Por Mario Riorda

Los discursos de la tolerancia

Mario Riorda

Politólogo. Director de la Maestría en Comunicación Política de la Universidad Austral 

 

 

Definir qué cosa es tolerancia, o lo que se considera como respeto por la tolerancia no es nada sencillo. 

Inicialmente, es oportuno tomar una reflexión (dada por la negativa, ciertamente), que el jesuita Osvaldo Pol hacía, advirtiendo que la tolerancia puede devenir en tres tipos básicos de desviaciones.

La tolerancia porque hay desinterés.

La tolerancia de los que no tienen nada que defender.

Y una tolerancia escéptica y libertina, que descalifica a los otros desde el prejuicio.

La que tolera porque en el fondo se desinteresa parece banal pero es la más violenta porque lo que esconde es una negación o subestimación del otro que ni siquiera llega a considerar.

La tolerancia de los inseguros que no tienen ninguna certeza que defender. Es difícil imaginar personas sin ideas. Es más bien imposible. Pero sí hay personas sin compromiso. Escondidas en su comodidad o en su visión individual. El racionalismo, desde un discurso técnico, describe a esto como maximización de utilidades. Traducido: aunque la maximización es egoísmo, muchos maximizan del modo más egoísta posible. Sin ser parte de causas, defensas, reclamos, posturas públicas donde la idea de bienestar general sea importante.

Se me ocurren algunas grandes ideas de las que es difícil no posicionarse en torno a ellas como la defensa del Estado de Derecho, el desenmascaramiento de las injusticias, la pobreza y la marginalidad, el análisis crítico de la globalización, el señalamiento de los extravíos recurrentes del compromiso social y la ausencia habitual de ética en el ámbito político, sumado a una defensa irrestricta de los valores democráticos, las libertades personales, morales, religiosas; la visión sobre el ambiente. Son algunos tópicos en la búsqueda de verdades contributivas a un orden social y político más justo. 

La tolerancia escéptica y libertina parte del prejuicio de que los demás son incapaces y tontos. Esta última se evidencia en conductas condenables públicamente que cada día se tornan más y más visibles. Algunos se animaron a destapar la olla y lo políticamente correcto ya no prima. Probablemente siempre existieron prejuicios, pero costaba exteriorizarlos. Hoy no. Y no sólo no se pagan costos por hacerlos públicos, sino que los radicalismos ganan terrenos, ganan elecciones, ganan espacio.

Son muchas las circunstancias en las que los rasgos identitarios de personas y grupos se superponen incluso a normas democráticas. La palabra cohesión suena difícil si no se la entiende solamente asociada al tribalismo. Un síntoma dado en la idea de que la lealtad a las pasiones es más fuerte que la lealtad a las normas comunes. Y aparecen quienes creen en la democracia, pero sus intereses se meten en el medio; creen en la idea de una nación, pero sus intereses se meten en el medio. Esto produce algo así como una erosión de las normas del consenso democrático. Justifican la violencia por la defensa de la identidad. Justifican secesiones por identidades, o también por no sentirse identificados frente a lo otro.

Y encima aparece el miedo. Miedo a los temas clásicos de la agenda pública: al desempleo, a la inseguridad, a la inflación, al pasado, al futuro. El compromiso de clase es puesto en duda, aún en regiones con mayor desarrollo económico y social: dos tercios de los ciudadanos en Estados Unidos y Europa afirman que sus hijos estarán peor de lo que ellos están. Y miedo también a que exista una supremacía de normas morales opuestas al modo de pensar de cada uno. En este contexto, la pretensión de gobiernos que satisfagan a mayorías es bien difícil de concretarse. Timur Kuran afirma que en los ciudadanos es menor el riesgo de pérdida de confianza en el gobierno que el de la pérdida de confianza en el otro. Y el resultado es entonces bastante obvio y palpable: se gestan comunidades intolerantes. Mundos identitarios aislados sin conexión unos con otros salvo para diferenciarse. No se trata de aculturación ni de sincretismo. No es adoctrinamiento. Es la celebración de mi modo de pensar por otro procedimiento.

Y por si fuera poco, los consumos son un éxtasis de contenidos que afianzan lo que quiero y en lo que creo. La cadena infinita y oculta de algoritmos -sólo por citar un acelerador de esta tendencia- funciona como una labor paciente que ensalza mis ideas y mis prejuicios, pero realizada de modo íntimo: un show sólo para mí y en mis redes. 

Nada de lo anterior sería posible si no fuera realizado en base a información previa para que cada acto comunicacional desplegado hacia mí dependa de gustos, patrones de consumo, likes, comentarios, sentimientos, conductas, palabras clave. De ahí su eficacia. Incluyendo la eficacia de saber qué cosas odio o rechazo. 

Por todo ello, y considerando pues las desviaciones de la tolerancia (lo que de por sí podría constituir una “intolerancia”, a secas), es necesario rescatar el valor del activismo social. Es necesario no claudicar en esa tarea. No hace falta negar la pasión porque es una llama de voluntad siempre encendida. Lo que activa la acción. Pero sí hace falta contraponerla o compensarla siempre con la razón. Esa transparencia que nos brindan el discernimiento y las ideas plurales. 

Por lo que la tolerancia es virtud cuando sólo tolera lo tolerable, es decir que cuando tolera, advierte, corrige, enseña, toma partido; si bien es pacífica, no es zonza; si bien tolera al diferente, busca su zona en común, el punto de enlace y diálogo.

Giovanni Sartori afirma que el pluralismo presupone una disposición tolerante y, estructuralmente, asociaciones voluntarias "no impuestas", afiliaciones múltiples, y también líneas de división, transversales y entrecruzadas. Agrega que pluralismo es vivir juntos en la diferencia y con las diferencias; pero lo es respetándose. Entrar en una comunidad pluralista es, a la vez, un adquirir y un conceder.

Parafraseando entonces a André Béjin, ser tolerante puede permitir ser acusado eclecticismo, pero es el modo de ser firmes defensores y garantes, al menos en lo que humildemente se pueda, del valor irrenunciable y magno de la tolerancia.