Por Osvaldo Aguirre

Las hinchadas de la droga y la violencia

 

 

Las disputas internas en la barra brava de Newell´s y la prolongada hegemonía de Andrés “Pillín” Bracamonte en la de Central se superponen con las disputas de clanes rivales en el negocio de la droga. Alianzas inestables y entendimientos provisorios en una escalada de violencia que no se detiene.

 

Osvaldo Aguirre | Escritor y periodista 

 

Jonathan Funes fue a visitar a sus hermanos, Alan y Emanuel, presos en la cárcel de Piñero, en la provincia de Santa Fe, sin saber que estaba condenado a muerte. Al salir, cuando volvía a su casa en el barrio Tablada de Rosario, una Eco Sport bloqueó el paso de su Audi 3 y un sicario lo ejecutó a balazos.

El crimen ocurrió el 5 de febrero de 2018 y agregó otra página sangrienta al enfrentamiento de las familias Funes y Camino por el control del narcomenudeo en la zona sur de Rosario. El asesino estuvo prófugo hasta el 10 de septiembre, cuando fue detenido en el centro de la ciudad de Córdoba: se trataba de Emiliano Avejera, alias Jija, de 26 años, jefe de la barra brava de Newell´s hasta que la Justicia pidió su captura.

La relación entre las barras bravas y el tráfico de drogas es una clave de la violencia que azota a Rosario desde 2013, cuando el crimen de Claudio “Pájaro” Cantero rompió el delicado equilibrio que mantenían los clanes rivales en el negocio del tráfico. La historia transcurrió durante mucho tiempo en las zonas periféricas de la ciudad, pero desde entonces se trasladó al centro y puso en crisis a sus instituciones emblemáticas: los clubes de fútbol, la Justicia, la Policía.

 

De las prebendas al narcomenudeo

La gestión de Eduardo J. López como presidente de Newell´s, entre 1994 y 2008, quedó en la historia del club como un período ruinoso. A partir de un bingo de nombre prostibulario –Montparnasse-, López llegó a ser dueño en la misma época de una radio y de un diario, estableció sólidas relaciones con sectores de la Policía y de la Justicia y controló a la oposición con una fuerza de choque propia: la barra brava liderada por Roberto “Pimpi” Camino.

“Hasta ese momento la barra era en todo caso una barra de prebendas: pedían plata para los colectivos, para los ‘trapos’, para los tambores. Esa barra se profesionaliza cuando entra el Pimpi Camino y se convierte en cuerpo de guardia de López y en instrumento de represión en el club”, dice Rafael Bielsa, excanciller y titular de la Sedronar (Secretaría de Políticas Integrales sobre Drogas) y referente histórico de la oposición en Newell´s.

El diputado provincial Carlos Del Frade señala el mismo fenómeno en el caso de Rosario Central, durante la última presidencia de Víctor Vesco y la primera de Pablo Scarabino. “A partir de ese momento las dos barras, la de Central y la de Newell´s, se hacen cargo de todo el desarrollo de adentro y de afuera de los clubes. Empiezan a participar incluso en porcentajes de las ventas de jugadores al exterior. Según miembros de las comisiones directivas, llegaron a llevarse casi 500 mil dólares por mes para mantener la paz en la cancha. Gran parte de las deudas de los clubes tiene que ver con ese drenaje permanente de dinero”, dice.

Las relaciones de las barras llegaban a todos los frentes. Ricardo Milicic, un exintegrante de la barra de Central, llegó a ser titular de la Policía provincial en 2003, durante el gobierno de Carlos Reutemann. El encarcelamiento del juez Carlos Fraticelli, sospechado por la muerte de su hija Natalia, impulsó entonces la carrera del jefe policial y más tarde contribuyó a su caída, cuando quedó claro que Fraticelli era inocente.

Del Frade afirma que cada barra moviliza una base de 600 personas, “un pequeño ejército” al que compara con los grupos de tareas de la Dictadura. “Lo que hay ahora es una participación decidida de distintos integrantes de la Policía provincial –agrega-. Así como el negocio narco es narcopolicial, el de la barra es parapolicial, por decirlo así, involucra a integrantes de fuerzas de seguridad y al lumpenaje”.

Con el liderazgo de Pimpi Camino “la barra incorporó como una rama formal el tráfico de estupefacientes: no es que no existiera en la cancha, pero hasta ese momento no era el eje conductor”, dice Bielsa. En Central, la disputa entre distintos sectores concluyó a fines de los ‘90 con la imposición de Andrés “Pillín” Bracamonte. “Hace 20 años que la barra está manejada por la misma persona, es un caso único en el país”, advierte Del Frade.

Hace un mes Bracamonte fue demorado en Lanús, durante la previa del partido con Talleres de Córdoba por la Copa Argentina, por revender entradas y se le prohibió ingresar a las canchas bonaerenses.

 

Violencia polirrubro

La derrota de López en las elecciones de 2008 significó también la caída de Camino, desplazado por Diego “Panadero” Ochoa y el comienzo de una guerra que continúa hasta el presente.

Bielsa recuerda que conoció a Ochoa cuando era un adolescente y fue a ver un partido de Newell´s en la ciudad de La Plata. “Nunca me lo hubiera imaginado en el rol que terminó por ocupar”, dice, en alusión a su condición de jefe de la barra e instigador de al menos dos asesinatos, uno de ellos el de Camino, el 19 de marzo de 2010, por el cual fue condenado a 11 años de prisión.

“Con la droga empieza la lucha por el territorio. La barra brava se convirtió en una agencia de violencia polirrubro. Ellos venden violencia, venden la aptitud y la disposición para matar”, agrega el excanciller, en alusión al empleo de “Jija” Avejera como sicario narco.

Avejera fue ungido jefe de la barra en octubre de 2016. Su nombramiento fue una decisión de la familia Cantero –el clan de Los Monos-, para quienes también habría actuado como sicario en un triple crimen ejecutado el 30 de mayo de 2013 en venganza por la muerte del “Pájaro” Cantero.

“Los domingos los barras se portan como violentos en una cancha de fútbol –sigue Bielsa, también autor entre otros libros de Rojo sangre (2017), una novela sobre la cultura de la violencia y el narcotráfico-. Después tienen otros intereses. Ningún tipo de esos se baja de un auto que no sea, por lo menos, un Citroën deportivo. Tienen atributos de imagen y de personalidad, que necesitan un financiamiento. Todos son sicarios, y a veces son sicarios de la policía”.

 

Para la foto

La sociedad de Los Monos con las barras de Central y Newell´s quedó registrada en una fotografía tomada durante el cumpleaños de una joven integrante de la familia Cantero. Ramón Machuca, uno de los líderes del grupo narco, posó entonces con “Pillín” Bracamonte, el jefe de la barra canalla, y Daniel “Chamala” Vázquez, barra de Newell´s.

Entre otros títulos dudosos, Bracamonte ostenta el de haber sido el primer barrabrava deportado del Mundial de Sudáfrica en 2010 y el de encabezar listas de hinchas con ingreso restringido a las canchas. Esos contratiempos no le impiden manejar los hilos de la hinchada. “Un teléfono es más poderoso que un revólver”, suele decir.

La lealtad de Bracamonte con los Monos es pública y notoria. El día del velatorio del “Pájaro” estuvo seis horas de pie junto al ataúd. El 26 de mayo de 2013 la barra colgó una bandera en la cancha de Central con el rostro del narco y la frase “Dios le da las peores batallas a sus mejores guerreros”. Como si fuera una especie de mártir. El homenaje se repitió el 8 de agosto de 2014, con una enorme bandera con los colores auriazules y la frase “Pájaro Cantero, presente”.

En las escuchas telefónicas a los Monos, la Justicia detectó sin embargo un conflicto de intereses entre los Monos y el líder de la barra. Los Cantero se quejaban de que Bracamonte había cobrado una parte del pase de Ángel Di María de Benfica a Real Madrid (en 2010) sin compartir los beneficios en concepto de “protección”.

La relación entre barras y narcos se verifica también en los atentados contra dirigentes deportivos. Los tiroteos contra el frente de negocios o de casas de familia, frecuentes en los últimos dos años, es el tipo de intimidación que los narcos desplegaron contra los jueces que condenaron a los Monos y al que recurren cada vez que sienten amenazados lo que consideran sus dominios, como la inauguración de una agencia municipal (el 25 de septiembre hubo un incendio intencional contra un centro de recepción de denuncias en la zona sur) o la acción social de una parroquia, como ocurrió el 22 de septiembre en el barrio Larrea, del noroeste de la ciudad.

“En los barrios de Rosario se mata. En el centro se tira a errar”, dice Del Frade, diputado por el Frente Social y Popular.

 

Diego "el panadero" Ochoa condenado en 2010 a 11 años de cárcel por le crimen de Caminos

 

Una utopía

A partir del crimen de Camino, las disputas entre sectores de la barra brava de Newell´s se superpusieron con las guerras entre clanes rivales por el mercado de la droga. En ese marco unos y otros tramaron alianzas inestables y entendimientos provisorios, una especie de mapa continuamente alterado por los crímenes, los ajustes de cuentas y las promesas de nuevas venganzas.

“La barra de Newell´s está en permanente ebullición –dice Del Frade-. Cuando matan al Pimpi Caminos, el liderazgo empieza a discutirse de una manera feroz y con participación de distintas bandas policiales”. En ese proceso, agrega Bielsa, “los Cantero hegemonizan la tribuna con distintos personeros, y la Policía de la provincia empiezan a cobrar orgánicamente”.

Las crónicas policiales son los partes de esa guerra. En una de las tantas refriegas se contó el atentado con un micro que traía a hinchas de Newell´s desde Buenos Aires, el 4 de febrero de 2010. El objetivo era Diego Ochoa, pero la víctima fue Walter Cáceres, de 14 años. Fueron a juicio 14 personas –entre ellos el “Pájaro” Cantero y su padre- y todos quedaron sobreseídos por el beneficio de la duda.

Las bajas constantes hacen cada vez más fugaces los liderazgos, como fue el caso de Maximiliano La Rocca, asesinado unas horas después de ser elegido al frente de la barra de Newell´s. “A medida que caen los jefes aparecen capitanejos que son sustitutos. Hay una enorme fragmentación”, señala Bielsa.

Las prestaciones entre barras y narcos son mutuas. “Cuando está en la cancha, se ve claramente qué es lo que hace la barra –apunta Del Frade-. El problema es qué hace los otros seis días de la semana, porque hay que alimentar a esos 600 tipos que están en la barra. Como grupo de tareas se encargan de asegurar el dominio territorial de alguna parte de los barrios. Al estar descabezadas las bandas, aparecen pandillas que intentan dominar cuadras de barrios, por eso la disputa es tan feroz”.

Crítico de los gobiernos provinciales del socialismo, Bielsa sostiene que “la política participa en este problema mirando para otro lado, en el mejor de los casos, y en el peor recibiendo dinero, por ejemplo para las campañas electorales”. No obstante, en su opinión el problema del narcotráfico no alcanza la dimensión que quieren darle algunos voceros ligados a políticas de mano dura. “En Argentina no hay cárteles. Si hay alguno, es la Policía, pero no en el sentido de los cárteles mexicanos o colombianos. Eso le ha puesto una especie de dique al tráfico y ha determinado que se proletarice la lucha de bandas. Es un fenómeno que no se puede detener de la manera en que se lo está abordando, porque tiene que ver con modos de vida y enclaves geográficos donde el Estado no entra, con consentimientos, con favores recíprocos, con plata dada y recibida”, dice.

“Y no me quiero olvidar –agrega Bielsa-: la clase media también tiene participación en el problema. Estos pibes cambian la plata en algún lado, compran autos en lugares que no hacen reportes de operaciones sospechosas, eso también hay que decirlo. La clase media que cierra los ojos cuando se trata de un negocio, o que dice ‘uno menos’ y otras cosas horribles cuando muere alguien, tiene una responsabilidad”.

Del Frade piensa que la despenalización del consumo de drogas, como se puso en práctica en Uruguay, puede ser una respuesta contra el poder de los narcos y las barras bravas. El negocio funciona con la prohibición. “Pero sobre todo hay que multiplicar la inversión social del Estado en cada barrio –destaca el diputado-. Persigue siempre hacia abajo, produce cada vez más violencia y más narcotráfico. La solución es desalojar la lógica de la violencia e incrementar todo lo que tiene que ver con trabajo, educación, cultura, alegría y deporte”. Una utopía en los tiempos actuales de la Argentina.