institucionalización, a las libertades y a los derechos.

Entonces, la realización colectiva, la democracia como herramienta para la justicia social, para una mayor distribución, quedaría postergada.

En los últimos 70 años de los que suele hablar con énfasis condenatorio el presidente Macri, caben tres golpes de Estado y medio (sumada la caída de Arturo Frondizi), 18 años de proscripción del peronismo y dos tremendas dictaduras, la última, tan sangrienta y feroz que estremeció la conciencia de la Humanidad.

Curiosamente, esos 70 años registran más de tres décadas de dirección neoliberal de la política económica, en la vereda opuesta al protagonismo estatal en la distribución de los recursos.

En estos últimos tiempos, en tanto, hemos asistido a una gigante transferencia de recursos de los sectores populares hacia los que concentran poder económico.

Hasta aquí han sobrevivido derechos laborales y leyes de protección social que representan en sí mismos un mecanismo distributivo y sobre los que, en consecuencia, se lanzan reciclados ataques.

Así, en cooperación ideológica con el FMI, vuelven los proyectos de flexibilización laboral y de pauperización de los jubilados. Se alienta el regreso de jubilaciones privadas a través de fondos de dinero que, mientras duró su vigencia durante una década, se beneficiaron muy pocos: empresas y gerentes de AFJP.

Las elecciones que vienen aparecen como toda una encrucijada en el camino. Tantas veces hemos llegado a estas instancias en medio de confusiones y con el fantasma de la crisis en los talones, que pocas veces los pronunciamientos populares son en positivo sino que suelen expresar rechazo.

Es decir, se vota con el no antes que con el sí.

Nos pasa también que entonces no hay claridad para plantearse en las urnas asuntos claves. Por ejemplo: ¿queremos ser un país atado a un modelo únicamente agroexportador, atado a la producción de materia primas, o aspiramos a recuperar la actividad industrial que genera muchas más oportunidades de empleo?

A veces seguimos el rastro de promesas y consignas que no se cumplen ni se respetan jamás, hechos que significan una defraudación al espíritu democrático.

Tenemos por delante un año largo hasta la fecha de la votación. Ojalá encontremos la posibilidad de hacerlo con entusiasmo, que es la única manera de seguir una esperanza.