Por Mario Riorda

¿Tener un proyecto?

Tener proyecto tiene buena fama, tanta que es visto como necesidad. Incluso en la vida personal. El tema es cuál proyecto.

 

 

Mario Riorda | Politólogo. Director de la Maestría en Comunicación Política de la Univ, Austral 

 

Cada institución, política, empresarial, educativa o social, tiene su propia racionalidad constituida por los procedimientos, análisis y reflexiones que permiten ejercer su forma tan específica y compleja de poder, sostiene Michel Foucault. Y es con poder como se hace real un proyecto. Es el proyecto para quién trabaja el poder. Aunque puede haber un poder que no tenga norte o claridad de por qué se ejerce y ser sólo un poder que se mantiene condicionado por dos sesgos. Por un lado, un anclaje a las inercias pasadas, de corte cultural, que hacen imposible desprenderse de ellas como guía o como costumbre. Por el otro, un anclaje en los ciclos cortos y ahí uno de los grandes problemas: la dificultad para aproximarse a un abordaje de los ciclos largos, de planes y estrategias en procesos de más larga duración.

Podría sostenerse en primer término, que la inexistencia de proyecto en las instituciones es una de las causas (si no la fundamental) que produce inestabilidad institucional. La ausencia de proyectos significa que no haya "razones" para mostrar y justificar sus actuaciones. Pero más significa que no hay "motivaciones", qué en este caso, indudablemente tienen que ver con la generación de "confianza". Hay una dimensión emotiva en la experiencia de un proyecto.

El psicólogo Mihaly Csikszentmihalyi provoca cuando afirma que muchos líderes -y las generaciones que los acompañaron- creyeron que necesitaban su propia revolución para que sus miembros permaneciesen activamente involucrados en el sistema que regía sus vidas. Quizás no sea aplicable el término revolución a todas las realidades, pero sí para entender que las culturas son construcciones contra el caos y la aleatoriedad. Por lo que pensarse en cada institución es discutir la necesidad de construir una realidad diferente dentro de una realidad cultural existente, y desde ahí debatir sobre un modelo de camino a seguir socialmente aceptado, tratando evitar caer en el cortoplacismo, la rutina, y salir así de la trampa de la inmediatez.

Pero no es sencillo. Es un proceso que requiere mucha comunicación -le llamemos- institucional. Y esta comunicación tiene un papel clave en la construcción de una determinada cultura organizacional, creando condiciones materiales y no materiales a través del desarrollo de símbolos y mitos que configuran elementos de identidad en cada institución. Ese propósito explícito de cada organización, es también un objetivo explícito de la comunicación, y aunque no fuese tal, sin duda alguna es una consecuencia directa de su ejercicio. 

Por eso es que la existencia de un proyecto, que me gustaría llamar visión general, incluye una condición de apropiación por parte de sus miembros. El debate sobre un proyecto no exime de complicaciones. Debe referenciarse en el pasado como valor explicativo del origen de una realidad dada. No está mal que tenga algo de mistificación, como una ilusión o emotividad que vayan algo más allá de las reglas del razonamiento lógico. El proyecto debiera tener animación creadora, debiera llamar al movimiento o estimulador de energías como fuerza motriz. No es sólo el devenir estratégico, racional y calculado, como si fuera una trayectoria rígida.

 Un proyecto es consenso, que existe cuando hay acuerdo entre los miembros de una unidad social dada, acerca de principios, valores, normas y también respecto de la deseabilidad de ciertos objetivos de la comunidad y de los medios aptos para lograrlos como afirma Giacomo Sani. Pero hay ciertas definiciones del consenso que se posan mucho más sobre lo que hace posible el acuerdo, más que la calidad técnica producto del acuerdo. Más simple: no hay consensos buenos o malos, hay consensos posibles. El consenso no es una suma matemática incuestionable. Ello permite que, a pesar de las tensiones, sea adaptable y tenga una considerable resistencia al sistema social.

El proyecto es también imagen como percepción social, lo equivale a plantear que un proyecto lo es frente a otros proyectos externos, así como un proyecto lo es también a los ojos de quienes no son parte de la institución. Otorga identidad, lo que se es en tanto organización, con su gente, con sus cosas, y aunque puedan no coincidir en algún momento, a la larga, dichos conceptos -imagen y proyecto- se van unificando, y la imagen, tiende a reflejar lo que verdaderamente se es, nos enseña Kenneth Wheeler.

Un proyecto requiere de una selección de valores como guía. Pero es importante desde la comunicación institucional, no confundir las imágenes de los valores con los valores mismos, es decir a confundir lo que la gente dice o prefiere, con lo que efectivamente prefiere en los hechos. Un sistema de valores no puede imponerse fácilmente ni ser producto de la idealización de lo que se quisiera ser en términos de aspiraciones. El engaño y el autoengaño son dos experiencias cotidianas, presentes en todos los ámbitos, que más distorsionan los diagnósticos y los transforma en fantasía nos recuerda incesantemente el biólogo Robert Trivers.

Un proyecto institucional no puede ser cualquier cosa, sino que debe representar el ejercicio coherente del discurso público con las acciones producto de la propia gestión institucional. Tiene sus complicaciones, pues tiene una naturaleza marcadamente multidimensional, más allá de los esfuerzos de simplificación. Siempre está abierto y nunca cerrado, por lo que de gestión a gestión en cada institución, si perdura, puede sufrir variaciones y ello obviamente está en su esencia.

Dada su característica, no puede ser un lanzamiento aislado e implica que no se deba partir de cero, sino por el contrario, que sea la garantía del respeto y cierta continuidad de lo que se viene haciendo, aún en fuerte lógica correctiva, mejorativa o superadora. Puede darse a través de modos explícitos, presentado a modo de documento escrito. Sin embargo, existe también una posibilidad implícita, a menudo muy poderosa, que permea el sentido común de las fuerzas y actores sociales, que es impulsada aún, sin estar redactada y firmada.

En consonancia con la mayor cantidad de autores citados, se acuerda que, para que sean fuertes, los objetivos de un proyecto institucional debieran ser apropiados por sus miembros, orientados a beneficios, priorizados y jerarquizados, y desde luego, que los objetivos no tengan ambigüedad y sean alcanzables.

En esencia, una institución es un conjunto de personas cargadas de dinámicas y subjetividades que con sus aspiraciones son capaces de modelar un rumbo. Esto es importante porque aún con el máximo respeto a la trayectoria institucional, son las personas las que aportan novedad. Y son ellas las que permiten llegar a un acuerdo de lo que se quiere ser. Pero jamás hay que olvidar que la distancia que hay entre acuerdo y decisión es gigante. Del acuerdo no se desprenden reglas de implementación, ni disciplina estratégica. Así es que cada proyecto, además de ser pensado, acordado, además de motivar, debe pensarse en ser ejecutado. Por eso, aunque suene obvio, tener un proyecto es ejecutarlo, llevarlo adelante. Todo lo demás es simple aspiración.