Por Matías Cerutti

No bombardeen la comarca

 

 

Tornquist está ubicado al sudoeste de la provincia de Buenos Aires. Es cabecera del partido homónimo y forma parte de la hermosa comarca turística Sierras de la Ventana.

En 1955, este apacible y tranquilo lugar estuvo a punto de ser escenario de una cruenta batalla entre las fuerzas del Ejército  y la Armada Argentina. 

 



Matías Cerutti
| Viajero, cronista y narrador

 

 

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“Se comunica al comando de las fuerzas del ejército que ocupan Tornsquit, que si no desocupan la ciudad antes de 30 minutos la misma será bombardeada por haberse convertido en un objetivo militar.-

Las tropas deben dirigirse a la carrera y de inmediato a un campo a 8 kilómetros. Al oeste de la estación.

Señor comandante de las tropas:

Sobre usted pesara la responsabilidad de un desastre para el pueblo argentino. Nosotros estamos decididos a todo.-“

 

Esa era la advertencia que dejaban caer los aviones de la fuerza aeronaval sobre Tornquist, territorio ocupado por soldados de Infantería  y Caballería fieles al gobierno del presidente Perón.  Ante semejante amenaza, con el riesgo inminente de que esos papelitos devinieran en bombas, los habitantes dejaron el pueblo y los soldados se refugiaron en los hogares repentinamente abandonados.  “En mi casa hubo unos cuantos militares…  habían estado tomando mates… como antes no se usaba cerrar…”, cuenta Haydee Prado en “Objetivo Tornquist”, documental dirigido por Julián Cánevas que trata sobre estos dramáticos sucesos ocurridos en la comarca de Sierras de la Ventana en septiembre de 1955, cuando el sector del ejército leal a Perón intentaba llegar a Puerto Belgrano y a la Base Aeronaval Comandante Espora (cercanas a la localidad de Punta Alta) para sofocar la revolución encabezada por el general Lonardi.

Durante las jornadas anteriores los tornquistenses habían observado, como quien ve aproximarse una tormenta, el espectáculo de aviones rebeldes que realizaban estupendas acrobacias entre las sierras, arrojando bombas para detener la caravana de leales que marchaban hacia el sur.

 Una vez instalado en el pueblo, el Ejército improvisó una base de operaciones en el hogar de ancianos y en la feria. Donde encontraba vegetación alta (en las quintas, por ejemplo) escondían los tanques.  En la plaza se ocultaban entre las plantas y ponían las armas bajo tierra. Ni las nutrias del lago de la plaza se animaban a asomar el hocico. 

Los pobladores se habían refugiado en la oscuridad de los campos aledaños, donde pasarían las noches más largas de sus vidas.  Allí sentirían temblar la tierra y escucharían el estruendo  provocado por los aviones de la marina que habían  dinamitado los puentes que unían Tornquist con Bahía Blanca.  Mientras, en Saavedra, a 50 kilómetros de distancia, las naves aéreas Beechcraft y Grumman de los revolucionarios bombardeaban al ferrocarril por donde llegaba el regimiento Escuela de Tanques de Ciudadela.

 

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Julián Cánevas hace cine social, político y de derechos humanos desde hace 11 años. Su película “Objetivo Tornquist” ganó la beca para proyectos grupales en la categoría Medios Audiovisuales del Fondo Nacional de las Artes en 2009.  Julián nació y creció en Tornquist, actualmente reside en La Plata. Cuenta que el deseo de filmar una película documental sobre los sucesos de 1955 se encendió el día en que vio por primera vez una fotografía en la que se ve a un tanque  y a un militar caminando por las calles de su pueblo. En la imagen se observa de fondo la estatua del fundador, Ernesto Tornquist y, más atrás, la iglesia. 

La iglesia neogótica Santa Rosa de Lima está  ubicada en la atractiva plaza central  que, como lo delatan el lago artificial y las palmeras, fue diseñada por Carlos Thays, el paisajista que también se encargó del parque Sarmiento de Córdoba y de los bosques de Palermo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

 He quedado en encontrarme con Silvia Diez,  de la Cooperativa Eléctrica de Tornquist y síndico de Colsecor. Mientras la espero, les tiro miguitas de pan a las nutrias  que nadan por el lago.  Silvia me cuenta que las farolas, el mástil y los bancos de la plaza, al igual que el palacio municipal, fueron diseñados por Francisco Salamone, aquel arquitecto de los años 30  influenciado por el  art decó europeo que diseñó la majestuosa obra pública de gran parte de las localidades del sur de la provincia de Buenos Aires.

Nos detenemos frente a la estatua de Tornquist, muy cerca del lugar donde se situaba el tanque en la fotografía que inspiró la película de Cánevas. Desde allí se ve la iglesia (a espaldas del cuerpo sedente del fundador) y la altísima torre del reloj del palacio municipal.

 “Dicen que Tornquist le da la espalda a la iglesia porque era luterano”, comenta Silvia.  Más tarde nos dicen que hay otra versión acerca de la aparente indiferencia del hombre del ‘80 hacia el templo religioso.  Entonces Silvia me recomienda hablar con Mariano Spialtini; “Él te va a saber aclarar estas contradicciones”, asegura.

 

 

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Mariano es historiador y profesor, conoce en detalle datos biográficos de Ernesto Tornquist.  Me cuenta que los padres de Ernesto educaban a sus hijos la mitad en el catolicismo y la mitad en el protestantismo, eso explicaría la estatua construida dándole la espalda a la iglesia.  “Pero, si te pones a ver,  Tornquist tiene tres localidades hermanas, fundadas por Ernesto: Ramona y Colonia Bicha (en Provincia de Santa Fe), y Quimilí (en Santiago del Estero), a ninguna de esas tres localidades Ernesto fue alguna vez, solo hizo los loteos”, dice Mariano.  “Esta es la única localidad que él verdaderamente armó, por eso yo me inclino por la teoría de que la estatua de Tornquist está ubicada de esa manera porque el fundador se encuentra observando su obra terminada”.

   La estatua de Tornquist, cómodamente sentado con las piernas cruzadas, mira hacia el ferrocarril, al fondo de la avenida principal que también lleva su nombre.  No puedo evitar hacerme la  imagen de este mármol de Carrara levantándose y modificando el talante, en el momento en que la vista de la estación de trenes le fuera obstaculizada por la presencia de un tanque militar, mientras llovían papelitos que anunciaban la destrucción total de su obra maestra.

 

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Sobre los hechos de 1955, Spialtini cuenta que en otras localidades se corrió la voz de que Tornquist había sido bombardeada, pero en el pueblo no explotó ninguna bomba;  “se sabe de una granada que cayó en un patio e hizo volar unas gallinas, pero por suerte, salvo el episodio del puente, la cosa no pasó de la amenaza y la tensión; hubiera sido un desastre”, reflexiona.

En “Objetivo Tornquist”, los vecinos que presenciaron los acontecimientos van relatando como vivieron cada instancia: las acrobacias aéreas en la ruta 76, la ocupación del pueblo, la amenaza de bombardeo, el éxodo, y la rendición de los soldados de Perón. Rememoran como el asombro inicial se fue transformado en temor y angustia por tener que abandonar sus pertenencias.

Los tornquistenses esperaban la resolución del conflicto agazapados campo adentro mientras aviones “panqueques” se daban vuelta en el aire cambiando de bando según quién fuera quedándose con la Casa Rosada. Perón enviaba mensajes ambiguos y no quedaba claro si renunciaba o permanecía en la presidencia. Los aviones de la Marina bombardeaban regimientos, vagones con combustible, locomotoras, puentes, depósitos de petróleo; combates callejeros se disputaban Córdoba. 

    El 19 de septiembre las tropas leales atrincheradas en la comarca y refuerzos que se aproximaban a Puerto Belgrano desde el sur, sumaban 7000 hombres (algunas crónicas de la época hablan de 15.000) con artillería y tanques, dispuestos a enfrentarse a unos 2500 hombres y 65 aviones. Cuando la batalla estaba a punto de estallar, Radio del Estado anunció la abdicación de Perón  (aunque el presidente negaba esa renuncia). Todas las líneas telefónicas estaban cortadas y el ejército de la resistencia no tenía contacto con Buenos Aires. Fue entonces cuando los exiliados tornquistenses vieron pasar a soldados que se retiraban agitando telas blancas en señal de rendición y las nutrias aprovecharon para a salir a comer los coquitos de las palmeras de Carlos Thays.

    La comarca de Sierras de la Ventana no tuvo que lamentar muertos ni graves destrozos aunque estuvo a punto de ser escenario de una masacre. Vivió los cuatro días más dramáticos de su historia, en el contexto de una revolución que costó la vida de más de 150 personas.

 

Epílogo

Tornquist es un pueblo de 7.500 habitantes ubicado al sudoeste de la provincia de Buenos Aires. Es cabecera del partido homónimo y forma parte de la comarca turística Sierras de la Ventana, compuesta por una serie de localidades que afloran al pie del antiguo conjunto montañoso conocido  como sistema de Ventania, al que los originarios llamaban Casuhati, que en lengua puel significa Monte Alto.

En la localidad de Sierra de la Ventana, como en tantos otros pueblos de este país, los acontecimientos de septiembre del ’55 no se terminaron con el exilio de Perón.  El busto de Eva, emplazado en un monolito que lleva su nombre, fue atado con alambre de fardo a un tractor por un grupo de radicales irritados de algarabía tras el triunfo golpista.  Lo pasearon arrastrándolo por todo el pueblo, lo golpearon con una llave Stilson y lo devolvieron a la plaza, arrojándolo a la fuente de agua. Un grupo de militantes peronistas lo rescató y lo escondió como un tesoro reservado para reaparecer en tiempos mejores. Los años y los gobiernos pasaron. La plaza, que había cambiado su nombre por Paseo Escondido, volvió a llamarse Eva Perón y el busto fue restaurado y nuevamente emplazado hasta que por un accidente de unos niños jugando, el rostro volvió a dañarse y el busto fue retirado nuevamente del monolito.

Secuencias como estas se cuentan en muchas localidades de diferentes regiones del país. Hechos  similares se sucedieron como réplicas del periplo al que fue sometido el mismísimo cadáver embalsamado de Eva Duarte de Perón, magistralmente narrado por Rodolfo Walsh en el relato “Esa mujer”.

Casualmente, el mismo Walsh, en su período “pre-Operación Masacre”, visitó la localidad de Saavedra para cubrir un acto en el que se conmemoraba un año del episodio en que los aviones de la Marina bombardearan a los trenes que llegaban con el regimiento de Ciudadela.  Walsh escribió una crónica para la revista Leoplán, a la que tituló “Aquí cerraron sus ojos” (republicada en el  libro “El violento oficio de escribir”, recopilación de sus textos periodísticos).  En el acto se inauguraba un monolito con la hélice tripala de un avión Grumman, en homenaje a tres aviadores de la Revolución Libertadora que se estrellaron contra un galpón cuando bombardeaban a los soldados leales a Perón; “El pueblo de Saavedra, y con él la patria toda, rindió homenaje a los mártires de la revolución”, dicta el epígrafe de una fotografía en la crónica firmada por Walsh.

El monolito construido en piedra se encuentra en el ingreso de la localidad de Saavedra, frente al Parque Municipal “Los Alamos”. Dicen que desde que se construyó, por la noche los peronistas van a ensuciarlo con barro y brea, y de día van los antiperonistas y lo limpian.

   Vuelvo a caminar por la plaza Ernesto Tornquist.  Veo a los niños en los juegos detrás de la iglesia. Veo la iglesia donde, dicen, iba a comulgarse Videla violando la cárcel domiciliaria. Veo el mármol de Carrara del amigo de Julio A. Roca, y  la torre del reloj municipal que se obstina en llegar más alto que la cruz de la iglesia. Veo cada detalle que estuvo a punto de volar en mil pedazos. Veo el lago con los patos, los gansos y los cisnes de cuello negro; me detengo con las nutrias, las observo y me pregunto… ¿Y éstas, de qué bando son?