Relatos de Formosa

Una exuberancia verde, lejos de los viejos fantasmas

Padeció décadas de abandono y atraso porque pendía sobre ella la hipótesis de conflicto con los países vecinos. Ríos caudalosos, esteros, lagunas y un esplendor natural marcan el ánimo de las distintas maneras de habitar esa tierra donde viven varios pueblos originarios.

 

 

Por Julián Capria

El amanecer se abrió entre las sombras como si un cuchillo ensangrentado cortara el lienzo de la noche. Y mientras el sol pujaba entre las brumas que subían del río y las calles que aún se alimentaban de las farolas eléctricas, el espectáculo crecía.

Era un bello amanecer, quizá tan bello como lo habría sido el primero, o como tal vez lo sería el último.

Semejante estampa de un día de verano no podía ser mejor argumento para dar la razón al comandante Luis Jorge Fontana cuando en 1879 fundó la ciudad en las orillas argentinas del río Paraguay. Se llamó entonces Formosa, porque acaso se quería decir fermosa, hermosa en el viejo castellano.

Sucede en la capital justo frente a Alberdi, la ciudad paraguaya que está ahí nomás, a tiro de río y lanchas como las que solían cruzar a compradores ansiosos a diario.

A poco de andar la mañana de verano, toda la exuberancia verde que se reparte en la extensión de la provincia parecía pegarse en la piel y en la voz con su humor de sol y de río, a poca distancia de la imaginaria línea del trópico de Capricornio.

Pero así como la humedad y la sed se sienten una verdad contundente en el aire, también en los ojos es una verdad contundente: Formosa existe y seguro que en algo se parece al sueño original.

Formosa es una larga franja de tierra que encaja como la última pieza, la norte del rompecabezas argentino. Alguna vez, para el resto de los argentinos ha sido como una ensoñación, y algunos portadores de actitudes discriminatorias hasta han bromeado sobre su existencia real.

Es que la provincia fue durante muchas décadas rehén de una manera de entender el país y su relación con los vecinos, que bajo el prisma de los años se ve absurda, aunque en realidad fue siempre absurda. El progreso le estuvo vedado por mucho tiempo porque en las cabezas beligerantes argentinas las hipótesis de conflicto estaban siempre presentes, en especial con Brasil. Entonces, lo que estaban dispuestos a perder era Formosa. Por eso se le negaba caminos e infraestructura.

Formosa es una provincia joven, declarada así en 1955, cuatro años más tarde que Chaco. Fueron los propios vecinos que se movilizaron en búsqueda de esa categoría que les daría una chance de adelantos, tan olvidados que estaban entonces en las orillas norte del mapa.

Desde este siglo comenzó a repuntar su destino, y fue la obra de la ruta 81, que atraviesa la provincia a lo ancho, la que le dio la vitalidad de la conexión.

 

Detrás de una estrella

“Los formoseños estamos detrás de una estrella”, dice el historiador Sergio “Lilo” Domínguez cuando reivindica el impulso del comandante Fontana. Hoy, Formosa, la ciudad, tiene unos 250.000 habitantes, mientras que la provincia cuenta con unos 600.000.

“La misión de Fontana era buscar un punto entre el Bermejo y el Pilcomayo para fundar la ciudad, y él la cumplió a la perfección. Pero más allá de su valentía y del éxito de sus misiones, hay un ejemplo de vida, de honestidad que nos legó. Él escribió en una carta: ‘Usted no encontrará en el catastro de la villa el nombre Fontana’. Y es así: Jamás tomó una parcela del Gran Chaco, mientras que los militares que vinieron acá fueron dueños de grandes extensiones de tierra”, dice Lilo.

“La formoseñidad es convergencia. Es un mosaico pluriétnico, pluricultural y multilinguístico”, sostiene el historiador. Mientras tanto, desde Salta, ingresaría inmigración sobre todo italiana y árabe, aunque por el otro lado llegaban polacos y otros pueblos.

Por eso, la verdadera antigüedad del lugar, del paisaje y de los hombres y mujeres habitando en él se refleja en el hecho de que este territorio argentino es el que más hijos de pueblos originarios contiene: pielagás, wichís, tobas, qom, mocovíes chiriguanos. Pueblos que tratan de mirar hacia el futuro desde el viejo dolor.

“Mis antepasados sabían que venía visita porque les avisaba algún pájaro, pero nosotros ya no sabemos”, nos decía hace unos años Raúl Gonzalo, un vecino pielagá en las tierras de la comunidad ubicadas en Campo del Cielo.

“Ellos no creían en la Pachamama u otro dios, sino que adoraban a pájaros, a animales”, contaba. Mientras, la religiosidad ahora giraba alrededor de una iglesia evangelista.

Los rodea el bello Bañado la Estrella, un inmenso reservorio de agua donde cada día las mujeres llenan sus baldes entre los flores y los camalotes que cubren la superficie.

Los grandes ríos trazan el contorno de la provincia: el Pilcomayo, el Paraguay y el Bermejo son sus límites.

El interior, entre tanto, está salpicado de lagunas como La Blanca, donde habitan yacarés y pirañas. “La gente se mete igual porque unos no son agresivos y las otras son pequeñas, por lo que no hay casi incidentes”, nos supo decir Federico Rodríguez Mira, uno de los guardaparques del Parque Nacional Paraguayo, uno de los grandes orgullos de formoseños. Está sembrado de esteros, cañadas, lagunas y selvas que corresponden a la región del Chaco húmedo u oriental, protegidos desde el año 1951. Por su relevancia bioambiental, esta reserva fue incluida en la lista de los humedales de importancia internacional.

Siguiendo el Pilcomayo hasta llegar a la unión con el Paraguay, en uno de los vértices del mapa se levanta la segunda ciudad de la provincia, Clorinda, que con unos 60.000 habitantes fue proyectada en un lugar estratégico. Se comunica con Asunción, la capital paraguaya, distante a 24 kilómetros, por el puente internacional San Ignacio de Loyola, sobre el río Pilcomayo.

Fundada en 1912, Clorinda forma parte también de la abundancia verde y las aguas a su alcance, además, son propicias para la pesca deportiva, como sucede con todos los ríos de la provincia.

 

Frutas raras en la selva

La espesura natural a veces asume formas de selva, como sucede en el paraje Isla Puen, cerca de la laguna Naick Neck. Allí hay un lugar de producción de frutas exóticas llamado Frutasia.

Su inspirador, José Cheng, vino de Asia, más precisamente de Taiwán, también conocida como China nacionalista y, curiosamente, antes llamada Formosa. Es decir, de algún modo, es un formoseño de dos Formosas.

Una vez, frente a nuestros ojos tomó un machete y partió de modo exacto una fruta de tuna que su interior fue todo un asombro para el advenedizo: todo blanco lleno de pepitas negras pequeñas (también hay una versión roja). Pero más sorprendente era la maravilla de su sabor.

Entonces, en una especie de galería de chapa en la que el aire hacía sudar hasta los postes, uno tenía la sensación de haber caído en el ojo de un extraño mundo, o al menos lejano. Mangos, guayabas, tunas, jack fruit, lychee y carambola eran algunos de sus tesoros frutales que se venden a públicos algo exclusivos de Buenos Aires.

“En Taiwán la tierra era muy cara y había mucha piedra. En cambio esto es el paraíso”, decía. Cheng se instaló en Argentina en 1996, después de conocer el país en 1976 y jurarse que un día iba a volver para quedarse.

Cerca de allí, en la localidad de la laguna Naick Neck, hay un formoseño también apasionado por las frutas, aunque en su caso es por la banana.

El día en que Pedro Bondaruk se puso a sembrar bananas lo hizo con la convicción capaz de abrir surcos por sí misma. Sus padres, inmigrantes polacos, no habían querido que en sus tierras crecieran bananos, pero para él esa era “la fruta del futuro”.

Cerca de allí, en la localidad de la laguna Naick Neck, hay un formoseño también apasionado por las frutas, aunque en su caso es por la banana.

El día en que Pedro Bondaruk se puso a sembrar bananas lo hizo con la convicción capaz de abrir surcos por sí misma. Sus padres, inmigrantes polacos, no habían querido que en sus tierras crecieran bananos, pero para él esa era “la fruta del futuro”.

Además estaba a punto de jubilarse -aún joven por trabajar en zona desfavorable- como director de la Escuela piloto 113. Allí fue que conoció a Edith, la maestra que llegó un día de San Luis para enseñar en Formosa, y que finalmente se convirtió en su esposa.

El año pasado, en una radio local, Bondaruk se declaraba  satisfecho por el modo en que se había comercializado la producción. “Hay que seguir apostando a este cultivo. No creo que se haya ampliado el área de siembra, pero se ha logrado obtener muy buena calidad de las frutas y eso es lo bueno. En estos tiempos en que hay mucha competencia con la banana que ingresa del extranjero, el productor debe estar preparado”, decía.

En su establecimiento San Basilio no sólo tiene bananas, sino mango y otras frutas que son para consumo familiar al igual que los pacúes que siembra en el estanque y reserva para cuando llegan visitas, claro que con previo anuncio.

De regreso a la ruta 81, la columna vertebral de la provincia, es posible ver a los formoseños pelear con sed nueva el futuro común, lejos de los viejos fantasmas.

El verde y el agua marcan el ánimo de la provincia, y aunque el calor sumado a la humedad es uno de los más agobiantes que se pueden sentir en el país, Formosa tiene su propia frescura interior: no pierde la fe en el próximo día.