Por Osvaldo Aguirre

“Los hombres son producto de una máquina social de producción de violencia”

 

 

ENTREVISTA | Pionera en los estudios de género en la Argentina, la psicoanalista Irene Meler reflexiona sobre el “entrenamiento en la violencia” que atraviesa las relaciones sociales y destaca que los femicidas “son como el rostro que no queremos ver de nosotros mismos”.

  

Osvaldo Aguirre | Escritor y periodista 

 

Cofundadora del Foro de Psicoanálisis y Género y pionera en los estudios de género en la Argentina, Irene Meler es una de las referentes con mayor trayectoria en el feminismo. Los problemas de la subjetividad femenina, los roles sociales y culturales de las mujeres y la violencia en las relaciones de familia son cuestiones persistentes de su reflexión y de su trabajo como psicoanalista y escritora, que inició hacia principios de los años 80, cuando la temática era prácticamente ignorada, y despliega en la actualidad a través de la enseñanza y la práctica clínica.

Entre otros libros, Irene Meler publicó Recomenzar. Amor y poder después del divorcio (2013) y compiló Psicoanálisis y género. Escritos sobre el amor, el trabajo, la sexualidad y la violencia (2017). Actualmente coordina el curso de especialización en Psicoanálisis y Género en la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires y codirige la maestría en Estudios de Género de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (Uces). Los roles de género como construcción cultural, el “entrenamiento en la violencia” que supone la socialización masculina y la subordinación que padecieron históricamente las mujeres, como plantea en esta entrevista, son preocupaciones centrales en su abordaje de la violencia de género.

 

La violencia de género ha dejado de ser un problema de la intimidad para exponerse como cuestión pública. ¿Cómo observa ese proceso?

–La violencia masculina ha sido cultivada colectivamente a través de la historia. Los hombres son producto de una máquina social de producción de violencia. Las comunidades humanas se han organizado de esa forma: el rol masculino tradicional era el de pelear, un rol ligado a dar muerte a los otros, se esperaba, no a los propios; y los roles femeninos estaban más ligados a ser objetos sexuales y a dar a luz. Ha sido un dispositivo de regulación social transhistórico y transgeográfico, muy poderoso, que en este momento está cambiando. Tenemos personas socializadas a través de generaciones y generaciones para confrontar con los demás, como lo describen los rituales de preparación para la masculinidad en los pueblos primitivos, donde raptan a un chico de siete años que es un mamero y un llorón y lo meten en una cofradía de hombres donde le pegan, lo asustan y lo lastiman, y después de ese tratamiento sale un guerrero. La masculinidad ha sido la máquina cultural de transformar niños normales, débiles, apegados, en máquinas de matar.

 

¿Cómo se plantea esa situación en el presente?

–Las instituciones militares y policiales empiezan a incorporar mujeres en un estatuto ambiguo, comparable con el de las amazonas. Tienen que ser femeninas en cuanto a su aspecto, pero ser capaces de violencia si es necesario. No sabría decir si es un cambio progresivo. Tal vez sea necesario que algunas generaciones pasen por esos rituales de iniciación siniestros y demuestren que cualquier ser humano puede transformarse en una máquina asesina. Mi aspiración sería que desaparecieran todos esos dispositivos y que no hubiera tal nivel de letalidad en las relaciones con las personas, pero tal vez el camino de la paridad tenga que pasar por algo de eso.

 

¿Qué manifiesta la violencia contra la mujer?

–Hay hipótesis sociohistóricas, como las que comenté, y hay hipótesis más ligadas a tendencias psicológicas muy extendidas. En la mayor parte de las sociedades conocidas, la masculinidad es un estatus elevado. Por ejemplo, cuando querés humillar a un niño le decís que es una nena; cuando querés enaltecer a una mujer policía le decís que ha llegado a ser un hombre. Es decir que ser un hombre es un estatuto honroso. Algunas mujeres podríamos ser hombres honorarios, por así decir. Los hombres que tienen una condición que se asemeja a la condición femenina son hombres deshonrados. Claramente lo que se ha llamado diferencia sexual es más que nada una jerarquía social. Los niños varones que llegan a lo que desde el psicoanálisis se llama período edípico, buscan construirse como masculinos y para ello tienen que disociar de su personalidad los aspectos ligados a la inmadurez, a la necesidad de apego, de protección. Esos aspectos de la personalidad masculina son como basura para esa mentalidad. Esa basura es depositada en la representación de las mujeres. Entonces las mujeres son las débiles, las lloronas.

 

¿En qué sentido los hombres pueden ser “deshonrados”?

–La masculinidad es una condición social fuertemente estratificada en su interior. Los hombres no son todos iguales. Una socióloga australiana, Raewyn Connell, considera que existe una masculinidad hegemónica, que sería la de los hombres más poderosos, más ricos, más exitosos; una masculinidad a la que llama cómplice, que usufructúa el privilegio de pertenecer al colectivo masculino y siempre tiene alguna ventaja; las masculinidades subordinadas, que son los hombres sometidos por otros hombres y finalmente las masculinidades marginales, en las cuales se encontraría todo el espectro queer, gay. Hoy en día ya no es tan así porque algunos gays pueden entrar en la masculinidad hegemónica y trabajar muy bien, por ejemplo, en las multinacionales. La discriminación no ha desaparecido pero corre por carriles de clase, fuertemente, no solo de orientación sexual.

 

Los femicidas suelen defenderse diciendo que actuaron bajo emoción violenta. ¿Son casos ajenos a la normalidad o, por el contrario, parte constitutiva de lo que se considera normal?

–No creo que sean casos normales y tampoco tan anormales. Son la expresión hiperbólica de una tendencia propia de la masculinidad cultural. Son como el rostro que no queremos ver de nosotros mismos, como una caricatura. Con esto no digo que cualquier hombre es un asesino en potencia, pero sí que hay un entrenamiento para la violencia que se da durante toda la vida. Una vez mi hijo varón me dijo algo que me impresionó mucho: en el colegio había tenido que someterse a que le dieran puñetazos en el abdomen. El que no aguantaba eso tenía que agacharse y dejar que le pegaran patadas en el culo. Son rituales sádicos que se crean entre los propios chicos. Entre mujeres puede haber maledicencia, exclusión, “con esa no me junto”, otras formas de sufrimiento, pero la violencia física no está tan instalada como algo que se hace en secreto entre los hombres.

 

¿Cómo se desarma ese entrenamiento para la violencia?

–No sé bien. En Argentina hay un enorme aparato del Estado destinado a asistir a víctimas de la violencia. Es como un nuevo trabajo para psicólogos, abogados y trabajadores sociales. Los que perpetran la violencia son hombres en su enorme mayoría. El Estado los judicializa, los criminaliza, los aísla a través de medidas de exclusión pero no los asiste, y son la mitad de la humanidad. No podemos decir que son irrecuperables, o que vamos a hacer un mundo de mujeres. Si hemos creado una cultura tal que la mitad de la gente tiene tendencias antisociales y violentas, y un porcentaje de ellos las ejecutan, algo tenemos que hacer, los tenemos que asistir de alguna manera. Hasta ahora lo que se han hecho son programas socioeducativos, por ejemplo hay una experiencia en Estados Unidos, un programa para ofensores hispanos, parece que eran más violentos que los anglosajones, por lo menos para ellos. Les pasaban música popular, para hacerles ver lo sexistas que eran las letras, cómo enfatizaban la idea de que el varón posee a las mujeres, que es su dueño, como para hacer entrar en conflicto las representaciones y los valores adquiridos. Con estas reuniones, que eran compulsivas y alternativas al encarcelamiento, se buscaba generar alguna conciencia sobre el problema.

 

Si bien la violencia de género tiene una fuerte condena social, la cosificación de la mujer sigue siendo común en la publicidad y en los medios de comunicación.

–Además de las cuestiones de la subordinación cultural de las mujeres, el cuerpo femenino es el origen de la vida de todos nosotros. Somos una especie que nace de mujer. El cuerpo de la mujer, que es el primer objeto de deseo para niñas y niños, es transformado en el paradigma de la deseabilidad en una sociabilidad mercantil, en el modelo de lo que se puede desear adquirir y se usa para vender, para atraer. El cuerpo masculino, si bien tiene su atractivo, no es comercializado y objetalizado de la misma manera. Posiblemente todavía no se vea a las mujeres como sujetos deseantes de la misma forma. En cambio se vende cualquier cosa con un cuerpo de mujer, incluso a las mismas mujeres, y creo que eso expresa el estado del cuerpo femenino como primer objeto de deseo.

 

¿Cuáles son las representaciones y valores sobre la mujer que deberían ponerse en crisis?

–Por ejemplo la idea de que la sexualidad pertenece al hombre, que el honor del hombre reside en la capacidad de control de la sexualidad de sus mujeres. Me refiero a la esposa pero también a las hijas. Es como si un hombre se transformara en homosexual pasivo si las mujeres que están bajo su control son apropiadas por otro hombre. Por eso los insultos que aluden a los genitales de la hermana, porque si tu hermana es alguien promiscuo vos sos un pobre hombre incapaz de defender el honor familiar. Muchos episodios de violencia tienen como antecedente la celotipia, que siempre tiene un sustrato de deseo homosexual. La asociación de celos y violencia, el control celoso, la fantasía de “estuviste con otro”, forman casi parte de una masculinidad normal.

 

Los reclamos del feminismo suelen ser criticados, desde posiciones retrógradas, con el argumento de que alteran una supuesta naturaleza humana.

–La masculinidad se construye a través de procesos rituales, reiterados en el tiempo. Nunca es natural, al contrario: es una condición penosamente adquirida durante la vida.