Por Cecilia Ghiglione

“La educación es un derecho y un bien social”

Hugo Juri es el actual rector de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), espacio al que accede por segunda vez. Médico, docente e investigador, ocupó otros cargos ejecutivos relacionados con la educación como la titularidad, por menos de un año, en el Ministerio de Educación durante la gestión De la Rúa.

  

Por Cecilia Ghiglione | Redacción COLSECOR

 

Defensor de la universidad pública y gratuita, Juri dijo que “de la adversidad social que vive el país se sale con educación”. Con estas afirmaciones el rector de la UNC y actual presidente del Consejo Interuniversitario Nacional (CIN) tomó públicamente distancia de las declaraciones de la gobernadora María Eugenia Vidal en relación al acceso de los sectores vulnerables a las universidades. Juri sostiene que la universidad debe llegar a los trabajadores que no pueden acercarse porque viven lejos y deben tener alternativas para seguir manteniendo un nivel de trabajo digno”.

Este año la agenda institucional de la UNC señala un aniversario de gran simbolismo, los 100 años de la Reforma Universitaria, un acontecimiento cuyo espíritu impactó en América Latina y Europa sentando las bases del modelo de universidad pública latinoamericana. La historia puso a Hugo Juri al frente de la Universidad durante el centenario para resignificar los principios reformistas de 1918 en el siglo 21. 

“No queremos que sólo se festeje lo que sucedió hace 100 años. Si uno quiere recordar como corresponde a los reformistas, debe preguntarse ¿qué pensarían hoy?  A ellos les tocó un momento muy parecido a lo que hoy nos toca: un mundo que está cambiando”.

Según Juri, el conservadurismo de entonces de la universidad, en particular en Córdoba, fue el germen que impulsó la reforma que tuvo en Deodoro Roca a uno de sus referentes. “Esta era una universidad con cargos vitalicios, que a veces hasta se heredaban de forma autoritaria. Ya Sarmiento decía que nuestra universidad tenía un pensamiento demasiado cristalizado y sin avances científicos”.

 

-¿La universidad ha sabido reconocer las demandas que planteaban los intelectuales reformistas del ‘18?

-No. La gratuidad, por ejemplo, estuvo entre esas primeras demandas y se hizo efectiva en la época de Perón. Lo mismo con la Casa del Estudiante, que acabamos de inaugurar en junio, 100 años después. Las universidades son muy progresistas para afuera pero muy conservadoras hacia adentro. Mientras más antigua, más difícil resulta modificar sus estructuras tradicionales. La universidad debe dejar su rol tradicional, tan pacato y conservador,  para bajar a la tierra porque somos parte de la sociedad.

 

-¿Cómo se elude el “conservadurismo” para adecuarse a los nuevos paradigmas de la educación?

-Se están produciendo cambios en las universidades como no se han dado en los últimos 200 años. Hay cambios demográficos, hay nuevas demandas, hay más gente que requiere conocimientos de educación superior. Hay personas a las que ni siquiera se les cruzaba por la cabeza que podían tener derecho a una educación superior y sólo venían del interior, por ejemplo, aquellos que podían económicamente instalarse acá; no lo pensaban como un derecho. La educación es un derecho y un bien social. Es una obligación nueva de las universidades llegar a toda esa gente que tradicionalmente no venía a estudiar una carrera de cinco o seis años. Hay nuevos modelos de producción de educación superior y los títulos están variando en su significado. Al certificado de médico tenés que tenerlo para ejercer, pero en las nuevas áreas tecnológicas tal vez valga más una certificación de Google que el título de una carrera tradicional en informática de una universidad desconocida. Eso se está dando en el mundo y nosotros tenemos que repensar la educación superior con nuevos modelos.

 

-¿Hay resistencias dentro de la propia institución a los cambios?

-Las universidades son las personas que las integran, no los edificios. Hoy hay grandes universidades que tienen más alumnos virtuales que en sus aulas físicas. Hoy la UNC está dando cursos en países entre los que están Nepal, Irak e Irán y no los estamos dando en Córdoba. Por ejemplo, estamos llevando a cabo un curso online sobre ondas gravitacionales dictado por la reconocida física Gabriela González, con más alumnos de México o el sudeste asiático que de Argentina.

 

-La educación virtual no siempre ha gozado de buen prestigio. ¿Es un prejuicio o realmente no ha sabido tener la calidad necesaria?

-Era un prejuicio y con razones porque efectivamente no ha tenido la calidad necesaria. Hoy estamos asociados con 80 universidades del mundo, en un grupo organizado por Harvard y el Instituto Tecnológico de Massachusetts con el objetivo de llegar a 1.000 millones de personas en todo el mundo con capacitaciones de altísima calidad. En estos cursos a distancia la universidad tiene información de la participación de cada alumno y un seguimiento que ni siquiera es posible en quienes asisten a la Universidad en Córdoba. No es barato para nosotros, hay que disponer de todo el armado de los contenidos de calidad, no sólo desde lo académico sino desde lo audiovisual ya que no se trata de grabar una clase de un profesor sino que los materiales tienen tiempos pautados y hay foros previstos. Ahora hemos acordado entre todas las universidades públicas nacionales hacer un campo virtual nacional que va a ser una revolución.

 

-¿En eso se inscriben las carreras cortas?

-Hoy en el mundo se habla de conocimientos y competencias equivalentes, reconocidos por distintas facultades. Antes, un estudiante tenía que rendir una materia completa, ahora será por trayectos. Es un sistema que se implementa en otros países y consiste en acreditar conocimiento, por eso lo de créditos y no en otro sentido. Hoy para las nuevas carreras más que el título interesa el complemento acreditado. Por ejemplo, un trabajador que maneja un tractor puede acreditar sobre el funcionamiento de ese sistema informático. Si sigue estudiando se le puede dar una diplomatura y luego, si continúa, una tecnicatura. Es un sistema universitario pero sin la universidad como espacio. Hoy los estudios superiores son necesarios para cualquier trabajo semicalificado.  

 

-¿En estos nuevos espacios de formación entran las universidades populares?

-Una universidad popular es una institución que no otorga títulos de grado sino que es una mezcla de escuela de artes, oficios o de biblioteca popular. La gente no asiste allí buscando un título de grado sino para adquirir oficios, conocimientos y habilidades artísticas, pero no debe inferirse por su nombre una degradación de la calidad educativa. En Alemania, por ejemplo, hay más de 1.500 y en nuestro país se hicieron masivas en la década del 60. Luego, con los golpes militares este modelo de institución desapareció. Creo que son un buen vehículo para los sindicatos o los ministerios de Trabajo, de hecho nosotros hoy estamos capacitando a quienes trabajan aquí en el área de limpieza de la universidad a través de su organización obrera. A la actual Universidad Arturo Jauretche, en la provincia de Buenos Aires, concurren estudiantes que son la primera generación de su familia y son hijos de padres que no han terminado el secundario. En nuestro país tenemos que poner énfasis en la educación y hoy la universitaria es tan importante como fue la educación secundaria hace 30 años.

 

-¿Qué lugar tiene la educación para cualquier gestión de gobierno?

-Argentina tuvo la mejor educación iberoamericana a fines del siglo XIX, en un país que recién salía de guerras civiles donde se peleaban entre hermanos; pero se pusieron de acuerdo entre gente muy diferente cuando votaron la ley 1420 y la sociedad la tomó como propia. La educación era un tema importante para todos, se impulsaba su universalización y la sociedad entre la familia y la escuela haya sido quizás el contrato social más importante. Pero eso de a poquito se fue deteriorando por muchas cosas, en las universidades por los golpes militares se fueron muchos investigadores. De ser los primeros en América Latina hace 15 años junto con Cuba, hoy estamos décimos. El tema de la educación es también un tema de seguridad porque uno vive mejor en un pueblo educado. Hoy resulta incomprensible que todavía tengamos que convencer a ciertos sectores de la sociedad y a diversos gobiernos del enorme alcance de la educación como promotor social. Los desafíos son complejos y las universidades deben salir de su zona de confort y pensar en cómo vamos ayudar a resolver los problemas adversos que tenemos.

 

-¿Qué grado de responsabilidad han tenido los gobiernos?

-Siempre tienen responsabilidad. Pero la particularidad es que la educación necesita siempre del consenso social. Y si a la cabeza de los reclamos está mayor seguridad o el desempleo, se saca presupuesto de la educación para destinarlo a otras áreas. 

 

-¿Qué rol podría cumplir una universidad cooperativa de la que se viene hablando en estos meses?

-Las universidades tienen su ideología: las católicas enseñan medicina pero bajo esa orientación; hay universidades neoliberales y así es en todo el mundo. Pero en Argentina no hay una universidad cooperativa y debería haber porque tienen muchas razones para estar. Estoy convencido de que hoy se puede hacer una universidad en lugares más chicos y es justamente donde está el cooperativismo, en los pueblos. Las universidades privadas van en general a donde están las públicas. Y las cooperativas  de estos pueblos tienen hoy una herramienta fundamental que es la comunicación para hacer que todo sea semipresencial. Desde el punto de vista del sistema de educación superior, una universidad cooperativa podría entrar dentro de ciertos articulados que la harían más flexible, como no tener que llamar a concurso por cada carrera como sucede en las públicas. Entonces, estas universidades pueden tener plasticidad para ir generando carreras hasta que se acaban las necesidades en una región. Hoy la educación superior es una herramienta absolutamente necesaria. Están todas las herramientas y sería un acto de patriotismo muy grande si el cooperativismo pudiera generar esto tan requerido en el país.