Por Alejandro Mareco

Las aulas de marzo: el regreso de la rutina y la esperanza

Por Alejandro Mareco | Periodista

 

El comienzo de las clases pone en funcionamiento la gran rutina que sigue al tiempo laxo del verano. La escuela juega otra vez su papel decisivo en el destino de la sociedad.

 

Hay una mañana en la que los engranajes de los días, de las cosas, se vuelven a acomodar en su lugar y entonces sí, verdaderamente el mundo parece ponerse finalmente en acción. Esa es la mañana del gran lunes, porque no hay lunes más inmensamente lunes que el día en el que se abren las puertas de las aulas y cientos de miles de niños y chicos argentinos y miles de maestros comienzan a respirar el cotidiano aroma de las escuelas.

Marzo es el mes en el que el imperio de la rutina deja atrás los escarceos soleados de las  vacaciones, el tiempo laxo del verano, e impone el rostro más riguroso de la rutina semanal. El nuevo orden de los días no sólo sucede en las escuela, sino en cada una de las casas que acomodan sus movimientos a los horarios de los estudiantes, y también en el espacio común: las calles, sobre todo en las ciudades en los que las unidades de transporte escolar vuelven a sumergirse en el oleaje del tránsito, y los mediodías se congestionan frente a las puertas de las escuelas.

Hay nuevas multitudes en movimiento. Son los chicos que viven la frescura de su tiempo a plena luz. Cada cual lleva consigo, además, su circunstancias.

Muchos han llegado con ansiedad al término de un azaroso verano, y encuentran otra vez un lugar de contención que en miles y miles de caso incluye un plato de comida, una merienda y la chance de sostener un lugar en la sociedad a través de la escuela pública.

También atraviesan las calles los que tienen oportunidades educativas superiores, y las legiones de clase media que fluctúan entre escuelas públicas y privadas en busca de los viejos anhelos de encontrar en la educación la fuente de la que se bebe el agua del futuro.

Sí, el aroma de las aulas que en estos confines del sur de planeta comienza a fluir en marzo (salvo escuelas que por condiciones geográficas de frío adverso tienen régimen distinto), impregnará definitivamente la memoria de los días de la infancia: goma, tinta, sudor, guardapolvo, uniforme nos dan el rastro claro de la infancia común que nos ha tocado vivir a muchas generaciones.

Pero que hace no mucho más allá de un siglo que se asume como un recuerdo de la totalidad.

 

 

Papel decisivo

La escuela no sólo representa sino que es de hecho el comienzo de la vida social. Es la institución por la que la sociedad, el proyecto colectivo de la gran comunidad, toma a los chicos de cada uno de los hogares para sumarlos.

Es el cuerpo nacional el que de algún modo interviene para ser parte del destino de los hijos argentinos, a los que dotará de un sentido de pertenencia y de instrumentos del conocimiento teórico y práctico para que se conviertan en instrumentos que contribuyan a desarrollar el porvenir del conjunto. Para eso, claro, se necesita un proyecto común, entender un horizonte

Es lo que se espera que suceda. Pero las cosas casi siempre no son las ideales. Y menos en una nación atravesada por los barquinazos de la historia, por las mareas y contramareas que nos han hecho dar pasos adelante y pasos hacia atrás, algunas veces demasiados hacia atrás.

Hace 138 años (1884), la ley de Educación Común impulsada por el gobierno de Julio Argentino Roca, le dio carácter laico, gratuito y obligatorio a la escuela argentina. Entonces, menos de uno de cada cinco habitantes de este suelo sabía leer y escribir. Luego al llegar al Centenario de 1910, esa ecuación se había modificado a dos de cada tres. En estos tiempos, el índice de alfabetismo en Argentina es inferior al dos por ciento.

Esa condición obligatoria y gratuita de la escuela tendría un papel constructivo decisivo en la consolidación nacional y cultural de aquella Argentina que abrió sus puertas a las inmensas oleadas inmigratorias que a finales del siglo 19 y principios del 20 llegaron sobre todo de Europa hablando diversidad de lenguas y portando rastros de otras historias lejanas.

El aula pública fue lentamente neutralizando esa torre de Babel en la que se convirtió el país, a medida que los pequeños inmigrantes y los hijos de los venidos de otras latitudes asumieron nuestra lengua y nuestra historia para sumarse a la maceración de una identidad común.

 

“Buenos días, se-ño-ri-ta!

 Las mujeres al frente de las aulas, una constante de la educación argentina.

 

"La experiencia ha demostrado efectivamente que la mujer es el mejor de los maestros, porque es más perseverante en la dedicación a la enseñanza, desde que no se le presentan como al hombre otras carreras para tentar su actividad o ambición y porque se halla, en fin, dotada de todas esas cualidades delicadas y comunicativas que la hacen apoderarse fácilmente de la inteligencia y de la atención de los niños".

Las palabras fueron pronunciadas por Nicolás Avellaneda durante los días de su presidencia (1874-1880).

La presencia de la mujer al frente de las aulas sería un rasgo definitivo de la educación argentina - y de muchos otros países -,  pues siguen siendo abrumadoramente mayoritarias, sobre todo en lo que a escolaridad primaria se trata.

Pero el primer maestro del que se tiene registro en estas tierras fue el español don  pedro de Vega, en Santa Fe. Y tanta era su valoración, que tenía prohibido dejar la ciudad bajo pena de pagar una multa de “200 pesos castellanos”, según un acta capitular de mayo de 1577.

Ya en el siglo 19, un grupo de maestras emblemáticas fueron las que Domingo Faustino Sarmiento convocó a venir desde Estados Unidos, en su presidencia (1868-1874). La tentación fueron los altos sueldos, que doblaban o triplicaban los 50 pesos horas que ganaban en Seattle, su lugar original. Claro que debían reunir condiciones muy precisas: provenir de buenas familias, ser muchachas jóvenes solteras, en incluso bien parecidas.

Las exigencias para las maestras en los finales del siglo 19 serían aún más severas, y se estipulaban claramente en los contratos que firmaban.

“No podían tomar alcohol en público, no podían usar vestido que se les viera el talón, no podían estar a solas en un coche con un hombre o en un salón, no podían ir a las heladerías porque eran algo así como bares, y no podían tener novio ni casarse. O sea, obviemos que tuvieran novio, si no que de un día para el otro dijeran bueno, me casan con tal, o me caso con tal, o mis padres me casan; bueno, al otro día perdían el trabajo. No podían. Era como una especie de sacerdocio, las querían 100 por ciento para enseñar. Y bueno, estas mujeres estaban dispuestas a eso, firmaban ese contrato. Era tal la vocación que estaban dispuestas a renunciar a todo”.

La explicación es de la escritora Viviana Rivero, autora del libro “Mujer y maestra”, según consta en una entrevista del periódico Infobae.

Pero también sería una maestra la iniciadora de la primera huelga docente en la historia de la educación argentina. Se produjo en 1881, durante la presidencia de Julio Argentino Roca,  en la Escuela Graduada y Superior de San Luis. Encabezadas por su directora, Enriqueta Lucero de Lallemant, las docentes reclamaron por un largo atraso en el pago de sus sueldos y contra recortes salariales de todos los empleados públicos que se venían aplicando desde 1874.  

“Nos hemos resignado muchos años, con la esperanza de que esto mejorase; más viendo las nuevas dificultades que se presentan para el pago, no nos queda otro recurso que suspender las tareas escolares hasta que el Excelentísimo Gobierno tome las medidas que crea del caso”, plantearon.

Muchas veces palabras similares volverían  a repetirse a lo largo de la historia de nuestras aulas y la constante postergación de los docentes.

 

 

Historia y mitos

Claro que la escuela fue cuestionada también por ser parte de la estrategia de un proyecto de país que muchas veces ha impuesto, hasta incluso con la fuerza, una manera de ver las cosas (la historia, los valores, el presente) y entender la educación.

No bien entramos al aula el primer día de clase, empezaron a contarnos. Quizá comenzamos por pintar la escarapela, o a armarla con papel glasé o bolitas de papel crepé. Qué bien quedaba el celeste sobre el cuaderno blanco, sobre todo cuando estaba recién abierto, como nuestras mentes.

Después, coloreamos la silueta argentina al final del sur. Éramos parte de un mundo en el que la porción que nos tocaba estaba rodeada por altas montañas y por un inmenso océano. Y adentro había ríos, desiertos, campos, ciudades.

Pero, ¿por qué éramos argentinos, cómo se había hecho la patria? Entonces, la historia hizo su gran entrada en nuestras cabezas.

Asomó apuntalada por mitos, como el de aquel lluvioso 25 de mayo de escarapelas y paraguas; es que había que consolidar la pertenencia argentina. Pasaron los grados y los docentes nos fueron fijando ideas, del mismo modo que habían sido fijada en ellos.

Así fue que José de San Martín era un ser de bronce inmaculado en su moral y en su humanidad, un militar capaz de las hazañas más gigantes, aunque poco se habló de su convicción revolucionaria, de su proyecto americano, de su ansia de justicia que ayudó a cambiar el mundo de su tiempo. Y sobre Bernardino Rivadavia, identificado como el hombre del sillón y de las luces del progreso, poco se decía de su condición de enemigo interno de San Martín, de las provincias y de la causa americana.

Sin  embargo, en la evolución social del país, la escuela pública significó durante décadas  una puerta a la oportunidad de progreso personal y colectivo. En algún pasaje del siglo 20, el país fue una gran referencia latinoamericana de la movilidad social, y la institución escolar tuvo en ese sentido un aporte decisivo. Los instrumentos del conocimiento repartidos hicieron posible que generaciones alcanzaran la chance de dar un salto cualitativo que, en medio de condiciones sociales favorables, se vio reflejado en el acceso a la formación universitaria, incluso de los sectores más bajos.

Mientras tanto, la escuela ha sufrido con los dolores del país. Como pasó al despuntar el siglo 21, cuando en la profundidad de la crisis  se vio desbordada por la angustia de la necesidad. Los estragos de la pobreza nos hicieron retroceder décadas y se pronunció un abismo entre la educación pública y la privada.

Pero es en las aulas donde se gesta la Argentina del futuro. Por eso, volver a clases es de algún modo volver a remontar el vuelo de la esperanza. la oportunidad todavía es posible.