Relatos de Tucumán

Zambas en el viejo jardín de la Independencia

 

Es un manantial lleno de abundancias naturales y humanas, con raíces ancladas en lo milenario, más la antigua hidalguía criolla y la cultura inmigrante. Desde la casa de aquel eterno 9 de julio de 1816, mantiene la vigilia de la historia argentina.

 

 

 

Por Julián Capria | Ilustraciones Bibi González

 

No es tan difícil imaginar la intensidad del canto plegaria de Atahualpa Yupanqui pidiendo por la mirada blanca de la luna en medio de la espesura de selva recién anochecida, mientras marchaba en la senda hacia Tafí del Valle. No sólo necesitaba su luz, sino también a la eterna compañera de su largo caminar. 

La selva tucumana, que aparece en medio de las alturas de los valles calchaquíes, es sorprendente porque abunda en todos los sentidos: tanto se devora las sensaciones de la piel como la de los oídos, la del olfato y todo lo que la mirada encuentra a disposición. 

Árboles que se alzan más allá de la bruma o que cuelgan y hasta parecen lanzarse de la piedra hacia el camino; ríos que pasan murmurando memorias de torrentes veraniegos que uno intuye estremecedores, una cerrazón de nubes de las que asoma sólo la selva, más arriba o más abajo. 

Y andando, finalmente el sol que se despliega a montaña abierta. Entonces, asoma el esplendor de Tafí del Valle, un sitio que ha crecido acompasado por la belleza de los cerros  y los rastros de los siglos. El turismo lo catapultó en las últimas décadas. 

Uno de los vecinos del lugar, Daniel Carranzano, pensaba hace un tiempo que había sido buena su decisión de quedarse en el lugar mientras sus compañeros de escuela marchaban a seguir una carrera en San Miguel. “Algo parecía estar cambiando en el pueblo”, decía situándose en los años ‘90: “Es como que lentamente comenzaba a llegar más gente en las vacaciones y se comenzaban a construir casas de fin de semana para el verano”. 

Mientras tanto, alrededor, las cosas se mantenían como antes: “La gente sigue horneando pan, haciendo charqui. Las casas aún se construyen de adobe con palo”. 

Un poco más allá, hacia arriba, y antes de llegar a las tan atractivas Ruinas de los Quilmes, aparece Amaicha del Valle, un corazón antiguo con sangre latiendo. 

“La comunidad diaguita-calchaquí de Amaicha del Valle es el único pueblo originario del país que tiene una cédula real que certifica la posesión de las tierras. Tenemos 130 mil hectáreas, de la cuales poseemos 65 mil porque nos han ido quitando y quitando; pero estamos aquí para luchar por estas tierras”, nos decía en los días cercanos al Bicentenario de la Revolución de Mayo, Vidal Ávalos, entonces miembro del Consejo de ancianos de la comunidad. 

María Elena Valderrama, su esposa, elegía remarcar las bondades del aire del lugar: “Dicen que este es uno de los tres mejores climas del mundo. Apenas termina de llover, lo primero que se siente es el aroma a tantas hierbas curativas”. 

De regreso a San Miguel, al pasar por el pueblo de La Angostura, próximo al dique del mismo nombre, uno caía en la cuenta de que el color del paisaje, de los cerros, se reflejan en los rostros de los vecinos. 

Como el de María Clemencia Nieves, entonces vicecaciqueja de la comunidad diaguita-calchaquí del lugar. Ella, que había marchado a vivir a Buenos Aires durante muchos años, estaba de regreso en el lugar con convicciones claras: “Somos los únicos que cuidamos el medio ambiente. Es la naturaleza que todos quieren ver, y no vamos a permitir que la explotación minera perjudique a nuestros pueblos, a nuestros animales”. 

El descenso de la selva cuando anochecía en la comarca tucumana es también toda una experiencia atravesada de sensaciones que los ojos atesorarán en el pecho. Las diminutas luces de cada una de las casas rescataban el último brillo de la agonía cotidiana, y en algunos patios ardía el fuego de los hornos de barro. 

 

Caña dulce 

La provincia de Tucumán es un manantial lleno de energías naturales y humanas, con paisajes urbanos y naturales cambiantes, a pesar de su brevedad territorial. 

Tiene raíces ancladas en lo milenario de la existencia humana, como que sus montañas fueron testigos del calvario de los pueblos originarios. Y tiene su hidalguía criolla siempre presente, más el aporte de la cultura inmigrante. Es el viejo y querido “Jardín de la República”, y a la vez pasa sus días en la vigilia de la historia. 

En cuanto a lo productivo, más allá de los limones que abundan y desvelan en estos tiempos, la caña de azúcar ha sido un emblema. Desde la zafra a los ingenios, ha dejado profundos claroscuros sociales, mientras el néctar dulce llegaba a las mesas argentinas. 

Cerca de la capital, en Ingenio La Florida, por ejemplo, uno enseguida podía sentir que el aire estaba impregnado del olor tan especial de las cañas limpiadas con agua caliente, mientras que los vapores que acompañan el proceso inundaban todos los sentidos. 

Roberto Rus, un jubilado del ingenio e hijo de inmigrantes rumanos, tenía aún los cañaverales a la altura de los ojos de su niñez. Eran como extraños bosques de una sola especie muy flaca y muy larga que comenzaban a volverse campos desnudos andando los días de otoño, y luego de que entre los surcos, una multitud de brazos con machete, entre los que había algunos de niños, había hecho la tarea de la zafra. 

“Una familia bien comida, los padres con sus niños, podía bajar miles de cañas en un día”, recordaba quien a los 18 años ingresó a trabajar al ingenio hasta que se jubiló como encargado de cocimiento refinado. 

El 6 de diciembre sigue siendo la gran fecha de celebración de un destino. “Es el Día del azucarero y todo el mundo participa de una fiesta, desde el primero hasta el último”, decía Rus.

 

La casa de la epifanía

 Tucumán está en el imaginario argentino desde que aprendimos a dibujar en los cuadernos las cosas de la patria. Sólo el sonido del nombre nos trae a la evocación esa casa que tantas veces pintamos. 

Muchos de los tantos argentinos que alguna vez hemos pasado por San Miguel atravesamos el umbral azul de la Casa Histórica. En el país no hay casi otro lugar así donde se transmita tan claramente una epifanía nacional. Y suele suceder que ante un lugar en el que algo se revela con la fuerza de lo sagrado –como la pertenencia a una identidad colectiva– los corazones se conmueven hasta los ojos. 

Hace dos años, en julio de 2016, el Bicentenario de la Independencia puso el corazón argentino a latir en Tucumán. Si se pudieran contar los ¡Viva la patria! que se convidaron y se respondieron en esos días en todos los rincones de San Miguel, la condición argentina podría sentirse entibiada al menos por los buenos deseos y el afecto esencial. 

Toda la ciudad se sentía como una especie del gran patio del histórico solar. En los días previos al 9 de julio, los trabajos para los preparativos eran intensos, sobre todo en la Casa. 

Entre ellos los de Cecilia Barrientos, que se ocupaba de restaurar los cuadros históricos de los congresales: “Nuestra tarea no es sólo restaurar, sino también activar la concientización del personal para el mayor cuidado del inmenso patrimonio que tenemos en la Casa”. 

Ella había regresado hacía relativamente poco tiempo de España al cabo de muchos años de vivir allá, y diplomada en restauración y conservación de obras de arte. Pero había crecido en San Miguel. “Como la mayoría de los tucumanos, por el hecho de que convivimos a diario con ella, no nos llama mucho la atención. Yo sólo la visité unas pocas veces cuando fui con la escuela”. 

“Nunca pensé que trabajaría aquí, pero ahora me siento feliz. Siempre soñé con vivir en una casa colonial, y aunque no vivo, paso la mayor parte de los días en este ambiente”, decía. 

Mientras tanto, los naranjos ilustraban las veredas de los barrios de una ciudad que se enorgullece de muchos de sus rasgos particulares. Entre ellos, podría apuntarse también del sabor único de sus sándwiches de milanesas, que el guitarrista y compositor Juan Falú dice que son una leyenda que empezó en su barrio, en los alrededores de la calle Amadeo Jacques. 

Tan fuerte es la personalidad tucumana que, claro, debía quedar impregnada en la manera de sentir y hacer la música, como en el caso de la zamba. 

Juan Falú la define de este modo: "La tucumanidad en la zamba es el apego a una forma de hacerla. El aire en la zamba es como el donaire cuando se la baila. El significado de donaire podría ser don del aire. Es decir, el fin del aire es meterse entre los sonidos, ponerles una pausa, un silencio, una reflexión. La zamba así se hace sutil, siempre elegante, siempre profunda". 

Sutil, elegante, profunda. Como aquel luminoso tamborcito calchaquí, la luna tucumana de siempre, que Atahualpa Yupanqui esperaba ver asomar sobre la espesura de la selva en sombras.