Por Diego Genoud

“Dado el nivel de la crisis, hay que celebrar el bajísimo nivel de conflictividad”

PH: Juan Casas


Dice que Mauricio Macri ganó dos elecciones con una alianza social similar a la que logró Carlos Menem en los años 90, asegura que el Gobierno no conoce ni entiende las demandas de la clase media y advierte que puede perder esos votos en las presidenciales de 2019. Alejandro Katz está entre los intelectuales que recibieron un baño de desilusión durante los tres años de Cambiemos en el poder. No ahorra críticas al capitalismo prebendario ni busca excusas para defender al oficialismo pero sigue apostando por la única variante conocida para enfrentar a las distintas versiones del peronismo en el año electoral. Ensayista, traductor, editor y miembro del Club Político, Katz sostiene que la meritocracia se basa en anécdotas personales que no pueden proyectarse al resto de la sociedad, sugiere que la carencia de roce social del gabinete tiene consecuencias políticas y afirma que el Gobierno ataca al pasado porque no sabe muy bien cómo producir un futuro mejor. Además asegura: “Dado el nivel de la crisis, hay que celebrar el bajísimo nivel de conflictividad”. 

 

 Diego Genoud | Periodista

 

–Después de las elecciones de 2017, escribió sobre el desafío que representaba para Cambiemos interpretar el resultado. ¿Lo hizo bien el Gobierno?

Ex post, es evidente que siempre la política interpreta mal a la realidad. Después de la crisis cambiaria, es fácil decir que el Gobierno se equivocó pero buena parte de los problemas tiene que ver con no haber escuchado, en distintos momentos, distintas voces y advertencias cooperativas. Abrir la cuenta de capitales de un modo imprudente con finanzas públicas muy frágiles y exponerse sin ninguna necesidad a la presión de los especuladores financieros. Que no se podía devaluar y subir tarifas sin que todo eso se fuera a la inflación y golpeara en los hogares. Decisiones muy mal tomadas por ceguera ideológica y por encierro. 

–¿Qué cambia con la corrida de 2018?

–Hasta ese momento, se mantenía la ilusión de que el Gobierno tenía las herramientas para conducir la economía. Un sector de la sociedad estaba dispuesto a pagar todos los costos a cambio de alejarse del pasado. La corrida cambiaria modifica la ecuación. Es mucho más difícil renovar una ilusión cuando, en tres años de gestión, el Gobierno ha mostrado muy poca capacidad de conducir adecuadamente la economía. No pensó que el kirchnerismo utilizaba herramientas de política económica que son genuinas y pueden ser necesarias. Pensó que el control del mercado de cambios era parte de la psicosis de Kicillof y no una decisión que los gobiernos chilenos tomaron en todos los momentos en que fue necesario.

–¿El Gobierno incineró el activo del futuro y lo perdió como promesa viable?

–El Gobierno se apalancó en el pasado para producir una idea de futuro. Pero en tres años no consiguió que ese futuro fuera creíble. Todo indica que no sabe muy bien cómo producir un futuro de mejor calidad. Por lo tanto tiene que volver a recordarnos que lo que había era peor.

 

De Menem a Cambiemos 

–Pese a todo, el Gobierno sigue teniendo un piso envidiable.

–Hay un porcentaje que se construye en el rechazo al kirchnerismo y quizás, más generalmente, al peronismo. Siempre hubo en Argentina un sentimiento antiperonista intenso, que no siempre encontró una expresión donde afirmarse. Pero no es sólo antikirchnerismo, hay otras razones.

 –¿Cuáles serían? 

–Cambiemos marcó un espacio político claro, una gobernabilidad orientada al mercado, con niveles de apertura mayor y reinstauró una cierta idea de pluralidad que el kirchnerismo estaba estrechando. Eso le sigue pareciendo muy valioso a mucha gente. En muchos casos, es gente que no padece estrecheces pero en otros hay una clase media que sufre dificultades por la recesión, que ha perdido ingresos con la devaluación pero que prefiere esto y está dispuesta a sostenerlo.

–Esa es la fortaleza de Cambiemos.

–Cambiemos ganó dos elecciones con una alianza similar a la que logró Menem desde el peronismo, entre las élites y los sectores populares. Quizás no son las mismas élites ni los mismos sectores populares, pero Cambiemos ganó con mucho voto de sectores subalternos y ha mostrado interés en hacer una política orientada a la contención social. Es lo mismo que ha hecho el peronismo, al menos desde el regreso de la democracia. Es una formación tradicional del conservadurismo popular en Argentina.

–¿Qué pasa con la clase media?

–El Gobierno no tiene una política para los sectores medios, no los conoce ni le importa conocerlos. Cree que los sectores medios son generadores de conflicto y de costos que demandan cosas muy caras, como un dólar barato para veranear en el exterior. Son los sectores que extienden más fácilmente su disconformidad, que crean los climas de opinión favorables o contrarios. Si Cambiemos tuvo votos de la clase media, los tuvo por el hartazgo que generaba Cristina. Pero son los votos más volátiles.

–¿Y a dónde pueden ir esos votos?

–Muchos pueden estar volviendo al cristinismo, muchos pueden volar a un candidato del peronismo federal que no estamos viendo, que sepa interpelarlos, como puede ser Lavagna. No sabemos cómo generar una política de clases medias, una política de distribución equitativa de la renta, la riqueza y el poder. Implica no política asistencial y política de acumulación del capital, sino políticas de desarrollo y de bienes comunes. Por eso en los últimos 40 años hemos tenido más concentración de riqueza del capital productivo y más pobreza y marginalidad. La clase media es molesta, es incómoda.

–¿El radicalismo dejó de expresarla para siempre?

–El radicalismo ha perdido el rumbo desde el fin del gobierno de Alfonsín y no ha tenido capacidad de repensarse. El PRO, guste o no, ha podido interpelar a la sociedad, si se quiere, despolitizándola. Pero eso es político. Ha podido captar un estado de la opinión, ciertas demandas colectivas, ciertas voluntades de transformación difusas, y ha sabido construir un discurso en relación con esas percepciones. El radicalismo no tiene un discurso, repite consignas antiguas y no se lo ve interpelando audiencias.

 

 Macrismo, meritocracia y capitalismo 

–Remarca que la movilidad social está muerta y el aprendizaje y el esfuerzo no alcanzan ya. ¿Qué tipo de horizonte común imagina?

–Hoy los trayectos vitales dependen fundamentalmente de la cuna, no del esfuerzo ni del aprendizaje. La evidencia anecdótica no construye nada. La movilidad social no es el caso de alguien exitoso, es la capacidad real de una sociedad de construir un futuro mejor, de una sociedad a otra. En Argentina es doblemente grave porque ocurría antes y ya no ocurre pero es un problema que existe en todas las sociedades occidentales. Eso no nos exime de buscar soluciones, si creemos que la movilidad social es un valor compartido. El primer elemento para que el destino no dependa de la cuna es la construcción de bienes públicos de calidad. Ahora, no veo que este Gobierno tenga una voluntad en esa materia, como no lo veía antes.

 

“El Gobierno se apalancó en el pasado para producir una idea de futuro. Pero en tres años no consiguió que ese futuro fuera creíble y todo indica que no sabe muy bien cómo producirlo. Por eso vuelve a recordarnos que lo que había era peor”.

 

–¿No lo ven como una necesidad?

–No advierten que no son productos de una sociedad meritocrática. En la medida en que se imaginan como productos de sí mismos, piensan que todos tienen la oportunidad de producirse de ese modo. Ahí hay un problema. En segundo lugar, ellos imaginan que la primera instancia de mejoramiento de la sociedad es el mercado y el mercado no va a producir ni bienes públicos de calidad ni condiciones para que los ciudadanos puedan desarrollar planes de vida autónomos. Cada vez que se apuesta al mercado lo que se hace es postergar la creación de oportunidades para quienes la necesitan hoy.

–Parece difícil que el Gobierno cambie esa percepción.

–Hay problemas ideológicos, de imaginación; problemas de experiencias de vida, de grupo de pertenencia. No creo que sean gratuitas las trayectorias en escuelas privadas, la falta de experiencia del uso del transporte colectivo, la falta de experiencia de la dificultad financiera doméstica. Es muy difícil que todas esas carencias de experiencia no impacten sobre la visión del mundo, que orienta las decisiones de la política.

–Usted critica mucho al capitalismo rentístico y prebendario. ¿Cree que Macri puede combatirlo?

–Yo ahí pondría una buena carta a favor de Macri. Quiso contribuir a que el capitalismo argentino sea más competitivo y menos rentístico, más abierto, más innovador, más schumpeteriano si se quiere. Quizás quiere todavía aunque no sé si tiene las condiciones para lograrlo.

–¿Por qué?

–No hay capacidad de vincular la dinámica del capitalismo a la que Macri aspira con la existencia de privilegios que no son identificados como tales. La promoción industrial en Tierra del Fuego le ha costado al país 3000 millones de dólares por año. 30.000 millones de dólares en 10 años destinados a cinco empresas y 10.000 personas. En mi idea de capitalismo competitivo, es uno de los primeros temas a desarticular. ¿Por qué no ha ocurrido? ¿Porque el amigo Caputo es uno de los empresarios de la isla? Puede ser. ¿Porque los tres senadores de la isla son esenciales para las leyes del Gobierno? No sé. Pero un capitalismo competitivo elimina los privilegios y en lo que va del Gobierno no ha habido preocupación por ese tema. Otro ejemplo: la telefonía celular que todavía no está regulada como servicio público, lo cual supone permanentes abusos de las compañías sobre los consumidores sin un Estado regulador.

–Salta a la vista también la megafusión Cablevisión-Telecom, que el Gobierno además defiende.

–Ese es otro ejemplo. Estoy dispuesto a ser un ciudadano capitalista pero quiero serlo en un entorno en el que todos lo sean. Doy otro caso: la ley de promoción del software, que es una ley bien diseñada para estimular una industria naciente con alto potencial de exportaciones que genera trabajo de calidad y no exige insumos importantes para crear valor. Ahora una empresa que cotiza en la Bolsa de Nueva York y vale 1000 millones de dólares no puede estar bajo ese régimen.

 

Cristina sobre el peronismo 

–¿Por qué no nació, tres años después, el peronismo postkirchnerista?

–Porque no tienen una sola idea que la sociedad haya considerado valiosa como para querer adoptarla. Entre Urtubey y su educación católica en las escuelas y De Mendiguren y su idea de una industria bebé que siempre tiene que ser protegida, no encuentro nada que pueda apasionarla. Es un peronismo moderno es cierto, pero es la modernidad del siglo XIX.

 

“Hay funcionarios que se creen producto de una sociedad meritocrática. Las trayectorias en escuelas privadas, la falta de experiencia del uso del transporte colectivo, la falta de experiencia de la dificultad financiera doméstica, todas esas carencias, impactan sobre la visión del mundo que orienta las decisiones de la política”.

 

–¿Por qué sigue vigente Cristina como principal referencia opositora?

–No lo sé. Creo que la base de la adhesión a Cristina está en los sectores populares, donde la política del kirchnerismo fue muy pregnante. Pensemos que se trata de personas a las que la crisis de 2001 sumió en la miseria absoluta sin horizonte de ningún tipo. Para ellos, el kirchnerismo tuvo un discurso de reconocimiento importante que permitió ciertos umbrales de dignidad, de un mínimo precario bienestar material. El kirchnerismo nunca se preocupó porque dejaran esa situación con políticas públicas, como la de la escrituración de tierras, que este Gobierno está instrumentando ahora y hubiera empoderado mucho más que cualquier discurso. Pero el kirchnerismo mantiene un vínculo de lealtad por razones muy comprensibles. El Gobierno actual prometió una prosperidad que no llegó. Para el asalariado, una inflación del 48 por ciento es terrible y el futuro es una fuente de incertidumbre y de amenazas permanentes. Hay gente que no hace un voto ideológico y le quita el apoyo al Gobierno; es comprensible.

–¿Cómo se explica la paciencia social ante un cuadro complejo y sin perspectivas de mejora en el corto plazo?

–Dado el nivel de la crisis, hay que celebrar el bajísimo nivel de conflictividad. Con 45 por ciento de inflación, 10 por ciento de desempleo, caída del 15 o el 20 por ciento del salario real, la conflictividad social es muy baja. ¿Por qué? Hay organizaciones que se convierten en interlocutores del Gobierno, negocian y ejercen una representatividad que organiza la demanda. Y eso es una suerte, porque son sectores que quedan menos desguarnecidos y porque afectan menos la gobernabilidad. Entre los sectores medios bajos y medios, pesa la memoria del 2001 y la muy extendida convicción de que es mejor que las cosas no estallen. Esto es una crisis económica, pero no es crisis de la institucionalidad, no es una ruptura de los contratos. Eso no ha ocurrido y creo que nadie quiere que ocurra, salvo algunos que desean que todo eso hunda.