Por Gabriel Puricelli

Gaza: la represión israelí y la historia de un conflicto

 

Una mirada a vuelo de pájaro de 70 años de conflicto árabe israelí nos sitúa en el contexto de la violenta represión desatada por Israel contra la población de Gaza. Trump y Netanyahu mantienen la paz bien lejos.

 

Por Gabriel Puricelli | Coordinador del Programa de Política Internacional del LPP 

 

Los palestinos son uno de los pueblos sin Estado más numerosos del mundo. De ellos, alrededor de 4 millones y medio viven en el territorio bajo control civil de la Autoridad Nacional Palestina y más de 3 millones viven en otros países árabes, dos tercios de ellos en Jordania. De ese total de cerca de 8 millones, casi 5 millones tienen la condición de refugiados según el criterio de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo (UNRWA), establecida en 1949 para brindar asistencia al éxodo palestino original del año anterior. 

Lo que debió haber sido una partición monitoreada por la comunidad internacional del territorio que hasta pasada la Segunda Guerra Mundial había sido el Mandato Británico de Palestina dio lugar a la guerra de independencia de Israel, en la que la comunidad judía se defendió inicialmente de las acciones de los árabes palestinos que rechazaban la partición del territorio decidida por la Organización de las Naciones Unidas y luego, del ataque de los cinco países árabes: Líbano, Siria, Irak, Transjordania (la actual Jordania) y Egipto (con ayuda de Sudán). 

La guerra que enfrentó entre 1947 y 1949 a las naciones árabes con lo que a partir de 1948 fue el Estado de Israel provocó el desplazamiento de 700.000 hombres y mujeres de los pueblos y ciudades árabes palestinas que luego quedaron bajo control del nuevo Estado y nunca fueron autorizados a regresar. Israel se proclamó nación independiente en medio de esa guerra, obteniendo el reconocimiento de la ONU y, dentro de ella, de los dos actores cruciales de la época: los Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Aquel desplazamiento resultó de la combinación del abandono de áreas que iban quedando bajo el control de la Haganá (Defensa, la principal organización militar que la comunidad judía constituyó en la época del dominio británico) y del éxodo de habitantes para despejar las áreas contra las cuales el Comité Árabe Supremo anunciaba sus ataques. Una porción minoritaria de esa población árabe (unas 160.000 personas) se quedó y hoy, después de multiplicarse 10 veces, representa más del 20 por ciento de la población israelí. 

La paz armada que sobrevino luego de la derrota de las fuerzas militares árabes y la consolidación de Israel no trajo consigo el establecimiento de un Estado palestino. Por el contrario, los mismos países árabes que primero incitaron a la acción violenta a los palestinos para impedir la constitución de Israel y que luego le hicieron la guerra, anexaron (Jordania lo hizo con Cisjordania) u ocuparon (Egipto lo hizo con Gaza) los dos territorios no contiguos donde ese Estado debió haberse establecido. Los vecinos árabes de Israel permanecieron técnicamente en guerra con el nuevo Estado y facilitaron las acciones de fedayines (militantes armados) palestinos contra éste para debilitarlo. La tensión volvió a hacer eclosión en 1967, cuando Israel reaccionó al cierre de su acceso al Mar Rojo por Egipto lanzando una ofensiva que en seis días arrebató a este país el territorio palestino de Gaza y la península del Sinaí; a Jordania, la Cisjordania y a Siria, los Altos del Golán. Antes de la Guerra de los Seis Días, el nacionalismo palestino se había autonomizado finalmente de las capitales árabes y se había constituido como Organización para la Liberación de Palestina (OLP), en 1964. La ocupación de los territorios palestinos por un país no árabe fue finalmente el catalizador de la constitución del movimiento de liberación nacional palestina. 

Derrotados militarmente y convencidos algunos de ellos de que el objetivo de borrar a Israel del mapa que todos habían perseguido hasta 1967 era inalcanzable, dos países árabes optaron por firmar la paz con el Estado judío: Egipto en 1978 y Jordania en 1994. Desde aquella derrota, el punto de consenso entre los árabes pasó a ser el reclamo por el fin de la ocupación israelí de los territorios de Cisjordania y Gaza. El protagonismo de la lucha pasó entonces a manos de la OLP. Ésta se serviría del terrorismo como uno de sus medios hasta renunciar a esa táctica en 1988. En 1993, los acuerdos de Oslo pusieron fin al estado de guerra entre Israel y la OLP y permitieron el establecimiento de la Autoridad Nacional Palestina (ANP) como administración autónoma para gobernar transitoriamente los territorios ocupados. 

La transitoriedad de los acuerdos de Oslo, que debían llevar a un acuerdo definitivo de paz, no fue tal: se creó un status quo en el que los palestinos no alcanzaban la independencia y donde quedaba pendiente, entre otras cosas, la cuestión del estatus de Jerusalén, que israelíes y palestinos reclaman como su capital. Hamás, el “movimiento de resistencia islámica” que competía con los nacionalistas laicos de Fatah (el partido del fallecido líder Yasir Arafat y del actual presidente de la ANP, Mahmud Abbas), se opuso a los acuerdos de Oslo mediante una intensa campaña terrorista (con ataques suicidas como principal arma) entre 1994 y 2004. El asesinato a manos de un fanático de la ultraderecha israelí de Isaac Rabin, en 1995, se combinó con esa campaña para herir gravemente al proceso de paz: al asesinado primer ministro lo sucedieron gobiernos de su mismo Partido Laborista débiles como para invertir el capital político necesario y gobiernos de derecha que se fueron apartando cada vez más de la hoja de ruta de la paz. 

La separación geográfica entre Gaza y Cisjordania (donde está Ramala, la sede de la ANP) sirvió para consolidar la división política entre los palestinos: Hamás se transformó en el dueño y señor absoluto de la primera, mientras Fatah mantuvo su condición mayoritaria en la segunda. En 2005, Israel ayudaría a consolidar aún más ese hecho, retirándose unilateralmente (e imponiendo al mismo tiempo un bloqueo) de esa franja angosta paralela al Mediterráneo y facilitando lo que en 2007 sería la expulsión de Fatah y la toma de control de hecho por Hamás. Desde entonces, Gaza es la plataforma para el lanzamiento de misiles Qassam contra las poblaciones del sur de Israel y el terreno donde Israel emplea toda su fuerza militar para castigar colectivamente a la población por las acciones de los islamistas, con al menos tres bombardeos indiscriminados masivos, en 2009, 2012 y 2014. 

 El tipo de acciones de Hamás ha justificado el abandono de las referencias al proceso de paz en el discurso de los políticos israelíes, al tiempo que la división palestina es señalada por éstos como la causante del estancamiento del proceso. En ese contexto, Gaza se ha transformado en el territorio sobre el cual Israel puede actuar sin preocuparse ni por las reglas de la guerra, ni por el derecho humanitario, como hemos visto desde marzo de este año: más de 100 muertos a manos de fuerzas israelíes en manifestaciones pacíficas, puntuadas por misilazos de Hamás que justifican un espiral de represión a la población civil. Hoy, además, con la cobertura de Donald Trump, que ha puesto a los Estados Unidos no al servicio de la paz, sino del gobierno israelí de su amigo “Bibi” Netanyahu.