Por Julián Capria

Santa Fe: maneras de una intensa vitalidad

Por Julián Capria

 

Humedecida por el paso del gran Paraná, es una provincia señalada por la fecundidad de sus tierras. Se trata de un acontecimiento humano sin pausas que cobija dos de los centros urbanos más importantes del país.

 

  

“Es tremendamente bella: será por eso que está llena de espinas y no se la puede tocar”. La imagen de la flor del irupé se volvía un deslumbrante encanto en la boca de Miguel López, un pescador y lanchero que habitaba en el barrio Alto Verde, en la costa de enfrente al puerto de Santa Fe. 

El hombre solía guiar visitantes hasta rincones mágicos del río Paraná, como las lagunas donde la flor roja y blanca se mece como un plato en el agua. Y contaba sus maravillas cotidianas mientras revisaba los espineles en busca de algún amarillo enganchado. Entonces, recordaba los domingos felices de grandes fritangas en grasa o en aceite muy caliente del pescado despostado y luego pasado por agua con sal para quitarles un poco lo lípido. 

Es una de las tantas historias que las sensaciones pueden guardar siempre húmedas. Tiene consigo un viejo misterio que alimentaba leyendas guaraníes, pero también la certeza de que muchas cosas bellas y simples caben en las inmensas aguas y las orillas sobre las que se recuesta la pertenencia santafesina, casi a todo lo largo del este de esa forma de bota que tan sencilla es de reconocer en los mapas. 

Un relato como éste puede escucharse en la vieja capital de la provincia, cargada de nombres y escenarios trascendentes en la historia de la patria que se hizo a sable y pólvora. Esa ciudad que se abruma de calor húmedo en los días de verano, y que se alivia con el frescor urgente de un espumoso liso. 

Santa Fe, la provincia, tiene un especial rasgo distintivo en el contexto nacional: dos centros urbanos muy importantes y desarrollados: la capital, que con poco menos de medio millón de habitantes es la octava más poblada del país, y Rosario, que con más de 1.200.000, es la tercera más habitada, muy cerca de Córdoba, la segunda. 

 

 

Maduración urbana 

Rosario tiene también el espíritu empapado de un puerto que ha marcado desde siempre su personalidad y una manera cultural-urbana de ser que tiene su propia impronta, su propia manera de asumir los rigores y dar testimonio de la vida en la ciudad. 

Por eso es que, entre tantas otras cosas, sus jóvenes de ayer y de hoy dejaron y dejan una decisiva huella en la construcción de una expresión artística urbana como es el rock nacional. 

Desde Litto Nebbia y Los Gatos, hasta la nueva trova rosarina encabezada por Fito Páez, Silvina Garré y Juan Carlos Baglietto, más la siempre creciente vigencia de Jorge Fandermole, que sobre el espíritu del río y la consistencia del asfalto montó su mensaje tan multiplicado en todo el país. Es el reflejo de la maduración de un modo de ser ciudadano que ha encontrado otros símbolos como el actor Alberto Olmedo o el dibujante y escritor Roberto Fontanarrosa. 

La música popular es un gran retrato de la variedad cultural de la provincia, en la que cabe también una expresión de multitudes como la cumbia santafesina que tiene como emblema a Los Palmeras, con más de cuatro décadas de vigencia. Esa diversidad quedó expuesta por ejemplo en la edición 2016 del Festival de Cosquín, cuando en representación de la provincia compartieron la delegación oficial Los Palmeras y Fandermole. 

Y ese inmenso río que fluye constante y caudaloso, así como marca el ánimo del paisaje, también le da su cielo líquido a los días de la vida. Rosario ha regresado su mirada a la la orilla desde hace unos años, y la costanera se ha convertido en el gran remanso de la ciudad. La relación con el Paraná se ha restablecido en gran intensidad a partir de la recuperación de las costas para la vida ciudadana. 

“En aquellos tiempos se veía toda la ciudad, pero después se comenzaron a levantar edificios cada vez más grandes y cada vez más hacia el río, que atraía tanto, y que ya ha quedado oculto desde los barrios”. 

Aquellos tiempos eran los comienzos de los ‘80, cuando ingresaba a trabajar como electricista al Monumento a la Bandera  Ricardo Vargas, y el punto de vista hacia la extensión de Rosario en la tierra era desde ese insigne símbolo de la ciudad donde Manuel Belgrano creó la enseña patria. Hace un tiempo, Vargas evocaba el paso de los años según las miles de veces en que se trepó a lo alto del mirador. 

Pero más allá de los grandes centros urbanos, Santa Fe es también un próspero remanso verde que cubre la vastedad de los campos, donde los cultivos y el ganado dan pruebas de la riqueza de sus tierras. 

Encontrarse bajo un cielo de lluvia mientras se viaja por algunas de las rutas que atraviesan la provincia, puede despertar sensaciones únicas. 

Entre tantos paisajes que vemos hechos de piedra, de río, de mar, de cualquier otra plastilina que pudieran haber elegido los dedos hacedores de este mundo, hay uno de campo que se desborda de intensidades de tonos verdes y que está hecho de una inspiración, humana y natural, que es capaz de hacernos rendir ante la razón de la contemplación, mientras el cielo se derrama sobre esa intensidad vital estremecida de fertilidad. 

La lluvia tiene otro sentido y otro color sobre los campos. Tal vez por eso es que en una esquina de Rafaela, Marina Marascutti nos contaba alguna vez que cada vez que llovía extrañaba el horizonte de Margarita, su lugar en el campo original. 

Santa Fe es un acontecimiento humano sin pausas que toma la savia de la húmeda fecundidad de su paisaje.