Por Matías Cerutti

Villa del Totoral | Plumas en el camino real

Un premio Nobel de Literatura, uno de los grandes poetas españoles del siglo 20, el autor del Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria de 1918, y el fundador de uno de los diarios más influyentes de la historia política de nuestro país, habitaron este pueblo y se inspiraron con su aire, su río, sus árboles y su gente.

 

Matías Cerutti | Viajero, cronista y narrador

Camino por las calles de Totoral, contemplo sus antiguas casonas, respiro su aire, me refresco en el agua helada de su río. Paseo por la arboleda y recorro los murales. No puedo dejar de pensar en sus ilustres residentes. Este lugar es especial, pienso. Neruda, Alberti, Deodoro Roca, Roberto Noble son nombres que resuenan en mi cabeza. Hombres influyentes del siglo 20 que no estuvieron de turismo por este hermoso pueblo. Aquí no sólo descansaron y se refugiaron durante el exilio, residieron tiempo suficiente como para darles rienda suelta a sus plumas creativas.

Entro al museo Octavio Pinto, donde se encuentran la mayoría de las obras del exquisito pintor que nació aquí, en esta villa. Pero no dejo de pensar en esas plumas, son demasiadas coincidencias.  Tengo que encontrar alguna explicación que no lleve hacia interpretaciones místicas como “un vórtice energético que atrae e inspira a personalidades influyentes para la humanidad” o “destino de peregrinos que buscan el lugar ideal para conseguir paz espiritual y sentarse a escribir”.  Entonces, voy a visitar la casona que fuera de Rodolfo Aráoz Alfaro, importante dirigente del Partido Comunista en la primera mitad del siglo pasado.  Esta casona había sido adquirida por su padre, el doctor Gregorio Aráoz Alfaro, considerado una eminencia de la pediatría argentina. Las características climáticas de la región lo habían atraído, era el lugar preciso para rehabilitarse y asegurarse buena salud. Cuando Rodolfo heredó la casona, la utilizó no sólo para volver de vez en cuando sino también para recibir a amigos y camaradas que debían huir de sus países por razones políticas. Los vecinos la llamaban “El Kremlin”.

Por aquí, además de Alberti y Neruda, pasaron también León Felipe, Victor Delhez -maravilloso artesano flamenco del grabado en madera-, Tristán Maroff, Joan Miró y, del ámbito local, Raúl González Tuñón, Jorge Cafrune, ArmandoTejada Gómez, y Mercedes Sosa. Ahora se me presenta una teoría más concreta -por no decir materialista- que la delirante teoría energética; mi nueva hipótesis es la de “el vórtice marxista”. Pero… ¿y Deodoro y Noble? Ambos residieron independientemente de Aráoz Alfaro. El universitario reformista tenía su casa de descanso, sobre el final de la calle Paz, actual Perón. Roberto Noble era dueño de la estancia “La Loma” y visitó el pueblo casi todos los meses durante los últimos diez años hasta el día de su muerte, ocurrida en esta estancia en 1969, a los 66 años.

 

Árboles como amigos

Ahora que estoy frente a la casa donde residieron dos de los bardos más destacados del habla hispana del siglo pasado, pienso en cómo se habrán sentido en estas tierras, en los versos que habrán hecho germinar con la ayuda de este clima.

Claro está que ninguno de los dos llegó por mera curiosidad e interés de conocer esta zona del planeta. Para ellos fue un refugio, bello y amistoso, pero refugio al fin.

Rafael Alberti y su compañera, María Teresa León, huyeron de España en 1939 cuando las tropas de Franco ingresaron a Madrid, ganando la Guerra Civil y dando comienzo a una dictadura que se prolongaría por casi 40 años. Los Alberti León huyeron primero al norte de África, y luego de un período en Francia, se embarcaron hacia Buenos Aires con la intención de llegar a Chile donde los esperaría Pablo Neruda, quien les había conseguido  pasaportes. Sin embargo, ese plan no pudo cumplirse porque, en la fecha prevista de su llegada a Chile, Neruda ya había abandonado su país para incorporarse al consulado chileno en México.

Al llegar a Buenos Aires, el matrimonio se encontró con un fraternal recibimiento de amigos y con la novedad de que Neruda no estaría en Chile.  Fue entonces cuando Aráoz Alfaro los invitó a su casa en Totoral mientras intentaba legalizar sus residencias. El escritor y su pareja, conmovidos por el recibimiento, decidieron quedarse en este país donde permanecerían 24 años de su exilio.

Muchos años después, desde Italia, Alberti recordaba este primer contacto con el mundo argentino: “Nos retuvo el campo de Córdoba, un pueblo de totoras –o cañas– como flechas, El Totoral, con su río pequeño, nos retuvo casi un año junto a las alamedas de un grande y nuevo amigo, Rodolfo Aráoz Alfaro”.

Ahora que camino por las mismas calles que anduviera aquel poeta desterrado, repito los versos que surgieron de la mixtura entre la evocación a sus amigos muertos en la guerra, y los árboles que por aquí encontraba.

 

Aquellos algarrobos

me oyeron cantar,

junto a la noble muerte

y del noble mar.

(….)

Algarrobos de América

me veis llorar,

junto a la rota vida

y el nuevo andar…

Los álamos y los sauces de Totoral le recordaban mucho a Antonio Machado, que mencionaba frecuentemente a los árboles en su poesía. En el libro “Entre el clavel y la espada”, Alberti dedica un poema a Machado y lo finaliza con la aclaración de que fue escrito en El Totoral en 1940.

 (…) Veo en los álamos, veo,

Temblando, sombras de duelo.

Una a una, hojas de sangre.

Ya no podréis ampararme.

Negros álamos transidos.

¡Qué oscuro caer de amigos!

Vidas que van y no vienen.

¡Ay, álamos de la muerte!

(…)

Los sauces y los álamos son, como el poeta, especies exóticas que fueron traídos a este continente por capricho del hombre. Y como el hombre, a veces, las especies exóticas se adaptan sin alterar demasiado la armonía del lugar. En ocasiones se vuelven invasivas y colonizan el territorio y, en otros casos, les cuesta mucho acomodarse a las condiciones ambientales de su nueva morada.  Esto observaba Alberti en los árboles que lo rodeaban.  Quizá sin ser conciente de la condición de extranjero que compartía con ellos, prestaba gran atención a aquellos álamos que se mueren secos, derribados por los vendavales del verano “que se descuajan de la profunda raíz terrena”. Él, parece identificarse con esa imagen de los árboles abandonados y “muertos de sed”, que han sido arrancados de la tierra.

(…)

hoy tengo horas y horas,

amigos sauces y álamos,

de pensar en la lluvia y de miraros.

Esta tranquilidad involuntaria

Este impuesto aislamiento

Me hacen estar, amigos, con vosotros

Y comprenderos” (…) 

A pesar del dolor del exilio, de la resaca de la guerra y la pérdida de sus amigos, el poeta gaditano renace en el Totoral con nuevas amistades, con el paisaje, con la tranquilidad y el tiempo para cicatrizar heridas y resurgir en su literatura. Y es aquí donde nace su hija Aitana.

 

El reformista y su elegía

 “Hombres de una República libre, acabamos de romper Ia última cadena que, en

pleno siglo XX, nos ataba a Ia antigua dominación monárquica y monástica…”

Así comienza el Manifiesto Liminar de la Reforma Universitaria de 1918. Quien la redactó, aunque no se atribuye la autoría, era un abogado que en 1910 había sido presidente del Centro de Estudiantes de Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba, Deodoro Roca.  Cómo no iban a encontrarse el poeta maldito del fascismo, espléndido vate de la España republicana, y el humilde ideólogo de la profunda Reforma Universitaria sudamericana. La casa de descanso de la familia Roca estaba a pocas cuadras del “Kremlin” de Aráoz Alfaro, donde residían Alberti y Teresa de León. Fue el mismo anfitrión de los “marxistas desterrados” quien los presentó en Totoral.

Esta relación, como no podía ser menos, se hizo muy estrecha por aquellos años. Deodoro gestionó conferencias de Alberti en Córdoba y eso le dio alto estímulo al español, al revelar la gran admiración que despertaba en el público argentino.

Al morir Deodoro, Alberti dijo ser su último y más reciente amigo y escribió la “Elegía a una vida clara y hermosa”.

Yo sé cómo llenar ese vacío

que deja un árbol ya desarbolado,

una roca tocada de inclemencia,

una hundida creciente,

la luz de un resplandor arrebatado.

Sueñe el bosque su verde transparencia,

su voz el mar, la cumbre alta su frente,

la llama el corazón de su pasado.

 

Tres poetas y una triste guerra

Neftalí Reyes es otro que residió, al menos por un año, en este pueblo. Neftalí era su nombre de nacimiento y así le decían en esta villa. En el resto del mundo fue más conocido con el nombre de Pablo Neruda, Premio Nobel de Literatura en 1971 y, según Gabriel García Márquez, “el más grande poeta del siglo XX en todos los idiomas”.

Frente a la plaza de Totoral, un grupo escultórico presenta a Alberti y Neruda conversando con Octavio Pinto, sentado en un banco de madera. Si bien tuvieron la fortuna de respirar el particular aire de este sitio, jamás coincidieron los tres juntos.  Alberti vivió en Totoral en 1940, mientras que el chileno anduvo por la zona a mediados de los ’50, y el pintor cordobés dejó su pueblo natal de muy chico y, aunque solía volver a visitar a su familia, nunca conoció a estos poetas.

Pero cuando miro las esculturas, se me figura una imagen muy real que pudo haberse producido, sólo hay que cambiar la plaza de Totoral por alguna de Madrid y pensar que el que está sentado no es Pinto, sino García Lorca (juro que son verdaderamente parecidos).

Cuando Alberti vivía su exilio en Sudamérica, el poeta chileno escribió un hermoso poema con el que intentaba, de algún modo, contenerlo. A pesar de que no pudo recibirlo en Chile como le había prometido, le devuelve la gentileza de haber sido su anfitrión ideal, su  guía predilecto por las arterias vivas de esa España que, paradójicamente le permitía entrar a él, pero no a su amigo que “tiene más derecho que un árbol a este suelo” .  Neruda, que había conocido la poesía de Alberti antes que a España, presiente la angustia de su amigo al verse lejos de su tierra y le escribe, con la autoridad de ser un viejo combatiente de exilios y con la certeza de ser él mismo, también, la América que lo contiene.

 “Iremos, Rafael, adonde yace

 aquel que con sus manos y las tuyas

 la cintura de España sostenía.

El muerto que no pudo morir, aquel a quien tu

guardas,

porque sólo tu existencia lo defiende.”

Neruda le habla de Federico García Lorca. Amigo muerto que le pesa tanto a Alberti como su propio exilio. Es el fusilamiento de Lorca lo que para Rafael simboliza el destierro. Es la obra de Lorca la fuente donde encuentra el espíritu de la España más profunda; la milenaria riqueza oculta, toda la voz diversa, honda, triste, ágil y alegre de España está en Lorca. Es por aquel amigo que siempre lo invitaba a Granada, su ciudad natal, que Alberti escribe al enterarse de su muerte.

Venid los que nunca fuisteis a Granada.

Hay sangre caída, sangre que me llama.

Nunca entré en Granada

Los tres poetas habían sido protagonistas del surgimiento de la “República”, a partir de 1931. Habían alentado con entusiasmo la posibilidad concreta de un cambio fundamental, económico, social y político en la vida española. Un sueño que duró hasta 1936, cuando el general Franco se subleva desde el norte de África, apoyado desde el exterior por Hitler y Mussolini, y en el interior por la derecha reaccionaria española. Un mes después del levantamiento de Franco, Federico García Lorca era fusilado en un pueblito a 12 kilómetros de su natal Granada. Alberti se quedaría en Madrid durante los años de la Guerra Civil y en 1939, con el triunfo definitivo del franquismo, comenzaría un largo exilio que lo traería hacia Argentina.

Neruda trabajaba en el consulado de España cuando estalló la guerra.  La muerte de García Lorca fue para Neruda el comienzo de su conversión en escritor comprometido.

Si pudiera de noche, perdidamente solo,

acumular olvido y sombra y humo

sobre ferrocarriles y vapores,

con un embudo negro,

mordiendo las cenizas,

lo haría por el árbol en que creces,

por los nidos de aguas doradas que reúnes,

y por la enredadera que te cubre los huesos

comunicándote el secreto de la noche.

          Escribe Neruda a Federico.

 

Un lugar para los sueños

Pablo Neruda residió en Totoral entre 1955 y 1957.  Llegó allí con su secretaria Margarita Aguirre, quien se terminaría casando con el anfitrión Aráoz Alfaro. Con el arribo de su musa y amada Matilde, Neftalí recorrería el pueblo y visitaría con frecuencia la casa de Deodoro Roca, ahora convertida en cine del club Independiente..

 

Amor mío,

Vamos

al cine del pueblito. 

La noche transparente

gira

como un molino

mudo, elaborando

estrellas.

Tú y yo entramos

al cine

del pueblo, lleno de niños

y aroma de manzanas.

 

(...)

Muchos

de los muchachos

del pueblo

se han dormido,

fatigados del día en la farmacia,

cansados de fregar en las cocinas. 

Nosotros

no, amor mío.

No vamos a perdernos

este sueño

tampoco:

mientras

estemos

vivos

haremos nuestra

toda

la vida verdadera,

pero también

los sueños:

todos los sueños

soñaremos.

 Las paredes de Totoral recuerdan otros poemas de Neruda escritos durante su estadía en este pueblo, como “Oda al albañil tranquilo” y “Oda a las tormentas de Córdoba”. En la plaza, junto a la estatua de un viejo y cansado general San Martín, los pibes de este pueblo improvisan unas rimas, rapean, se enredan en una batalla de freestyle. Me acerco y los escucho. No está nada mal,  fluyen sobre el ritmo.

Ya tengo la teoría: es “Totoral un vórtice de poesía”.